Detectives reales e imaginarios
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El autor, uno de los más distinguidos criminalistas de México, nos presenta, por un lado, las aportaciones de investigadores como Hans Gross, Alfonso Bertillon, Carlos Roumagnac o Alfonso Quiroz Cuarón.
Por el otro, explora
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Detectives reales e imaginarios - Rafael Moreno González
Rafael Moreno González
El maestro Rafael Moreno es médico cirujano, experto en Criminalística. Ha desempeñado los cargos de director adjunto del Instituto Nacional de Ciencias Penales, director general de Servicios Periciales de la PGJ del Distrito Federal y de la PGR, entre otros. Ha impartido clases de Medicina Forense, Criminalística y Criminología en la Facultad de Derecho de la UNAM y de Criminalística en el INACIPE. Es miembro fundador y presidente honorario vitalicio de la Academia Mexicana de Criminalística y Miembro de Número de la Academia Mexicana de Ciencias Penales y de la Academia Mexicana de Ciencias Forenses. Es Investigador emérito del INACIPE y en 2003 este Instituto le otorgó, en reconocimiento a su trayectoria profesional, el doctorado Honoris Causa. Su obra publicada comprende, entre otros títulos: Ensayos criminológicos y criminalísticos, La investigación científica, Reflexiones de un criminalista, Compendio de criminalística y Los indicios biológicos del delito.
COLECCIÓN Criminalística
DIRECTORIO
Alejandro Gertz Manero
Fiscal General de la República
y Presidente de la H. Junta de Gobierno del INACIPE
Gerardo Laveaga
Director General del
Instituto Nacional de Ciencias Penales
Rafael Ruiz Mena
Secretario General Académico
Iván Colmenares Álvarez
Secretario General de Extensión
Julio Téllez del Río
Director de Publicaciones y Biblioteca
Legal3PRÓLOGO
Ya es del conocimiento general que tanto la Criminalística como la Criminología han encontrado en la literatura -de tema policial o detectivesco- contribuciones muy valiosas para el desarrollo de sus respectivas metodologías y, a su vez, nadie se atrevería hoy a poner en tela de juicio que dichas disciplinas son fuente de inspiración para uno de los géneros narrativos con mayor número de lectores en todo el mundo.
Desde finales del siglo XIX, a todo lo largo de la convulsa centuria pasada y, por supuesto, durante los muy turbulentos años transcurridos -hasta ahora- del tercer milenio, el combate contra la delincuencia ha sido, en sus múltiples y cada día más sofisticadas manifestaciones, una de las temáticas predominantes en la novela junto con la llamada ciencia-ficción y la crónica testimonial.
Pero más evidente aún resulta el vertiginoso proceso de diversificación, recurrencia y mayor peligrosidad de las conductas delictivas, circunstancias que han propiciado una actitud o, mejor dicho, una enfermiza subcultura de complacencia e incluso de franca simpatía hacia auténticos psicópatas, erigidos en celebridades
a través de los medios masivos, y, de manera muy particular, gracias a las redes sociales cuyo avasallador influjo no tiene parangón en la historia. La tecnología al servicio de la barbarie, triste y trágica paradoja.
Y no han faltado quienes pretenden atribuir tan lamentable moda
a la literatura que recrea situaciones de semejante naturaleza cuando, en realidad, ésta solamente refleja un síntoma inequívoco de la decadencia que aflige a nuestra civilización, fascinada por el espectáculo
del crimen (Death Show).
Habría que preguntarse cuántos de los llamados asesinos seriales (serial killers) se han visto impulsados a cometer sus atrocidades luego de leer algún relato protagonizado por Sherlock Holmes, una novela de Patricia Highsmith o las obras completas de Raymond Chandler quien, por cierto, escribió al respecto:
Me parece irrisoria la acusación contra los autores que abordamos temas violentos y descubrimos mentes perturbadas; lo mismo podría reprochársele a Miguel de Cervantes y William Shakespeare o expurgar de la Biblia la mitad del Antiguo Testamento, empezando por el asesinato de Abel a manos de su hermano Caín. No es la temática sino el tratamiento de la misma lo que debería preocupar a estos censores de la literatura.
¹
Cabe añadir, por otra parte, la total indiferencia que denotan estos mismos críticos
frente a la difusión sistemática de incontables producciones cinematográficas y televisivas, digitalizadas a través de la más amplia gama de dispositivos tecnológicos, sin soslayar su cómplice silencio ante la promoción descarada de las mayores aberraciones por vía de internet; auténtico inframundo al que tiene fácil acceso cualquier usuario desde su celular
o móvil
, así se trate de un niño o de un adolescente.
En feliz contrapartida, criminalistas y criminólogos, genuinos héroes en la tarea cotidiana de prevenir y no únicamente combatir la delincuencia, ambas iniciativas de igual valor y, sin duda, complementarias, lejos de menospreciar y mucho menos de condenar la literatura policiaca (la cual no debe confundirse con la nota roja
ni el morboso sensacionalismo de gacetilla), siempre han procurado resaltar la estrecha y fructífera vinculación entre su ejercicio profesional y aquella ficción narrativa que sabe recrearlo con talento y verosimilitud; tal es el caso precisamente del doctor Rafael Moreno González, autor del presente libro.
Por su brillante trayectoria que conjuga los méritos científicos y los lauros académicos, así como debido a su bien ganado prestigio que le distingue entre los más acuciosos criminalistas contemporáneos -lo mismo en el laboratorio que en el escenario del crimen, desde la cátedra universitaria o mediante su amplia y documentada bibliografía-, no puedo suscribir este modesto prólogo a su más reciente publicación, que mucho me honra, sin reconocer la categoría profesional del doctor Moreno a la par de su admirable calidad humana; en suma, la definición del hombre: genio y carácter.
Bajo esta óptica de más amplia perspectiva y con mayor profundidad, reconocidos precursores de la Criminalística o de la Criminología como Francis Galton, Hans Gross, Edmond Locard y Alfonso Quiroz Cuarón, entre muchos otros, todos ellos provistos de una formación científica sustentada en el rigor de la observación analítica, bien pueden equipararse con escritores como Edgar A. Poe, Arthur Conan Doyle, Dashiell Hammett y Raymond Chandler cuya fecunda imaginación les permitió descubrir nuevas vías de investigación, adoptadas y perfeccionadas posteriormente, conforme a las exigencias de las diferentes disciplinas aplicadas.
Mientras nadie discute el carácter visionario de Jules Verne, la solidez científica de Arthur C. Clarke o la perspicacia de Philip K. Dick para anticiparse a las innovaciones tecnológicas, por solo mencionar a tres renombrados clásicos de la ciencia-ficción, persiste de manera inexplicable una voluntaria miopía, al menos en ciertos sectores intelectuales, ante las contribuciones del género policial a la ciencia criminalística.
Al respecto podría esgrimirse, a manera de justificación, que los cultivadores de la ficción científica no abundan en situaciones violentas ni propician la identificación del lector con homicidas, secuestradores, asaltantes o narcotraficantes, ofreciendo en cambio valiosa y amena información que estimula el afán de conocimiento. En perfecta simetría, esos mismos argumentos permiten sustentar, de manera inversa, el encomio de la literatura policiaca en demérito de la ciencia-ficción.
Si se consideran las publicaciones de grandes tirajes ¿no constituyen abrumadora mayoría las anodinas aventuras intergalácticas
, saturadas de invasores extraterrestres, peligrosos androides y abominables científicos locos
, ávidos de poder, en comparación con las obras de genuino valor dentro del género fantástico? ¿Por qué habría de ser distinto tratándose de la literatura policial o de cualquier otra temática narrativa? La basura abunda por doquier, el talento no se distribuye democráticamente.
Superada tan absurda controversia, queda claro que ha sido justamente la combinación de razonamiento e imaginación la fórmula
idónea para hacer posibles los máximos logros científicos y las obras maestras del arte universal.
En el entendido de que no es la temática sino su tratamiento lo que determina el valor de una obra literaria, ya sea ético o estético (y ambos, a la vez), cabe puntualizar también la reciprocidad de aportaciones entre la investigación científica del crimen y la ficción narrativa policial o detectivesca, prolijamente cultivadas como fidedigno retrato y, en ocasiones, auténtica radiografía de una realidad social siempre cambiante pero que, en su trasfondo, revela siempre los mismos claroscuros de la condición humana.
Cuando se comparan los rasgos característicos de las dos grandes escuelas
o tendencias de la narrativa policiaca -la que privilegia el desarrollo de la investigación efectuada por el detective y la que se ocupa mayormente de la búsqueda y aprehensión del delincuente- puede recurrirse a
