Gusto, sabor y saber
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Gusto, sabor y saber - Pablo Chiuminatto
I. Apertura
El pensamiento se hace en la boca.
Tristán Tzara (1924)
El pensamiento muere en la boca.
Nicanor Parra (1972)
Comenzamos a escribir este ensayo a cuatro manos en el año 2019. Tuvimos que adecuarnos al intercambio de versiones digitales y a discusiones telemáticas, dadas las circunstancias impuestas por la pandemia. Así pasaron dos años —reflexionando acerca del gusto—, mientras, paradójicamente, desde el inicio del avance del virus, los medios insistían en que uno de los primeros síntomas del covid-19, al que todos debíamos poner atención, era la pérdida del gusto y el olfato, anosmia y ageusia. Así son las extravagancias de los sentidos.
***
La noción de gusto tiene distintas acepciones. No se dice en vano que en la variedad está el gusto. En general se asocia con aquella que refiere a uno de los cinco sentidos, descrito a partir de la capacidad de identificar sabores. También existen las designaciones metafóricas, como aquella que por analogía remite al sentido de apreciación general y no exclusivamente psicológico o fisiológico del gusto. En su significación estética, suele asignarse a acciones o representaciones materiales o inmateriales del así llamado buen gusto
, vinculado al disfrute de la experiencia contemplativa a través de las artes, que luego fue sistematizado en el juicio de gusto. Por último, nos encontramos con su manifestación moral, de igual manera vinculada con la facultad de juzgar o discernir.
A pesar de esta diversidad conceptual, la primera acepción del gusto representa una vertiente relacionada con la convergencia de los cinco sentidos y su potencial para la elaboración de juicios de valor, derivada de la experiencia apreciativa general y base de ciertas reglas sociales y normas de gusto. La segunda, solemos relacionar el gustar, la atracción o el rechazo, con un aspecto vital básico: el deseo. El que puede abarcar ámbitos tan diversos como las artes, la moda y los modales; rasgos hedónicos como la culinaria y la gastronomía, o de espacio, del mobiliario y, por cierto, otras vivencias propias de la vida en sociedad como el amor, la sexualidad, la política y la educación. La tercera, los cinco sentidos son ubicuos y facilitan el paso hacia los sentimientos de aprecio o desprecio, aunque sea preciso siempre reconocer la diferencia entre el afecto, empírico, y la regla que permite el juicio de gusto. Podríamos formular otras, pero siempre incorporarían estos ejes en combinación.
Entre las acepciones presentadas, se identifican al menos dos aspectos que vuelven problemática la noción: por un lado, la disposición receptiva estética —biológica, perceptiva o psicológica— y, por otro, un nivel epistemológico que constituye la red de convergencias socioculturales, determinada por parámetros relacionados con su base sensible procedente de su integración con los otros sentidos. Ahora bien, en el gusto, como veremos, tanto su carácter sensible estético como aquel metafórico epistemológico coinciden en el contacto de lo más propio, así como con aquello que resulta ajeno a las personas y las comunidades; consecuentemente con los procesos afectivos de apreciación, elaboración y representación discursiva, oral o gestual, semiológica y semiótica. Traducido en formas enunciativas que manifiestan el parecer personal o colectivo, ya sea como opinión o valoración, y que son apreciables en expresiones tan cotidianas como: me gusta/no me gusta. Este es el rasgo que para muchos de los autores que revisaremos vuelve fascinante la noción, así como también imposible de integrar científicamente, porque es —al mismo tiempo— indistinta, subjetiva y metamórfica. Una condición conceptual que destina al gusto a vivir en una especie de limbo entre una forma intelectual de análisis de las vivencias, así como en su base empírica, experiencial y subjetiva de valoración. A lo que es preciso sumar criterios históricos, epocales y de estilos de vida, que enfrenta el concepto de gusto, tensionado más recientemente también por disciplinas como la sociología, el psicoanálisis y las ciencias de la información.
Junto a las distintas acepciones que adquiere e incluye el gusto, se pliegan dimensiones que refieren a quien ejerce dicho discernimiento, lo interno que se afecta y lo externo que es incorporado. No solo con relación a lo que toca la lengua, sino que también con lo que aceptamos en la ingesta, hasta lo que el cuerpo expulsa y que, en el orden de lo interior y lo exterior, fundamenta las separaciones que conforman lo que —prosaicamente— denominamos cultura: aquello que por buen gusto
se hace o se dice, o no se hace ni se dice, en público o en privado. Tal como subraya Claude Fischler al mencionar las formas de ingesta que podemos poner en paralelo con aquella material o simbólica del gustar:
Comer: nada más vital, nada más íntimo. «Íntimo» es precisamente el adjetivo que se impone: en latín, intimus es el superlativo de interior. Incorporando los alimentos, hacemos que accedan al colmo de la interioridad (11).
Intimidad, interioridad, más allá de los criterios de valoración cultural tradicionales, el juicio de gusto se manifiesta hoy en la intensidad de las distintas variantes del concepto like, propio de las redes sociales y plataformas digitales, el que se ha transformado en una forma de la subjetividad de época.
Con este somero marco se comprende que la noción de gusto abarca desde la ingesta hasta el deseo, así como sus correspondencias socioculturales que son determinantes por el hecho de participar al mismo tiempo de los criterios de percepción, recepción, ideación y valoración que impulsan. En otras palabras, la pluralidad semántica y la convergencia de distintas perspectivas en torno al gusto, más que un impedimento para su estudio, otorgan la clave para comprender su estado huidizo y la deriva de su conceptualización. Proponemos así un recorrido que comprende, si algo así es posible, un diálogo con las variantes históricas de la noción de gusto, más allá de las reglas y las normas que lo han determinado, en la medida que precisamente trasciende las épocas y sus manifestaciones.
Aquella fuerza, acción y pasión pareciera derivarse verticalmente de la mente a la boca, aunque cada día más nítidamente sabemos que no es tan así: ni exclusivamente estomacal, ni mental, ni solo perceptiva, sino también psicológica y ambiental. Por estos motivos es que el gusto se considera un criterio en cierto modo informe que prorrumpe entre la curiosidad que busca, acercando la cara, y la repulsión que rechaza, quitándola. Desde el ayuno de la privación religiosa o secularizada, hasta el desayuno, sencillo o pantagruélico. A partir de situaciones liminares que incentivan el atracón o la glotonería sin saciedad, inclusive la resistencia de lo intragable que cierra voluntariamente el acceso a la experiencia, arriscando física o mentalmente la nariz, apretando los labios. Desde la combinación plasmada en la analogía de lo agridulce de ciertos sucesos vitales, junto con el deseo de otros, que distinguimos con el gustar; hasta, en algunos casos, la progresión gustativa que adquiere una categoría multifactorial extrema que identificamos con la pasión, el enamoramiento o la infatuación. Estímulos, percepciones y experiencias que para algunos podrán parecer insípidas, dependiendo de su intensidad, hasta lo que para otros puede representar la más intensa significación apreciativa. Todas y cada una de estas vertientes caben en este ensayo que juega con los términos que vinculan el gusto al saber y el sabor.
Con este fin, proponemos un recorrido que vuelve sobre la noción de gusto y sus variadas acepciones tanto históricas como etimológicas. Reflexionamos acerca de la relación con las distintas vertientes conceptuales entre razón y sensibilidad de la experiencia estética. Sumamos los antecedentes peninsulares anteriores a la acepción de juicio de gusto dieciochesco europeo, a partir de la doctrina planteada por el filósofo español Baltasar Gracián en el siglo XVII y otros pensadores, en la extensión de la noción de gusto. Con estos vínculos ahondaremos en la noción de conocimiento sensible, una experiencia que se mantiene oscilante entre lo preverbal y lo decible antes de cualquier discernimiento. Y, a partir de este desarrollo, proponemos un contraste entre la noción de gusto y su proyección en la formación estética en estos tiempos inciertos. Finalmente, el recorrido nos permitirá avanzar hacia el cruce entre gusto, estética y educación.
II. Variantes del gusto
De gustibus et coloribus non est disputandum
[Sobre gustos y colores no hay nada que discutir]
Proverbio escolástico
La noción de gusto puede parecer hoy un tópico anacrónico, sobre todo si intentamos ir más allá de la expresión cotidiana, me gusta/no me gusta, o si buscamos establecer un criterio común ante la diversidad de variaciones que puede tener dicha declaración. De alguna manera pareciera que el gusto (acompañado por el tacto) por razones recónditas, a pesar de su relevancia, sigue relegado en la parte más baja de aquella pirámide imaginaria de los sentidos y sus cruces sinestésicos.
En la cultura popular, se dice que sobre gustos no hay nada escrito
. En la contracción de dos tiempos, esta frase acusa —con cierta ironía— una elección de mal gusto
, a la vez que recupera el apotegma que establece que no hay preceptos para las afecciones de nadie sobre un objeto determinado. Ahora bien, la ambigüedad de esta antigua sentencia presenta una historia más amplia, en donde más que nada escrito
, en realidad hay una lectura obviada respecto de los preceptos culturales que son precisamente tácitos. Pero, sobre todo, manifiesta una forma de invalidación de la experiencia sensible frente a la superioridad racional mental, evitando un reconocimiento del gusto como un saber ejercido por las personas (sin importar la edad, género o etnia) a partir de su relación estética con el mundo. Se establece así una forma de alejamiento, en términos epistemológicos, de los efectos permanentes que implica la valoración ontológica del gusto como experiencia de percepción, de conocimiento y de saber.
Aunque sea patente que las experiencias son en buena parte valoración y discernimiento de lo que gusta o no, tanto en términos individuales como comunitarios, nada hay que podamos decir de la marcada desautorización de los sentidos por sobre lo que podríamos llamar las razones. El desconcierto se funda en principios de deseo y rechazo demasiado humanos, en los que, paradójicamente, se despliega una certeza física para lo que nos pueda gustar o no. Incluso, si no sabemos por qué sí nos gusta o por qué no nos gusta algo o alguien.
La experiencia sensible del gusto, subjetiva, nace debilitada como saber debido a que es parte de una comprobación sensible de importe sin valor (como se enuncia en el ámbito filosófico). Seguramente, este prejuicio no tiene más mérito que cualquiera de las demás percepciones sensibles y las apreciaciones estéticas que se ejercen cotidianamente, aunque, quizás, el gusto sea la más resistida a la hora de considerar su rol en el marco de la experiencia. Tal vez, por el mismo hecho de estar sellada bajo la fórmula radical de discernimiento: me gusta/no me gusta. Donde, por lo demás, el pronombre personal tiene la fuerza y al mismo tiempo la debilidad de neutralizar cualquier proceso posterior, ya sea ontológico o estético.
Existe una tradición de pensamiento que por largo tiempo ha comprendido esta noción gustativa, facilitando su comprensión como parte de las vivencias de la sensibilidad y restringida a ese ámbito de alcance, digamos, fenomenológico. Como si el rol del gusto, en el contexto del conocimiento general, no dependiera también de las aportaciones provenientes del ámbito de la propia acumulación de experiencias sensibles. En particular de las formas propias del fuero estético y en aspectos tan primarios como son aquellos relacionados con cierta zona del rostro donde confluyen estratégicamente los ojos, la nariz y la boca. Así, los sabores y los aromas, convergen con las imágenes visuales o mentales que apoyan la experiencia del gusto como sentido.
Una
