La cotidianidad es un cuerpo que agoniza
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John Jairo Osorio
Antropólogo y Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Se ha desempeñado como docente, gestor cultural y editor. Ha publicado ensayos, artículos y reseñas en distintos medios académicos y literarios. Ganador de la beca para la publicación de obras de jóvenes autores del Ministerio de Cultura 2021. Fundador, junto a varias de sus colegas, del Colectivo Pupuña, que ha realizado el podcast Masticando la palabra y el corto documental Hasta que el último kofán viva, seguimos bailando. Actualmente es profesor de escrituras creativas.
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La cotidianidad es un cuerpo que agoniza - John Jairo Osorio
El agua vale más que el oro
El mar me robó el primer objeto de oro –y creo que el único hasta ahora– que me ha pertenecido en la vida. Me lo habían regalado mi papá y mi mamá al terminar la primaria. Un anillo feo y de pocos quilates. Desde entonces tenemos una relación ambigua, el mar –con su vicio de llevarse las cosas– y yo –con mi maña de retenerlas–. Tal vez por eso siempre me produce una sensación de nostalgia pararme frente al océano. Aunque creo que a todos nos pasa lo mismo, ¿verdad? La diferencia es que no todos piensan en su joya dorada, en la prenda que le dieron por haber obtenido ese primer gran logro de la vida: sobrevivir la primaria y graduarse con honores, con el remoquete de estudiante porrita
. De todas maneras, mi mano se debía ver como la de un obispo ridículo, con ese adorno absurdo pesando en mi anular pequeño. Claro que, pensándolo bien, más que el anillo, mi regalo fue el viaje al mar.
Nos habíamos ido a la costa por tierra, en un Subaru viejo y rojo que tenía mi papá y que, excepto por el color, era igual en todo a un coche fúnebre. Viajamos con su mejor amigo y con los hijos y la esposa de él (de todas maneras, tenía que ir una mujer). El viaje había sido sofocante pero entretenido, sobre todo por las anécdotas que contaban y por el vértigo que da viajar de noche por carretera (especialmente en un país tan emocionante como el nuestro).
La primera noche la pasamos en Tarazá, en el hospedaje de una gasolinera. Era fingidamente elegante y barato, las sábanas olían a jabón y las toallas estaban limpias. Todo olía a desinfectante.
Mi papá, haciendo honor a un viejo oficio que ejerció en su juventud –y que tal vez fue con el que soñó el resto de su vida–, acostumbra parar en sitios de camioneros, Porque siempre son buenos y baratos
. Esa fue una de las cosas más importantes que pudo enseñarme, pues de las cosas que a mí me interesaba saber, mi padre casi nada sabía. Me enseñó, también, que en nuestro país había pueblos de paracos, como Tarazá, por lo que debíamos acostarnos temprano y andar con cuidado.
Esa noche, antes de dormir, no me saqué el anillo. No importaba si se me estancaba la sangre, no iba a permitir que cualquier paraco me robara mi sortija, mi regalo de grado (como el de una prometida o una quinceañera).
Al día siguiente nos levantamos muy temprano y nos fuimos de ese pueblo, que era seguro, pero también muy peligroso. Además, teníamos premura de ver el mar, siempre el mar, la gente del interior va siempre en busca de la costa, porque parece que es allá donde se puede ser más feliz, en el lugar donde desembocan todas las aguas del mundo.
Yo solo veía caseríos con puestos de fritos y billares con vallenato a lo largo de la carretera, y el mar cada vez más esquivo en ese calor desesperante. Hasta que por fin llegamos a Coveñas y yo sentí que estaba lejísimos de mi casa y empecé a extrañar a mi mamá porque sentía que la distancia era enorme, como el mar. Y en mi cabeza el mar era una cosa que distancia las cosas; entonces sentí la soledad: un mar profundo y en calma que se encontraba por fuera de mí. Sería algo así como El niño y el mar, aunque ese niño estaba más viejo que Hemingway y no conocía ni siquiera un buen poema que expresara todas las emociones que le producía esa piscina gigante y con
