El gallo pitagórico
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El gallo pitagórico - Juan Bautista Morales
INGLESES
No puede haber peor habitación para el alma de Pitágoras, que la cabeza de un inglés. ¿Qué me parecería que mi patrón se engullera dos veces cada día, media vaca sancochada, muy confortable, cuando yo en mi escuela tenía prohibido a mis discípulos que se alimentaran de carne? Pues agrega a esto que cada cinco minutos me encontraba sumergida en una nube de vapores de té, que beben por agua del tiempo. Pero sobre todo, yo no sé cómo puede vivir a gusto una alma que a cada momento está con el Jesús en la boca, esperando salir del cuerpo por el agujero que le hagan con un pistoletazo en un desafío, o por el que él mismo se abra el día que se le antoje hacer algo nuevo.
Por otra parte, me moría de tristeza: yo creo que los dioses, permitiendo que habitase el cuerpo de un inglés, me castigaron por el silencio de cinco años que imponía a mis discípulos. Semanas enteras se me pasaban sin hablar una palabra. Allá cada ocho días, solía mi huésped pronunciar un very well, o un yes, y pare usted de contar. Su mujer era una muchacha linda y confortable; pero son tan adustos los ingleses, que no oí que el mío le dijera un mi alma, ni aun en el día de la boda. Por fin, una mañana que se levantó con el spleen más negro que otras veces, tuvo la bondad de plantarse en una sien un pistoletazo tan confortable, que no hubo menester más para verme libre por esos aires de Dios.
FRANCESES
Descansé algunos días, y habiéndome acordado de que los franceses son en todo diametralmente opuestos a los ingleses, inferí que pues me había ido tan mal en la cabeza de un inglés, me iría perfectamente en la de un francés; pero, amigo mío, hice la cuenta sin la huéspeda, y conocí por mi propia experiencia que todos los extremos son malos. El día que me fastidié de hallarme en la atmósfera inglesa, que fue muy pronto, porque el humo del carbón de piedra, los vapores del Támesis, y las nieblas diarias, la hacen tan densa, que positivamente se masca; di un brinco, atravesé el canal de la Mancha, y heme aquí en la atmósfera de la turbulenta Francia.
Elegí un cuerpo bien formado, y me metí dentro de él. En mi vida me he visto en una agitación más continua que en el cerebro de un francés. Para que me puedas entender, me explicaré en la frase que usan ustedes los mortales, y te diré que cuando Dios me hizo el gran favor de sacarme de aquel presidio, no tenía un hueso sano, y me estuve más de un año acostada en un rincón de la atmósfera, descansando de tantas fatigas como sufrí con mi patrón. Los franceses lo emprenden todo, se mezclan en todo, y lo que es peor, disputan de todo.
Su pronunciación es muy fuerte, su idioma muy nasal; cada francés habla más que ocho locos: dos franceses disputando meten más ruido que diez perros que siguen a una perra. La comparación entre éstos y los franceses es exacta, por lo que respecta a su modo de ladrar y hablar; pues así como los perros cuando se pelean mantienen un gruñido constante, que interrumpen de trecho en trecho con un ladrido agudo; así los franceses mantienen un sonido confuso y nasal constante, que cuando se exaltan en la conversación, interrumpen con unos gritos capaces de taladrar, no diré los oídos de un animal de carne, sino los de uno de bronce, como el del caballo que conservan ustedes en su
