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La Danza del Loto Carmesí
La Danza del Loto Carmesí
La Danza del Loto Carmesí
Libro electrónico175 páginas2 horas

La Danza del Loto Carmesí

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Sayori, una joven vinculada a una antigua y poderosa técnica llamada la Loto, se ve arrastrada al centro de la política de una coalición de poderosos Arcontes que ansían controlar ese don. A medida que crece la tensión entre facciones y la divinidad fragmentada reaparece, Sayori debe enfrentarse a puestas en escena de ambición y traición que obligan a replantear qué significa custodiar un poder capaz de sanar y de devastar. 

IdiomaEspañol
EditorialMissael Alejandro Reyes Burciaga
Fecha de lanzamiento11 ene 2026
ISBN9798233549762
La Danza del Loto Carmesí

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    La Danza del Loto Carmesí - Missael Alejandro Reyes Burciaga

    Capítulo 1 — La Última Flor

    LA PLAZA DE LYR VIBRABA como una cuerda tensada al límite: tambores de madera marina marcaban el pulso del puerto, gaitas de viento plegaban las salmas en arcos, y las linternas flotantes, amarradas a cuerdas como constelaciones domésticas, temblaban con la brisa salina. La gente se apiñaba en terrazas y andamiajes, hombros unos contra otros, colores y risas entretejidos. Era la Estación del Pulso, y las danzas elementales se mostraban como oráculos: el Arconte de la Tormenta lanzaba arcos de relámpagos que se convertían en lluvia simulada; la sacerdotisa de la Marea ondulaba sus brazos y las aguas del muelle dibujaban figuras perfectas. Todo parecía una partitura pintada en el aire, y Lyr, que vivía del mar y de la sal, reconocía en cada compás la promesa de sobrevivir al invierno.

    Sayori estaba en el borde de esa partitura, invisible a fuerza de no querer ser vista. Sus ojos rosa salmón, demasiado infrecuentes para no llamar la atención, se clavaban en la multitud, mientras su cabello negro caía como tinta sobre los hombros del vestido: negro, ceñido, ribeteado con flores rosas bordadas que parecían latir con cada respiración. Caminaba pegada a la pared de las casas, repetía pasos que no eran buenos para la vista: un omisión, un roce con la rodilla, una pausa a tiempo. Su cuerpo conocía la coreografía del silencio. No debía bailar. No hoy. No en público.

    A su alrededor, el festival se convertía en exhibición de control. Un grupo de aprendices del Arconte de la Raíz practicaba en un jardín impulsado por el consejo: en plataformas elevadas, dirigían volutas de enredaderas para que formaran arcos. Era un ejercicio de restauración controlada, decían los anunciadores, un gesto para demostrar que los elementos podían repararse con técnica y ley. La pequeña Maia, de apenas ocho años, plantaba con manos torpes una fila de begonias en una caja de madera mientras los aprendices ensayaban. Sus dedos tenían tierra entre las uñas; su madre le sonreía orgullosa desde la grada. Las begonias eran su visión de una primavera pequeña, poco más que esperanza en maceta.

    Fue un aprendizaje mal medido lo que puso la chispa en todo. Uno de los jóvenes, demasiado ansioso por impresionar, lanzó una onda de manipulación vegetal con un gesto más amplio de lo permitido. Las enredaderas que debían formar arcos se convirtieron por un latigazo en zarpas; las hojas se cargaron de una electricidad azul tenue, como si el hierro del muelle hubiera decidido nacer plantado. El jardín de Maia se sacudió. Las begonias, tan frágiles, se curvaron hacia la corriente, luego se secaron en segundos, hojas negras como tinta que crujían con un sonido de porcelana quebrada.

    La niña soltó un grito que cortó el tambor. Un hilo de madre, densa la vergüenza en la cara, se lanzó hacia las plantas, pero fue detenida por los aprendices, que murmuraron excusas y señales: control, seguimos, no hay daño real. La multitud, que hasta entonces reía y aplaudía, se congeló en ese punto donde el espectáculo se encuentra con la catástrofe. Nadie pensó en Sayori. Nadie, salvo la niña.

    Sayori no pensó: se movió. No fue una decisión consciente, sino un acento en la partitura de su cuerpo; un tiempo y un contratiempo que su memoria coreográfica ejecutó sin permiso. Avanzó entre las piernas de la gente como si danzara por la primera vez; sus pasos fueron melodía breve: un giro hacia la derecha, un desliz hacia abajo, la punta del pie dibujando una espiral en el polvo. Su mano flotó, y en ese gesto brotaron raíces que olían a lluvia y metal. La gente contuvo la respiración. Las raíces veniales se enroscaron en torno a las begonias moribundas, y por un latido pareció que la tierra recuperaría lo que le habían robado.

    Pero la Loto Carmesí no conoce la mitad medida de los humanos. El nombre, susurra el rumor en voz baja —Loto Carmesí— venía con un precio. Cuando Sayori concluyó su frase corporal, de la remisión de raíces nacieron flores como manchas de tinta: negras, pétalos finos con vetas rosas que pulsaban como venas. Cada pétalo chispeó en un microdestello eléctrico que rugió hacia las hojas cercanas. Donde la vida pretendía volver, llegó un latigazo de luz que quemó y dejó ceniza entre las raíces. Las begonias, en lugar de abrir, se encogieron en negación. Algunas hojas quedaron esqueléticas, sus nervaduras dibujadas en fosfato.

    La multitud empezó a retroceder en ola. Un hombre en ropaje azul, insignia del Arconte de la Raíz bordada en el pecho, alzó las manos y gritó órdenes. Los aprendices, blanco de la culpa, balbucearon técnicas de contención; el Arconte de baja jerarquía, presente al pie de su podio, frunció el ceño con la certeza del funcionario que ha visto un régimen quebrarse. Sus ojos eran dos canicas grises, pequeños centros de miedo: no por las begonias, sino por la anomalía. ¿Qué es eso? murmuró al oído de quien estuviera cerca, pero su voz llegó apenas como rumor.

    Sayori retrocedió un paso, como si ese gesto la sacudiera de un sueño. Mires de la multitud ya la señalaban, algunos con odio, otros con fascinación. Una anciana susurró la palabra prohibida con la lengua gastada: Loto. Otros negaron con la cabeza; algunos aplaudieron con ojos húmedos. Un murmullo de templos y tribunales se convirtió en ola: prohibida, desestabiliza, antigua calamidad. La música del festival se deslizó en intervalos rotos, como si el tambor hubiera tropezado con una piedra.

    —¡Atrás! —ordenó uno de los ayudantes del Arconte—. ¡La Unidad de Contención!

    La idea cayó como un cuchillo. Una unidad, en la jerga oficial, significaba persecución, control, borrar. Sayori sintió que todo el mundo se inclinaba hacia ella, como si la plaza fuera una mesa y ella la mancha que debía limpiarse. Su respiración se volvió compás irregular. El calor de la vergüenza le subió a la nuca; recordó la casa en ruinas donde aprendió a silenciar los pasos que brotaban sin permiso. Recordó también las manos de su madre enseñándole a tejer flores con los dedos, y un filo de pérdida atravesó su pecho. Si hubiera podido, hubiera tocado la nuca de la niña y decirle que estaba bien, que no le pasaría nada. No podía. No debía.

    En esa marea de sonidos y rumores, una figura emergió de los laterales con la soltura de quien conoce atajos: Miri. Cabellos cortos, sonrisa ancha y una capa llenas de bolsillos que olían a aceite y a pan frío. Saltó el parapeto que separaba la plaza del canal y llegó a la orilla donde Sayori se había quedado, como una ola que viene a detener otra. Miri la agarró por el brazo con firmeza.

    —¡Búrlate de los aprendices otra tarde! —dijo Miri, riendo bajo—. ¿Creíste que nadie iba a ver? Te oí como si el suelo llamara.

    Sayori no respondió de inmediato. Se oyó a sí misma: la voz quebrada, el latido que traicionaba pasos que no quería. —Lo intenté...— murmuró, y la palabra se disolvió en el ruido de la multitud.

    —Ya, ya —replicó Miri con la cadencia de quien busca un punto de apoyo—. Ven. Que esa gente con motivos y escudos no te vea de frente.

    Miri empujó a Sayori hacia la sombra de un arco, y juntas se mezclaron con la gente que se retiraba. Desde el muro, la joven ladrona miró sin quitar la vista a la plaza. El Arconte de baja jerarquía conversaba con hombres de negro y su tono era grave; lanzó una señal y un mensajero, de rostro curtido y pergamino en mano, comenzó a subir al podio improvisado del festival. La multitud, siempre hambrienta de órdenes, calló para escucharlo.

    —Por orden del Consejo de los Arcontes —anunció el mensajero con voz que quería sonar mayor de lo que era—, y ante la aparición de prácticas no registradas, se activa la Unidad de Erradicación Ritual. Todo uso de técnicas prohibidas será perseguido con celeridad. La estabilidad del país está por encima de todo.

    El aire se congeló en ese Erradicación. Detrás del mensajero, un estandarte se desplegó por accidente o por diseño: el escudo del Arconte, una flor estilizada atravesada por un rayo. Sayori lo vio clavado en la multitud —fue suficiente un segundo— y el mundo se contrajo como un acorde menor. No había persecución únicamente por lo que había hecho; había una sentencia anticipada, una maquinaria que se ponía en marcha con nombres y siglas.

    —Ellos... —susurró Sayori sin querer que la oyeran, pero Miri sí la oyó—. Ese escudo...

    Miri apretó los labios, mirada afilada como cuchillo de pesca. —Entonces nos vamos —dijo—. Ya huele a orden. Ven conmigo a los tejados. No hoy, no aquí.

    Mientras salían, detrás de ellas la plaza se fragmentaba en rumores, voces que se convertían en historias y leyendas en cuestión de minutos. Un viejo con una muleta gritó que había visto el Loto en su juventud; otro afirmó que la Loto era solo mito, miedo disfrazado. Sayori sintió en sus sienes el zumbido de la electricidad, tenue aún, como un latido en la tela del mundo. La flor que nacía en su pecho latía con la promesa de que el baile no terminaría allí. Pero en la distancia, las voces de los Arcontes ya trazaban líneas: un nombre para cazar; una técnica prohibida que debía desaparecer. Y bajo el estandarte, en la sombra del escudo, Sayori supo que dejar de bailar ya no sería suficiente para ocultarse de todos.

    Capítulo 2 — Huida en Compás

    EL VIENTO OLÍA A SAL y a humo de aceite. Lyr se extendía como una ciudad hecha de cuerdas y madera: pasarelas que colgaban sobre canales, tejados inclinados que brillaban con la lluvia reciente, y escaleras que se enroscaban como lianas. Sayori y Miri se movían por ese entramado como dos notas de una misma melodía: la ladrona marcaba el ritmo con pasos cortos y secos, Sayori respondía con giros largos que parecían limpiar el aire. No era sólo huir; era bailar huyendo. Las pisadas contra tejas y cuerdas parecían tambores, la respiración un contrabajo. Cada salto era un tiempo, cada caída una respiración contenida.

    —¡Rápido por los canales! —susurró Miri, tirando de la manga de Sayori con la urgencia que solo tienen quienes conocen la ciudad como las palmas de sus manos—. Los callejones están llenos de curiosos. Por arriba, por arriba siempre.

    Subieron por la cornisa de una casa, giraron en la teja hueca que resonó como un plato, y descendieron por una escalinata hasta un puente bajo. Desde allí, la ciudad se desplegaba en aguas moteadas: barcas amarradas, faroles que reflejaban danzas diminutas en el agua, y pescadores que miraban con sospecha la oscuridad movida por el rumor. A cada cruce, Miri marcaba una señal con el pie; Sayori seguía, dejando que su cuerpo trazara curvas que parecían susurrar ejercicios aprendidos en otra vida.

    Los recuerdos vinieron en ráfagas, como una partitura memorizada que brotaba en el instante preciso. Sayori recordó a su madre bajo la luz de una vela, enseñándole a mover la mano para que un brote apareciera en la palma; cómo las flores que nacían tenían la fragancia de la lluvia reciente y la textura del papel mojado. Recordó el calor de las piernas de su madre, el canto que las acompañaba, esos pasos que eran menos técnica que pacto: Danza con cuidado, le decía su madre, que la flor escucha más que tu pie. Esos recuerdos encajaron con cada salto que ahora daba: no eran nostalgia, eran memoria muscular. Pero la memoria también tenía su filo: cada paso podía traer vida o llevarla.

    La alarma se convirtió en clamor cuando las campanas del muelle doblaron tres veces: señal de

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