La chaqueta amarilla
Por Sergio García y Antto Kabo
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Juntos descubren lo que ocurre cuando alguien te mira y no te juzga, cuando puedes hablar sin disfrazarte, cuando un gesto sencillo —una merienda, una caricia, una canción o una promesa— puede sostenerte en los días más oscuros.
Pero no todo se ilumina de golpe: la enfermedad de su abuela Manuela coloca a Dani en un frente que no estaba preparado para afrontar. Su yaya, tejiendo sus frases sabias y su amor incondicional, se convierte en un hilo de lana que lo conecta con la ternura, la memoria y la valentía de seguir viviendo.
'La chaqueta amarilla' de Sergio García es una historia de primeras veces, de abrazos que se quedan pegados y de amistades que curan. Un relato sobre el deseo, el duelo, la diferencia y la ternura como forma de resistencia con prólogo del influencer Enrique Bernabeu.
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La chaqueta amarilla - Sergio García
Crecerán las flores
A veces una historia te atrapa no por lo que cuenta, sino por lo que despierta en ti. Y eso me pasó con La chaqueta amarilla, porque muchas de las vivencias podrían haber sido las mías.
Este libro me hizo recordar al Enrique de hace unos años. Al que se escondía debajo de la mesa del colegio para que no lo vieran cojear. Al que intentaba que su voz no temblara cuando le tocaba hablar en clase. Al que soñaba con desaparecer… y también con ser.
Aún puedo recordar ese olor del suelo de caucho, porque hay memorias que no solo se fijan en la piel, sino también en la nariz. Ese olor —hoy lo sé— no era del suelo: era el miedo. El miedo a que me vieran. A que no me quisieran. A que descubrieran que yo no era normal
.
Pero si algo me salvó en aquella época, fueron los sueños. Soñar fue mi forma de resistir. Soñaba despierto con escenarios, con luces, con canciones que hablaran de mí. Soñaba con que algún día lo raro dejaría de ser un problema. Soñaba con contar mi historia, con vivirla a mi manera, sin tener que pedir perdón por existir. Y soñaba con un lugar en el que poder ser sin esconderme.
Mi madre siempre decía: «Tú sueña fuerte, Enrique. Que tener sueños es gratis… pero cumplirlos es de valientes.» Y aquí estoy, cumpliéndolos con andador, con memoria, con cicatrices… y con todo lo que soy.
Porque sí: muchas de las vivencias de Dani o Darío también me han pasado a mí: como cuando me inventé un esguince para ligar, solo para evitarle a un chico la explicación de que mi forma de caminar era por parálisis cerebral; o cuando me prohibieron entrar a un pub porque pensaban que iba borracho; o cuando mandé una foto antes de una cita y, al verme en persona, el chico me soltó: «Uy… en la foto no cojeabas.»
No te rías. Bueno sí, ríete. Yo ya lo hago.
También he tenido que escuchar frases como: «¿No tenías bastante con tener una discapacidad como para ser gay?». Como si hubiera podido elegir ambas cosas en la ruleta de la suerte. Como si ser yo fuera un exceso, un problema, una provocación.
Pero lo cierto es que ninguna de esas frases me define. Lo que me define es lo que he conseguido construir pese a ellas.
La chaqueta amarilla no es solo una historia de instituto, ni una historia de amor, ni una historia sobre discapacidad. Es una historia sobre encontrarse. Sobre reconocerse. Sobre abrazar lo que eres cuando el mundo te dice que no encajas.
Dani encuentra una voz, una tribu, un refugio. Y eso, para quienes hemos crecido en el margen, es tan valioso como el aire.
Y luego está Darío. El chico nuevo. El de la silla de ruedas. No es el típico personaje al que le tienes que tener pena. No está ahí para dar lecciones de vida ni para que el resto se sienta afortunado por poder caminar. Está ahí porque es una persona. Punto. Con carácter, con humor, con su forma de ver el mundo. Y eso, para quienes hemos tenido que vernos a través de personajes mal contados, se agradece como el aire.
Este libro también habla de algo esencial: la necesidad de lugares seguros. De la importancia de la educación. De profesoras como Laura, de yayas como Manuela, de amigos que te miran sin necesidad de explicaciones. Habla de salud mental, de esos días en los que cuesta levantarse de la cama y de lo vital que es que alguien te diga: «Estoy aquí».
También habla de lo que nadie debería perder: la capacidad de soñar. Y de que no hay sueños pequeños si nacen de corazones grandes.
Yo soñaba con ser. Dani o Darío sueñan con vivir. Y tú, que estás leyendo esto, seguro que también sueñas con algo. Por eso, este libro no solo se lee: este libro se siembra. Se siembra en quienes alguna vez se sintieron fuera de lugar. Se siembra en quienes aún no entienden por qué es tan importante hablar de inclusión. Se siembra en cada adolescente que, como Dani, como yo, como tantos, ha sentido miedo, vergüenza o soledad.
Pero ojo: la semilla no es suficiente. La semilla de la inclusión está aquí, entre estas páginas.
Ahora nos toca a nosotros regarla. Y cada persona lo hará a su manera: con su mirada, con sus palabras, con sus actos, con su forma de estar en el mundo.
Entonces, crecerán flores. Algunas serán altas, otras pequeñas. Algunas discretas, otras explosivas. Pero todas, absolutamente todas, tendrán su lugar.
Así que sueña fuerte. Abraza lo que eres. Lee sin miedo. Y recuerda: esta chaqueta abriga.
Lo mejor… es que queda bien a cualquiera.
Enrique Bernabeu.
El paraguas
Hola, me presento. Mi nombre es Dani y, como ya imagino que habréis adivinado, soy el protagonista de esta historia. Estaréis pensando «¡Dios mío! ¡Otro romance gay lleno de mariposas y finales felices!». Pues os equivocáis… ¡Bueno! En parte sí y en parte no, pero no quiero adelantar acontecimientos. ¿Quién querría empezar un libro sabiendo ya el final? Yo no, desde luego.
Toda historia tiene un principio y un final, pero muchas veces nos olvidamos de contar lo que encontramos en el camino, lo que realmente nos hace crecer aunque, algunas veces, nos destruya. Por eso voy a contaros mi inicio, lo que me ha llevado a ser quien soy y a estar en el punto en el que me encuentro. ¿Comenzamos?
Como decía, me llamo Dani: Daniel cuando mi madre se enfada y Danielillo cuando mi abuela me agarra de los cachetes de la manera más tierna que os podáis imaginar. Tengo catorce años y soy de un pequeño pueblo de la sierra de Salamanca, La Alberca.
Tengo una madre maravillosa que se llama Mayka. La pobre se pasa el día trabajando para poder sacarnos adelante a mi hermano pequeño y a mí. Se divorció al poco de tener a mi hermano, y nunca más volvimos a saber nada de mi padre, que se fue de La Alberca a vivir quién sabe dónde. Hasta el momento en que mi madre se quedó embarazada de mi hermano éramos la típica familia de tres que ves por la calle e idealizas. Hacíamos todo juntos: íbamos al cine, de paseo, a comer, al campo… no se podría sospechar lo que ocurría en nuestro hogar de puertas para adentro.
Mi padre se pasaba el día fuera de casa, supuestamente trabajando, y regresaba a altas horas de la noche oliendo a alcohol. En ocasiones, apenas conseguía encontrar la cerradura de la puerta. Era entonces cuando se volvía violento y comenzaba a aporrearla y a llamar al timbre sin cesar. Mis vecinos llamaron a la policía más de una vez atormentados por el grotesco espectáculo que montaba este personaje. Cada vez que pasaba, solo podía esconderme debajo de la cama y quedarme paralizado, mientras lloraba desconsoladamente. No era capaz de reconocer a la bestia que se escondía detrás de esa puerta.
Un día, sin dejar de oír a ese hombre gritar, y viendo a mamá temblar y llorar con la mirada perdida, supliqué que aquello parara ya. Salí corriendo hacia ellos: no podía permitir que le siguiera poniendo las manos encima. Después de eso, recuerdo despertarme en los brazos de mi madre. La cara me ardía; era un dolor insoportable. Aquel ser que un día había sido mi padre había sido capaz de golpearme atrozmente a mí, a su hijo.
Lo único que yo quería era que todo volviera a ser como antes. Y, aunque él parecía arrepentido cada vez que ocurría, estos momentos se siguieron repitiendo. Tanto desajuste hizo que acabara repitiendo un curso en Primaria. Más tarde, cuando nació mi hermano pequeño Jacobo, mi madre dio el paso. Decidió acabar con años de maltrato para que mi hermano no pasara lo mismo que habíamos pasado nosotros. Recogimos nuestras cosas y nos fuimos a vivir a la casa de la yaya. Estaba un poco alejada del centro,
