Yo me libero, yo te libero
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Mi inquietud por no acatar lo que «se supone» que debía hacer (estudiar, graduarme, trabajar, casarme y tener hijos) impulsó mi camino autodidacta hacia el autoconocimiento. Con esta decisión de aprender, la vida fue poniendo en mi camino libros y maestros a través de los cuales me fui encontrando conmigo misma. Así, fui aprendiendo de Leonard Orr, Bob Mandel, Viola Eduard y María Luisa Becerra, con quienes me hice renacedora.
He participado en el taller de búsqueda espiritual de Gary Renard (escritor y autor de los libros Desaparición del universo y Las vidas en que Jesús y Buda se conocieron) y en el de Rosa María Wynn (autora de El aprendiz impecable); pero solo cuando conocí a Ángel María Herrera, mi mentor definitivo, supe que había descubierto mi propósito en la vida, que comparto gustosamente con los lectores.
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Yo me libero, yo te libero - Karla Rodríguez Cupare
La niña que detestaba los sombreros
Me llamo Karla Rodríguez, nací en Ciudad Bolívar (Venezuela) y viví mi infancia en el aire. Mis pies no tocaban nunca el suelo porque sobraban brazos para cargarme. Yo pasaba de unos a otros, porque mi papá tenía muchos hermanos y yo infinidad de primos de todas las edades. Así que siempre había un ejército de personas dispuestas a sostenerme entre risas, arrullos, juegos y achuchones, consentida y querida con la suerte de los primogénitos. De mi infancia no recuerdo casi nada más que ese estar entre algodones y el calor de los abrazos.
Era la mayor de tres hermanos que, en realidad, parecían ser dos. Otra de esas cuestiones que quedaron en el aire y que solo se resolvieron con el tiempo. Mi hermano y yo, los dos hijos del matrimonio, y una hermana más que, según me dijeron, habían dejado a cargo de mi madre porque su abuela no podía ocuparse de ella.
Poco antes de morir mi papá me confesó que le había sido infiel a mi mamá y que yo tenía dos hermanastros más, pero que había querido mucho a mi madre y que por eso no se había divorciado. Por aquel entonces, yo ya tenía catorce años y no supe qué decir. Lo que yo había visto con mis ojos de niña era una madre enfadada que siempre discutía y a la que yo culpaba de todo lo que sucedía. ¡Quién podía aguantarla con ese carácter! Solo más tarde la vida me ayudó a entenderla y a comprender que esa pelea continua era una forma de drenar su decepción y su dolor. Todo lo que mi padre tenía de protagonista de mi historia también lo tenía mi madre de antagonista.
Así que crecí con una hermana que parecía no serlo. Y sin dos hermanastros a los que nunca conocí. Pasaba mucho tiempo con una tía paterna que siempre venía en vacaciones para llevarme con ella y así compartir los paseos que daba con su familia. Además, me compraba ropa y me daba de todo. Yo la quería mucho, igual que a mi tío y a mi prima, porque, aunque era mayor que yo, jugaba conmigo. Una infancia linda, siempre en una nube, colmada de besos, atenciones y amor.
La relación con mi papá siempre fue estupenda. Yo era su reina. A cada rato me preguntaba sobre mí, sobre cómo estaba, qué hacía. Me invitaba al cine, me llevaba a comer helados, me contaba cosas de su trabajo y de sus viajes.
De mi mamá no tengo tantos recuerdos. Se pasaba el día regañándome y no le gustaba que yo fuera gordita. Ella estaba delgada y era muy bonita. ¡Parecía una modelo! Se vestía muy bien y cualquier prenda le quedaba linda, pero a mí no me gustaban los vestidos que me compraba porque me sentía a gusto con ropa sencilla. A ella le fascinaba ponerme sombrero y yo los detestaba. Nunca estábamos de acuerdo en nada.
Cuando terminé los tres primeros años de bachillerato, ella decidió inscribirme para que cursara Ciencias. Yo quería estudiar Humanidades, porque prefería leer a pasar el día en un laboratorio haciendo experimentos, dibujos técnicos o calculando raíces cuadradas. Pero mi mamá venía de una familia muy humilde, no conoció a su padre y estudió y se graduó de secretaria como buenamente pudo. Ahora entiendo que simplemente deseaba lo mejor para mí y que quería evitar que pasase las penalidades que podía causarme no tener una profesión. Ella pensaba en su propia vida, en la traición de mi padre y aspiraba a que yo no dependiese de nadie. Hoy la honro y me duele que ninguna de las dos supiéramos llevarnos bien y tener una relación más cercana.
Pero ¡qué más daba todo eso por aquel entonces! Durante la primaria fui muy feliz a pesar de todo. La estudié en un colegio de monjas. Tenía muchas amiguitas y siempre quedábamos a dormir unas en casa de las otras. Era genial. En el colegio nunca fui una estudiante excelente y solía estar en la media. En sexto grado, jugaba al voleibol y formaba parte de un equipo. Casi siempre me tenían de suplente porque era bajita, pero participé en algunos torneos.
También me gustaba tocar la mandolina, aunque nunca conseguí sacar más que algunos acordes. Mi mamá me inscribió en clases de cuatro, pero no tenía oído musical, así que al final no logré tocar ningún instrumento.
Y, sin embargo, mis pies seguían sin posarse sobre el suelo. El sonar de la música, los torneos, los helados, los mimos, los abrazos… Las noches en casa de amigas y las tardes en el cine con mi padre. Esa madre linda, aunque censuradora. Solo cuando empecé bachillerato comenzó a zarandearme el viento de la vida. Tuve que inscribirme en varios institutos, porque en la aldea donde vivía mi mamá no podía asistir a clase. Así que me tuve que marchar a vivir con mi abuela materna una temporada, luego con mi tío materno y su familia. Y finalmente regresé con mi abuela para completar los dos últimos años. De un hogar a otro, de mesa en mesa y de abrazo en abrazo. Mi papá me recogía los viernes y pasábamos el fin de semana con mi mamá y mis hermanos. Y eso, cómo no, era lo mejor de todo, lo que yo había estado esperando durante toda la semana.
Hasta que el 6 de abril de 1973, Viernes de Concilio, el día en que empezaba la Semana Santa, el viento que nos bamboleaba suavemente se convirtió en un huracán que lo arrasó todo.
Pero esa es ya otra historia. La otra historia de mi vida.
Capítulo 2
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