La Alianza Sobrenatural
Por juan manuel sosa
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Al Corah es una ángel legionaria a quien se le asigna una rara misión: proteger a Numaél, un chico de barrio cuya vida no parece tener trascendencia. Mientras ella cumple la tarea, se da cuenta de los dones de brujo que tiene el chico y sospecha de una conspiración de parte de su propia Legión en contra de las brujas humanas. Al Corah termina asesinando al mismísimo ángel de la muerte, cuando este viene a reclamar a su protegido. Su crimen desata el infierno en La Tierra. Al Corah inicia una alianza con otros seres interdimensionales que se han relacionado amorosamente con seres humanos. Deberá enfrentar la ley de su propio mundo y llevar a cabo una rebelión contra su Legión, cuando esta marcha a una batalla suicida en contra de Assebián, el máximo demonio de turno.
La alianza Sobrenatural logra enfrascar juntos, el imaginario popular latinoamericano con sus yerbateros de pueblo dotados de poderes mágicos y, la mitología mezcalr meter en la licuadora varias características de la vida andina.
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La Alianza Sobrenatural - juan manuel sosa
La bruja antigua (por Al Corah)
Nunca supe su nombre. Ni si quiera lo supo el Hado, que por entonces no era más que uno de tantos sirvientes de los infiernos; y tampoco conoció su nombre el Sino de la legión, que estuvo igualmente cerca de ella. Pero aún así he decidido comenzar este relato con su humilde tragedia, pues fue así como empezaron inolvidables tiempos de guerra y angustia. Insufribles generaciones para ángeles e incomprensibles eones para los humanos. Pero es esta última etapa de la guerra, en la que intervinieron los hombres y en la que intervine yo, la que les contaré.
Los seres de la Tierra han sido de inverosímil inocencia, y su ingenuidad ha incrementado con sus siglos. No tienen más que vagas ideas de su procedencia, igual que nosotros, pero con el tiempo han dejado de buscar. Tuvieron una dulce infancia en la que se comunicaban con nosotros y nos permitían a nosotros involucrarnos con ellos, o eso dice la historia como la enseñan en Lérfiruv, mi mundo natal. Dice también que los hombres se concentraron cada vez más en las cosas materiales de su mundo, y que aquello que no pudieron describir con números, lo despreciaron y olvidaron, como a nosotros. Pero no sucedió aquél gran cambio sin que pequeñas partes de sus pueblos albergasen todavía sus más primarias y arraigadas pasiones. Eran los hombres y mujeres que vivían en la Tierra, donde ésta se parecía más a como era en su principio, desprovista de formidables arquitecturas e ingenios. Ahí, los ángeles todavía se reunían, tanto nosotros como aquellos que habitaban los infiernos y prestaban sus servicios a los Hados, porque era precisamente en estas partes del mundo de los hombres en que los demonios todavía estaban en capacidad de operar, y por ello mismo, donde los humanos más nos necesitaban.
Y era en una de estas regiones olvidadas por los humanos que esta mujer vivía. Su cielo estaba cubierto de nubes grises y pesadas como un arsenal flotante, y su hogar levantado con maderos de árboles se encogía bajo las amenazas del firmamento. Bajo su techo horadado, su bebé pataleaba inconsolable, pues en sus ojos sin prejuicios se reflejaban las sombras de aquello que los otros hombres se negaban a ver. La figura le asechaba y se acercaba con lentitud sobre el techo.
La mujer regresó a su hogar con una tinaja llena de agua
sobre uno de sus hombros. Era una mujer muy fuerte, pues aún con la carga siquiera tambaleaba. Sin embargo, cuando abrió su delgada puerta y entró, arrojó el recipiente al ver que su bebé no estaba en la cama, y corrió a buscarlo en cada resquicio pateando los fragmentos de barro de la tinaja y chapoteando sobre el agua derramada que se colaba ruidosamente entre las tablas del piso. La mujer no paraba de gemir y dar vueltas sobre sí con las manos en la cabeza, como si esperara encontrar a su hijo de repente en cualquiera de los lugares en los que sabía que no estaba. Pero tuvo un súbito brío de lucidez, se convenció de que el bebé no estaba ya en la casa y de que debía pedir ayuda. Salió corriendo de la humilde morada en dirección a un corral, llevando consigo una montura mullida y sucia. Atravesó jardines y cultivos en un parpadeo. Brincó la barda como si ella misma no tuviera peso, ensilló y montó el animal del que más cerca estaba. Bastó un enérgico árre para que el caballo emprendiere a todo galope.
La mujer cabalgó a lo largo de un sendero donde la hierba llevaba poco de renacer después de que la marchitasen para dibujar el camino. Atravesó el paisaje velozmente entre árboles robustos y de imponencia aterradora. Los cascos de su caballo golpeaban el suelo revolviendo las hojas secas, y su paso era tan veloz que las lianas colgantes se inquietaban momentáneamente. A la vista de la mujer apareció poco a poco detrás de la última colina, la forma de la casa de su vecino más cercano. Por su puesto invocó su ayuda.
Los ángeles negros solían emboscarnos en manadas a los ángeles de la guarda. Frecuentemente estaban desarmados, además de sus colmillos y uñas, y atacaban gregariamente a un ángel custodio solitario. Pero a Niyirét, no la abordaron varios demonios, sino uno. Había sido sorprendida aún en presencia del bebé que debía proteger y fue atacada formidablemente por un demonio, más grande que aquellos a los que nos acostumbramos a ver, armado con una espada larga, aserrada y oxidada. Era Assebián, que se había hecho a sí mismo patrón de una bruja humana para realizar sus fechorías en el mundo de los hombres. Assebián, un demonio que para entonces ni el Sino de la legión había visto nunca ni conocido su nombre.
Niyirét era una arcángel, tan diestra como cualquiera que se entrene en la legión, de una fiereza que hacía bastar una mirada para reprimir la avanzada de un grupo de demonios. Pero los ángeles negros como Assebián eran muy poco comunes. Tenía a Niyirét dominada hacía rato y jugaba con ella al punto de divertirse. Le había rapado y entonces arrojado su espada desde lo alto, pues en batallas tan prolongadas e inusuales los ángeles se atrevían a volar mientras blandían sus espadas. Sin embargo cualquier ventaja que tuviera Niyirét era por voluntad del cínico Assebián. La espada de Niyirét estaba clavada en la tierra húmeda a la orilla del río, donde luego cayó súbitamente ella. El agua cristalina lavaba lentamente sus heridas y se teñía de suave rojo, al tiempo que vertía entre las desordenadas plumas de sus alas. Niyirét levantó la cabeza repentinamente y con gran dolor gateó para acercarse a su arma. Arrastró su pecho sobre el fango repleto de piedrecillas hasta que estuvo muy cerca de su espada. Pero justo en aquél momento decidió aterrizar Assebián, interponiéndose.
—No habréis de interferir más, ángel —le dijo.
—Podéis estar seguro una vez yo muera... —le contestó Niyirét.
Y Assebián hizo caso. Con desleal ventaja le atacó una vez más, hasta que ella se mantenía en pie más por la fuerza de los golpes que por la de sus piernas. Assebián le propinaba certeros tajos sobre el pectoral y finalmente lo abrió en dos. Niyirét cayó de rodillas y Assebián procedió a degollarla. Después abrió unas enormes alas segmentadas y de un salto emprendió vuelo para ir a completar su misión.
El bosque era cada vez más tupido y oscuro y el caballo de la mujer no podía ir a todo galope. Debía sortear incesantemente montículos de piedra, troncos y profundos desniveles. Su jinete no paraba de mirar alrededor en busca de alguna pista sobre quien se había llevado a su hijo. El ángel negro podía verlo todo desde su vuelo bajo las copas de los árboles y decidió aterrizar delante del animal, que se descontroló, presa del pánico y arrojó al suelo a la mujer. La bestia relinchaba y se retorcía buscando quitarse del camino del demonio, por lo que repentinamente dio la vuelta y desapareció horrorizado tras las brumas. No pudo hacer nada más la mujer y quedó desconsolada en medio del oscuro bosque. Lo siguiente que hizo Assebián fue volar en busca de su bruja, a quien hasta entonces había inducido con todo éxito a raptar al bebé.
Para nosotros, el nombre de esta bruja fue igualmente irrelevante. Pero debía ser lo suficientemente poderosa como para serle de utilidad a un demonio. Y un demonio que se interesa en el poder de una bruja humana, no es cualquier demonio. Assebián no era cualquier ángel negro. Pues bien, esta bruja, era una mujer madura en cuyo rostro se volvían evidentes los sufrimientos, el rencor y la maldad. Era una de estas criaturas que nunca en la vida se habían quitado una pizca de cabello, y lo llevaban enredado sobre sí detrás de la espalda como una cola inerte e indolora.
Había caído la noche. La bruja llevaba consigo al bebé cuesta arriba, después de un hondo precipicio donde existían montones de rocas filosas. Su deber era llevarlo a lo más alto, donde una atrocidad cometería. Pero caminaba lento, ya que iba cantando sus ditirambos en lenguas y lo hacía tan concentrada que ni siquiera abría los ojos para ver donde ponía los pies. Mucho menos la distraía el llanto cortante y profuso del niño que llevaba cauto, envuelto en una sucia tela de color negro.
Assebián supervisaba desde lo alto de un árbol a la orilla del bosque. La miraba complacido y orgulloso, pero de pronto su tez plácida se quebrantó. Volvió a ver hacia atrás y descubrió al hombre, el vecino de la madre del bebé, aproximándose a lomo de mula, sorteando los obstáculos del bosque que estaba aún más sombrío. Assebián quiso repetir la hazaña que hizo con el caballo, pero esta vez no surtiría efecto. Aterrizó estrepitosamente delante de la bestia, pero las mulas, a diferencia de los caballos, no temen a los seres espirituales. Pueden vernos, pero no nos temen. Así es que el hombre prosiguió sin interferencias. Assebián, enfurecido, alzó vuelo gruñendo y retorciéndose. El valeroso hombre tuvo que desmontar cuando llegó al filo del abismo, porque su animal tuvo más miedo a cruzar por un delgado sendero que al mismo demonio frente a él. El hombre empezó a cruzar a pie, muy lentamente, mirando eventualmente hacia abajo donde las piedras de río se veían como manotadas de arena. A cada paso se rodaban piedrecillas y su caída era tan larga que ninguna podía verse llegar hasta abajo.
Una repentina sombra voló muy cerca de la cara del hombre. Luego se alejó y dio la vuelta, para aletear delante de el. Era Assebián.
—¡Mirad esas rocas, y qué filo tienen! Moriréis hoy ¡ahora! No vale la pena ¡REGRESAD!
Gruesas gotas de sudor, producidas más por el miedo que por el cansancio, caían de la frente de este hombre. Pero su miedo aún era muy pequeño para vencerle. Prosiguió con calma, agarrándose de las piedras con las uñas hasta estar cada vez más cerca del otro lado, y siguió aún con las constantes y cada vez más terribles amenazas de Assebián, que crepitaban en su mente como la voz de su propio miedo.
Junto al río, la espada de Niyirét, a pesar de su textura opaca, reflejó una repentina falange de luz color plata que venía del cielo. Sobre su cuerpo, aún indemne para lo que un ángel guerrero puede soportar, la luz se materializó en un pájaro, hecho de fuego muy lento, de líquidas llamas plateadas. Se posó en su pecho con suavidad, casi con ternura. Niyirét entornó su mirada nuevamente y cerró su puño con fuerza, viva aún como el último día de una flor. Al hombre sólo le quedaba un pequeño salto para terminar el cruce por el borde del abismo, y sin temblar si quiera se arrojó al otro lado. Se incorporó muy rápido, y antes de empezar a caminar. Tomó de su funda un machete.
—Busté naida le va’cer a la criatura ¿oyó?
El hombre emprendió persecución tras la bruja con su machete en la mano, con tanto coraje como un arcángel con su espada en ristre. Assebián, corrió en cuatro patas tras él a una velocidad aplastante, pero al último momento se lanzó al cielo y se desvaneció en las alturas. Un rayo cayó y partió un gran árbol como si fuera una varita. El hombre se aturdió y se detuvo, mientras que el inmenso árbol se mecía y caía sobre él. La bruja estaba ya en la cima de la colina, entonando sus cánticos entre los dientes y apreciando lo que sucedía tras ella. Observó al hombre desaparecer bajo una tormentosa mole de ramas y hojas. Cuando vio que no volvió a salir, se concentró otra vez en sus oraciones y colocó al bebé en el suelo.
Del árbol caído, salían ramas volando como si él por sí mismo las despidiera en medio de una batalla. Salieron tantas que en menos de un parpadeo hubo un gran agujero y de este emergió el hombre gritando y esgrimiendo su machete.
—¡to’avía toy vivo, bruja maldita, to’avía toy vivo! —gritó y volvió a correr.
Assebián descendió de las alturas y se lanzó sobre el hombre, que sin entender nada, se detuvo horrorizado. Observaba su machete doblado y nada se le ocurría para explicarlo, más que lo que era obvio para él. Cuando lo arrojó al suelo, su machete estaba enrollado sobre sí como una lombriz cuando se retuerce.
—Ésta sí es una puritica bruja ¡almas benditas...! ¡El hierro no, pero el acero sí se lo come! —le amenazó.
Sin siquiera una brizna de miedo, volvió a correr apenas cojeando y apretando su plateado cuchillo con tanta fuerza que el cabo se fundía con su mano. Pero Assebián no estaba dispuesto a aceptar un segundo más de retardo, e hizo algo aún más atroz que lo que había hecho hasta ese momento, que es lo mismo que hubiera hecho un ángel negro ordinario. Gritó tan sentidamente que el eco traspasó las dimensiones y su aullido fue audible hasta para la madre del bebé, que hasta ahora venía cruzando el hondo precipicio. El demonio se lanzó enfurecido a un vuelo fugaz hasta la oscura neblina de la que emergió de inmediato trasfigurado en un perro enorme, de grises pelos largos y juntados por tupida mugre.
En su nueva forma material el demonio corrió tan rápido en dirección al hombre que no podía detallarse su forma en una sola mirada. Llegó a él y le embistió con tal salvajismo e inmisericorde ventaja, que la víctima cayó como si fuere atacada por un toro.
La hoja de la navaja de la bruja era curva y estaba recién conquistada por el óxido. Estaba en su mano de dedos largos e inteligentes, de piel arrugada y tacto marchito como las piedras; ondeándose sobre el vientre desnudo del niño que había colocado sobre una piedra plana. La luna llena empezaba a lucir detrás de unas nubes macilentas, que parecían quitarse del camino por voluntad propia.
El infernal perro se revolcaba con su víctima colgada de las fauces como si fuera un adorno sin vida y ensangrentado. El cuchillo del hombre terminó muy lejos de él, inútilmente fuera de su puño y tirado entre las piedras. Pero repentinamente el perro cambió sus rugidos de pesadilla por un lamento desgarrador y se quitó de encima del hombre para rodar sin control hasta la niebla. Su lomo se había cortado severamente y sin motivo aparente. En un momento recuperó el control pero un nuevo tajo invisible estuvo cerca de cercenarle la pata.
El cuchillo de acero fue recogido por la mujer que corría y al tiempo veía al perro a lo lejos dar alaridos sin motivo alguno. Pasó incluso de largo sin atender a su vecino, que estaba como muerto en el suelo, para alcanzar a la bruja que tan cerca estaba. En ese momento la bruja acariciaba el inverso de su muñeca con su cuchillo curvado. El volumen y devoción de sus cantos había subido en una medida estruendosa. Sólo tuvo su mano el impulso para ejecutar el suicidio porque justo a tiempo se tiró sobre ella la madre del niño, para darle muerte sin piedad y sin riesgo. No bastó con que la tuviera ya inmóvil sobre la tierra húmeda sino que se aseguró de que muriera dando tantas cuchilladas frenéticas y repetidas como pudo antes que sus fuerzas colapsaren.
Assebián había regresado a su forma habitual, escuálido y semicubierto de escamas, imperceptible a los seres humanos. Fruncía su ceño y sacudía la cara para volver en sí, al tiempo que daba pasos erráticos por el desequilibrio y se sujetaba las heridas con la mano. De pronto cayó de rodillas y abrió bien sus ojos rojos para ver lo que había pasado. La sangre roja supremamente oscura que brotaba de su dorso era la misma que escurría lentamente de la espada de Niyirét, que aguardaba entre la maleza a que su enemigo la descubriera. Tenía su espada aún en ristre y su pecho crepitaba tanto como el corazón lo empujaba. Su frente estaba empapada en delgado sudor y sus ojos estaban muy abiertos observando a Assebián, preparándose para su reacción y para lo inevitable.
La madre a cuyos sus ojos al fin se les permitía llorar a pesar de la angustia y el peligro de muerte, volvía con su bebé en los brazos y daba atención a su valiente vecino. Le ayudó a ponerse en pie con grandes dificultades ya que además de los daños producidos por los ataques de Assebián, el miedo les había zanjado las voluntades. A la lentitud que solo podía esperarse se marcharon los tres, los héroes y el rescatado, rumbo a casa para descansar de la penosa tarde y noche y reponer el orden en sus vidas. Una vez internados en el bosque que era para ellos tan seguro y conocido como nunca antes, terminó la corta ordalía de esta mujer de la que, por lo menos para nosotros los ángeles, más nada volvió a saberse.
II Ikaél (por AL Corah)
Niyirét dirigió sus ojos al firmamento. Un repentino disparo de aire dividió las nubes rocosas y hasta dejó ver algunas estrellas. Assebián estaba indignado y su fuerza se reponía tan lentamente que no podía expresar toda su ira. Pero pudo observar el descenso del justiciero de Lérfiruv en el mundo de los hombres. Nigurát era un ángel de edad impensable, que el tiempo había hecho que perdiera toda apariencia posible, toda voz audible y toda historia entendible. Durante toda la existencia de los hombres había tenido el trabajo de conducir los almas perversas al limbo, y en esa noche terrible apareció bajo el cielo denso con sus alas de plumas negras brillantes y largas, perdiendo altura majestuosamente mientras portaba en sus manos el asta maltrecha de su vieja guadaña. Los hombres y mujeres del mundo lo conocieron en su historia pretérita pero lo olvidaron después.
Nigurát, el ángel con alas de plumas negras y siniestra túnica carmesí, asechó el cuerpo de la bruja, sin vida terrenal, hasta que para su alma fue tal el terror que se separó de su cuerpo y corrió por los campos durante la noche. Pero, se decía, no había ningún alma capaz de esconderse de Nigurát, ni siquiera los almas de brujos y brujas para quienes el mundo no terrenal no era desconocido, y se atrevían a intentar huir. Nigurát alcanzaba siempre a sus almas y las desterraba del mundo de los hombres dándoles muerte con su hoz. Efectivamente a la bruja la interceptó en su carrera y partió a la mitad con su guadaña.
Durante la persecución, Niyirét estuvo con la guardia baja, hincada con una rodilla a tierra y posando la frente sobre el mango de su espada. Era la reverencia normal que hacíamos todos los ángeles a Nigurát cuando estaba presente, por ser el ángel más antiguo conocido y conocible. El ángel de alas negras terminó su tarea y se escabulló entre las sombras como lo hacía siempre. Niyirét se incorporó nerviosamente, inspeccionando su próximo rededor con tímidas
