El mundo moderno y la comprensión de la historia
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El mundo moderno y la comprensión de la historia - Juan Carlos Chaparro Rodríguez
Capítulo 1
El advenimiento del mundo
moderno y la vindicación
del hombre en la historia
Los históricos procesos de transformación económica, social, cultural, intelectual y espiritual que empezaron a forjarse en la Europa Occidental durante la llamada Baja Edad Media, y especialmente durante el Renacimiento, sentaron las bases de lo que conocemos como el mundo moderno y desembocaron en la formación de la propia identidad cultural europea. Asimismo, y como corolario de esos históricos procesos, los pensadores de la época forjaron una nueva noción sobre el hombre, vindicándolo como centro y agente de la historia. Describir cómo se fraguaron esos procesos y destacar los efectos que de allí se derivaron para la comprensión de la historia es el objeto de estudio del presente capítulo.
1.1. Breves trazos de la sociedad medieval
Pastoril, bucólica, ascética, mística, reverente, devota, agorera, supersticiosa. Así fue y así transcurrió la vivencia individual y colectiva de los hombres y mujeres que habitaron la Europa Occidental durante buena parte de la Edad Media, lo cual se debió, tal y como lo ha señalado un gran sector de la historiografía que se ha ocupado del tema, a la ruralización que experimentaron las comunidades tras la disolución del Imperio romano y a las singulares formas de pensamiento y conducta que la Iglesia católica impuso a propósito de la función evangelizadora y doctrinaria que comenzó a desarrollar en el marco de su propio y paulatino proceso de constitución y consolidación institucional.
En tal sentido, y a más de dedicar su vida a labrar los campos, a confeccionar sus propias vestimentas, a elaborar sus herramientas de trabajo, a criar animales domésticos y a servirles como labradores y guerreros a los señores que formaban la nobleza, los hombres, mujeres, niños y niñas, incluyendo a los que conformaban los estamentos nobiliarios, llevaron una vida contemplativa tanto por la fe que abrazaron por cuenta de la obra de adoctrinamiento que sobre ellos realizaron las órdenes religiosas (benedictinos, franciscanos, dominicos, cartujos, carmelitas, etc.), como por las imposiciones que la Iglesia católica fue generando y estableciendo en virtud del jerárquico y poderoso lugar y papel que esta fue adquiriendo y desempeñando en la vida de todas las personas que integraban esa jerarquizada sociedad. Gracias a los recursos económicos que fue atesorando a expensas de las oblaciones de los fieles, de las limosnas de los peregrinos y de los beneficios que obtenía por tal o cual actividad, incluyendo las indulgencias, la Iglesia se constituyó en un poderoso emporio económico a partir del cual financió sus propias y diversas empresas, el cual, paralelamente, fue fortaleciendo a efecto del monopolio que ejerció sobre la producción, divulgación y censura del conocimiento y de los diversos mecanismos de disciplinamiento y control social que fue creando.¹
En efecto, valiéndose del monopolio de la palabra y de la escritura, y blandiendo siempre en su mano las Sagradas Escrituras como muestra y herramienta de su poder, la Iglesia no solo adoctrinó a millones de personas según sus convenciones, convicciones y conveniencias, sino que hizo de la superstición un arma efectiva para atemorizar a la gente y para ejercer su poder contra aquellos que ella misma sindicaba, acusaba y castigaba por herejía, hechicería, apostasía o cualquier otra práctica considerada contraria a los ‘mandatos divinos’ o, mejor decir, a sus ‘divinos mandatos’. El placer corporal, el deseo sexual, la creatividad artística, la curiosidad y el ingenio intelectual, y hasta la contemplación y vindicación de la naturaleza como manifestación genuina de la belleza, fueron asuntos que la redomada Iglesia desterró —o intentó desterrar— de la vida de los hombres para imponer, en su lugar, la idea y la imagen del pecado, del castigo, del sufrimiento, de la muerte terrible y de la condenación eterna por desobedecer sus preceptos y disposiciones.
La prohibición de todo aquello que pudiera significar el goce y el disfrute de la vida terrenal y pasional se convirtió en ‘norma sagrada’, y el consecuente castigo que debía recaer tanto en el cuerpo como en el alma de los desobedientes se convirtió en ley de incuestionable cumplimiento. Así, mientras que la ‘Santa Inquisición’ (creada hacia mediados del período medieval) se dedicaba a juzgar y a perpetrar el castigo sobre los cuerpos de los herejes, los sacerdotes se encargaban de difundir todo tipo de creencias e imaginerías relacionadas con el tormento que los demonios descargarían sobre esas almas perdidas que irían a parar al purgatorio y luego al infierno, a menos que los familiares pagaran para que ella intercediera por aquellas. Al efecto, y de acuerdo con la descripción que realizó el poeta Dante Alighieri en su Divina comedia, clásica obra escrita en los albores del siglo XIV, el discurso y el espectáculo que la Iglesia creó con el fin de que todas las personas comprendieran y asimilaran sus mandatos fueron tan imaginativos como escalofriantes y perturbadores.²
Con sus dictámenes hizo saber que, tratándose de expiar y castigar el pecado, para ella y sus tribunales no había distinción de personas. Cualquiera que atentara contra los dogmas impuestos por ella debía ser sometido al santo tribunal, y castigado de manera ejemplar por la comisión de los delitos que se le imputaran. Mediante la horca, la quema o la aplicación de cualquier otra forma de ‘expiación’, la Iglesia hizo todo lo que estuvo a su alcance para ‘curar’ las culpas y los pecados de here-jía, brujería y apostasía ‘cometidos’ por esos miles de hombres y mujeres a quienes acusó de tales delitos y a quienes llevó ante los tribunales de su ‘Santa’ Inquisición.
Asimismo, y en tanto que siempre procuró mantener el monopolio y el control sobre todos los aspectos de la vida individual y colectiva de las personas, la Iglesia no escatimó esfuerzos ni recursos al momento de decapitar todo lo que pudiera significarle competencia y obstáculo para sus fines. Ya fuera que echara mano de esos pobres y desvalidos a quienes solía sindicar como herejes y hechiceros para luego quemarlos o colgarlos públicamente de modo que ese brutal espectáculo sirviera de didáctico y ejemplificante escarmiento para toda la sociedad, o bien que atenazara a esos humanistas, científicos y hasta teólogos que se atrevieron a pensar por sí mismos y a expresar sus ideas yendo a contracorriente de la doctrina oficial impuesta por ella, la Iglesia siempre se mostró dispuesta y complacida al momento de exhibir y de hacer sentir su poder sin mayores miramientos.
Al efecto, no solo apartó de su camino a ‘brujos y hechiceros’, sino que hizo todo cuanto le fue posible para apartar a los hombres ‘del árbol del saber’, de modo que ninguno de estos pudiera tomar y probar los ‘perjudiciales y nocivos’ frutos que ese árbol podía proveer. Por tal razón, y aunque ella misma se encargó de acopiar y resguardar algunos de los iluminadores tratados de filosofía, poesía, literatura y ciencia que los pensadores de la antigüedad grecorromana elaboraron, lo mismo que muchos otros que fueron traídos de Bizancio y del mundo árabe luego de que se realizaran las cruzadas que el papa Urbano II alentó y que sus sucesores continuaron fomentando durante los siglos XII a XIV con el fin de conquistar y tomar la ciudad sagrada de Jerusalén, ella también se encargó de que esos tratados no fueran conocidos, en muchas ocasiones, ni siquiera por sus propios integrantes.
De esto, lo mismo que de la producción, reproducción, uso y censura de los maravillosos textos que sus monjes y copistas elaboraron durante esa época, la Iglesia se valió para afirmar su portentoso poder. Resguardados con manifiesto celo por sus guardianes y centinelas, esos extraordinarios textos permanecieron encerrados durante siglos en los monasterios y en las abadías, mientras que afuera, privados de tan especiales y fantásticas creaciones, el resto de los hombres permanecían en perpetuo estado de ignorancia y control. De esta manera, y al tiempo que erigía sus más pomposas, deslumbrantes y hermosas catedrales de estilo gótico, como las de Saint-Denis, Colonia y Canterbury, con el fin de ‘acercar a los hombres al cielo’, la Iglesia continuó fortaleciendo y expandiendo su poder mediante la obra que sus obispos y sacerdotes realizaron haciendo un uso estratégico y monopolizado de la Biblia e infundiendo el temor entre los fieles a través de las atávicas imágenes y discursos que crearon y difundieron sobre la muerte, el purgatorio, el infierno y la condenación del alma.
Así pues, y sin desconocer que en muchos lugares hubo personas que crearon y desarrollaron ‘prácticas mundanas’ como el juego, la prostitución o la lujuria, tal y como lo describe Jacques Le Goff en distintas obras, la mayoría de las personas que vivieron durante la época medieval siempre estuvieron bajo la férula del adoctrinamiento religioso y del dominio eclesiástico; entregadas y sometidas al cultivo de la vida espiritual y dominadas por la supersticiosa imaginería que paulatinamente fue creándose a lo largo de esa histórica época durante la cual la Iglesia católica fue convirtiéndose en reina y señora de las instituciones medievales tanto por ser la ‘representante y vocera de Dios en la Tierra’ como por el ingenio que tuvo para crear los medios materiales e intelectuales que requirió para sobreponerse a los demás grupos e instituciones sociales y para alcanzar sus objetivos. Con sus sinuosas prácticas y con sus sofisticadas herramientas de control, la Iglesia fue notoriamente efectiva al momento de imponer y mantener su hegemónico poder.
Ante ese estado de cosas, resultaba imposible o muy difícil pensar que esa sociedad pudiera experimentar algún cambio significativo que reorientara su curso y su destino. Empero, y aunque no ocurrió de manera fortuita, sino que se configuró en el marco de un largo y abigarrado proceso de transformaciones económicas, sociales y culturales, esos cambios poco a poco fueron generándose desde y durante los tiempos de la Baja Edad Media, cambios que, a largo plazo, habrían de determinar el curso y la identidad de las sociedades occidentales.
1.2. Un mundo en transición
El asunto, según señalan varios historiadores, empezó a incubarse desde el siglo XI y a desplegarse durante los dos siglos siguientes, tiempo en que el comercio comenzó a reactivarse en muchas zonas de Europa y en que esa actividad, desarrollada por mercaderes, banqueros y otros tantos hombres que se vincularon a ella, aparejó el resurgimiento de algunas viejas ciudades (o remedo de ciudades) y la formación de otras tantas que proliferaron en las costas o en lugares cercanos al Mediterráneo y al mar del Norte, lo mismo que en Provenza, España y en el interior del continente, como en Flandes, Normandía, la Champaña o la vasta zona del Mosa y el Bajo Rin, siendo estas últimas las que formaron y conformaron la llamada Liga Hanseática, en donde empezó a erigirse una floreciente industria manufacturera que, por lo menos durante esa época y no obstante su esplendor, no llegó a alcanzar la calidad de las mercancías que se fabricaban en Bizancio, Bagdad, Damasco o Córdoba.³
Tanto el paulatino y ascendente florecimiento del comercio como la consecuente formación de las ciudades, dice Le Goff, fueron asuntos que se vieron favorecidos por varios factores. En primer lugar, la cesación o disminución de las destructivas invasiones que los pueblos europeos de las zona mediterránea y centro-occidental históricamente habían padecido a manos de los pueblos germanos, escandinavos, euroasiáticos y sarracenos facilitaron los intercambios comerciales que comenzaron a realizarse entre distintas localidades sin que ello significara que los mercaderes y comerciantes dejaran de estar expuestos al bandidaje y al robo del que comúnmente eran víctimas al recorrer los extensos y solitarios caminos y parajes.
Igualmente, y siendo pieza clave del empuje comercial que se vivió desde esa histórica época, la producción y los intercambios de todo tipo de mercancías se vieron favorecidos por el crecimiento poblacional que empezó a observarse en muchos lugares del continente (momentáneamente detenido por la peste bubónica que se suscitó en el siglo XIV), lo cual generó, a su vez, un aumento de la demanda de bienes y productos que los productores estuvieron dispuestos a elaborar y que los mercaderes estuvieron complacidos en ofrecer trayéndolos y llevándolos de uno a otro lugar animados por las significativas ganancias que ello les representaba. Correlativamente, y siendo asunto que se desarrolló consustancialmente con las cruzadas, el comercio se extendió y se retroalimentó con la expansión que los cruzados hicieron hacia el Medio Oriente, lugar al que llevaron sus productos y del que trajeron todo cuanto pudieron, incluyendo parte de la diversa y rica cultura producida por los árabes y bizantinos.⁴
A efecto de esa nueva situación, expresa Pirenne, las ciudades comenzaron a experimentar una fulgurante actividad comercial y cultural y, por ello mismo, a generar una nueva forma de vida, una nueva forma de actuar y hasta una nueva manera de pensar gracias a las diversificadas actividades comerciales y a las prístinas pero crecientes actividades industriales que fueron desarrollándose en un mundo que poco a poco empezaba a salir de los confines rurales en donde había permanecido durante tantos siglos y del virtual estancamiento cultural e intelectual que había experimentado. Dicho proceso, ciertamente, fue lento y diferenciado a lo largo y ancho del continente, pero su efecto no solo se hizo sentir en las formas de vida que fueron adquiriendo las personas, sino que signó la identidad que la sociedad europea fue adquiriendo de manera paulatina.
En efecto; al cabo de pocos siglos, el continente vio surgir decenas de ciudades interconectadas por el comercio, habitadas por gentes venidas de los más diversos lugares y pertenecientes a los distintos grupos y estamentos sociales. Dotadas de una administración especial, desarrollando una vida propia, creando nuevas formas de vivencia y convivencia, imponiendo nuevos patrones sociales y de consumo, y erigiéndose, finalmente, como centro de la organización y de la irradiación del poder, de la mentalidad y de los valores que a mediano y largo plazo iría a imponer la burguesía, esa poderosa clase social que comenzó a configurarse a partir de las actividades desarrolladas por mercaderes y banqueros o, mejor decir, que fue constituida por estos mismos a partir de las actividades que desarrollaban, las ciudades se constituyeron en el epicentro de todo el desarrollo económico, cultural y político que desde entonces empezó a experimentar el continente europeo.⁵
Bajo la influencia de la burguesía (influencia no absoluta, ciertamente, pero sí creciente y cada vez más notoria), las ciudades fueron adquiriendo una nueva fisionomía gracias a las dinámicas económicas y políticas que aquella imprimió, lo mismo que a efecto de las nuevas prácticas sociales y culturales que también realizaron los gremios en los que se agruparon los maestros de distintos oficios, las que desarrollaron las gentes del común que pugnaban por hacerse a un lugar dentro de ese cambiante orden, las que continuaron llevando a cabo los clérigos, monjes y sacerdotes, y las que simultáneamente acometieron los intelectuales y pensadores que fueron emergiendo en distintos lugares del continente.
Al ser la gestora y principal beneficiaria de los grandes y significativos cambios que comenzaron a producirse con el comercio y la urbanización, la burguesía, indica el historiador José Luis Romero, no solo fue definiendo su carácter y su identidad, sino que fue imponiendo su dominio en todos los aspectos de la vida social y económica en el seno de todas esas ciudades que se dispersaban en el continente; y luego, con el paso de los siglos, también allende las fronteras europeas. Gracias a que cada día atesoraban más y más riqueza por cuenta del comercio, la es peculación financiera y el acaparamiento de capital, los burgueses fueron situándose en un preponderante lugar dentro de la cerrada y estratificada sociedad medieval, y gradualmente fueron cambiando los viejos ideales del heroísmo y la santidad que les eran propios a señores, caballeros y sacerdotes, para imponer, en su lugar, los valores del trabajo, la acumulación de riqueza y el goce terrenal de los bienes que conseguían y atesoraban al amparo de las actividades que tradicionalmente habían sido censuradas y condenadas por la Iglesia y que ahora se posicionaban como las actividades que muchos querían realizar.⁶
Así, y teniendo que sortear los diversos obstáculos que seguían interponiéndose en su camino, los burgueses llevaron a cabo su lucha contra los anquilosados y manipuladores dogmas con los que operaban la Iglesia y los demás grupos sociales y estamentales, y no pasó mucho tiempo para que empezaran a exhibir el fruto de sus victorias, como tampoco pasó mucho tiempo para que la misma Iglesia, como apunta Le Goff, dejara de lado los resquemores que en algún momento tuvo contra las actividades comerciales y especialmente contra las que se asociaban a la usura, para plegarse a ellas y recoger los frutos que ese nuevo orden económico dispensaba. Su complacencia con esas nuevas dinámicas de la vida económica fue tal que, aunque no llegó a manifestarlo abiertamente, se mostró más indulgente con las prácticas usureras que tendieron a multiplicarse, pues estas también llegaron a representarle beneficio.⁷
Pero la burguesía, sin embargo, no fue la única que agenció esos determinantes cambios que comenzó a experimentar la sociedad europea ni fue el único grupo social que prorrumpió simultáneamente con la emergencia de las ciudades. Junto a ella estuvieron los intelectuales, esos hombres a quienes Le Goff caracterizó de esa manera para diferenciarlos de los teólogos medievales, los cuales cumplieron un papel igualmente revolucionario, ciertamente no en el plano económico como sí en el campo cultural. A este respecto, y aduciendo que estos tuvieron aún más importancia que los propios mercaderes —antecesores de los burgueses— en la formación de la vida y de la cultura que la sociedad tardomedieval fue adquiriendo desde el siglo XII, el citado autor afirmó:
El mercader no es ya el único y tal vez ni siquiera el principal actor en la génesis urbana del Occidente medieval. Todos aquellos que por su ciencia de la escritura, por su competencia en derecho y especialmente en derecho romano, por su enseñanza de las artes
y ocasionalmente de las artes mecánicas [que] permitieron afirmarse a la ciudad, y especialmente en Italia convertir el Comune en un gran fenómeno social, político y cultural, merecen ser considerados como los autores intelectuales del crecimiento urbano, y uno de los principales grupos socioprofesionales a los que la ciudad medieval debe su poder y su fisionomía.⁸
Aunque a veces poco reconocida por la historiografía, la obra cultural que estos hombres llevaron a cabo fue de notable trascendencia, toda vez que con sus ideas y sus acciones forjaron las herramientas que sus sucesores, los humanistas y pensadores de los siglos XV y XVI, utilizaron para empezar a romper el dogmático y dominante sistema de creencias que la Iglesia impuso durante tanto tiempo, y que los filósofos de los siglos XVII y XVIII consumaron no sin enfrentar la animadversión y la censura que esa histórica institución fomentó contra ellos. Facultados para enseñar su saber tanto a los hijos de la naciente burguesía como a los hijos de nobles y señores, esos hombres de letras hicieron cuanto les fue posible para sembrar esa semilla que a mediano y largo plazo arrojaría opimos frutos en el campo de la ciencia, el arte, la filosofía y, sobre todo, para fomentar la creación de las universidades que florecieron durante esa época en Bolonia, Módena, Viena, Erfurt, Heidelberg, Colonia, Wurzburg, Leipzig, Praga y Polonia.⁹
Como corolario de esa noble e
