La contrasubversión como política: La doctrina de guerra revolucionaria francesa y su impacto en las FF.AA. de Chile y Argentina
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La contrasubversión como política - Cristian Gutiérrez Tapia
Prólogo
El escenario político internacional abierto tras la Segunda Guerra Mundial (1945) se encuentra marcado por el creciente enfrentamiento entre las dos grandes superpotencias de la época: EE.UU. y la Unión Soviética. A partir de 1948 (bloqueo de Berlín), este enfrentamiento –económico, social, político e ideológico (guerra fría)– alcanzó sus niveles más álgidos de desarrollo en las periferias (Medio Oriente, Corea, sudeste asiático y África del Norte), sin llegar a precipitar un enfrentamiento directo entre las dos potencias hegemónicas¹. Efectivamente, la acentuación de los conflictos tras la Segunda Guerra Mundial produjo cambios profundos en el orden político global, en la correlación de fuerzas entre los bandos en disputa y en la forma de concebir y operativizar la lucha contra el adversario.
En este mismo contexto se acentuaron los procesos de descolonización tanto en África como en Asia, situación que influyó de manera importante en la formación de la nueva izquierda o izquierda revolucionaria latinoamericana de la década de 1960². El surgimiento de estos movimientos de liberación nacional ofreció nuevas alternativas para la construcción de un programa revolucionario (anticapitalismo y antiimperialismo) e instaló la sublevación armada como un modelo de acción política exitosa: Revolución China (1949), Revolución Vietnamita (1954), Revolución Argelina (1962). Se trataba de un fenómeno nuevo que se desarrollaba precisamente en países en los cuales el capitalismo, como sistema económico, no había alcanzado su plena madurez. Lo anterior cuestionaba, en buena medida, las teorías estructuralistas del marxismo, que suponían que los procesos revolucionarios tenían que darse en primer lugar en los países de capitalismo avanzado³.
Uno de los fenómenos políticos que alcanzó mayor incidencia a escala regional y global fue la Revolución Cubana. Efectivamente, la toma del poder en Cuba por el Movimiento 26 de Julio, en 1959, y el posterior proceso de construcción del socialismo de la década de 1960 se transformaron en un desafío teórico y político para el conjunto de la izquierda a escala global. Por otro lado, la intensificación de los enfrentamientos sociales durante la década de 1960 permitió visibilizar a nuevos actores político-sociales. Se produjo una revalorización de los movimientos campesino, indígena, de pobladores y estudiantil, movimientos que, hasta ese momento, habían constituido categorías secundarias en la construcción del movimiento social revolucionario⁴.
Pero, por otra parte, la Revolución Cubana también desencadenó una serie de reacciones entre aquellos que miraron con preocupación el fenómeno revolucionario. Así, el imperialismo norteamericano y las clases dominantes locales dieron origen a la Alianza para el Progreso (1961), la Doctrina de Seguridad Nacional y la Estrategia de Contrainsurgencia. Posteriormente, el ascenso de las luchas populares, en el contexto de la máxima influencia de la Revolución Cubana, detonó una serie de golpes militares que se iniciaron con el derrocamiento del gobierno de Joao Goulart en Brasil, en marzo de 1964⁵.
Efectivamente, tras el triunfo de la Revolución Cubana, y bajo la directa supervisión del Departamento de Estado norteamericano, el Pentágono y sus aliados en la OTAN iniciaron un sistemático proceso de formación de los oficiales de las FF.AA. latinoamericanas, asentado en dos pilares fundamentales: la Doctrina de Seguridad Nacional y la Estrategia de Contrainsurgencia. Este modelo, aplicado previamente por los franceses en el sudeste asiático y en el norte de África, fue adoptado y adaptado por los norteamericanos para combatir la subversión en la región⁶. Los procesos formativos, que tuvieron su centro operativo en la Escuela de las Américas, en Fort Gullick y en la zona del canal en Panamá, permitieron la homogenización política-ideológica de los ejércitos latinoamericanos en torno a un anticomunismo militante y generaron las condiciones para la organización de destacamentos armados especializados en la lucha contrainsurgente⁷. De esta manera, situaciones como la derrota del ejército de Fulgencio Batista, a manos de una milicia irregular, no debían volver a repetirse.
En cuanto a sus contenidos, la Doctrina de Seguridad Nacional surgió en el contexto de la guerra fría para designar al enemigo interno de la civilización cristiano-occidental: el comunismo, por supuesto aliado de la URSS. En este contexto, toda pretensión de cambio revolucionario en cualquier lugar del mundo y particularmente en América Latina era contraria a los intereses de EE.UU. Los procesos revolucionarios constituían un atentado contra el orden norteamericano y, en consecuencia, se convertían en una guerra de agresión contra los EE.UU. que debía ser respondida con el poderío militar del país, igual que si se tratara de una agresión armada extranjera. En este diseño, los ejércitos latinoamericanos pasaban a ser un eficaz aliado, ya que ayudaban a mantener el orden interno, permitían fortalecer la defensa hemisférica, difundían el anticomunismo y contribuían a recuperar para las FF.AA. el respeto (temor) del pueblo.
La estrategia de contrainsurgencia asumía como finalidad neutralizar o aniquilar a los sectores más radicalizados del movimiento popular, que objetivamente se constituían en un elemento de desestabilización del régimen de dominación. Para ello, la estrategia de contrainsurgencia se proponía destruir al enemigo, conquistar bases de apoyo social e institucionalizarse. Fue a través de esta estrategia que los regímenes de fuerza en América Latina derrotaron o neutralizaron política y militarmente a la insurgencia, sentando las bases de la transición a la democracia restringida.
En su libro La contrasubversión como política, Cristian Gutiérrez Tapia aborda, precisamente, la génesis de la política contrasubversiva adoptada por los Estados latinoamericanos a comienzos de la década de 1960, destacando la fuerte influencia que tuvo en ella la experiencia adquirida por los militares franceses en las guerras de descolonización.
El estudio de Cristian, en consecuencia, aporta elementos novedosos al análisis de la violencia política en el período y, en especial, a los fundamentos doctrinarios que estuvieron presentes en la guerra contra el comunismo desplegada por el Estado y sus organismos de seguridad en las década de 1960, 1970 y 1980. Cabe señalar, también, que Cristian desarrolla un estudio comparado (algo bastante excepcional en trabajos de esta naturaleza), relevando el desarrollo de la doctrina antes referida al interior de las fuerzas armadas de Chile y Argentina. Este ejercicio, por lo demás muy bien logrado, permite reconocer los fundamentos comunes subyacentes a las políticas de seguridad y su proyección en los diseños operativos conjuntos. Lo anterior es el resultado de un riguroso y sistemático trabajo de fuentes. Efectivamente, Cristian logró reunir y compulsar una amplia literatura especializada en la materia (fundamentalmente los trabajos de los teóricos de la DSN), a la vez que dispuso de prensa escrita y documentos oficiales del Estado.
El texto que tuvimos a la vista se organiza en tres capítulos, cuyo hilo conductor es la política contrasubversiva, tanto en su diseño teórico como en su dimensión operativa. En el capítulo 1 («La especificidad de la violencia»), el autor instala su análisis en dos perspectivas teóricas relevantes. Primero, el siglo XX construye sus propias formas de violencia, derivadas del desarrollo específico del capitalismo y, en particular, de las políticas y tecnologías de la destrucción. No es posible, por lo tanto, comprender el terrorismo de Estado sin hacerse cargo de las particularidades en el desarrollo del capitalismo latinoamericano y la defensa del mismo que realizaron los ejércitos de la región. Por otro lado, y apoyándose especialmente en Carl Schmitt, sostiene que las guerras partisanas y antipartisanas, derivadas de los requerimientos del cambio revolucionario o de la pretensión de conservación reaccionaria, profundizaron las «enemistades», convirtiendo los conflictos armados en guerras brutales.
El capítulo 2 («La doctrina de guerra revolucionaria francesa») considera varios aspectos que podemos identificar como el contexto de génesis de la política contrasubversiva. Uno de ellos refiere a la incidencia que adquirió la guerra partisana en diferentes lugares de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. La misma, como se ha acreditado recientemente, tuvo alcances de guerra de liberación en los Balcanes (Yugoslavia y Grecia), mientras que en otras regiones dio origen a verdaderas guerras civiles (Francia, Italia, Polonia, Estados bálticos, Ucrania)⁸. Estos fenómenos no pasaron inadvertidos para las autoridades políticas y militares de los países occidentales en la postguerra. La «Cuarta República Francesa», por ejemplo, pretendió resistir los procesos de descolonización de la década de 1950 a través de una dura fórmula de control social y político. En ese sentido, la política colonial de Francia en este período fue la continuidad de aquella impulsada en el marco de la «repartición del mundo» de 1884-1885 (Conferencia de Berlín) y del darwinismo social (Joseph Arthur de Gobineau), que predominaba entre las élites francesas coloniales. Cabe señalar, además, que el ejército francés de 1945, a diferencia de las arrolladoras tropas napoleónicas de comienzos del siglo XIX, de las experiencias coloniales exitosas de la segunda mitad de esa misma centuria y del rol gravitante que las armas francesas jugaron en la Gran Guerra (1914-1918), no se ganó claramente un lugar en el podio de los vencedores al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Las tropas francesas fueron derrotadas y humilladas entre mayo y junio de 1940 y su posterior participación en la guerra no logró lavar claramente esa afrenta. Por el contrario, a partir de 1941 fue el Partido Comunista francés el que destacó como una de las organizaciones más importantes a escala europea en la formación de guerrillas antifascistas. Cabe tener en consideración estos aspectos en el análisis de la cultura política que el ejército francés desarrolló en relación con su experiencia reciente, así como respecto de la «amenaza» militar que reportaba el enemigo interno. No es extraño, entonces, que enfrentados los militares franceses al escenario de la guerra de descolonización, tanto en Indochina como en Argelia, hayan conceptualizado a los guerrilleros del Viet Minh y del Frente de Liberación Nacional como expresión de continuidad del Ejército Rojo y, por ende, como amenaza directa al orden colonial y al sistema de vida occidental. Cabía entonces sistematizar todos los aprendizajes de la guerra partisana a efectos de arrebatarle el control de la población a la guerrilla y provocar su posterior aniquilamiento.
En el último capítulo («La contrasubversión como política») se enfatiza que la política anticomunista de las FF.AA. de Chile y Argentina no tiene su origen en la estrategia de contrainsurgencia de la década de 1960, sino que la misma arranca de los procesos de profesionalización de los ejércitos de fines del siglo XIX. Es decir, el anticomunismo forma parte del acervo político e histórico de los mandos militares de la región. No obstante, la Escuela Francesa actualizó ese anticomunismo a los requerimientos de la guerra contrasubversiva que exigía el escenario de la guerra fría y lo hizo, en especial, mediante los cursos para oficiales que se impartieron (hasta la década de 1980) en la Escuela Superior de Guerra de París.
En Argentina, y dadas las peculiaridades de su evolución política, el anticomunismo de los militares devino en antiobrerismo y, junto con ello, en antiperonismo. Lo anterior se explica, además, porque las principales organizaciones subversivas de la década de 1950 y 1960 (Resistencia Peronista, Uturuncos y Montoneros) se identificaban, precisamente, con el movimiento político liderado por Juan Domingo Perón. En Chile, por el contrario, la fuerte influencia social y política de los partidos marxistas (Comunista y Socialista), en el movimiento obrero y popular, se revelaba como la principal amenaza. Muchos de estos militares que portaban una cultura anticomunista y antiobrera llegaron hasta París para recibir instrucción en guerra contrasubversiva. En este punto radica la principal contribución de este libro, al ampliar la mirada sobre el diseño y transferencia de la estrategia contrasubversiva y, junto con ello, al precisar los alcances de la misma en el despliegue del terrorismo de Estado en la región. Un libro, por lo tanto, imprescindible para conocer y comprender mejor nuestra historia reciente.
Igor Goicovic Donoso
¹ Un estudio general sobre el fenómeno en Burleigh, Michael, Pequeñas guerras, lugares remotos (insurrección global y la génesis del mundo moderno), Taurus, Madrid, 2014.
² Estos procesos han sido analizados por Bessis, Sophie, Occidente y los otros. Historia de una supremacía, Alianza, Madrid, 2002.
³ Estos intelectuales y militantes políticos, profundamente comprometidos con los cambios revolucionarios, adquirieron gran notoriedad en América Latina y sus trabajos (en especial las síntesis de su pensamiento político) circularon ampliamente en la región. Entre los más conocidos habría que señalar a Ernesto «Che» Guevara, Frantz Fanon, Ho Chi Minh, Patrice Lumumba, Kwame Nkrumha y Vo Nguyen Giap.
⁴ De la Peña, Guillermo, «Las movilizaciones rurales en América Latina desde c. 1920», en Bethell, Leslie (editor), Historia de América Latina. Política y sociedad desde 1930, Vol. 12, Crítica, Barcelona, 1997, pp. 193-280 y Feder, Ernest, Violencia y despojo del campesino: Latifundismo y explotación, Siglo XXI Editores, México, 1978, pp. 173-262.
⁵ En relación con estos temas ver Weis, W. Michael, «The twilight of Pan-Americanism: The Alliance for Progress, neo-colonialism, and non-alignment in Brazil, 1961-1964
», The International History Review, 23: 2, Oxford, 2001, pp. 322-344 y Velásquez Rivera, Jesús, «Historia de la Doctrina de Seguridad Nacional», Convergencia, 9: 27, Toluca, 2002, pp. 11-39.
⁶ El ideólogo de la DSN fue el militar francés Roger Trinquier, que participó de las guerras de Indochina y Argelia. Su trabajo La guerra moderna y la lucha contra las guerrillas (Editorial Herder, Barcelona, 1965), publicado originalmente en 1961, se convirtió en el manual de formación de los oficiales latinoamericanos. En este manual se explicita, sin ambigüedades, que la tortura es el método más eficiente para
