El silencio de la lavanda
Por Tony Muñoz
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Atrévete a emprender este viaje hacia al autodescubrimiento, donde el deseo y el miedo se entrelazan en una encarnizada lucha que os hará comprender que el amor y el dolor son fuerzas caprichosas que desafían a los corazones más frágiles.
Atrévete a leer a Tony Muñoz, que ha conseguido, con su primera novela, ser finalista en el Premio de Literatura Diversa 2025.
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El silencio de la lavanda - Tony Muñoz
CAPÍTULO 1
El calor era seco y se sentía como si penetrara hasta los huesos. Creía que en el campo iba a ser mucho más llevadero que en la ciudad, pero, sin duda, me equivocaba, quizás porque en mi vida apenas había salido de aquella ciudad que me vio crecer.
Habíamos ido a pasar el verano a la antigua casa de mis abuelos, que llevaba cerrada desde la muerte de mi abuela cinco años antes. Era una mujer muy solitaria a la que apenas conocí, por lo que no recuerdo que su muerte me afectase demasiado. Mis padres querían alejarse del bullicio de la capital, concentrarse en reparar una relación que hacía tiempo que parecía deshacerse, aunque lo negasen como quien niega la lluvia cuando ya está completamente empapado. Así, me vi arrastrado a pasar el verano en un lugar donde el tiempo parecía estancarse salvo por la sutil diferencia entre el día y la noche.
La casa era enorme, casi más grande de lo que yo recordaba de mi infancia, y se encontraba a las afueras del pueblo. Era una enorme construcción de muros blancos ennegrecidos por la humedad y de tejas rojizas que habían ido perdiendo su vivo color con el paso del tiempo. La puerta y las contraventanas eran de madera y gran parte de ellas se encontraban descolgadas. El jardín delantero estaba todo cubierto de hierbajos. Hacía años, incluso antes de la muerte de mi abuela, que nadie había cuidado de aquella casa y el tiempo comenzaba a amenazar con derribarlo todo. Mi padre tenía la intención de trabajar en ella para devolverle la imagen que mi madre recordaba de su niñez en un vago intento por hacer tangible su propósito de reconstruir aquella relación, aunque dado el aspecto de abandono que mostraba, me pareció un trabajo imposible para un periodista de ciudad sin el más mínimo conocimiento o habilidad para el trabajo manual. Mi madre, por su parte, se mostraba poco ilusionada con la idea, pero tampoco se negaba a ello. Hacía años que se dejaba arrastrar como un barco a la deriva y su opinión o sus intereses habían quedado relegados a un segundo plano, incluso para sí misma. De ese modo, acabó aceptando pasar el caluroso verano en aquel recóndito pueblo de la meseta española.
Tanto el camino hasta la casa como el infinito terreno que había detrás de ella estaban cubiertos por extensos campos de lavanda y, más allá, enormes bosques se fundían en una masa verde hasta alcanzar lo alto de la montaña. Aquellas tierras pertenecían a la familia de mi madre desde hacía más de un siglo, pero nadie tenía la certeza de dónde acababan los terrenos familiares; sin embargo, esto nunca les había preocupado, pues allí no vivía nadie más. La casa se encontraba a las afueras, perdida en mitad de la nada, y la gente del pueblo parecía mostrar poco interés por lo que ocurriese más allá de sus hogares.
Terminé de sacar mis cosas del coche y me dispuse a husmear aquel lugar que se antojaba nuevo para mí pese a que no era la primera vez que lo visitaba. La última vez que había estado allí tendría unos seis años, pero no era capaz de recordar nada de aquella vieja casa o de ese pueblo perdido de la mano de Dios; prácticamente no recordaba a la mujer que mi madre me obligaba a llamar «abuela». Diez años después, con mis recién estrenados dieciséis, aquel sitio me era completamente desconocido y cada imagen de la casa se iba almacenando en mi memoria como si de un lugar nuevo se tratase.
—Raúl, quítate los zapatos antes de entrar —dijo mi madre mientras ayudaba a mi padre a descargar trastos viejos del maletero.
La miré extrañado, dado que, aunque era cierto que los zapatos tenían barro, me parecía absurdo no manchar una casa que ya debía de estar demasiado sucia por el paso de los años y que habría que limpiar igualmente. Aun así, obedecí con desgana.
El suelo se sentía frío bajo mis pies descalzos, demasiado para ser julio; en el interior de aquella casa la temperatura descendía más de diez grados. El pasillo de entrada parecía ser infinito y estaba bastante oscuro. Apenas se filtraban algunos rayos de luz, que se hacían muy tenues debido al polvo que bailaba por toda la casa. Al final del pasillo había unas escaleras que subían al segundo piso. Sin pensarlo, me dirigí hacia ellas y, mientras subía, los escalones crujieron con cada una de mis pisadas. Quería ver cuál de todas aquellas habitaciones iba a convertirse en mi prisión ese verano.
La segunda planta también se encontraba en penumbra. Todas las contraventanas estaban cerradas y la única luz era la que se colaba entre los tablones de madera que habían sido desplazados a causa de la lluvia y el viento.
La casa era enorme y las habitaciones parecían no terminar nunca. Fui entrando en cada una de ellas, recorriéndolas con la mirada. A excepción de la habitación principal, donde sabía que se instalarían mis padres, podía elegir cualquier otra. Tras cruzar todo el pasillo, llegué a un dormitorio que contaba con su propio balcón orientado hacia los extensos campos de lavanda. Desde lo alto, aquel lugar parecía un océano violeta y me embargaron las ganas de saltar al vacío y perderme en sus profundidades. No tuve dudas de que esa sería mi habitación hasta que terminara el verano y pudiese volver a la ciudad, a mi rutina, a la infravalorada belleza de las interminables calles de asfalto y los edificios que acariciaban el cielo.
Los muebles parecían tener más de medio siglo y había demasiado polvo en aquel lugar, por lo que me costaba respirar. Abrí de par en par las ventanas y me inundó el relajante olor de la lavanda. Me quité la ropa y me tumbé sobre el viejo colchón levantando una nueva oleada de polvo. Antes siquiera de darme cuenta, ya estaba dormido.
Me despertó horas después el repiquetear de un pájaro sobre el tejado. El sol ya se había escondido detrás de las montañas, aunque todavía había demasiada luz. Salí de la habitación y me dirigí a la planta de abajo. Oía sonidos provenientes de lo que parecía ser la cocina. Me dirigí hacia allí y llegué a una amplia y luminosa estancia de grandes baldosines y muebles color pino. En el centro había una mesa enorme de madera con sillas alrededor y un frutero en el centro donde mi madre había colocado toda la fruta que había comprado antes de salir de Madrid. Ella se encontraba de pie frente a la encimera cortando verdura en una desgastada tabla de madera e iba depositando los trozos sobre un viejo cuenco de color verde transparente.
—¿Has descansado? —dijo sin dejar de mirar el calabacín que estaba cortando. Emití un sonido que bien podría haberse interpretado como un sí o como un no—. ¿Sabías que esa fue mi habitación cuando era pequeña?
En aquel momento me sentí incómodo, como si hubiese tomado prestado sin permiso algo que no me pertenecía.
—Es la mejor habitación, has elegido bien. —Aquello me tranquilizó—. Aún queda un rato para que termine. Vete a buscar a tu padre para ver si necesita ayuda. Os llamaré cuando la cena esté lista.
Salí de la cocina por la puerta que daba al patio trasero. El olor a lavanda era muy intenso y, a la vez, tremendamente relajante. Comencé a caminar haciendo caso omiso de la orden de mi madre. Mi padre seguramente estaría buscando desperfectos que arreglar por la casa y no tenía ganas de escuchar lecciones sobre cómo arreglar esto o lo otro de alguien que no tenía la más mínima idea de lo que estaba haciendo. Solamente fingía un supuesto interés en aquella casa para poder tener la excusa de alejarse de la ciudad con mi madre y así, al sacarla de su rutina, ahuyentar cualquier posible pensamiento de divorcio que pudiese rondarle a ella por la cabeza. Estaba lleno de viejos utensilios y, aunque todo parecía roto o carente de utilidad, me fijé en varias bicicletas llenas de polvo que estaban apiladas contra la pared posterior
Entré a curiosear al cobertizo que se encontraba junto a la casa. Estaba lleno de viejos utensilios y, aunque todo parecía roto o carente de utilidad, me fijé en varias bicicletas llenas de polvo que estaban apiladas contra la pared posterior. Necesitaría una si quería ir al pueblo sin tener que depender de que mi padre me llevase con el coche continuamente. Las examiné una a una y decidí quedarme con la blanca por ser la más alta y la que parecía menos deteriorada por el paso del tiempo, aunque algunas de las piezas estaban ligeramente oxidadas. Dudaba de que aquella bicicleta fuese a aguantar mi peso durante demasiado tiempo. La saqué al exterior y comencé a echarle agua con una vieja manguera para quitarle el polvo que parecía incrustado por el paso de los años.
Estaba terminando de secarla con un trapo cuando mi madre nos reclamó desde la cocina para que fuéramos a cenar. El olor del aceite hirviendo flotaba en el aire y se me hizo la boca agua. Llevaba sin comer desde que salimos de nuestra casa, muchas horas atrás.
Cuando entré, mi padre ya se había sentado a la mesa mientras mi madre estaba terminando de servir la comida.
—Está bastante deteriorada. Hay que arreglar parte del tejado, pintar todos los muros, arreglar las contraventanas, arreglar el jardín principal, la puerta de entrada… —enumeraba mi padre uno a uno los desperfectos que había encontrado en su revisión y que había anotado detalladamente en su vieja libreta amarilla mientras hundía el tenedor en el plato.
—¿Tú vas a poder hacer todo eso? ¿No sería mejor contratar a alguien que se dedique a ello? En el pueblo seguro que hay alguien —respondió mi madre sin levantar la vista del plato.
Pude ver como mi padre había sido herido en su hombría, eso a lo que él daba tanta importancia. Sin embargo, aquello era precisamente lo que esperaba oír y todos lo sabíamos, pues, en el fondo, nunca había tenido la más mínima intención de trabajar en la casa. Simplemente quería ofrecerle a mi madre una muestra de su preocupación por ella devolviéndole la vida al hogar que la vio crecer, pero sin tener que ocupar su tiempo en ello. Mi madre jamás había mostrado ni una pizca de interés por aquella casa; no obstante, mi padre tenía la costumbre de dar por hecho qué era lo que los demás necesitaban o querían y, aunque estuviese equivocado, no cejaba en su empeño de hacer lo que él creía mejor. Además, era una persona consciente de sus limitaciones, y el trabajo físico era una de ellas, por lo que tuve claro desde el principio que no movería un solo músculo para arreglar aquel lugar.
Mi padre era un erudito. Dedicaba buena parte de sus días a escribir artículos para el periódico en el que trabajaba, y el resto del tiempo lo pasaba estudiando y leyendo sobre la situación política internacional. Quizás eso fue lo que le reprochó mi madre durante años: su capacidad para estar ausente incluso estando bajo el mismo techo. Rondaba los cincuenta y su forma física era más bien pésima, por lo que todos nos sorprendimos cuando dijo de reformar la casa; sin embargo, a ninguno nos extrañó ver que en silencio aceptaba su derrota. Esto le permitiría aparentar ante mi madre que lo había intentado y así podría regresar a sus libros.
Mi madre no mostró sorpresa ni enfado. Se mantenía hierática desde hacía años, con un rostro que no permitía leer sus emociones. No obstante, yo tenía la sensación de que, detrás de esa cara de pasividad, el mundo interior que había construido con el paso de los años era enorme y sentía que en cualquier momento explotaría todo lo que se había ido conteniendo: años de haber sido la sumisa esposa de un ausente marido más centrado en la política y la economía que en su propia familia; un hombre culto que la había embaucado cuando no era más que una chiquilla recién llegada a la gran ciudad. Precisamente aquella cultura e inteligencia de las que él presumía, y el hecho de provenir de una buena familia, hacían de él un ser tan arrogante que, con el paso de los años, comenzó a ridiculizar y menospreciar cualquier idea que mi madre expresase, hasta el punto de que ella llegó a creer que su opinión no era relevante y, prácticamente, enmudeció. Todos esos años de continuos menosprecios habían terminado por anularla como persona, como individuo. Aún era bella; su rostro ya tenía las primeras arrugas y sus ojos mostraban el brillo grisáceo de quien está cansado de vivir, pero si en algún momento la pillabas desprevenida cantando mientras hacía las tareas domésticas, te percatabas de que aún seguía siendo tan bella como yo la recordaba en mi infancia.
La relación que yo tenía con mis padres era escasa. Nunca les hablaba de mi vida personal, y todo se limitaba a conversaciones superfluas acerca de mis estudios o sobre mis planes para el futuro. En esas ocasiones me atacaban con cientos de preguntas sobre qué estudiaría cuando fuese a la universidad, dónde sería, cuándo tendría novia y un largo etcétera. Mi respuesta solía consistir en un monosílabo o, incluso, en un ruido carente de significado, lo cual irritaba sobremanera a mi padre. Aquellos interrogatorios ya me resultaban incómodos de por sí, pero más me incomodaba que la conversación saliese de aquellos términos. Si lo hacía me mostraba bastante duro por puro instinto. No soportaba que nadie pretendiese entrar en lo que consideraba mi intimidad: aquello era lo único que realmente me pertenecía por derecho.
Me terminé la cena y subí de nuevo a mi habitación. No tenía intención de ponerme a colocar mis cosas, así que salí al balcón y me senté en una de las viejas sillas con los pies descalzos en lo alto de la barandilla, saqué del bolsillo un cigarrillo que le había quitado a hurtadillas a mi padre y lo encendí. Exhalaba el humo muy despacio para ver cómo ondeaba por encima de mi cabeza antes de desaparecer para siempre. Sonaban grillos por todos lados y el olor de la lavanda me mantenía en un profundo estado de relajación. Me encontraba casi a oscuras, únicamente con la tenue luz que irradiaba la luna creciente de aquel mes de julio que, sin saberlo, cambiaría mi vida para siempre.
CAPÍTULO 2
Aquella mañana me desperté desorientado, pero rápidamente comprendí dónde me encontraba. El sol entraba por los huecos que dejaba la contraventana y el calor comenzaba a ser muy intenso en el segundo piso. Me levanté de la cama, miré a mi alrededor y me di cuenta de que aún no había colocado mi equipaje, por lo que me puse manos a la obra antes de bajar a desayunar para hacer de ese lugar un espacio más personal donde sentirme cómodo durante aquel interminable verano.
El día se preveía muy caluroso y las chicharras habían comenzado su infernal canto desde bien temprano. Comencé a agobiarme de tal modo que sentía que tenía que salir de allí pronto, aunque no tuviera mucho más que hacer en aquella cárcel rural. En cualquier caso, tenía previsto coger la bicicleta e ir al pueblo a ver qué podía esperar del verano antes de volver a Madrid.
La bicicleta hacía un ligero ruido al avanzar al que acabaría acostumbrándome con el paso de los días; sin embargo, en aquel primer trayecto se me hizo una tortura. El camino era una extensa llanura malva hasta donde alcanzaba la vista. No todo estaba asfaltado y la vieja bicicleta parecía que fuese a desmoronarse con cada bache que atravesaba.
Exhausto y sudando, llegué al pueblo. Apenas habían sido veinte minutos en bicicleta, pero se me hizo eterno. Eran las once de la mañana y las mujeres salían a hacer la compra al mercado, que se encontraba muy cerca de la plaza del pueblo. La mayoría de las personas eran mayores de sesenta años, aunque de vez en cuando se veía a algún niño correteando.
El pueblo no tenía nada que ver con el lugar del que yo venía. Las casas más antiguas estaban construidas en piedra y daba la sensación de que el más leve viento podría tirarlas abajo. El edificio más alto era una antigua iglesia cuyo campanario sobresalía por encima del resto de los tejados, ya que ninguna de las casas pasaba de las dos plantas. El suelo estaba formado por viejos adoquines con grandes hendiduras. Las calles se sucedían unas tras otras sin sentido aparente, aunque pronto me percaté de que, fueses por donde fueses, siempre acababas llegando de nuevo a la plaza del pueblo, como si eso fuera lo único que podías esperar de aquel lugar: volver una y otra vez a aquel círculo imperfecto con una cruz de granito en el centro.
Tras deambular sin rumbo durante un largo rato, confirmé que estaba en lo cierto: aquel pueblo parecía tener pocos lugares para el ocio más allá de una librería con títulos demasiado antiguos, un estanco con prensa y un viejo bar con un toldo verde donde se reunían los mayores a tomar café y jugar a las cartas, y todo ello en la misma plaza. La vida parecía estancada y me preguntaba en qué iba a invertir tanto tiempo durante ese verano.
Entré en el bar porque me encontraba sediento después del camino y no me había acordado de llevar agua. Al cruzar la puerta, el bullicio se apagó y todo el mundo se quedó en silencio durante un instante. Supuse que la entrada de un desconocido en un pueblo de tan escasos habitantes debía de ser todo un acontecimiento. Unos segundos después, el bullicio volvió a elevarse y todos olvidaron mi presencia, a excepción de un grupo de señoras mayores que permanecían mirándome y cuchicheando entre ellas. Desvié mi atención hacia la camarera, una mujer de mediana edad con el cabello rubio hasta los hombros, entrada en carnes y aspecto amable.
—¿Qué te pongo, joven? —exclamó la camarera con un tono de voz demasiado alto.
—¿Me das un vaso de agua, por favor? —respondí.
—Claro, dame un segundo que voy a por hielo a la nevera de dentro, que hace demasiado calor hoy, ¿verdad?
Le dediqué una forzada sonrisa y comencé a observar aquel lugar. Era un viejo bar con cabezas de animales colgadas de las paredes. La televisión emitía un programa musical con canciones que ya nadie recordaba y la gente tomaba el aperitivo y jugaba a las cartas hablando de unos y de otros y discutiendo de vez en cuando acerca de las posibles trampas que realizaba alguno de los jugadores. Al fondo del bar había un grupo de chicos jóvenes poco mayores que yo jugando al billar. Gritaban y hacían alarde de sus habilidades ante los demás. Ese era precisamente el tipo de personas que me generaba mayor rechazo. No soportaba a esos chavales que pretendían siempre demostrar lo hombres que eran. Eran seis chicos y tres chicas, que observaban atentamente cómo jugaban ellos. De pronto, mi mirada se cruzó con la de uno de ellos, alguien de cuya presencia todavía no me había percatado, pues estaba apoyado al fondo sin hacer ruido como los demás, probablemente esperando su turno para golpear las bolas. Me miró fijamente durante apenas unos segundos y, aun así, aquello se me hizo eterno. Tenía el pelo castaño y ondulado y le colgaban algunos mechones por la frente. Vestía una camiseta de tirantes ceñida a su musculado torso y unos pantalones azules con innumerables bolsillos como los que llevan los mecánicos o los fontaneros. Pero, sin duda, lo que más llamaba la atención de él no eran
