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La raíz
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Libro electrónico244 páginas3 horas

La raíz

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Información de este libro electrónico

Finalista Premio Literatura Diversa 2024 de Editorial siete islas patrocinado por SHANGAY y RITUAL HOTELES

SINOPSIS:

Julia, a sus treinta y dos años, cree tenerlo todo, hasta que su novia la deja. Los miedos, los silencios y las mentiras formaban parte de su convivencia y aunque había mucho amor, ninguna relación florece, si la raíz está podrida.
Esta es la historia de un viaje, de un camino de regreso en el que Julia intentará curar sus heridas para recuperarla.
La sexualidad, la maternidad, las relaciones familiares y la propia identidad se abrazan en esta novela con una sensibilidad desgarradora.
Hay armarios de los que es muy difícil escapar. Hay historias de amor que pueden salvarnos.
Atrévete a leer a Esther Martínez Perales, que ha conseguido, con su primera novela, ser finalista en el Premio de Literatura Diversa 2024.
IdiomaEspañol
EditorialEditorial Siete Islas
Fecha de lanzamiento10 jul 2024
ISBN9788412786668
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    La raíz - Esther Martínez Perales

    Portada de La raízPortada de La raíz

    © Título: La raíz

    © Esther Martínez Perales

    ISBN: 978-84-127866-6-8

    Primera edición: junio 2024

    Edición: Editorial siete islas www.editorialsieteislas.com

    Correcciones y estilo: Marta Mozo

    Ilustración portada e interior: Juan Castaño

    Maquetación: D. Márquez

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    #laraiz #editorialsieteislas

    Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin la autorización previa por escrito del editor. Todos los derechos están reservados.

    Para Araceli, siempre.

    PRÓLOGO DE JUAN CARLOS

    PARRILLA MOLINA,

    Vicepresidente de la Asociación

    Pasaje Begoña

    Es realmente un honor para mí escribir el prólogo de La raíz, la novela que ha sido galardonada como finalista dentro de la segunda edición del Premio de Literatura Diversa 2024, promovido por la Editorial Siete Islas, y en el que la Asociación Pasaje Begoña ha formado parte del comité organizador, junto a Madrid Orgullo (MADO) y Muestra-t. Desde aquí quiero expresar mi más sincera enhorabuena a su autora, Esther Martínez Perales, por esta magnífica obra, que presenta una mirada íntima y personal de hasta dónde puede llegar la lucha por ser uno mismo, una misma.

    Es digno de mencionar que esta segunda edición ha superado a la anterior en cuanto al número de novelas participantes: un total de cuarenta y nueve. Esto nos llena profundamente de alegría a quienes de un modo u otro hemos participado en la organización del premio. Y es que, afortunadamente, resulta irrefutable el auge en España de la literatura relacionada con la temática LGTBI en los últimos años, que da visibilidad a los obstáculos, amenazas, retos e innumerables vivencias de las muchas personas que formamos parte de este colectivo, personas de diferentes edades, procedencias, orientaciones, identidades y estilos, entre otros múltiples factores.

    Si bien es cierto que la literatura diversa en España tuvo su momento de eclosión en los años ochenta del siglo pasado, fue a partir de 2005 cuando la visibilización de la diversidad afectiva y sexual fue cobrando mayor protagonismo en todos los ámbitos culturales, especialmente en la literatura, y todo ello gracias a que en ese año el parlamento español aprobó la reforma de la ley que permitía el matrimonio civil entre personas del mismo sexo, el denominado «matrimonio igualitario». No obstante, en un contexto como el actual, políticamente convulso, donde la memoria LGTBI pone de manifiesto la lucha por conseguir una sociedad más justa e igualitaria, se vuelven a poner en cuestión determinadas conquistas sociales, que ponen en peligro los pilares de una democracia avanzada como la española. No debemos olvidar que estos ataques propiciados por el creciente discurso de odio constituyen un grave retroceso y una flagrante vulneración de los derechos humanos, un fenómeno que, desgraciadamente, también tiene lugar en otros países de nuestro entorno. La cultura es una de las armas fundamentales con la que contamos para defendernos de esas agresiones, y es aquí donde la literatura diversa cobra especial relevancia. Seguimos necesitando, por tanto, de referentes literarios que den visibilidad a las múltiples vivencias de un colectivo tan diverso como el nuestro en un momento en el que los derechos conseguidos se ponen en tela de juicio.

    El éxito de la literatura diversa actual probablemente radique en que su temática refleja historias generalmente más contemporáneas y reales, que abordan las relaciones homosexuales, la realidad trans, la salida del armario, el sexo, las familias diversas, las diferentes identidades, orientaciones y corporalidades, los prejuicios, la LGTBIfobia… Y estoy convencido de que la autora de esta novela es bien consciente de ello.

    La raíz es uno de esos libros que no te deja indiferente, especialmente cuando sus líneas te transportan a tus propias vivencias, y ese rincón de la memoria que parecía casi olvidado despierta de repente de su letargo para removerte las entrañas. Esther Martínez Perales aborda con gran maestría y calidad literaria el tema de la relación homosexual entre dos mujeres, Julia y Nerea, y donde están presentes también la maternidad y la salida del armario, entre otros aspectos fundamentales. Se trata de una historia fascinante y plagada de dramatismo con el valor añadido de la visibilidad lésbica, tan escasamente representada aún en la literatura diversa, no solo de nuestro país, sino también del ámbito internacional.

    Esta novela está narrada en primera persona por su personaje principal, Julia, una joven afincada en Las Palmas de Gran Canaria que pertenece a una familia católica y ultraconservadora de Pamplona. Su relato pone de manifiesto cómo el miedo a salir del armario en las circunstancias que acabo de mencionar —o en otras muchas similares que todavía se dan actualmente— es capaz de vencernos y anularnos frente a quienes nos rodean. Julia ha sido educada en un mundo donde imperan los dogmas religiosos, las apariencias, el miedo al qué dirán, los prejuicios, el secretismo, las carencias de afecto y muestras de cariño, la ocultación de los sentimientos… De este modo, como si de una obra teatral se tratase, nos convertimos en protagonistas de una vida ficticia de cara a la galería, con un guion que no deseamos y que nos duele en lo más profundo del alma. El miedo nos bloquea emocionalmente y nos impide disfrutar de los pequeños o grandes placeres de la vida, siempre bordeando lo humanamente insoportable. Dentro de este contexto, me permito hablar en primera persona del plural porque, al igual que Julia, mi vida dentro del armario no fue nada fácil y tuve que hacer grandes concesiones, muy a mi pesar.

    Desde el inicio de esta novela, su protagonista se encuentra en la tesitura de descubrir al mundo quién es o, por el contrario, esconderse fingiendo ser lo que no es por el miedo al rechazo. Tiene que hacer frente a grandes interrogantes que la atormentan: ¿permanecer toda la vida dentro del armario sacrificando su propia esencia y felicidad o poner tierra de por medio como única vía de salvación y renunciar así a su entorno más cercano? Y mientras espera para tomar la decisión más acertada, la debilidad, el miedo y sus inseguridades se instalan en su zona de confort, lo que le impide avanzar hacia la felicidad plena.

    Agradezco enormemente a la Editorial Siete Islas, y en especial a Ismael Lozano Latorre, por brindarme la oportunidad de escribir estas líneas a modo de preámbulo de esta fantástica novela. Realmente considero todo un privilegio que mi prólogo vaya unido a una historia de visibilidad lésbica de tanta categoría literaria. De la misma forma, quiero aprovechar para dar de nuevo las gracias a los demás coorganizadores y patrocinadores (Ritual Hoteles y Shangay) que han hecho posible la celebración de esta segunda edición del Premio de Literatura Diversa 2024, así como a todas las entidades amigas dentro del movimiento asociativo LGTBI que han contribuido a la divulgación de este certamen. Y no quisiera finalizar sin transmitir una vez más mi felicitación a la autora de esta novela, una fantástica obra que recomiendo y a la que auguro muchísimo éxito.

    Fdo.: Juan Carlos Parrilla Molina.

    Vicepresidente de la Asociación Pasaje Begoña

    CAPÍTULO 1

    Me voy solo un fin de semana. Llevo una maleta pequeña y una mochila que hace las veces de bolso. Detesto los bolsos. Sigo recogiendo cosas por la casa: los cascos que estaban cargando en mi despacho, un pañuelo para el cuello, las gafas de sol —las que siempre olvido pero siempre echo de menos—.

    —¿Has cogido el cacao? ¿Y las lágrimas artificiales? Siempre se te secan los ojos cuando vas a la Península.

    Y lo cojo según me va diciendo, porque no, no he cogido ni el cacao ni las lágrimas artificiales ni la lactasa, que Nere no me recuerda, pero recuerdo yo de milagro. Nerea va poniendo memoria a mis olvidos desde la entrada de casa con los zapatos y la chaqueta puestos. Sentada en el banco con cojines color turquesa que me empeñé en colocar allí y que solo usa ella porque siempre le toca esperarme. Me espera con la misma desidia con la que lucen unas bombillas de Navidad un tres de febrero. Se mira los zapatos y regula un cordón que debe colgar más de un lado que de otro. Aparezco, por fin, en la puerta con la mochila medio abierta y una esquina del pañuelo arrastrando por el suelo.

    —Qué pesada eres, Julia.

    —Si voy sobrada de tiempo. Vamos bien.

    —Ya, pero has dicho que salíamos a y media y son menos diez. Al final, la que siempre espera soy yo.

    El tono de voz de Nerea es áspero. Parece molesta o impaciente o triste. Supongo que preferiría que no me fuera al congreso este fin de semana.

    —Perdona, cariño —le digo mientras cojo un paquete de pañuelos de papel que reposa encima del zapatero (por si acaso).

    Ya en el garaje, guardo las cosas en el maletero mientras sujeto los billetes con la boca. Nerea ya está sentada y pone en marcha el coche. De camino al aeropuerto apenas habla. Yo le voy contando alguna cosa suelta sin importancia del congreso; del estudio (que ya le he contado, pero le repito); le digo que, el fin de semana que viene, podríamos subir a Tamadaba; que volar me pone un poco nerviosa. Pero no me dice nada.

    A la altura de Melenara le comento a qué hora volveré el domingo.

    —Dile a Alba o alguna de las chicas que venga a buscarte —me dice.

    —¿Y eso? ¿Tienes planes? —le digo extrañada, porque no me ha contado nada.

    —No, Julia, no tengo planes.

    Un silencio denso inunda el coche. No sé qué pasa, pero algo pasa. Recorro en mi memoria las últimas horas por si he hecho algo que le haya podido molestar, pero no lo encuentro. Nerea vuelve a hablar tras un silencio ensordecedor.

    —Julia… cuando vuelvas el domingo me habré ido de casa.

    —Pero ¿qué estás diciendo? ¿Por qué?

    —Porque no puedo más.

    —Pero, cariño, estamos bien. Hemos mejorado mucho. Estoy ilusionada, te juro que estoy ilusionada con tu embarazo.

    —Julia, ¿hace cuánto de la última vez que hablamos de esto?

    No contesto, no hace falta. Estamos llegando al aeropuerto y para el coche.

    —No has tenido la más mínima intención de hablar con tu familia. Esto no es una doble vida, Julia, es una vida partida por la mitad. Y no voy a arrastrar a esta persona que llevo dentro a esa espiral.

    —Nerea, por favor… ¡Yo te amo!

    Apoya la cabeza sobre sus manos, que reposan en la parte alta del volante. Parece que se va a derrumbar, pero levanta la cara.

    —Y yo, yo también te amo. Ojalá te quisiera menos. Ojalá esto fuera más fácil, pero el amor no lo puede todo, y yo… yo no puedo más, Julia.

    Lo dice en un lamento. No me mira. Tiene la mirada fija al frente y veo cómo le resbalan dos lágrimas mansas por el rostro, que no se molesta en limpiar. No puedo creerme lo que está pasando, no puedo creerme que Nerea me esté dejando, que mi mundo se esté desmoronando.

    —Nere, yo… ¿Esto tiene solución?

    —No lo sé, Julia.

    —Si hablo con mi familia, quizá…

    —No lo sé.

    Pasa el brazo por delante de mí para abrir mi puerta. No quiere que la conversación se alargue, como si hubiera preparado una conversación sencilla y efectiva para no arrepentirse, para no prolongar el dolor.

    Tengo un pie en el suelo y otro en el coche.

    —No te vayas de casa; me iré yo. Ya pasaré a recoger mis cosas —le digo sin mirarla.

    «No puedo dejarla en la calle. No en este momento. Es más sencillo que me vaya yo», pienso desde algún lugar ajeno a mí, a mi cuerpo, a mi cabeza.

    Ella solo asiente.

    Ya de pie, sujeto la puerta desde fuera del coche, alterno la mirada entre ella y el suelo. Quiero besarla, pero no lo hago; quiero abrazarla, pero aguanto el deseo; quiero llorar desconsolada y rogarle que no me deje, pero lo único que hago es cerrar la puerta. La pena, a veces, también nos enmudece.

    **

    Nerea y yo nos conocimos unas Navidades, una Nochebuena sin más en la que visitaba a mis padres desde Canarias. Antes de la cena, quedé con la cuadrilla para brindar en algunos locales de lo viejo. Por aquel entonces no sabía que era lesbiana; ni yo ni nadie. Llevaba dos años trabajando en un colectivo LGTB de Las Palmas de Gran Canaria. Yo, que pasaba por ser la única mujer cisheterosexual en el trabajo pese a que se me fueran los ojos detrás de alguna que otra chica; yo, que salía con hombres de vez en cuando, tampoco mucho; yo, que pensaba que las relaciones eran la cosa más aburrida del mundo, incluso las esporádicas; yo, que parecía huir del amor y del sexo. Tan solo me hizo falta salir una noche por mi ciudad para negar la mayor de mis mentiras.

    Nerea ponía copas en el Mesón de Nabarrería y yo me las bebía. Ella me miraba con descaro y yo la miraba con tanto cuidado que cada vez me iba arrinconando más en la esquina del local, detrás de una barrica que hacía las veces de mesa, aterrada por si mis amigos se daban cuenta de nuestro juego, cada vez más callada, participando a medias en la conversación. Solo tenía atención para Nerea, que aún no era Nerea.

    Nos despedimos pronto, a eso de las siete, cuando los bares cerraban sus puertas, para irnos cada uno a nuestra casa a reunirnos con la familia. Tras la cena habíamos quedado de nuevo. Desde siempre teníamos la costumbre de ir a la misa del gallo de la iglesia de San Nicolás, asociada al colegio. No era un buen plan, pero estaban todos mis amigos y era mejor que quedarme en casa con mis padres delante de la televisión. La idea era salir tras la homilía otra vez por lo viejo de potes.

    Pero esa Nochebuena no iría a la iglesia. Me despedí de mis amigos y caminé unos metros con Haizea y Aritz.

    —¡Mierda! Me he dejado la mochila.

    —Joder, Julia, vaya despiste te traes hoy —se mofó Aritz—. Venga, vamos a por ella.

    —No, no. No os preocupéis. Luego os alcanzo. —Pero no los alcancé.

    Caminé deprisa hacia el mesón con los nervios apretados en la garganta. Nunca había flirteado con una mujer y, para mi sorpresa, esa era toda la intención que tenía recorriendo las calles de lo viejo una tarde que ya parecía noche. Una mezcla de miedo y emoción me recorría las piernas y las manos, un miedo atávico, casi inconsciente, un miedo convertido en revoltura en el estómago, en un pinchazo en el pecho, en un cosquilleo en la nuca, pero es que Nerea… Nerea tenía una sonrisa que bien valía el riesgo.

    Cuando llegué a la puerta, estaban bajando el cierre. Le pedí al muchacho que, por favor, me dejara entrar a por mis cosas (sí, era cierto que me había dejado la mochila, no sé si consciente o inconscientemente). Nerea, que aún no tenía nombre, estaba barriendo por fuera de la barra: unos vaqueros estrechos marcaban sus curvas generosas y una sudadera negra con capucha le daban un rollo desenfadado. Su rostro redondo y amable, la sonrisa más luminosa que yo había visto en mi vida. Cuando me vio, se apoyó en la escoba con una amplia sonrisa.

    —¿Has venido a buscarme? —me dijo.

    Sonreí, asentí y llegué tarde a la cena de Nochebuena.

    —Venga, Nerea, lárgate de aquí. —El que parecía el dueño del local le cogió la escoba y, con un tono entre tosco y divertido, añadió—: ¿A ver qué hacéis?

    Envidié la confianza y extrañé ese lenguaje reservado para los amigos que te guardan los secretos y que yo allí, en la que se supone que era mi ciudad, no tenía.

    Caminamos sin más. Recorrimos la calle del Carmen y del Dos de Mayo, bajamos al paseo del Arga y

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