Explora más de 1,5 millones de audiolibros y libros electrónicos gratis durante días

Al terminar tu prueba, sigue disfrutando por $11.99 al mes. Cancela cuando quieras.

La senda de los abrazos abandonados
La senda de los abrazos abandonados
La senda de los abrazos abandonados
Libro electrónico309 páginas3 horas

La senda de los abrazos abandonados

Calificación: 0 de 5 estrellas

()

Leer vista previa

Información de este libro electrónico

Toni y Adrián son dos amigos que han sido inseparables durante toda su infancia. Por este motivo, cuando la familia de Adrián se traslade al extranjero el pequeño Toni quedará desolado, sumido en una sensación de profundo abandono. Durante los siguientes años, se adentrará en la adolescencia igual que la abandonará, afectado por una resignación melancólica. Tras cumplir la mayoría de edad, el destino cruzará de nuevo los caminos de ambos, retomando una amistad que para Toni siempre ha sido mucho más que eso. A pesar de su juventud, está convencido de que Adrián es el amor de su vida, y así se lo va a confesar. Cuando dé el paso, estará a una respuesta de adentrarse en la vida que siempre ha soñado. Pero la reacción de Adrián le obligará a replantearse todo.

IdiomaEspañol
EditorialEdiciones el Antro
Fecha de lanzamiento11 ago 2023
ISBN9788412556926
La senda de los abrazos abandonados

Relacionado con La senda de los abrazos abandonados

Libros electrónicos relacionados

Ficción gay para usted

Ver más

Categorías relacionadas

Comentarios para La senda de los abrazos abandonados

Calificación: 0 de 5 estrellas
0 calificaciones

0 clasificaciones0 comentarios

¿Qué te pareció?

Toca para calificar

Los comentarios deben tener al menos 10 palabras

    Vista previa del libro

    La senda de los abrazos abandonados - Toni Delago

    Te agradecemos la compra de este libro en formato digital. Este formato permite que se cumpla uno de nuestros mayores deseos: que esta historia que estás a punto de leer llegue a todo el mundo, sin gastos de envío adicionales y a un precio realmente asequible.

    Para seguir ofreciendo este tipo de contenido, contamos contigo. ¿Cómo? Muy fácil: adquiere nuestras obras de forma legal y ayúdanos a evitar el pirateo. Detrás de estas historias hay muchas horas de trabajo que desaparecen con las descargas ilegales.

    Permítenos seguir publicando nuestras novelas en formato digital.

    Muchas gracias.

    Resumen

    Toni y Adrián son dos amigos que han sido inseparables durante toda su infancia. Por este motivo, cuando la familia de Adrián se traslade al extranjero el pequeño Toni quedará desolado, sumido en una sensación de profundo abandono. Durante los siguientes años, se adentrará en la adolescencia igual que la abandonará, afectado por una resignación melancólica. Tras cumplir la mayoría de edad, el destino cruzará de nuevo los caminos de ambos, retomando una amistad que para Toni siempre ha sido mucho más que eso. A pesar de su juventud, está convencido de que Adrián es el amor de su vida, y así se lo va a confesar. Cuando dé el paso, estará a una respuesta de adentrarse en la vida que siempre ha soñado. Pero la reacción de Adrián lo obligará a replantearse todo.

    Título

    Colección Subway

    Primera edición eBook: agosto 2023

    © Toni Delago, 2023

    © de diseño de cubierta: Ediciones el Antro, 2023

    © de esta edición: ediciones el Antro, 2023

    Cno. de Suárez, 41 - 1º - 19; 29011 Málaga

    www.edicioneselantro.com

    ISBN: 978-84-125569-2-6

    Depósito Legal: MA-778-2023

    Queda rigurosamente prohibida cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación total o parcial de esta obra sin el permiso de los titulares de los derechos. Todos los derechos reservados.

    El contenido de esta obra es ficción, a pesar de que puede contener referencias a hechos históricos y lugares existentes.

    Título

    Si quieres que te acompañe durante la lectura la misma música que acompañó al autor en el redactado de este libro, aquí podrás escuchar las canciones que sonaban mientras se vivía lo que se narra en estas páginas, o las que años después han vibrado de fondo para abrazar estas memorias sobre el papel.

    Dedicado al Club de los Cinco

    «El amor es el anhelo de abrazar a una persona con fuerza

    y estar en el mismo lugar que ella.

    El deseo de abrazarla dejando fuera al mundo entero.

    La nostalgia del alma de encontrar un refugio seguro».

    Orhan Pamuk

    «Todos estamos rotos,

    así es como entra la luz».

    Ernest Hemingway

    El día amaneció con la noticia de su muerte, que puso rostro a algo tan abstracto y desubicado como la irrupción de la pandemia en nuestras vidas. Tras meses de confinamiento e incertidumbre, de amagos fallidos de regresar a la normalidad, una despedida tan cercana supuso un mazazo que sirvió para sentir de primera mano el azote del virus que amenazaba con invadir cada parcela de eso que habíamos llamado estabilidad.

    Me informé sobre autobuses y horarios que me conducirían al tanatorio. Nos escribimos los cuatro para acordar el encuentro en el mismo grupo de chat que hasta esta mañana había estado compuesto por cinco miembros. Su nombre seguía apareciendo entre los integrantes como si fuese uno más que en cualquier momento pudiese participar con un mensaje. Última hora de conexión, a las cinco y veinte de la tarde del día anterior. Su interacción, un pulgar levantado que respondía lacónicamente a nuestros deseos de pronta recuperación.

    Reacio a las nuevas tecnologías, se había volcado en el empleo de los iconos como alternativa a escribir en un teclado con el que no se sentía cómodo. Se valía de ellos con tanta asiduidad que bromeábamos con él diciendo que podría mantener conversaciones enteras sin tener que escribir ni una sola palabra. Cuando lo mandó, ¿intuiría que era el último mensaje que enviaría en su vida?

    Las restricciones sanitarias iban a impedir que pudiésemos entrar en el velatorio, pero acordamos encontrarnos frente a las escaleras del acceso principal. Era lo menos que podíamos hacer, y necesitábamos un acto, aunque fuese en la calle, en el que nos juntásemos para despedirnos de él.

    El mundo se había ensombrecido, con inestabilidad y tensiones allá donde se mirase. El miedo y la intolerancia habían recuperado en las calles un espacio que parecía que habían perdido, y era fácil contagiarse de la capa de ceniza gris que parecía querer envolverlo todo. Era imperioso abstraerse de la negatividad predominante, aunque a él no le hubiese gustado esta actitud. A buen seguro que la habría criticado con alguna frase de alerta, como que era el pavimento de la indiferencia el que iba a dejar vía libre a la entrada del enemigo. Lo cierto era que la realidad, tal y como la conocíamos, se desmoronaba. Pero la fortaleza que habíamos erigido a nuestro alrededor nos seguiría protegiendo, a pesar de haber perdido a uno de los nuestros.

    De camino al tanatorio, la mascarilla cubriéndome la boca y el gel desinfectante humedeciendo mis manos, recosté la frente en la ventana del autobús. Consulté en el móvil la última conversación que habíamos mantenido por privado. Databa de hacía trece días, y en ella me recomendaba un libro que me podría interesar. Su último mensaje, cómo no, el icono del pulgar alzado como respuesta a mi intención de leerlo. Sonreí con tristeza. Iba a echarlo de menos.

    Recordé las circunstancias en las que nos conocimos. Fueron unos meses que supusieron la génesis de lo que acabaría convirtiéndose en un grupo de amigos tan dispar como inquebrantable. El chico que yo era entonces acabaría abandonando la crisálida de aquel tiempo transformado en alguien muy distinto al que inició su andadura, ajeno a lo que estaba por suceder. Era una historia que se remontaba muchos años atrás.

    TítuloTítulo

    1

    Tendemos a pensar que los presentes pasados son menos importantes que los actuales, en tanto que su influencia ya dejó de ser. No es así; cada día contó cuando amaneció, igual que influyen los de ahora, que también se evaporarán sin remedio para dar paso a futuros presentes que, cuando llegue su momento, no se librarán de parecer más importantes para quienes los vivan.

    Teníamos diez años cuando los padres de Adrián (nunca Adri) anunciaron que se iban a trasladar a París. Habíamos sido inseparables desde que teníamos uso de razón y no resultaba del todo comprensible lo que estaba por venir, pero se nos comunicó la noticia cuando la decisión ya era irrevocable, y como tal tuvimos que aceptarla, muy a nuestro pesar.

    Las postrimerías de los años ochenta y la inauguración de la siguiente década, una época mitificada con artificiosidad como rebosante de ilusiones y extravagancias, de sueños nunca del todo imposibles, para nosotros había sido así. Corría el año 1991 y las series de detectives agotaban sus últimos cartuchos catódicos. Cada semana Adrián y yo no veíamos el momento de encontrarnos para comentar el capítulo de la noche anterior. Era la única excepción de la programación nocturna que nuestros padres nos concedían, una ventana consentida al mundo de los adultos que nos hacía sentir tan mayores como no éramos.

    Por norma, las tramas giraban en torno a parejas convencionales que reproducían patrones de sofisticación y pragmatismo en las protagonistas, cánones que contrastaban con el humor desacomplejado y la bravuconería de sus partenaires masculinos. Nosotros iniciamos nuestra propia agencia de investigación, aunque no encajáramos en ninguno de los dos parámetros establecidos. Adrián y Toni, Toni y Adrián. Éramos dos amigos que no entendíamos la vida sin la compañía del otro, que nos complementábamos a la perfección, que compartíamos lecturas de tebeos y pensábamos en voz alta tanto como hablábamos en silencio, a través de miradas de complicidad cargadas de reconocimiento.

    Adrián tenía las ideas más descabelladas, como cuando se descalzaba los días de lluvia para sentir el pavimento mojado de las calles bajo sus pies. Yo no lo acompañaba en sus arrebatos, pero envidiaba y admiraba ese ímpetu impredecible, y me sentía feliz de poder ser un testigo privilegiado de los dislates que se le ocurrían.

    Mi papel en el binomio era el de canalizar de manera racional esta energía desbocada, encontrando el mejor modo de llevar sus propuestas alocadas a la práctica. Cuando decidió profesionalizar la agencia, propuse que confeccionásemos tarjetas de visita y carteles publicitarios no menos rudimentarios a través de los que nos anunciaríamos. «¿Se le ha perdido su gato? Llámenos».

    Los hacíamos a mano, tan minuciosos como podíamos serlo dos chavales con ganas de resolver los problemas del mundo, así que no había dos panfletos iguales. Insistí en llamarnos «Detectives del lago», por mi apellido, Delago, pero la idea no prosperó. Nuestros padres, como era lógico, nos prohibieron escribir en ellos ninguno de los teléfonos particulares de nuestras respectivas casas, así que indicábamos lugares de encuentro donde, a modo de oficina, podrían contactar con nosotros para contratar nuestros servicios: el tercer banco del parque. La estatua de la plaza. La esquina del colmado.

    Cada semana actualizábamos el día y la hora, y en el lugar convenido nos presentábamos con el entusiasmo de estar a las puertas de nuestro primer caso. Nos subíamos las capuchas de las chaquetas, adquiriendo así el papel de sabuesos por arte de magia. Cada vez que se acercaba alguien, nuestro corazón daba un brinco. Pero nunca, jamás, acudió un futuro cliente a nuestro encuentro. No importaba. Aquellas esperas eran fascinantes. La excitación de todo lo que estaba por venir igualaba, si no superaba en tanto que era un terreno ilimitado, la realidad de lo que acababa sucediendo: nada.

    En aquellos meses desapareció un niño del barrio. Tenía nuestra edad, pero nunca habíamos coincidido con él. Sin embargo, los carteles con su fotografía empapelaron la ciudad, y nos familiarizamos tanto con su imagen que acabamos teniendo la sensación de que era un amigo que nos acompañaba allá donde fuéramos, sin alterar ni un ápice la expresión hierática de su rostro impreso en blanco y negro.

    Era inevitable que nos propusiésemos resolver el misterio de su desvanecimiento, y seguro que tomaríamos alguna decisión a modo de pesquisa infantil y absurda, por mucho que bajo nuestro prisma nos resultaría impactante y vertiginosa. Mientras las calles se sumían en una psicosis de miedos y falsas denuncias, nosotros nos centramos en encontrar al niño desdichado y, en el fondo, teníamos la intuición de que acabaríamos devolviéndolo sano y salvo a esos padres desconsolados que lloraban su ausencia en los informativos.

    Pero ni conseguimos nada ni el niño apareció. Todo lo contrario: a las pocas semanas, la familia de Adrián haría las maletas y mi amigo se uniría a la angustia de su ausencia. Iba a ser un vacío que no llenaría la ciudad con pasquines y llamadas de auxilio, pero que me dejaría triste y solo, desprovisto de una mitad que me habían arrancado de cuajo antes de que me diese cuenta de que había estado formando parte de mí todo este tiempo, tan imbricados que estábamos.

    Éramos hijos únicos, y nos volcamos el uno en el otro. Nos abrazábamos mucho, la mayoría de las veces sin ningún motivo concreto. Porque habíamos acabado una partida. Porque se nos había ocurrido una idea brillante para la agencia de investigación. Por aburrimiento. Porque sí. Porque no. Nos abrazábamos en silencio, relajados en lo que resultaba ser más hogar que todas las casas del mundo. Y lo hacíamos cuando estábamos solos, o delante de nuestros padres, que eran amigos, o de otros compañeros de colegio, con la misma naturalidad con la que vivíamos las ganas de sentirnos cerca. No había más, todo era muy sencillo cuando estábamos juntos.

    Su padre era dirigente de una multinacional y había sido ascendido, promoción que fue celebrada por mis padres en lo que supuso un incomprensible acto de traición. Esto suponía que la familia tendría que instalarse en la sede central de la empresa, que estaba ubicada en la capital francesa. Todo esto no significaba nada para ninguno de los dos, que no podíamos ver más allá de los kilómetros que nos iban a distanciar.

    El último día no nos abrazamos. No se trató de que uno de los dos hiciera el amago y el otro se cohibiera, embargado por la tristeza del momento. Lo cierto fue que ninguno de los dos quisimos hacerlo, puede que como protesta por lo que estaba pasando y no podíamos controlar, como si con nuestra cerrazón no estuviésemos castigándonos a nosotros mismos. El único gesto, ajeno a la supervisión adulta, lo haría Adrián, cogiendo mi mano y posándola sobre su pecho, por encima de la chaqueta, a la altura del corazón. No pude sentir su latido, pero sí el mío, acelerado. Mensaje recibido.

    Nuestros padres desdramatizaron la situación. Permitirían llamadas en ocasiones especiales, y luego estaba que podíamos escribirnos. Durante las vacaciones ya surgiría la ocasión de venir a vernos, propusieron, o incluso la de realizar nosotros una visita a París, por qué no. Pero nada de lo que decían aliviaba la situación, y cuanto más insistían en la comunicación que mantendríamos, más parecía difuminarse la posibilidad de seguir en contacto.

    Así, un cuatro de septiembre se fue con sus padres y yo me quedé solo, llorando en mi cuarto, mis brazos vencidos que ya no se iban a volver a extender para refugiar y proteger en ellos a nadie. Ni en este momento tan doloroso, ni antes ni después, tendría necesidad de poner nombre a lo que me pasaba. Los términos universales eran conceptos comunes que otros habían creado para definir situaciones que ellos o terceros habían vivido. No necesitaba su ayuda para definir la pena de este vacío. Acababa de establecer los cimientos de mi silencio, y cada año que pasaría sin saber nada de Adrián afianzaría en mi boca sellada sus raíces de granito.

    2

    Me encerré en mí mismo y apenas me relacionaba con nadie. Todo lo que me pasaba se lo quería contar a Adrián, pero no estaba y, al fin comprendí, tampoco iba a estar. Mis padres, que temían que lo que mostraba fuesen síntomas de una depresión incipiente, me llevaron a un psicólogo. No me importó, y en cierto modo encontré que sería una experiencia interesante.

    Durante las sesiones, respondí sin reparos ni medias verdades a sus preguntas y dije lo que sentía sin cortarme en nada, pues no tenía ningún motivo para hacerlo. Aunque en su momento no supe las conclusiones a las que llegó el especialista, un día, cuatro o cinco años después, mi madre me explicó cuáles fueron sus palabras.

    —Deja que haga memoria. Dijo que eras un niño completamente normal. Muy listo y espabilado, exigente y seguro de ti mismo. Que sabías muy bien lo que querías y lo que no. Que podía ser que tu actitud no fuese convencional bajo los estándares sociales, pero que eso no significaba que tuvieras un problema. Que siempre te encontrarías con quien te diera por perdido, pero que estabas muy bien encontrado. Que nunca renunciarías a lo que te propusieras, pero que necesitarías que las cosas se hiciesen de manera ordenada. Y que echabas mucho de menos a Adrián, y el recuerdo de tu amigo te había convertido en una personita, además de práctica, melancólica.

    Esa personita fue quedando atrás, agazapada bajo el peso de los días que se convertirían en años. En la graduación del instituto, mirado con perspectiva, me sorprendería comprobar cómo todavía encajaba como un guante en la descripción del especialista. Ya no era un niño, pero seguía siendo práctico y melancólico. Si acaso, había dejado atrás la rigurosidad que regía mis ideales infantiles. La llegada de la pubertad supondría un alto en la hibernación, pero los cambios que acarrearía no pasarían a mayores. La roca hormonal que cayó con estrépito en el centro del lago alzó grandes olas que, tan pronto como se alejaron de la novedad, murieron no bien llegaron a la orilla.

    Con el paso de los años, había adquirido cierta liviandad vital. Había aprendido muy pronto que la vida podía dar reveses inesperados, y lo que al principio me había puesto a la defensiva, con el tiempo derivó en una tranquilidad de espíritu que era de agradecer. Había cosas que no tenían remedio. No por eso iban a doler menos, y en modo alguno iba a renunciar a sufrir por lo perdido, pero eso no me iba a impedir seguir adelante.

    Mientras tanto, Adrián, o su ausencia, me acompañaría en cada clase y cambio de curso, una sombra cálida y etérea que compartía mi vida en silencio. Si disfrutaba de la lectura de un libro, sabía que a él también le gustaría. Lo mismo sucedía con una película o, cómo no, con un enigma detectivesco, de los que tanto nos gustaban y que había comenzado a narrar sobre el papel, inventando aventuras y argumentos que protagonizaríamos juntos, los socios de nuestra propia agencia. Claro que sí.

    Los primeros meses intercambiamos correspondencia, pero descubrí con sorpresa que escribirle me ponía muy triste. ¿Cómo transmitir a través de las palabras todo lo que quería decirle, cuando muchas veces lo hacía compartiendo con él el silencio? Por el contrario, me encantaba recibir sus cartas, pero leerlas también comportaba un poso de penuria que, en la balanza, equilibraba los platos con demasiada simetría. Era un quiero, pero no puedo; y como lo quería todo, el sucedáneo epistolar distaba mucho de ser suficiente. ¿Cómo abrazarnos a través del papel?

    Cuando tenía quince años cambiamos de domicilio, aunque solo a unas manzanas de donde vivíamos. Era poca distancia, pero resultaría decisiva. Hacía mucho tiempo que no nos escribíamos y, sin saber muy bien por qué, este cambio certificó el silencio con una rúbrica de supuesta indiferencia que en verdad no lo era. Nada había cambiado en mi interior. Pero, si no estaba con Adrián, todo lo demás me daba igual, incluso las maneras a través de las que mi amigo hubiese podido contactar conmigo. Esta sería una de las radicalidades que suavizaría con el tiempo, pero en este caso la calma llegaría tarde. Había perdido toda posibilidad de recuperar la comunicación con él.

    Cada vez que salía en el telediario un corresponsal conectando desde París. Cada vez que escuchaba una canción francesa o veía una imagen de la torre Eiffel. Cada vez que el anuncio de un perfume vendía el glamour impostado del país vecino, mi corazón daba un vuelco y sentía que en ese instante nuestras vidas se rozaban con la punta de los dedos a través del puente que el azar tuviese a bien escoger en cada ocasión. No había ni reino ni monarca; solo una sincera pleitesía, incondicional e irrevocable.

    Habían pasado ocho años desde la última vez que nos vimos, que se decía pronto. Cada cierto tiempo me asaltaban sueños en los que aparecía un Adrián de mi edad, pero la imposibilidad de reconocer la evolución de su físico se reflejaba en unos mundos oníricos teñidos de una angustia de la que despertaba triste o malhumorado. Adrián y el niño desaparecido habían quedado anclados en una edad de transición que en el caso de ambos había resultado ser eterna. No había sucedido lo mismo conmigo. Era la hora de tomar decisiones.

    Quería cursar Periodismo, no tenía ninguna duda al respecto. Si no podía resolver misterios reales

    ¿Disfrutas la vista previa?
    Página 1 de 1