La última bruja de la luna
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El misterio detrás de los asesinatos de brujas se revelará poco a poco ante Nadia, mientras la joven descubre su poder y decide cómo afrontar el terrible destino que le depara. Junto a otras brujas aquejadas por la tragedia y bajo la vigilancia del Enclave de Luriel, la institución que gobierna a las brujas del mundo, Nadia se verá envuelta en una conspiración con tintes sangrientos y raíces oscuras que desentrañar.
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La última bruja de la luna - Tomás Cid Aguirre
Capítulo I
Polvo de ajo, hojas de menta y amapola deshidratadas y molidas, esencia de flor de luna, azúcar, carmín y una diminuta gota de veneno de cobra de los humedales, todo cuidadosamente medido y mezclado en una cacerola que había resistido el paso de cientos de años. Nadia revolvía lentamente el contenido del brebaje mientras se mordía el labio inferior, consciente de que olvidaba algo y haciendo su mejor esfuerzo por ocultar su nerviosismo a la mujer que la observaba a sus espaldas en el taller de la cabaña, rodeada de frascos con brebajes e ingredientes de docenas de colores, organizados en repisas y mesas; libros y páginas sueltas, algunas ordenadas en estanterías y otras regadas por doquier. Trató de escabullir con cuidado una mano por debajo de su capa hacia su cinturón, del cual colgaba una pequeña libreta donde anotaba las recetas de sus pócimas.
—No hagas trampa —la voz grave y severa de la mujer parada detrás de Nadia rompió el silencio como un latigazo, y su perspicacia dejó a la aprendiz inmóvil—. No puede ser que hayas vuelto a olvidar la receta, niña. ¿Qué vas a hacer sin mí?
Nadia no contestó. Levantó la mano que falló en abrir el recetario y la usó para acomodar su sombrero de punta, que lucía una cinta púrpura con un broche plateado en forma de media luna. Continuaba mordiéndose el labio.
—Además, otra vez usaste demasiada azúcar —observó la mujer—. Tienes que seguir mis instrucciones al pie de la letra.
—Pero el sabor de la pócima de ámbar es horrible —esta vez Nadia sí protestó, en un intento de ganar tiempo para recordar qué ingrediente le faltaba—. El señor Henderson preferiría morir antes que beber una de estas.
—Pues podrás preguntárselo tú misma, si es que no se ha muerto para cuando llegues. ¡Apúrate, niña!
La rapidez con la que Liliana, la bruja residente de Valle Verde y mentora de Nadia, había finalizado la discusión ya no sorprendía a la aprendiz, pero sí le llenaba de ansiedad. La bruja tenía razón: no podía continuar olvidando una receta tan sencilla como la pócima de ámbar.
—¡Un ojo de rana carmesí! —la joven recordó el ingrediente faltante con aire de triunfo y alcanzó un frasco de una repisa cercana, sacó un pequeño ojo negro con matices rojos y lo agregó a la cacerola que ya hervía sobre la hoguera y despedía un olor fuerte, pero amortiguado por la menta que contenía el brebaje.
La bruja dejó escapar un suspiro de alivio imperceptible para su aprendiz.
Liliana Selenes, bruja de la luna, era una mujer de aspecto elegante e imponente, que ocultaba a la perfección su siglo y medio de vida. Su estatura no era su punto fuerte, pero se las arreglaba para erguirse de tal manera que parecía dominar el espacio en el que se encontraba. En su dignidad y compostura, decía, residía la fortaleza que utilizaba para hacerse respetar como la bruja residente de Valle Verde. Esa misma imagen era la que quería inculcar en Nadia y, dada la resistencia natural de la joven, le había costado trabajo.
Nadia terminó de revolver el contenido de la cacerola y lo vertió dentro de una botella de vidrio no más grande que su mano. El líquido rojizo todavía hervía, pero se enfriaría lo suficiente en el camino hacia el hogar del señor Arthur Henderson, cuya hija había tocado a la puerta de las brujas esa mañana. Su padre tenía una mordedura en el tobillo y estaba en cama con una fiebre terrible y casi sin poder moverse, síntomas que Liliana adjudicó rápidamente a una tarántula excavadora: el único arácnido carnívoro de la zona, conocido por enterrarse en la superficie para aguardar el paso de una presa desprevenida y atacar con una mordida veloz, cuyo veneno paralizaba el cuerpo mientras lo mataba de fiebre. A pesar de su pequeño tamaño, la manera de acechar de la tarántula excavadora le permitía matar y devorar animales más grandes que ella. La hipótesis de la bruja era que el señor Arthur Henderson era lo bastante fuerte como para aguantar el efecto del veneno durante esa noche, pero que no pasaría mucho más antes de que la enfermedad se lo llevara.
La urgencia de la situación preocupaba a Liliana, pero también presentaba una oportunidad perfecta para desafiar la competencia de su aprendiz.
—Ya estoy lista, Liliana —dijo Nadia, acomodando su sombrero de punta y una capa alrededor de su blusa y faldón de tela. La rapidez con la que solía alistarse contrastaba con lo dificultoso que le era preparar pócimas y otros brebajes.
—Bien, entonces es hora de que te marches —asintió su mentora, pasando una mano por su cabello negro ondulado y acomodándolo detrás de sus orejas, para después cruzarse de brazos—. ¿Sabes lo que debes hacer?
—El señor Henderson debe tomar la pócima tibia o fría y descansar. Hasta mañana no debe ingerir nada más que agua — Nadia asintió mientras amarraba los cordones entrelazados de sus botas de cuero.
—¿Y si los síntomas persisten? —Liliana no desaprovechó la oportunidad para su pequeño interrogatorio.
—Que nos avisen de inmediato —contestó la chica, ya de pie—. ¡Ah! Y si la orina del señor Henderson se torna roja, será necesario darle una poción de basilisco.
—Cuando vuelvas, quiero que estudies esa receta — añadió Liliana con un tono un poco más suave, mostrando conformidad—. Es más complicada de preparar que la poción de ámbar y quiero que estés lista si es necesario. Ahora vete, no pierdas más tiempo aquí.
Nadia asintió un par de veces y se apresuró a cruzar la puerta del laboratorio.
—¡Volveré pronto! —dijo mientras se alejaba.
Liliana escuchó cómo la puerta de entrada a su cabaña se abría y cerraba rápidamente.
Una vez sola, la bruja relajó su postura y comenzó a ordenar el laboratorio. Nadia había dejado abiertos los frascos de casi todos los ingredientes sobre la mesita de trabajo. Entre la ocasional desprolijidad de la chica y la urgencia de la situación, debió haberse olvidado de limpiar, pensó Liliana. Usualmente le reprendía por ello, pero una emergencia como la del señor Henderson requería actuar rápido, y Nadia había hecho un esfuerzo evidente por cumplir con aquello, incluso si dicha urgencia había sido ligeramente exagerada por la bruja, con la intención de ver a su pupila trabajar bajo presión. A fin de cuentas, lo había hecho bien.
—Tal vez debería dejarla usar el recetario —concedió Liliana, sonriendo ligeramente—. Los métodos antiguos no son mejores solo por ser viejos, después de todo.
«Debería dejarme usar mi recetario», pensaba Nadia para sí mientras caminaba lo más rápido que podía por el sendero que bajaba la colina en cuya cima estaba la cabaña de la bruja, pasando un enorme y antiguo sauce que se erguía justo afuera. Se habría echado a correr, pero bajar la colina tan rápido era peligroso y no podía permitirse romper la única botella con pócima de ámbar que había preparado.
Conocía bien el camino hasta el hogar de la familia Henderson; habían requerido los servicios de la bruja en múltiples ocasiones, aunque esta era la primera en la que Nadia asumía el protagonismo y les asistía sin la intervención de su mentora. O, mejor dicho, sin demasiada intervención. La bruja tendía a entrometerse demasiado en el trabajo de Nadia para su gusto. Apreciaba la sabiduría de Liliana y reconocía que tenía todo el derecho de inmiscuirse en el quehacer de su aprendiz, pero no podía evitar molestarse con ella de vez en cuando.
—Por supuesto que ella no olvida ninguna receta — protestaba Nadia en voz alta, sin nadie alrededor que la escuchara—, si tuvo ciento cincuenta años para memorizarlas todas. Aunque ya debería conocer al menos la pócima de ámbar a estas alturas…
La poción que había preparado aquel día era especialmente efectiva contra todo tipo de venenos, pero también servía para propósitos generales de sanación, como calmar fiebres y dolores. Además, era un brebaje muy versátil que se podía adaptar a la enfermedad o lesión que la bruja necesitase tratar, simplemente alterando la cantidad y variedad de hierbas en su preparación.
Todo esto lo sabía Nadia, pero al momento de hervir el agua y mezclar los ingredientes, el conocimiento parecía escapársele entre los dedos y, usualmente, no podía completar una pócima sin consultar su recetario. Si bien encontraba desahogo e incluso placer en quejarse de las intervenciones y reprimendas de Liliana, tenía que admitir que su ayuda le era invaluable. En el fondo, sentía mucha admiración por ella.
El sol había comenzado a aproximarse a las distantes montañas de Vrynn, al oeste, y el cielo adoptaba los tonos rosáceos y anaranjados del atardecer, que pronto perderían su calidez para dar paso a la noche. Nadia calculó que le quedaban menos de dos horas de luz y, al llegar al pie de la colina, aceleró el paso.
Las praderas y arboledas se extendían por todo el valle y la chica, pese a la prisa que llevaba, disfrutó de la vista mientras caía la tarde.
Luego de un largo rato, llegó a una cabaña de adobe y techo de paja, con paredes maltrechas y erosionadas, y ventanas de madera carcomidas por la humedad y, a juzgar por los agujeros, alguna colonia de termitas. La inconfundible casa de los Henderson, una familia de granjeros que se ganaba la vida vendiendo trigo, leche y huevos a los mercaderes que pasaban por Valle Verde y a los reinos vecinos.
La muchacha se apresuró hacia la puerta principal y golpeó un par de veces.
—¡Señorita Lucila! —llamó después del golpeteo—. ¡He traído la pócima para su padre!
Al poco rato se abrió la puerta y otra chica, apenas un par de años más joven que Nadia, le ofreció una sonrisa débil que no hacía mucho por ocultar su pesar.
—Usted es la aprendiz de la señora Liliana —observó la niña, la misma que había acudido a la cabaña de Liliana esa mañana—. Por favor, pase. ¿Dónde está ella?
—Sólo soy yo esta vez, señorita Henderson —explicó Nadia mientras entraba en la casa tras la otra chica—. No se preocupe, he traído justo lo que su padre necesita.
La joven miró a Nadia con incredulidad mientras recibía su capa y sombrero para colgarlos en un perchero viejo que ya sostenía una chaqueta y varias bufandas, y parecía que colapsaría con el peso de más ropa.
La aprendiz de bruja le ofreció una sonrisa en un intento por asegurarle, a ella y a sí misma, que todo saldría bien.
—¿Dónde está su padre?
—Por aquí, señorita —respondió la niña, guiando a Nadia por un pequeño corredor hasta la habitación del señor Henderson.
Apenas entró en el cuarto, Nadia reparó en el enfermo que yacía tendido sobre la cama matrimonial de roble: el hombre alto y fornido la miraba con sus ojos débilmente entreabiertos. El único movimiento que hacía era respirar por la boca, a juzgar por cómo su pecho se inflaba y desinflaba con parsimonia.
—No ha comido nada y ya no se mueve —explicó Lucila, quien había perdido el poco de compostura que le quedaba. Sus ojos se humedecieron—. Si no lo viera respirar, pensaría que está…
—No se preocupe, señorita. Todo eso es normal —Nadia ofreció otra pequeña sonrisa tranquilizadora mientras recordaba las lecciones de Liliana—. Su padre es un hombre fuerte y, tal parece, ha resistido bastante bien el veneno de la mordedura —añadió, examinando con la vista el aspecto demacrado y pálido del rostro del señor Henderson, para luego volver a mirar a la chica—. ¿Podría, por favor, dejarme examinar sus pies? Sólo me tomará un minuto.
Lucila asintió y, mientras Nadia se colocaba un par de guantes negros de tela, se apresuró a mover el cobertor bajo el que descansaba su padre y le quitó los calcetines que le había puesto al notar que se entumecía con la fiebre.
Cuando terminó, Nadia se acercó y observó sus pies. Levantó ligeramente el pantalón de lino a la altura de las pantorrillas del señor Henderson, buscando confirmar las sospechas de su mentora.
—¡Ajá! —exclamó Nadia sin alzar mucho la voz. Reconoció el patrón de la mordida de araña excavadora de inmediato—. Dígame, señorita Lucila, ¿su padre va mucho al bosque?
—A cazar conejos —asintió la chica—. Anoche trajo uno y preparó un estofado. Después de cenar, dijo que no se sentía bien y se acostó. No se ha levantado desde entonces.
—Pues no es el único que estaba cazando ayer —Nadia asintió de vuelta mientras apuntaba a la mordida para que la niña la viera—. Esta es una mordida de araña excavadora. También cazan conejos y otros animales. Su padre debe haberse cruzado en su camino, pero no hay de qué preocuparse. Que haya sido capaz de llegar a casa y preparar la cena luego de ser mordido es una muy buena señal —la aprendiz de bruja notó rápidamente que su explicación no hizo nada por calmar los nervios de la muchacha, así que decidió seguir hablando—. Por favor, traiga una cubeta de agua y algunos paños para bajarle la fiebre. Yo me encargo del resto.
Lo disimulaba bastante bien, pero Nadia luchaba contra sus propios nervios y decidió que sería mejor hacerlo en soledad, mientras la hija del señor Henderson salía del dormitorio para traer lo que le había pedido. Se quitó los guantes y peinó su cabello castaño hacia atrás, para que no le molestase mientras administraba la pócima al enfermo.
Se acercó a él y lo observó por unos momentos. Era evidente que Arthur Henderson estaba consciente y completamente alerta de su presencia, pero lo bastante debilitado como para no decir ni hacer nada. Se habían visto muchas veces, tanto en aquel mismo hogar como en la cabaña de Liliana, pero Nadia jamás había estado a cargo de atenderlo.
—Buenas tardes, señor Henderson —lo saludó. Sentía que era necesario darle al menos una pequeña explicación para evitar que entrase en pánico y se rehusara a tomar la pócima—. Esta vez lo atenderé yo. Liliana le envía sus buenos deseos y confía en que se recuperará pronto —agregó, mientras sacaba la botellita de poción de ámbar de su alforja y se la enseñaba—. Sólo debe tomar esto y para mañana se sentirá mucho mejor —finalizó con una sonrisa.
Esperó, dándole al señor Henderson el instante necesario para que accediera al tratamiento, pese a que no se podía mover. El hombre apenas parpadeó una vez, con lentitud. Nadia asintió y se acercó para levantar un poco la cabeza del hombre y acercar la pócima a su boca con su mano libre.
El afligido la bebió lentamente, al tiempo que su hija regresaba a la habitación con un jarrón con agua y algunos paños de tela, tal como Nadia le había pedido. Con cuidado, la aprendiz de bruja volvió a recostar a su paciente sobre su cabecera y guardó la botella vacía en su alforja, mientras veía cómo las mejillas del señor Henderson recuperaban, de forma apenas perceptible, el color.
Se levantó y se volvió para mirar a la muchacha con una sonrisa de satisfacción.
—Esto será suficiente, señorita —dijo—. Bastará con que mantenga un paño húmedo sobre la frente de su padre y lo cambie cada dos horas, o antes si se seca. No lo humedezca demasiado. Queremos que le baje la fiebre, pero no que la cama se moje o podría atrapar un resfrío.
La muchacha asintió y le dio las gracias. Nadia se hizo a un lado para que pudiese colocar el primer paño húmedo sobre la frente de su padre. Si bien se veía más tranquila, Nadia no pudo evitar notar que la expresión de la muchacha todavía denotaba preocupación.
—¿Sucede algo? —preguntó con legítima curiosidad.
—Pues… no tengo dinero para pagarle —admitió la joven, con la mirada hacia el piso. Se había olvidado por completo del dinero. Liliana le regañaría si regresaba con las manos vacías.
—Ya veo. Tal vez haya otra manera de que me pague — sonrió Nadia—. ¿Qué tal algunos de esos huevos tan ricos que ponen sus gallinas?
No era la primera vez que los Henderson pagaban con alimentos los servicios de la bruja. La muchacha asintió y acompañó a Nadia hasta la alacena, no sin que antes esta se despidiera del señor Henderson con una pequeña reverencia.
Una vez allí, la aprendiz de bruja recibió una docena de huevos frescos.
—Son de esta mañana —explicó la hija del señor Henderson—. Dígale a la bruja que sentimos mucho no poder pagarle como es debido.
—No se preocupe —Nadia volvió a ofrecer una expresión alegre y tranquila, aunque por dentro le causaba extrañeza tratar con tanta formalidad a una chica casi de su misma edad—. Estoy segura de que Liliana apreciará mucho los huevos.
Mientras Lucila la escoltaba hacia la salida y le regresaba su capa y sombrero de punta, Nadia le dejó las instrucciones que había repasado con Liliana antes de salir: hasta mañana, el señor Henderson debía descansar mucho; sólo podía beber agua y comer únicamente cuando se sintiese mejor. También tendría que poner atención a su orina y, si esta se tornaba roja, Lucila debía avisar a las brujas cuanto antes.
Esto era señal de que el cuerpo del señor Henderson había rechazado la pócima y sería necesario utilizar otra más potente, aunque eso último no se lo dijo a la joven, quien le agradeció tantas veces como pudo antes de despedirse.
Ya estaba oscureciendo cuando Nadia emprendió el camino de regreso a la cabaña. Caminaba satisfecha y feliz de haber ayudado al pobre señor Henderson por sí sola. Confiaba en que no necesitaría la pócima de basilisco de la que Liliana le había advertido antes de salir, pero seguramente la bruja le haría estudiar la receta de todas maneras, así que se tomó su tiempo para volver tranquilamente a la cabaña y disfrutar de la frescura del anochecer antes de tener que someterse a una hora o dos de lectura.
El aire nocturno de Valle Verde se inundaba de aromas de flores y árboles, provenientes de los pequeños bosques que se alzaban alrededor, en todas direcciones. Lo mismo sucedía con los sonidos de animales, aves e insectos, entre los cuales Nadia adoraba el canto de los grillos que se multiplicaban una vez se ponía el sol.
Se alegraba de poder apreciar aquella miríada de sensaciones que eran más difíciles de percibir durante el día.
Cuando entró en la cabaña, se sorprendió al encontrar a Liliana sentada a la mesa del comedor, frente a un hombre que llevaba una espada al hombro y un morral del que había sacado algunas provisiones y herramientas, las cuales la bruja examinaba con cuidado antes de dejarlas sobre la mesa.
—¿Nueve monedas de oro por todo eso? —preguntó Liliana, mientras sus ojos recorrían las facciones toscas pero juveniles del viajero con quien negociaba. Parecía haber ignorado por completo a Nadia al llegar.
—Así es —asintió el hombre—. Me parece un precio justo.
Nadia notó la expresión incómoda de Liliana, disfrazada de estoicismo, pero que la joven ya había aprendido a distinguir de su comportamiento habitual. Había visto a la bruja negociar con mercaderes y mercenarios por igual y sabía que intentaría regatear. Con la intención de ayudar, sacó uno de los huevos que había recibido de Lucila Henderson para mostrárselo a su mentora desde donde estaba, levantando también la bolsa con el resto de ellos para señalar que no necesitarían tantos alimentos.
—Cuatro monedas de oro —respondió Liliana—, y puede llevarse el queso y los huevos.
El hombre lo pensó unos momentos y terminó por asentir. Guardó las provisiones que Liliana había rechazado y dejó sobre la mesa un trozo de carne cubierto de sal, cinco botellas de vidrio vacías y un cuchillo sobre una piedra de afilar. A Nadia le pareció que cuatro monedas de oro era un buen precio por todo aquello, mientras Liliana le pagaba y se despedía amablemente, en lo que a todas luces era un intento por sacar al sujeto de la casa cuanto antes, ahora que la transacción estaba completa. La aprendiz de bruja ni siquiera alcanzó a saludarlo.
Al poco rato, se habían quedado solas.
—¿Cómo te fue? —preguntó Liliana apenas cerró la puerta de la cabaña.
—Muy bien. El señor Henderson estaba débil, pero bebió la pócima con gusto —Nadia se permitió expresar algo de orgullo en su voz, por un trabajo bien hecho.
—No te pagaron —observó Liliana, derrumbando el entusiasmo de su pupila.
—¡Claro que sí! —refutó Nadia, pero fue interrumpida antes de que pudiera continuar.
—Un puñado de huevos no es un pago suficiente por una pócima de ámbar. No es fácil obtener el veneno de cobra ni los ojos de rana carmesí, y eso lo sabes —Liliana adoptó ese tono severo que combinaba con una mirada altanera pero dignificada—. Se necesitan al menos dos docenas de huevos para compensar eso, sin considerar el resto de los ingredientes. ¿Cuántos huevos te han dado?
—Una docena —Nadia bajó la mirada.
—¿Una? ¿Acaso pretendes convertir mi cabaña en una caridad, niña?
—Los Henderson apenas tienen para vivir, Liliana — protestó Nadia.
—Y nosotras vivimos en una mansión —refutó ella, irónica—. Si quieres convertirte en una bruja digna de ti, debes cobrar el justo valor de tu trabajo. Ayudamos a las personas, sí, pero no podemos vivir de su gratitud.
—Te aseguro que nos va mejor que a ellos —dijo Nadia, en un último y fútil intento por discutir.
—Y eso es porque una de nosotras sí sabe el valor de lo que hacemos —Liliana tendría la última palabra, como siempre—. Tendrás que reponer los ingredientes de la pócima por ti misma, entonces. Mañana irás al pantano a cazar ranas.
—Lo sé, Liliana —dijo la aprendiz, resignada y acostumbrada.
—Y una cobra.
Eso, Nadia, no se lo esperaba. Quiso protestar, pero sabía perfectamente que sería inútil.
—Prepara la cena, ¿quieres? —ordenó Liliana con toda naturalidad mientras tomaba del perchero su capa de seda negra y hermosa, y su sombrero ancho de punta que exhibía un medallón de plata al frente, y se vestía con ellos—. Debo salir.
—¿A dónde vas? —inquirió Nadia, aunque ya conocía la respuesta.
—Eso es asunto mío —respondió la bruja con las mismas palabras que Nadia ya repetía en su cabeza. Sin agregar nada más, salió por la puerta y sus pasos se perdieron en la distancia.
Nadia se quedó mirando la puerta por unos momentos, para luego murmurar maldita vieja
Se alistó para preparar el trozo de carne y media docena de huevos para cenar. No lo parecía, pero Liliana podía comer lo mismo que un leñador sin ganar un kilo de peso.
Capítulo II
La noche había caído por completo cuando Liliana llegó al Bosque de Naara, un entramado de árboles y diversos tipos de vegetación que, observado de lejos, no parecía demasiado grande, pero que de frente se erguía imponente e infinito, amenazando a quien osase adentrarse con extraviar el camino, tal vez para siempre.
La mayoría de los habitantes de Valle Verde guardaban distancia del bosque luego de escuchar historias de aventureros perdidos que jamás regresaron y se convirtieron en parte del folclor del territorio. Sólo unos pocos, como la bruja Liliana, se atrevían a merodear por el laberinto de tonos verdes y cafés.
Esta vez, la bruja se quedó de pie frente al claro que servía de entrada al bosque, donde se alzaban dos árboles curvados y entreverados que formaban una especie de umbral, con un sendero que pasaba por debajo y se adentraba en la vegetación: una trampa, como bien sabía Liliana, urdida por Naara, el espíritu de la naturaleza que se refugiaba en el corazón de la arboleda. Liliana esperaba pacientemente, mientras la brisa nocturna se transformaba en un fuerte viento que amenazó con echar a volar su ancho sombrero de punta, el cual la bruja tuvo que sujetar con una mano. Su capa revoloteaba alrededor de su cuerpo, apenas asida a sus hombros. El ventarrón no logró perturbar la paz de la bruja y, tan rápido como se levantó, amainó, y el silencio de la noche solo se vio distorsionado por los murmullos que provenían del bosque. Aquella era la señal que había estado esperando. Volteó para ver llegar a otra mujer cubierta por una túnica de tonos verdes, entre los que destacaba un esmeralda oscuro, y un sombrero de punta muy parecido al suyo, pero que ostentaba una corona de flores en su base. La recién llegada se apoyaba en un largo bastón de madera, parecido a la rama de un árbol viejo y fuerte, y acomodaba unos mechones de cabello canoso con su mano libre, dejando su rostro arrugado
