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Limusina al paraíso
Limusina al paraíso
Limusina al paraíso
Libro electrónico157 páginas1 horaJazmín

Limusina al paraíso

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Información de este libro electrónico

Lo único que preocupaba a Delia Fitzgerald era que le quedara bien el vestido de novia... hasta que se enteró de que su prometido había recibido un estupendo regalo de Navidad a cambio de casarse con ella. En ese momento decidió marcharse de allí y pronto se encontró pasando la luna de miel ella sola... con Mick MacDougal, el guapísimo conductor de la limusina.
IdiomaEspañol
EditorialHarperCollins Ibérica
Fecha de lanzamiento3 oct 2019
ISBN9788413286433
Limusina al paraíso
Autor

Jennifer Labrecque

After a varied career path that included barbecue-joint waitress, corporate number-cruncher and bug-business maven, Jennifer LaBrecque has found her true calling writing contemporary romance.  Jennifer lives in suburban Atlanta with a Chihuahua who runs the whole show.

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    Limusina al paraíso - Jennifer Labrecque

    Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

    Editado por Harlequin Ibérica.

    Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

    Núñez de Balboa, 56

    28001 Madrid

    © 2001 Jennifer Labrecque

    © 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

    Limusina al paraíso, n.º 1678 - octubre 2019

    Título original: Jingle Bell Bride?

    Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

    Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

    Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

    Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

    ® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

    ® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

    Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

    Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

    Todos los derechos están reservados.

    I.S.B.N.:978-84-1328-643-3

    Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

    Índice

    Créditos

    Prólogo

    Capítulo 1

    Capítulo 2

    Capítulo 3

    Capítulo 4

    Capítulo 5

    Capítulo 6

    Capítulo 7

    Capítulo 8

    Capítulo 9

    Capítulo 10

    Capítulo 11

    Capítulo 12

    Epílogo

    Si te ha gustado este libro…

    Prólogo

    EL SÚBITO timbrazo del teléfono sacó a Mick de su ensimismamiento. Descolgó el auricular, aliviado al poder apartar la vista un momento de las preocupantes cifras que mostraba el programa de contabilidad del rancho. No iba a ser fácil pagar las nóminas del mes.

    –Aquí MacDougal.

    –¿Mick? Mick, tienes que ayudarme. Voy con Lucy hacia el hospital. El niño se ha adelantado –la voz de su hermano pequeño iba subiendo de tono peligrosamente.

    –Vamos, tranquilo, Eric –dijo Mick intentando calmarlo–. Has visto parir a las vacas, sabes que no habrá ningún problema.

    Eric se había criado en el rancho, y no podía ser tan diferente. Aunque su hijo llegaría al mundo sin pezuñas.

    –Mañana tenía un trabajo muy importante. Iba a tomarme unos días libres, pero necesitamos el dinero. Además, es la hija de Frank Fitzgerald. Se casa mañana en Hades.

    –Y no quieres dejar colgado a Frank –Mick lo entendía muy bien. Todos los rancheros de Texas conocían a Frank Fitzgerald. Su mal genio y su semental, Igor, un toro de concurso, eran legendarios.

    –¿Crees que podrías ayudarme? Teniendo en cuenta que no hay mucho trabajo en el Lazy J…

    Desgraciadamente, hacía demasiado tiempo que había poco trabajo en el Lazy J. Al padre de Mick y Eric le faltaba poco para hundir por completo el rancho cuando él y su madre descubrieron el Viagra y la autocaravana y lo dejaron en manos de Mick. El sacrificio de tres años de su vida y su matrimonio habían puesto el negocio a flote, pero los problemas aún no habían desaparecido. No estaría mal un milagro de Navidad.

    –Mira, Mick, solo tendrías que presentarte con la limusina y llevar a la pareja feliz a donde van a pasar la luna de miel, y me habrás salvado el pellejo –Eric parecía desesperado. Llevaba un año intentando hacer despegar su agencia de limusinas, pero las cosas no iban bien del todo.

    –Puedo estar allí en ocho horas –dijo Mick tras una mirada al reloj. Eran las doce de la noche pasadas. Enfrascado en las cuentas del rancho había perdido la noción del tiempo. Tendría que conducir toda la noche. ¿Y qué? Eric y Lucy necesitaban ayuda, y si había algo a lo que Mick nunca había dado la espalda, era a la responsabilidad.

    El grito de alegría de Eric le dejó zumbando el oído.

    –Eres el mejor, Mick. Dejaré la limusina en el aparcamiento del hospital. Estaremos en la sección de críos.

    Capítulo 1

    PUEDES apretar un poco más?

    Delia Darlene Fitzgerald, «Dilly», se miró una vez más en el espejo. Y lo que vio eran demasiados sundaes de helado. Demasiados kilos. Demasiada carne.

    –No sé por qué me empeñé en intentar meter el trasero en una talla tan pequeña –exhaló un suspiro e inspiró profundamente.

    –La revista Novias de este mes dice que las novias suelen cometer el error de creer que van a adelgazar cinco kilos antes de la boda –comentó Carla, su dama de honor, mientras luchaba con la cremallera desde atrás mientras la madre de Dilly tiraba de la tela.

    –¿Estás bien, cielo? –preguntó su madre preocupada–. La semana pasada, en la prueba final, no te estaba tan justo. ¿No estarás un poco hinchada? Tengo unas pastillas que van muy bien… No, déjalo. No funcionaría porque tendrías que ir corriendo al baño, y no queda tiempo. ¿Y si luego tienes que ir durante la ceremonia?

    Hablar con su madre siempre la mareaba un poco. Y Dilly no estaba hinchada. Estaba gorda. Su apetito había ido aumentando según se acercaba la fecha de la boda. Era un milagro que cupiera en aquel vestido.

    –No pasa nada. No respiraré en las próximas horas.

    La diminuta Carla se subió a una silla para ponerle el velo adornado con muérdago que sostenía su madre.

    –Cariño, cuánto me alegro de que decidierais casaros en Navidad. Las rosas blancas y las flores de Pascua de la iglesia han quedado ideales, y el muérdago en el velo me encanta. Creo que tú y yo formamos un buen equipo –dijo su madre resplandeciente mientras Carla le sujetaba el velo a Dilly entre sus largos rizos rubios.

    Por primera vez en su vida la campechana y directa Dilly tenía algo en común con su frágil y delicada madre: la boda. Y aquello le gustaba.

    –Sí, formamos un buen equipo, pero si la boda es en Navidad es gracias a Richard. Él se empeñó en que fuera ahora.

    Después de dos años de relaciones, Richard había insistido en que se casaran antes de Navidad, sin motivo aparente.

    Dilly se miró al espejo. Desde luego tenía un aspecto muy diferente al habitual. Pero normalmente estaba sobre un caballo. El vestido blanco demasiado apretado y los dos litros de laca en el pelo eran todo un cambio. Y no le parecía que fuera para mejor. Arrugó la nariz y miró con ojos entrecerrados a la desconocida del espejo.

    –Parezco una alienígena, pero gracias.

    –Vamos, eres la alienígena más guapa que he visto en mi vida –sentenció su madre. Carla inspiró sonoramente con los ojos llenos de lágrimas. Dilly le dio unas palmaditas en el hombro.

    –No llores –le aconsejó–. Se te correrá el rímel y parecerás un mapache, y todo el mundo mirará a la novia alienígena y a su dama mapache cuando vayamos hacia el altar.

    Carla lloraba hasta con los anuncios de papel higiénico, pero Frank Fitzgerald había enseñado a su hija desde pequeña que no había que llorar.

    –Y a Richard le encantarás, aunque no lo demuestre –dijo Carla.

    –Supongo –respondió Dilly. A veces sospechaba que Richard no la conocía en absoluto. De repente las paredes parecieron venírsele encima y empezó a pasear por la habitación como un animal enjaulado. Carla frunció el ceño.

    –Llevas unos días muy callada. Y eso es muy raro en ti.

    Sí. Dilly llevaba un par de semanas como deprimida, pero lo achacaba a la proximidad de la Navidad y la boda. Se encogió de hombros.

    –Se me pasará después de la ceremonia.

    Su madre se detuvo con el ramo en la mano.

    –Si no estás segura de esto, no tienes por qué seguir adelante.

    Dilly hizo girar el anillo de compromiso de dos quilates que llevaba en la mano izquierda.

    –Richard será bueno para mí. Me mantiene con los pies en el suelo –Dilly suponía que aquella era la forma de Richard de demostrar que la quería–. Es un hombre serio y lo admiro por eso. Además, reconozcamos que esto es lo más cerca que he estado del altar.

    –Delia Darlene –dijo su madre muy seria–. Hablas como una mujer desesperada.

    –¿Tú te has oído? –intervino Carla–. Cuando una se casa es por una razón. Que hayas conseguido echarle el lazo a un macho y tumbarlo en tierra no significa que tengas que casarte con él.

    ¿Por qué demonios su madre y su mejor amiga tenían que hacerle replantearse su decisión de casarse con Richard Barr diez minutos antes de la ceremonia?

    –Carla, te recuerdo que ya he cumplido los treinta. Una buena edad para criar –puntualizó Dilly. Su madre asintió esperanzada.

    –Me gustaría tanto tener nietos…

    Carla las miró a las dos con severidad.

    –Eres una mujer, no una vaca.

    –Gracias por recordármelo.

    –Dilly, tu padre ha acabado contagiándote su obsesión por tener un heredero. No puedes casarte con Richard solo por complacerlo.

    –Quiero a Richard. Seremos felices juntos.

    –Tápese los oídos, Maggie –aconsejó Carla. La madre de Dilly se llevó las manos a las orejas–. ¿Qué hay del sexo?

    –El sexo, bien –dijo Dilly secamente. O mejor dicho, imaginaba que iría bien, cuando lo hicieran. Richard había sugerido que esperasen a la luna de miel. Y a pesar de los intentos de Dilly de hacerle cambiar de idea, él se había mantenido en sus trece. Tenía que reconocer que no era una mujer que despertase pasiones desatadas.

    –¡Ajá! –saltó Carla.

    –¿Ajá, qué?

    –Vas a casarte con ese hombre, y lo mejor que puedes decir es que «el sexo, bien»? Mira, hay muchas cosas que están «bien», el tiempo, tu salud, una copa de vino… Pero si el sexo solo está «bien», tienes un grave problema.

    –¿Puedo destaparme los oídos? No hago más que leer en vuestros labios la palabra «sexo» y quiero saber qué pasa –dijo la madre de Dilly bajando las manos–. ¿Qué me he perdido?

    –Nada, mamá.

    –Cariño, olvídate de los nietos. Tu padre

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