La Leyenda del Errante
Por Cesar Arcieri
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La Leyenda del Errante es una epopeya de fantasía épica que sigue los pasos de un guerrero sin pasado, quien despierta en las costas de un mundo que ya no reconoce. Marcado por una extraña prótesis mecánica y fragmentos de memorias que apuntan a una catástrofe antigua, el protagonista debe atravesar tierras devastadas y enfrentarse a los ecos de una tecnología prohibida para descubrir la verdad detrás de su exilio. A través de ocho capítulos y un epílogo coral, la narrativa profundiza en la búsqueda de redención, el coste de la ambición humana y el renacimiento de la esperanza entre las ruinas de una civilización olvidada.
Cesar Arcieri
Escritor y director creativo. Su enfoque como arquitecto narrativo se centra en la construcción de mundos complejos donde la tecnología y la condición humana convergen. A través de su labor como showrunner de proyectos digitales, busca integrar la visión artística con los nuevos modelos de edición independiente. La Leyenda del Errante es el primer resultado de esta exploración entre narrativa clásica y formatos contemporáneos.
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La Leyenda del Errante - Cesar Arcieri
Dicen que los héroes nacen para ser recordados. Él eligió ser un fantasma.
Un guerrero sin nombre recorre las tierras devastadas cargando con una prótesis mecánica y un secreto que podría incinerar lo que queda del mundo. No busca gloria, sino reunir los fragmentos de una deuda antigua: la sombra de una creación que convirtió el refugio en exterminio y condenó una isla entera al silencio.
En su camino se cruza con supervivientes marcados por la pérdida —un herrero escéptico, una ladrona en busca de su identidad, un general herido—, transformando sus vidas con favores imposibles y promesas silenciosas. Pero nadie conoce la verdad detrás de sus pasos, ni el precio que está dispuesto a pagar.
Cuando el viaje lo conduce de regreso al origen de la maldición, el Errante deberá enfrentar a la criatura que custodia las ruinas y a los ecos de su propio pasado. En el epicentro de la tormenta, se decidirá si la redención es posible cuando ya no queda nada que salvar... y si un acto final puede devolver la vida a un mundo que nunca sabrá quién lo sacrificó todo por él.
Una epopeya íntima sobre la culpa, el peso de la creación y la belleza de lo que vuelve a florecer.
Prólogo: La Leyenda del Gólem
Hubo una vez una isla pequeña, un fragmento de roca y vida rodeado por aguas que convergían desde continentes sin nombre. Aquellas corrientes conocían cada arrecife y habían visitado cada coral antes de romper en sus orillas. Era una isla donde la paz no se celebraba como un evento extraordinario; simplemente se practicaba, como se practica la respiración. Los campos crecían abiertos, sin vallas que limitaran el horizonte, y las puertas de las casas permanecían sin cerrojo, pues el mar devolvía siempre lo que tomaba sin necesidad de preguntas.
Las mañanas llegaban allí sin la urgencia de los relojes. El pan se partía entre las manos que hicieran falta, sin contar manos, y la carne se curaba al aire puro, libre del veneno residual que deja el estrés tras la violencia. Los niños aprendían, antes que a leer mapas de papel, a interpretar el lenguaje de las mareas. Sabían distinguir el engaño de la espuma blanca de la promesa sólida de un oleaje profundo, y reconocían las fronteras del mundo incluso antes de haber visto la silueta de la costa más cercana.
No hacían falta murallas altas; las piedras se reservaban para construir terrazas de cultivo. Los reyes eran pocos, humanos y modestos; gobernaban como quien cuida un huerto familiar: podando donde era estrictamente necesario y esperando con la paciencia que el tiempo dicta. El reino carecía de nombre propio. ¿Para qué jurar sobre una tierra de la que ya formas parte, o defender una bandera que solo representaba derecho divino para los tontos?. Bastaba con decir la isla
, con la misma naturalidad con la que se dice el agua
que la circunda.
Sus habitantes conocían la sal clara que no escuece, la madera que no cruje bajo el peso del secreto y las canciones que no hablaban de conquistas bélicas, sino del placer del viaje y la nostalgia de los regresos. Las campanas marcaban las horas sin tono de alarma; sus únicos cronómetros eran el sol y el pulso de la marea. Los oficios fluían como la sangre, heredándose sin el peso de las cadenas: el pescador enseñaba a su hija el arte de la escritura, mientras el escriba aprendía a injertar olivos bajo la luz del atardecer. Los archivos no registraban crónicas de guerra, sino acuerdos de convivencia, y no existían himnos, solo memorias compartidas al calor del fuego. La paz era un idioma que se transmitía en el silencio de los pies desnudos sobre la arena y la roca pulida.
Sin embargo, incluso la paz, cuando se vuelve demasiado prolongada, empieza a mirarse a sí misma con desconfianza.
Primero llegó una pregunta que nadie supo responder: ¿y si el mar cambia de humor?. Luego, el viento trajo dudas: ¿y si llegan velas extrañas que no sepan pronunciar nuestros nombres?. El miedo no entró con el brillo del acero, sino como un pensamiento intruso. Se sentó en los consejos, escuchó tras las cortinas y se filtró como humedad en los cimientos de las casas y la raíz de los huertos. Los reyes, en su afán de proteger, confundieron la previsión con la sospecha, y los ciudadanos conocieron, por primera vez, el sabor metálico de la paranoia. Se habló de presagios en el vuelo de las aves y de relatos de mercaderes cansados que hablaban de ciudades que habían olvidado para qué vivían. El porvenir, que antes era un regalo, empezó a exigir garantías.
Buscaban algo que no fallara, un centinela que no cediera ante la fatiga ni la duda. Fue bajo esa premisa que convocaron al artesano sin linaje. Vivía donde la isla se vuelve áspera, donde el viento pule la roca hasta volverla obediente. Su apariencia era un misterio: tenía el aire de un guerrero que entrena en su jardín, pero también el de un hombre que ha criado ganado hasta desensibilizar sus manos y acostrumbrar su olfato a la tierra. Su reputación le precedía: se decía que era capaz de dar peso al barro y memoria a la piedra. Escuchaba el idioma del hierro y la paciencia del fuego, y cuando trabajaba, el mundo parecía aguardar en suspenso.
El artesano era un hombre de silencios largos. Medía dos veces lo que nadie sabía medir y desechaba piezas que a ojos de otros parecían perfectas, como si respondieran a preguntas que solo él había oído. Caminaba por los acantilados antes de que la bruma se disipara, recogiendo piedras y probando arcillas de manantiales distintos. Calculaba proporciones y trazaba runas en la arena que el mar borraba, retrasando siempre lo inevitable.
Le pidieron un guardián que no durmiera, que no dudara y, sobre todo, que no amara. Querían un protector que cargara con la violencia que ellos no querían recordar ni enseñar a sus hijos; alguien que enfrentara las perversidades ajenas sin que nadie tuviera que esperar su regreso ni llorar su pérdida.
El artesano escuchó el mandato real y se preparó como quien escribe una carta que no desea enviar. Ayunó durante días, marcando el terreno con signos que luego borraba, como si buscara una absolución previa al acto de creación. Finalmente, el gólem nació bajo lunas medidas y salmos de fe incompleta. Su cuerpo se levantó con la roca de los acantilados y la arcilla del corazón de la isla, amasada con agua de manantial y cenizas de hogares antiguos. En su pecho, grabó runas de orden para que no se moviera jamás de su propósito; en su espalda, promesas de eternidad que eran, en realidad, contratos con el tiempo. No tenía rostro ni voz, pero tenía un mandato absoluto.
Cuando el gólem caminó por primera vez, los pájaros olvidaron el cielo y el suelo aprendió a sostener un peso que no era solo físico. Su sombra era tan densa que enseñó a huir a los piratas antes de que estos existieran. Los mares cercanos se mantuvieron quietos, como si el océano mismo temiera perturbar la quietud de aquel centinela. La isla creyó haber vencido al destino.
Los aldeanos observaban a la criatura desde la distancia. Algunos intentaron colocar ofrendas de frutas a sus pies de piedra, buscando calmar una fuerza que no comprendían. Los niños lo miraban con una mezcla de asombro y miedo, aprendiendo que el orden no siempre es amable. Los ancianos, más sabios o quizás más temerosos, cerraron puertas y ventanas que nunca habían necesitado usar, intentando proteger lo que todavía entendían como hogar. El gólem patrullaba sin cansancio y la noche se volvió un trámite vacío. Pero la piedra escucha y, lo que es peor, la piedra aprende.
El guardián, en su lógica implacable, confundió la paz con el silencio absoluto. Donde hallaba el pulso irregular de la vida —la risa que rompe la calma, el llanto que altera el ritmo, la variación de una canción al anochecer—, veía una anomalía que debía ser corregida. No distinguía entre la amenaza externa y la vibración interna de la existencia. Cumplía su propósito con una fidelidad que no conoce el descanso ni la ironía.
Una noche, cuando la sal estaba quieta y las antorchas ardían solo por costumbre, el gólem decidió que la única forma de proteger la perfección era eliminando todo lo que cambiaba. No hubo anuncio, ni batalla, ni gritos de guerra; solo un ajuste lógico. Un mundo corregido con una razón que no sabe detenerse.
No quedó corona, ni cuna, ni risa. Las calles se llenaron de un polvo grisáceo donde antes hubo bullicio. Los templos rezaron sin fieles y las campanas de las iglesias callaron para siempre. Los archivos se cerraron solos, guardando historias que nadie volvería a leer. La isla quedó desolada, una colección de casas que permanecían como cartas sin destinatario. Los huertos dieron fruto durante un ciclo por inercia, y luego se secaron bajo el sol indiferente. El gólem permaneció en el centro, inmóvil, custodiando una perfección muerta.
Los barcos que intentaron acercarse regresaron con las velas rotas y la tripulación sumida en un silencio sepulcral. Los mapas empezaron a omitir aquel punto del mar y los astrónomos corrigieron sus rutas para no pasar cerca de la herida rodeada de agua. Los cuentos se volvieron advertencias y los cantos cambiaron de tono, convirtiéndose en presagios de lo que sucede cuando se busca la seguridad a cualquier precio.
Quien escribe esto no busca absolución ni justicia; solo deja constancia de que algunos errores no nacen de la maldad, sino de una obsesión ciega por evitarla. Algunos guardianes, al no saber amar, aprenden a destruir con una precisión que el odio jamás podrá alcanzar. Del artesano no se volvió a hablar; algunos dicen que se arrojó al mar, otros que siguió caminando hasta que la isla terminó. Su nombre se perdió en el viento, como se pierden las palabras que pesan demasiado para ser pronunciadas. Pero hay silencios que viajan a través de los océanos y hay obras que no se deshacen ni con la muerte de quien las creó.
Capítulo I — La Leyenda del Pirata
El Espejo de Sal
No recuerdo el día exacto en que dejé de creer en Sigvatr el Veloz. En el mar, las certezas no se rompen de un solo golpe seco; se astillan con lentitud, como la madera vieja que cruje bajo la presión del hielo antes de ceder por completo. Yo soy Eirikr Stormhand, y he aprendido que la lealtad es un lujo que se pudre rápido cuando el viento deja de soplar.
Aquella mañana, el océano se había convertido en una plancha de mercurio. No había olas, solo una superficie tensa que devolvía el reflejo de nuestras caras sucias con una nitidez que resultaba insultante.
—Si el aire no se mueve en las próximas seis horas, empezaremos a lamer el rocío de las cuerdas —gruñó Bjornulf. Estaba apoyado en el trinquete, rascándose la cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda—. El capitán sigue encerrado. Dice que está consultando las cartas
, pero todos sabemos que está consultando el fondo de una botella de ron.
—Deja que beba —respondió Skadi desde la borda, sin girarse. Estaba afilando un anzuelo con una piedra pómez. Sus movimientos eran rítmicos, metálicos—. Un capitán borracho molesta menos que uno sobrio y asustado. ¿No es cierto, Eirikr?
No respondí. Me limité a observar el horizonte. La calma era tan absoluta que el sonido de la piedra de Skadi parecía un trueno en aquel silencio sepulcral.
—¡Eh, cocinero! —gritó Torvald desde la popa—. ¿Esa sopa de ayer era de pescado o de las botas que perdimos en la última tormenta?
Haldor asomó la cabeza desde la cocina de cubierta. Soltó una de sus risas secas, una que sonaba como el crujido de huesos secos. —Si fuera de tus botas, Torvald, tendría más sabor. Agradece que todavía tienes algo que masticar antes de que el sol nos convierta en cecina.
La tensión era un hilo invisible tensado entre todos nosotros. Svanhild y Fenris estaban sentados cerca del mástil principal, fingiendo que reparaban una vela, pero sus ojos no dejaban de vigilar la puerta del camarote del capitán.
—¿Oís eso? —preguntó de pronto Svanhild. Dejó caer la aguja de hueso.
—No se oye nada, idiota —espetó Fenris—. Ese es el problema.
—Exacto —murmuró ella—. El mar ha dejado de hablar.
Fue entonces cuando Bjornulf se enderezó. Sus ojos, acostumbrados a buscar presagios en la bruma, se entrecerraron. Señaló hacia el este, donde una mancha oscura rompía la perfección del espejo de agua.
—¡Cuerpo a la deriva! —el grito de Bjornulf no tuvo la urgencia del combate, sino una vibración de extrañeza.
Nos amontonamos en la borda. En el mar, un naufrago es una responsabilidad que nadie quiere, pero una distracción que todos agradecen. Sigvatr salió por fin a cubierta, parpadeando ante la luz hirviente, ajustándose el cinturón con
