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La Bibliotecaria Arcana
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Libro electrónico178 páginas2 horas

La Bibliotecaria Arcana

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Un estudiante becado llega a la Academia Arcana de Luminaria convencido de que la magia puede entenderse como teoría y símbolos, hasta que un libro prohibido y una enigmática compañera lo enfrentan a la resonancia, una forma de hechicería que une emoción y poder. Mientras secretos antiguos despiertan bajo la biblioteca y las miradas de la Academia se vuelven más vigilantes, ambos deberán decidir si el conocimiento puede separarse del corazón sin perder su esencia.

IdiomaEspañol
EditorialMissael Alejandro Reyes Burciaga
Fecha de lanzamiento17 ene 2026
ISBN9798233961267
La Bibliotecaria Arcana

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    La Bibliotecaria Arcana - Missael Alejandro Reyes Burciaga

    Capítulo 1 — Llegada a Luminaria: libros y silencio

    LLEGUÉ A AUREVAL CON las manos todavía tiznadas de carbón del taller donde había pasado mis últimas semanas antes del viaje. La ciudad de Luminaria se alzó ante mí como una promesa esculpida en piedra y luz: torres coronadas por cristales de maná que atrapaban el sol, canales murmullando con corrientes de energía que apenas rozaban la piel, y banderolas con sigilos que se movían como si leyeran al viento. Me habían hablado de la Academia Arcana como quien describe un templo inalcanzable; yo, en cambio, la veía con los ojos de quien ha pasado la vida husmeando entre libros prestados y letras rotas: maravillado, temblando por dentro, convencido de que no pertenecía del todo. La beca que me había traído hasta aquí llevaba mi nombre en tinta oficial y mi orgullo y miedo en la misma letra temblorosa.

    Prefería pensar en la biblioteca antes de pensar en las clases. Para mí la magia era teoría y runas, un entramado seguro donde las fórmulas no exigían afectos para responder, donde un error se pagaba con ecuaciones y correcciones, no con miradas o dudas. Me gustaba el orden de las cosas encerrado en pergaminos: si algo fallaba, lo podía buscar, entender, catalogar. Combatir, proyección emocional, canalización espontánea... todo eso me resultaba impredecible. Por eso, cuando escuché el murmullo de los pilares de la Gran Biblioteca por primera vez, mi cuerpo se vació de tensión y se llenó de algo parecido a hogar.

    La Gran Biblioteca no era una habitación, sino un pequeño continente hecho de madera envejecida, piedra pulida y luz filtrada. Entré por una puerta de roble que olía a resina antigua y orina de libro —ese olor que sólo los devotos reconocen— y quedé suspendido en el umbral. Las estanterías se extendían en niveles como ribera tras ribera; pasadizos en arco se perdían en sombras donde las lámparas de tinta—luciendo pequeñas esferas de luz líquida—zumbaban perezosamente, como insectos de otro mundo. Había lecturas públicas, secciones de consulta y cámaras cerradas con sellos que no me atreví a mirar de cerca. Hileras de mesas largas, vacías en su mayoría, esperaban a los estudiantes con tinteros que contenían una tinta que parecía atrapar la noche. Un leve polvo flotaba en el aire, y cada partícula recogía un recuerdo; al caminar, la alfombra susurraba. Era un lugar que guardaba más que palabras: guardaba silencios.

    No me costó encontrar la sección de textos restringidos. Había escuchado rumores sobre la magia resonante en la cena de bienvenida, susurrada como si fuera una vieja canción prohibida. Mientras mis dedos recorrían los lomos en busca del volumen, mi corazón se aceleró con la misma mezcla de reverencia y culpabilidad que siento cuando hojeo un libro sin permiso. Todo en aquel pasillo parecía diseñado para hacernos sentir pequeños y responsables: los sellos de cera, los letreros en latín, las columnas adornadas con runas cuyo borde chispeaba apenas.

    Extendí la mano y rozé un lomo de cuero más grueso que los demás; antes de que pudiera tirar, sentí otra mano rozar el mismo borde. Miré y ahí estaba ella: Lyssara Aelwyn, exactamente como la imaginé y no a la vez. No era la estudiante estrafalaria de los cuentos: llevaba una túnica sencilla, impecable, y en su oreja izquierda brillaba una filigrana dorada con la forma de una hoja. La pieza atrapaba la luz y la devolvía con una calma que parecía encajar con su rostro sereno. Sus ojos, cuando se volvieron hacia mí, eran de ese tipo de atención que no pregunta por el título sino por la historia.

    —Oh, disculpa —dijo ella con voz templada—. No sabía que alguien más...

    Su acento tenía notas que no supe ubicar y, por una rara razón, mi estómago se contrajo como si alguien hubiera cerrado un puño sobre mis palabras. Respondí inseguro, porque en mis palabras suelen asomarse las dudas:

    —No, por favor... Adelante. Lo... lo buscas por alguna razón en particular.

    Ella sonrió apenas, sin prisa, como si el tiempo fuese un recurso abundante en la biblioteca.

    —He oído hablar de este volumen. Hablan de la resonancia como si fuese música antigua. Me interesan los hechizos de apoyo que no invaden al otro, sino que lo sostienen. —Su mirada se posó en mis manos, quizá por el libro, quizá por la tinta en mis dedos, no supe—. Y tú, ¿qué te trae hasta aquí? ¿Runas?

    Reconocí en su tono esa mezcla de amabilidad y curiosidad que siempre abre puertas más que las armas; contesté, más tratando de no sonar demasiado ansioso que con intención de explicar:

    —Runas. Y teoría. Mi tutor me empujó a leer más sobre manifestaciones emocionales de la magia, aunque... prefiero los símbolos a las sensaciones.

    Lyssara ladeó la cabeza con un gesto lento, como quien contempla un grabado y busca un detalle escondido.

    —Quizá estén relacionados —murmuró—. La teoría necesita un cuerpo que la acoja. Pero no para que te comprometas si no quieres. El conocimiento también es refugio.

    La manera en que dijo refugio me dejó atónito. Yo, que tantos años había defendido la seguridad del saber, sentí que ella había puesto en palabras aquello que me parecía una defensa justa. No supe si era una invitación o una constatación. Alcancé el lomo del volumen casi tímidamente y lo tomé entre ambas manos. Su tacto era el de un libro que parece contener algo vivo: la cubierta vibraba con una resonancia sutil, casi como si hubiese un latido propio.

    —Está marcado como restringido —añadió Lyssara, bajando la voz. Sus dedos rozaron los míos al apartarse—. Si eres becado, quizá te adviertan sobre llevar algo así a tu mesa.

    —Lo sé —respondí—. Pero... la biblioteca es un lugar para entender las cosas, no para esconderlas.

    Ella me observó con una mezcla de respeto y curiosidad.

    —Entonces quizá podamos leerlo en la sala de consulta. Dos cabezas son mejores que una para descifrar lo peligroso.

    La propuesta no sonó a atrevimiento ni a plan; sonó a alivio compartido. Asentí y la seguí con el libro abrazado contra el pecho como si temiera que la portada pudiera arrancarse en algún momento. En la mesa de roble donde nos sentamos, la luz de una lámpara de tinta amplificó el color del papel: páginas hechas del tiempo mismo, bordeadas en oro que había perdido su brillo, y notas al margen escritas con una caligrafía tan apretada que parecía querer contener secretos.

    Hablamos en voz baja, lo justo para no perturbar a los otros lectores. Hablamos de cosas prácticas: de runas, de modos de canalización, de la forma en que la resonancia aparecía en viejas leyendas como un puente entre almas. Ella habló de su familia con reservas, como quien entrega un fragmento de cristal pulido; yo, más torpe, dejé escapar historias de mi infancia—los libros robados junto al horno de la panadería, las noches traduciendo runas por linterna—y ella no juzgó sino que asintió como si esas piezas encajaran en algún esquema mayor.

    Al cabo de un rato, cuando la luz comenzaba a enfriar y los pasillos se habían poblado de un murmullo de pasos, me levanté para volver a mi mesa en una esquina más cercana a la ventana. Dejé el libro abierto para consultar una nota marginal y, por inercia, repasé con la yema de mis dedos una página más adentro. Allí, entre tinta y hoja, había una pequeña nota doblada que no recordaba haber visto antes. La abrí con manos que temblaban un poco, y leí, en una caligrafía apresurada pero clara: No todo lo que vibra debe ser despertado.

    El mensaje me heló. No era un adorno ni una advertencia académica; era una afirmación con filo. Miré hacia arriba para buscar a Lyssara, para compartir la inquietud, y vi por el rabillo del ojo una sombra que no pertenecía a ninguna silueta humana conocida. Entre las estanterías, más allá de donde la luz de las lámparas de tinta moría en un crepúsculo de polvo, algo se movió con la discreción de quien no quiere ser visto pero que mira demasiadas cosas a la vez: una silueta delgada que se pegaba a las sombras como una letra que se reserva en el margen. No pude distinguir rasgos, sólo la insinuación de una figura que sostenía algo contra el pecho. Por un instante, sentí la sensación absurda de que aquellos ojos, aun invisibles, habían leído la nota conmigo.

    Lyssara, sin saber aún del papel, buscó mi mirada y la encontró. En su rostro no había miedo, sino la misma calma preocupada con la que examina un curioso objeto: seria, atenta. Pero en el aire quedó algo más que papel y polvo; quedó la sensación de que, en la Gran Biblioteca, los libros no sólo se resguardan entre estantes: también se custodian a su alrededor. Y alguien, en la penumbra, observaba cómo dos desconocidos abrían una página que quizá no debían.

    Me quedé un instante más, la nota contra la palma, y por primera vez en la Academia sentí que el conocimiento que tanto amaba tenía un peso que no siempre podía soportarse con la cabeza sola.

    Capítulo 2 — El libro prohibido

    LA SALA DE CONSULTA tenía la densidad de un secreto compartido: ventanas pequeñas que filtraban la tarde en franjas doradas, mesas pesadas con rodapiés marcados por siglos de codos y lápices, y en un extremo un escritorio donde el Maestro Thalanor pasaba las páginas con la calma de quien sabe que los libros se cansan si los tratas con prisa. Él no habló al principio; su presencia era una quietud que obligaba a medir la respiración. Nos miró con ojos que habían visto más manuscritos que inviernos, y luego nos indicó, con un gesto que no requería palabras, el espacio donde podríamos desplegar el volumen sin riesgo de accidentes.

    El ejemplar estaba cubierto por una guarda de cuero oscuro, con runas en relieve que parecían mutear según el ángulo de la lámpara. Era más pesado de lo que mi intuición había calculado; al abrirlo, el olor a tinta añeja se elevó como una nube tibia. Las páginas no eran homogéneas: algunas eran pergaminos densos, otras, papel hecho a mano, con bordes recortados con tijeras que alguna vez tuvieron prisa. En los márgenes, notas superpuestas de diferentes manos construían conversaciones cruzadas a lo largo de los años. Thalanor se quedó de pie a pocos pasos, las manos cruzadas sobre la espalda; su barba blanca era un mapa de preocupaciones, pero no intervino a menos que lo necesitáramos.

    —La resonancia —dijo Lyssara en voz baja, como si citar un término así pudiera atraer curiosidad no deseada—. ¿Dónde empezar?

    —En los principios —respondí, más seguro con las palabras del libro que con las mías—. Afinidad y sincronía. Afinidad porque las emociones crean huecos por donde la magia puede pasar; sincronía porque esos huecos deben coincidir en tiempo y forma. Si no coinciden, la energía se dispersa.

    Ella asintió, pero su asentimiento era más contemplativo que técnico.

    —Es una explicación escueta —comentó—. En las leyendas de mi casa siempre aparece como música: dos voces encontrando la misma nota, y algo mayor despertando. No es sólo teoría; es sentido.

    Thalanor echó una mirada que no parecía crítica, sino protectora.

    —La teoría no es peligrosa en sí —murmuró—. El peligro viene cuando alguien cree que entender es poseer. La resonancia escucha lo que el corazón le dice, y a veces los corazones mienten.

    La frase

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