Perturbar la piel
Por Horacio Porcayo
()
Información de este libro electrónico
Relacionado con Perturbar la piel
Libros electrónicos relacionados
Virus letal: El comienzo Calificación: 3 de 5 estrellas3/5Los mundos del revés: Visiones de lo extraño Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesVolver a la piel Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Myself Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCodicia Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesHerederos de Chtulhu Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa Fortaleza Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesBajo el manto de las estrellas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesDentro de la boca del lobo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesPrueba de fuego Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Catalyst Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Haori Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa Tierra De Lo Imaginario Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesBitácoras de viajeros errantes Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSecreciones urbanas y otros textos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCorrer o morir Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Mundos paralelos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesOro en la Luna Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesDioses del Caos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSubway Placebo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl Último Lugar Del Universo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesAdiós, humanidad: Historias para leer en el fin del mundo Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El estruendo del silencio Calificación: 5 de 5 estrellas5/5N.O.V.A Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLos Hackers Rebeldes de Point Breeze Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesDr. Ismael Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl final de los eternos Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl fin de los sueños Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa Corporación Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl arte sombrío Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Ciencia ficción para usted
Nocturna: Book One of The Strain Trilogy Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La estrella de Salomón Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Una Promesa De Gloria (Libro #5 De El Anillo Del Hechicero) Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Los Juegos del Hambre de Suzanne Collins (Guía de lectura): Resumen y análisis completo Calificación: 3 de 5 estrellas3/5El Despertar de los Dragones (Reyes y Hechiceros—Libro 1) Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La Única Verdad: Trilogía de la única verdad, #1 Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La vuelta al mundo en ochenta días: Clásicos de la literatura Calificación: 4 de 5 estrellas4/51984 Calificación: 5 de 5 estrellas5/5El viajero del tiempo y el experimento Filadelfia Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesYo, Robot Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Antes de que se enfríe el café Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Ángeles caídos Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La infancia del mundo Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Los Guerreros De La Mente Y El Origen De Los Antiguos Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Obras Completas Lovecraft Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Cuando las luces aparezcan Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEnigama en el cielo: Evidencias del fenómeno ovni en Latinoamérica Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMejores Cuentos de Isaac Asimov Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEdén - Primera parte Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El Reloj de Eones Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa marca del lobo: un romance licántropo Calificación: 5 de 5 estrellas5/5La mucama de Omicunlé Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La isla del doctor Moreau Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesAmus-Vesem. El viaje de las almas Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl Despertar Del Valiente (Reyes Y Hechiceros—Libro 2) Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Exhalación Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Guía del autoestopista galáctico Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La Marcha De Los Reyes (Libro #2 De El Anillo Del Hechicero) Calificación: 5 de 5 estrellas5/5El fin de la infancia Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa única realidad: Trilogía de la única verdad, #2 Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Categorías relacionadas
Comentarios para Perturbar la piel
0 clasificaciones0 comentarios
Vista previa del libro
Perturbar la piel - Horacio Porcayo
PRIMERA PARTE
Un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.
JORGE LUIS BORGES
Mi piel se deslizó por tu cerebro como el arco en el violín.
PATRICIA LEZAMA
La belleza es siempre terror domesticado.
RÉGIS DEBRAY
CAPÍTULO I
TEMBLABA. Leve, imperceptible, casi incontroladamente.
Era una reunión crucial: la número quince en el búnker. Ahí se definiría su futuro. No era un ambiente idóneo para cumplir agendas. Todo tenía ese molesto, irónico tufo a normalidad, a nueva cotidianeidad, aunque sólo hubieran pasado cuatro semanas desde la emergencia.
Y él no podía más consigo mismo. El malestar era generalizado. Sus miembros temblaban, las náuseas insistían en distraerlo y su cabeza estaba a la deriva, se extraviaba ante el mínimo estímulo. Se esforzó en escuchar el discurso.
—Todas las capitales importantes fueron devastadas en el ataque nuclear —estaba diciendo Morair Saer en la cabecera de la mesa, aún en silla de ruedas—. Éste es el nuevo amanecer de nuestro mundo. Y podemos recibirlo, al menos nosotros, como una gran familia.
El aire se le atoraba pese a las máquinas, a la especialización del instrumental asegurado a su propia silla de ruedas. Se sintió sudar, la vista empezó a nublársele.
Dos objetivos, dos ojos electrónicos, se centraron en su persona. Checó al resto de los asistentes. Alejo 13 parecía hundido en su asiento, perdido en su propia cabeza y Morair Saer le sonreía.
—A5, ve por Yoilin… Ya llamé a emergencias, al parecer no se dan abasto… Mawr está entrando en crisis. Su temperatura es en exceso elevada… —solicitó Businessman, A8, desde su imponente y nuevo cuerpo robótico, masivo, como de fisicoconstructivista, que le permitía alojar dentro de sus extremidades y torso un sinnúmero de armas sin problema alguno.
—Su médico le pidió no asistir. Traigo el kit indispensable para el respaldo —explicó A5, acudiendo a su lado con las orugas a pleno rendimiento.
—Parece que no alcanzaremos a llegar a tu solicitud en la orden del día, querido Mawr —dijo Morair Saer y sonreía más ampliamente.
—Vas a sentir una serie de punzadas dolorosas, Mawr —advirtió A5. Su vista quedó eclipsada por su anatomía, por esa figura humanoide, blanca, con sus cuatro brazos moviéndose con presteza sobre él, con su cabeza esférica y lisa, su boca de rejilla y bocina trapezoidal y sus objetivos oculares en esa suerte de disfraz.
—El dolor… me hace los mandados
—trató de bromear él, de siquiera decirlo, y el ahogo fue mayor. Sintió los electrodos ingresar a sus puertos craneales. Algo perforó su garganta: un tubo que empezó a llenar sus pulmones de aire. Después vinieron dos inyecciones. Apretó los dientes. Otro espasmo lo recorrió íntegro. Sintió cómo A5 quitaba los seguros de su silla de ruedas y lo impulsaba hacia la salida.
—¿Qué pasa? ¿Qué le pasa a Mawr? —se alarmó Alejo 13, saliendo de su ensimismamiento.
—Lo lógico para alguien con su estado de salud —comentó Morair Saer, impasible.
Cruzaron el umbral, percibió la construcción colmenar en aquella bóveda subterránea y un dolor mayor atenazó su músculo cardiaco. Un pitido surgió desde el pecho de A5 y la molestia creció. Su corazón hizo una dolorosa pausa, para ya no volver a expandirse.
Abrió más los ojos, la boca. Un display se iluminó en el pecho de A5. Y Yoilin apareció en su campo visual. Lo apuñaló en el pecho con una gran jeringa. Sintió el líquido inundar su músculo cardiaco. Quemarlo. Contraerse más, imposiblemente. Expandirse… Y perdió la conciencia…
*
Abrió los ojos. Todo, absolutamente todo, dolía.
Miró la lámpara del quirófano. Escuchó la bomba de aire, la de flujo sanguíneo.
—Aguanta, A14. Resiste, Mawr —dijo A5, al margen. Los doctores lo circulaban con las batas manchadas de sangre, con los instrumentos a punto—. Te necesitamos consciente para la última memoria.
Se supo abierto en canal, al borde del umbral de la muerte, casi a punto de cruzarlo.
No quiero que…
, el sonido hueco, robótico, le impuso silencio. Habían conectado sus centros del habla a un traductor.
Diseccionado y vivo, desmantelado… Tal vez ahora sí lograrían captar su paso a la otra orilla. Quizá eso buscaban.
El miedo empezó a inundarlo. Tanto había renegado contra ese sistema, contra esa encarnación y ahora… ahora lo único que deseaba era sobrevivir. Ya no importaba el cómo ni sus específicas solicitudes que debieron tratar en esa junta.
Se centró en Yoilin, la enfermera. Estaba horrorizada, tan escandalizada que ni el tapabocas constituía una apropiada veladura. Aún consiguió distinguir su propio reflejo en los lentes espejados de protección contra salpicaduras: lo habían podado. Sus miembros fueron separados, su torso abierto.
El miedo creció aún más.
Flashazos de su vida, como breves sueños, empezaron a colarse en su percepción.
Aquí viene la muerte
, quiso decir y el altavoz articuló por él.
—¿La ves? Descríbela… —era Morair Saer con su voz de mando, con la curiosidad destilando en cada sílaba.
Se parece a tu madre
, pensó decir, y el altavoz, sin entender la diferencia, pronunció la frase.
En realidad, lo que miraba como proyección fantasma sobre todo aquello era a Mercedes, su ex esposa, la inigualable Mercedes, en diferentes momentos, en el primer beso, en el remate de la boda, en… el aborto… Y el feto, su hijo, ahí, semiformado, entre sus manos…
—¿Cómo está vestida?
Trae el sudario de Mercedes…
, mintió.
Volvió a atestiguar los momentos conscientes durante su primera muerte; luego, el trauma de su despertar tras la castración…
Las alarmas se dispararon. Un nuevo líquido circuló por su torrente. Volvió a sacudirse.
La vista se le nubló. Cerró los ojos. Las lámparas del quirófano alcanzaban a traspasar sus párpados con el resplandor.
Ahí está el túnel de luz
, pensó con ironía.
—Te escuchamos, no dejes de hablar. No estás solo —concilió Morair Saer.
¿Qué podía agregar?
Duele como el infierno —dijo su inconsciente por él—. Déjenme ir, maldita sea, pero no me desechen, reencárnenme.
Deseó no sucumbir, ni siquiera de forma temporal. Deseó tener una erección. Estar con una mujer.
No quiero morir
, alcanzó a pensar mientras todo se superponía, como si los haces de mil reveladoras se centraran en un solo papel fotográfico.
Y el frío lo encapsuló, penetró por cada poro, hasta los huesos, hasta su cerebro, hasta arrebatarlo. Así, sin más.
CAPÍTULO II
SE DESCUBRIÓ al borde del olvido. Reintegrado, con su mente aún dispersa.
Tenía la noción vaga de sueños rotos, de un gran periodo inconexo. Miró a su alrededor. La escena no era inédita; de hecho, le recordó un videojuego retro de su juventud: el universo destrozado y él, al borde de su pequeña casa, en el fragmento último del planeta.
Era su primera propiedad, comprada con el fruto de su esfuerzo, mientras sufría la furia de su padre, el peso de ser desheredado a causa de sus malas decisiones, debido a su terquedad de salirse con la suya; con la congoja de las tarjetas de crédito canceladas, sin esa red de protección, pero al lado de ella, de Mercedes.
¿Qué había pasado después? ¿Antes de que todo se extinguiera con ella? ¿Antes de amasar su fortuna?
Ése era uno de los problemas de la sobreestimulación, de exponerse de forma voluntaria a tanta multimedia, a tanta ficción gráfica y conceptual sobre el ser humano. Hay teorías que aseguran que sólo percibimos aquello que ya tenemos como idea en nuestro cerebro. Que funcionamos a base de preconcepciones. Y sus lecturas, sus investigaciones sobre la vida después de la vida, eran tan amplias que ya le resultaba imposible un enfrentamiento con la genuina materia de la muerte.
Todo, al borde, en el vacío, parecía un remolino inverso, un agujero de gusano que iba expulsándolo todo. Asociaciones rotas, memorias flotantes llegaban como resaca de su recién destruido mundo.
Estás en una realidad virtual de reconstrucción de personalidad —se explicó a sí mismo. Se sentó en flor de loto, en el círculo de una fuente que nunca llegó a construir. Empezó a tratar de absorber, de recuperar del vasto vacío la totalidad de sus memorias. Eso se supone que debía realizar… Aunque no recordaba, a pie juntillas, hacerlo en el pasado—. Quizá es una memoria robótica de procedimiento, parte de un más sofisticado protocolo de rearmado.
A lo mejor se trataba de un fallo en las programaciones. Un afortunado error que él debía aprovechar para rescatar todo lo posible, para formar un recaudo, un cofre secreto que ningún editor pudiera extirpar antes de su siguiente encarnación. Porque debía haber una siguiente. Morair Saer no habría supervisado todo si no pretendiera darle continuidad…
Volvió a mirarse. De muchas maneras, aquella versión de sí mismo era su imagen idealizada. Parte de su paradójica unicidad. El pantalón que llevaba era militar y estaba lleno de bolsas. También la chamarra. Empezó a saturar esos contenedores con todo aquello que antes no recordaba, con lo que lucía esencial, insustituible.
Una alarma comenzó a girar al borde de la pantalla, es decir, de su campo visual.
El mundo se sacudió, pulsó. Se transformó en la vieja Ciudad de México de 2030. Ahí estaban todas las señales: la propaganda del gobierno saliente, las protestas civiles en contra de la nueva elección, los tempranos adornos navideños, los autos de combustión interna. Y los helicópteros sobrevolando todo.
Y el miedo… Percibió con el rabillo del ojo cómo la gente se dispersaba ante el paso de una motocicleta, en la esquina del Palacio de Bellas Artes y Eje Central. La mujer, en la parte de atrás, tendió su subfusil Xiuacóatl y rafagueó a los turistas al pie de la estatua de Perseo, Pegaso y Medusa.
Él ni siquiera pudo mover las piernas. La llanta delantera se detuvo casi sobre su bota.
—No puedes traicionarnos. Necesitamos las armas que prometiste…
—Yo, en este tiempo, ni siquiera…
—No seas imbécil. Ésta es una transmisión pirata. De tu ayuda depende la supervivencia del país, de toda nuestra raza.
—¿En qué año estamos?
—2084, por supuesto…
De un cielo sin nubes se precipitó un rayo. Exacto. Mortal. En el lugar de la motocicleta y sus jinetes quedó una sombra carbonizada, un vapor con aroma a carne quemada.
El ambiente empezó a pixelarse. A pulsar, a parpadear, antes de transformarse todo en un azul de falta de señal. Luego, en el negro de la pérdida de conciencia.
*
Impaciencia. Su isla iba creciendo con cada nuevo despertar consciente, parecía extender sus fronteras, la misma arquitectura del lugar, sin que él consiguiera comprender la mecánica de aquello.
El sitio semejaba el levantamiento de estructuras desde el plano delirante de un arquitecto. Uno que olvidaba el trabajo previo, que fuera construyendo de forma dadaísta o con automatismo bretoniano. Un dédalo absurdo con fragmentos de su pueblo natal, de ciudades visitadas, añoradas; de escalinatas deseadas que partían de solares y acababan conduciendo a ninguna parte, como esas múltiples puertas de diversos estilos, de materia varia, distribuidas sin ton ni son; umbral, conducto a paredes, a vacíos, pocas veces a corredores que llevaban a otros ambientes.
Cada cierto tiempo, además, homúnculos de rasgos básicos surgían cuando él estaba distraído, cuando no miraba, e iban habitando cada inmediación.
Y con cada crecimiento del terreno, él iba quedando aislado, encerrado. Por eso construyó su pequeña torre, ese observatorio elevado con telescopios que pronto fueron obstaculizados por otras estructuras vecinas.
Su mente había recuperado teologías, investigaciones peculiares. Un fragmento de Swedenborg lo hizo incluso cuestionarse sobre el sitio. El infierno, según la interpretación de Borges de los escritos del filósofo y teólogo sueco, tenía la forma de un demonio y quizá todo aquel desbarajuste de edificaciones estaba ahí con el único propósito de impedirle cartografiar el lugar. Y, de cualquier manera, ¿qué forma develaría un mapa?, ¿cuál sería su apariencia demoniaca?, ¿la de la carta de la lotería tradicional mexicana? ¿La del triunfo número quince de qué mazo del tarot? ¿Una versión del panteón primigenio de Lovecraft? ¿O sólo la imagen de sí mismo?
Pensar en esas metafísicas siempre lo llevaba a esa peligrosa postura de morderse la cola. Terminaba enredándose en sí mismo. Desbordándose, así, hecho un nudo de dudas absurdas que, sin embargo, seguían torturándolo.
Si habitaba el averno, teorizaba, al menos tenía que agradecer la ausencia de torturas físicas. Todas eran intelectuales y la más acuciante versaba sobre la culpabilidad. Al tener los recuerdos de Morair Saer, ¿compartía con él sus pecados? ¿Sería juzgada cada una de sus versiones de manera independiente por la distinta suma de pecados? ¿Su alma se habría subdividido? ¿Se fusionarían cuando todos alcanzaran la muerte? ¿O sólo el alma original habitaba el genuino tártaro?
No era el primer hombre que recuperaba un atisbo de interés sobrenatural, que se aferraba a la fe desechada en vida al enfrentar la muerte; al negarse a su propia disolución, al analizar el sinsentido de la vida… Y peor, al interrogarse sobre estas estancias límbicas, estos parajes que le permitían sentirse no extinguido, pero, de igual manera, arrojado a otra realidad
agreste y sin manual de instrucciones, sin nada nuevo que llenara los huecos, que calmara los malestares. El fantasma en la mansión abandonada… Peor, el fantasma en la máquina…
Sea como fuere, su sentido práctico lo instó a superar la parálisis, a recuperar su bagaje tecnológico. Necesitaba un dron para sobrevolar ese reducto geográfico, para realizar genuinas exploraciones. Después de su primer despertar en ese sitio, ninguna nueva manifestación de la Ciudad de México, de los motociclistas, se había hecho presente. Y la idea de una transmisión pirata siempre le resultaba terapéutica; reforzaba la premisa de que todo aquello no era más que su estancia en la realidad virtual, a la espera del nuevo encarnamiento.
Sin sol, sin luna, le era imposible medir el tiempo. La ausencia del hambre, las impredecibles llegadas del sueño (prefería llamarlo así) o la inconsciencia, incalculables en su longitud, tampoco marcaban pautas.
Primero logró construir un robot todoterreno y una terminal receptora; así supo cómo cualquier acción suya generaba reacciones de respuesta: un autómata más completo y funcional capturó y deshizo a su primogénito mecánico. Se esmeró en crear distractores, en recordar mitologías, mientras optimizaba la tecnología de vuelo. Antes de finalizar el armado de su artilugio pudo ver arpías, pegasos cruzando el cielo.
Disfrazó a su dron como una lechuza e hizo el primer vuelo de reconocimiento. Lo elevó hasta el límite y circunnavegó la isla. Era en exceso simple. Semejaba la primera versión de la Ínsula Morair. Y las construcciones arracimadas, sobrepuestas, constituían el cercano laberinto que lo aprisionaba. En cada una de las variantes arquitectónicas un homúnculo iba evolucionando en sus rasgos, hasta parecerse a la versión adolescente, humana, de Morair Saer. De sí mismo.
En el viaje de regreso, dos minicazas de combate, con extremidades prensiles, empezaron a seguirlo. Esforzó las maniobras evasivas. Hizo más, procuró hackear aquellos armatostes, robarles la mayor información posible. No se distrajo, consiguió copiar los programas de recepción y, de inmediato, ordenó una vuelta errónea, sacrificó a su propio dron. Debía hacerles creer que ellos seguían con el control, que estaban ganando y las suyas eran meras batallas pírricas.
Tomó nota del sadismo con que los minicazas despedazaron a su falsa lechuza: con disparos estratégicos y sus extremidades como garras, como advirtiéndole la calidad de las posibles represalias.
Y actuó una supuesta y sentida derrota: abandonó su industria. De manera aparente. Derivó al arte. Inició con una escultura de sí mismo luego con una reproducción del exterior de A4, después con A1, aunque en realidad se fabricaba una armadura. E iba moldeando otro par de autómatas básicos.
Lo importante era fingir, pretender el desarrollo de piezas inocuas, mientras abonaba a sus planes. En la terminal programó videojuegos básicos que corrían a pantalla completa, mientras, en un gadget del tamaño de un celular espiaba las órdenes que los genuinos guardianes drónicos recibían.
Estaba en la Isla de las Posibilidades, en The What If Island. En el laboratorio de edición de memoria. Ya era evidente, cada cosa lo señalaba así: duplicados de sus distintos recuerdos, editados, estandarizados, transformados en versiones genéricas de sí mismo, para la futura integración de su personalidad.
Esa nueva pieza del rompecabezas lo llevó a generarse un disfraz homúnculo, uno que portaría bajo el de A1. Luego diseñó la sobrecoraza que lo haría lucir como un A8 básico. Hizo moldes de aquello. Y consiguió vaciar en bronce, en plástico, las nuevas estatuas.
Admiraba el bulto irregular de los moldes, cuando empezó el ulular. El sonido cacofónico, crispante, de esa sirena parecida a las de alerta de bombardeos. Luego llegó la vibración, esa sacudida, un temblor de tierra que, al instante, empezó a fragmentar todas las estructuras, a abrir huecos, caminos en las bardas, en las cercas de contención.
Supuso que los protocolos estaban completos. Dejó una versión simple de sí mismo, movida por un esqueleto robótico que empezó a pedir auxilio en cuanto se alejó lo suficiente, cruzando muros, atravesando el laberinto de manera no ortodoxa. Su nuevo dron, semejante a un cuervo, fue indicándole las rutas que los homúnculos, como un ejército de hormigas, iban tomando y se dirigían hacia el borde de tierra más próximo al agujero de gusano, a ese anillo luminoso que ahora estaba succionándolo todo.
Así, con triple disfraz, alcanzó el muelle.
La barca era un híbrido de cohete y navío egipcio. No se detuvo. Caminó como extraviado, sin dejar de repetir pasajes de El arte de la guerra. No hubo aduana, examen a quienes iban embarcando. Vio confluir a un puñado de minicazas hacia su morada. Sabía lo que seguiría.
Se internó en lo más profundo del cohete, se agazapó en una esquina y en el gadget tipo celular activó su identidad A8, con los códigos hackeados a los minicazas. El lugar fue llenándose de homúnculos más definidos, de copias básicas de sí mismo. Escuchó la alerta de cierre de compuertas e, inmediatamente después, la explosión, el sonido que anunciaba el fin de su personalidad, el exterminio de su simulacro mecánico. Luego sintió el empuje de los motores, el avance majestuoso que al poco tiempo dejó de tener efectos inerciales.
El viaje fue en exceso corto. Al activarse los chorros de frenado se adelantó hacia la exclusa de salida. Fue abriéndose paso y, a punto de tomar el primer puesto, lo vio.
Era una versión íntegra de sí mismo en la plancha de operaciones; sin extremidades, con el torso abierto e instalado en una silla de ruedas motorizada. Tras él estaba su versión editada, como la creatura de Frankenstein, con brazos, piernas y tórax cosidos con grandes y brutales puntadas.
La luz roja advirtió sobre la apertura de la compuerta. Hubo un resplandor blanco y el cadáver en silla de ruedas atravesó ese rectángulo cegador. Tras el cierre hidráulico hubo una pausa, la luz cambió a verde y la escotilla se abrió a un amplio paraje campestre. En cuanto su yo frankensteiniano pisó el pastizal, se dispersó en diminutos corpúsculos.
Lo imitó. Dio el paso. Un cosquilleo recorrió toda su piel; un haz energético e invisible incidía sobre él. Hubo resistencia. Su gadget comenzó a llenarse de nuevos datos. Su armadura exterior se vaporizó; luego, la tipo A1 y su disfraz homúnculo… Los genéricos se desintegraban en cuanto accedían a ese falso jardín del Edén. Su piel empezó a crepitar, sus ropas a fragmentarse. Una luz amarilla se encendió en el cohete.
Echó a correr hacia la única estructura visible. No volvió la mirada. Reconoció las escalinatas de la mansión de Ínsula Morair, su observatorio.
Se esforzó los últimos metros en el sprint. Pateó la puerta, ingresó con la ropa hecha garras. Una larga tira de su pantalón lo hizo tropezar. Cayó de bruces.
El golpe en el mentón sacudió su cerebro.
El sonido de la alarma no dejó de sonar aún después de que perdiera el sentido.
CAPÍTULO III
DESPERTÓ, es decir, consiguió levantar los párpados. La luz era intensa. Saturó su audición con un zumbido… Cegado por la realidad.
Si tan sólo fuera cierto…
Repasó su cuerpo en ese retraimiento instintivo de defensa. Y la primera inconsistencia fue la falta de dolor. La maldita realidad siempre dolía, ésa era su firma, su sello de autenticidad. Algo que normalmente no se programa en los hospitales, en los paraísos artificiales para los pacientes con enfermedades crónico-degenerativas; ésos se construyen para lidiar con la pena; en su caso, con esa dolencia andante que lo aquejó por meses y más meses.
Ahí seguía ese genuino recuerdo. Y más. Todas las pausas, los momentos de estadía en lo virtual, un tanto confundidos con los delirios de los painkillers y su afición a los sueños… ésos que solían dejarlo
