La melodía del corazón
Por Tamara Moral
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Paris ha tenido que dejar toda su vida atrás para luchar por sus sueños. Está solo y se siente perdido. Lo único que le queda es la música, su piano y él contra el mundo, y no piensa rendirse.
Romeo vive acomodado en la placidez de su rutina; entre su trabajo en la librería, su grupo de amigos, a los que considera su familia, y sus muchos amantes, simple diversión sin compromiso.
Paris tiene miedo a fracasar.
Romeo tiene miedo a arriesgarse.
Juntos se ayudarán a afrontar sus miedos.
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La melodía del corazón - Tamara Moral
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Resumen
clave Paris ha tenido que dejar toda su vida atrás para luchar por sus sueños. Está solo y se siente perdido. Lo único que le queda es la música, su piano y él contra el mundo, y no piensa rendirse.
corona Romeo vive acomodado en la placidez de su rutina; entre su trabajo en la librería, su grupo de amigos, a los que considera su familia, y sus muchos amantes, simple diversión sin compromiso.
Paris tiene miedo a fracasar.
Romeo tiene miedo a arriesgarse.
Juntos se ayudarán a afrontar sus miedos.
TítuloColección Subway
Primera edición eBook: octubre 2022
© Tamara Moral, 2022
© de diseño de cubierta: Ediciones el Antro, 2022
© de esta edición: ediciones el Antro, 2022
Cno. de Suárez, 41 - 1º - 19; 29011 Málaga
www.edicioneselantro.com
ISBN: 978-84-125568-1-0
Depósito Legal: MA-1181-2022
Queda rigurosamente prohibida cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación total o parcial de esta obra sin el permiso de los titulares de los derechos. Todos los derechos reservados.
El contenido de esta obra es ficción, a pesar de que puede contener referencias a hechos históricos y lugares existentes.
Para mi madre.
Le habría encantado leerlo.
Llámame «amor» y volveré a bautizarme:
desde hoy nunca más seré Romeo.
Romeo y Julieta, William Shakespeare.
1
Romeo
Me dejé caer sobre unas cajas de libros en la trastienda de la librería. Tenía una resaca horrible, me palpitaba en las sienes como la música de anoche retumbando en los altavoces. Sabía que no tendría que haber venido. ¿Para qué? Ya estaba Lucía para encargarse de los clientes, sobria y sonriente, no como yo. El problema era que no había despertado en mi casa, sino con Fabio. Otra vez. Con su erección apoyada contra mi espalda. Por suerte, la alarma de mi teléfono no fue capaz de despertarlo, así que me había levantado con cuidado, me había vestido rápido y había venido directo a la librería porque me quedaba más cerca que mi casa y necesitaba desplomarme en algún sitio cuanto antes. Una buena idea que ahora no me lo parecía tanto.
Lucía me informó de la horrible cara que tenía en cuanto me vio entrar por la puerta, y le contesté con un gruñido. Me encerré en el baño privado para meter la cabeza bajo el grifo de agua fría y al momento me sentí un poco mejor. Solo un poco. Por eso me escondí en la trastienda, que estaba impregnada de un olor a libro que siempre me era reconfortante.
Solía ser más responsable, al menos lo justo como para no salir entre semana; pero en el verano, con el buen tiempo, era más difícil resistirse a proposiciones indecentes, y Fabio siempre tenía alguna para mí. A pesar de todo, de forma contradictoria, también estaba intentando distanciarme de él porque no quería meterme en ninguna relación seria. Ya llevábamos demasiado tiempo tonteando, incluso me había hecho esas grandes preguntas que yo no quería oír: «¿Qué somos?, ¿hacia dónde va esta relación?», y en ese momento supe que teníamos que dejarlo. Aunque de saberlo a hacerlo… Fabio me gustaba mucho, pero no tanto. No tanto como para olvidar el daño que me habían hecho y volver a creer en el amor. No tanto como para cambiar mi vida de absoluta libertad por la correa de una relación. No obstante, de nuevo, la carne es débil. Y mientras buscaba la forma de dejarlo sin hacerle daño volvía a caer en sus redes. Cómo resistirse a la labia de un italiano de piel dorada, acento encantador y medio cuerpo tatuado; yo no lo sabía.
Ojalá pudiéramos prescindir de los sentimientos, como apagar un interruptor; todo sería más fácil.
Un carraspeo suave llamó mi atención, aunque lo que me hizo abrir los ojos y espabilarme fue el intenso olor a café que lo acompañaba. Lucía entró en la trastienda sujetando una humeante taza y me miró de arriba abajo chasqueando la lengua.
—¡Mi salvadora!
Le tendí las manos para que me diera la taza y, en cuanto la tuve, le di un trago gimiendo de gusto.
—Qué sería de ti sin mí, primito.
—Absolutamente nada, no sería más que un despojo humano.
Se sentó a mi lado riéndose entre dientes y me peinó el pelo revuelto con los dedos. Debía parecer un nido la mata de mechones ondulados y oscuros, rebeldes por naturaleza; solo se rendían ante un peine cuando les apetecía y me permitían fingir un aspecto más decente.
Lucía era mi única prima, pero nos queríamos como hermanos, ya que ambos éramos hijos únicos. También era una de mis mejores amigas y la dueña de la mitad de la librería. La otra mitad era mía. Ella decía que era nuestra hija. Por suerte estaba a salvo gracias a que Lucía era responsable de verdad, la persona más sensata que conocía, y no solía cometer locuras ni dejarse enredar por chicos guapos. A veces era incluso un poco maternal conmigo pese a que solo tenía dos años más que yo; acababa de cumplir veintiocho hacía unos meses y estaba llevando muy bien dejar la veintena atrás.
—No estoy muy segura de haber podido evitar eso —dijo, terminando con mi pelo. Yo estaba perdido en el café.
—¿Eh?
—Lo del despojo humano.
Sonreí contra la taza y la miré de soslayo. Tenía la misma melena que yo: negra, ondulada y muy abundante, aunque la suya caía en cascada por su espalda hasta la cintura; la mía solo coronaba mi cabeza. Ojalá hubiese heredado sus ojos azules. Las luces artificiales no les hacían justicia, bajo la luz del sol se parecían a un océano caribeño, ese azul intenso, limpio y translúcido. Mis ojos solo eran negros, oscuros como boca de lobo incluso a la luz del sol.
Me apoyé en su hombro al terminar el café en tiempo récord y suspiré.
—¿Por qué no te vas a casa? Yo me encargo de todo.
Sí, ya sabía que ella podría encargarse de todo sin mí.
—Duermo un poco y esta tarde me ocupo yo —prometí.
—¿Llamo a un taxi?
—Después de tu café milagroso me encuentro mejor, iré caminando.
Escuchamos la campanilla de la puerta que indicaba que alguien había entrado en la librería y Lucía se levantó.
—No te preocupes si esta tarde sigues hecho una mierda, puedes descansar todo el día, así mañana me lo tomo libre yo.
Nuestra hija, bautizada «Librería Montesco» en honor a mi estrambótico nombre, sin duda solo estaba a salvo gracias a su atenta madre.
No teníamos ningún horario establecido, casi siempre nos ocupábamos los dos; algunas veces ella sola, que solía estar siempre, y otras —pocas— veces yo solo, cuando ella no podía o me avisaba de que se cogía algún día libre suelto. Siempre estábamos en contacto, a todas horas, así que no teníamos ningún problema de descoordinación.
Nos esforzábamos mucho por sacar la librería adelante. Aunque desde el principio sabíamos que sería difícil y mucha gente nos lo repitió hasta el hartazgo, no pudieron vencer mi tenaz ilusión que incluso arrastró a Lucía conmigo. No vivíamos mal, sin grandes lujos, pero éramos felices y pagábamos todas las facturas.
Solo a veces se hacía un poco difícil mantener el ánimo, sobre todo en las semanas de verano en que Madrid parecía estar medio muerta. Había momentos de bajón, tal vez provocados un poco por la deshidratación y la insolación del sofocante calor, en que pensaba que si cerrásemos sin avisar, nadie se daría cuenta. Si no me dedicase a la literatura por amor al arte —literalmente— ya me habría rendido. Teníamos nuestros compradores fieles y visitas ocasionales y organizábamos eventos cuando podíamos…, pero era difícil prosperar. Parecía que solo existían dos opuestos: las personas adictas a la lectura —entre las que me incluía, por supuesto— y las personas que no habían leído un libro en su vida. También estaban las que leían cuatro o cinco libros al año, pero no tenían mucho peso, así que casi no contaban. Me gustaría descubrir una fórmula mágica con la que poder demostrarles a los no-lectores lo maravilloso que era lo que se estaban perdiendo, poder hacer que supieran lo que se siente al leer un libro y amarlo como si estuvieras viviéndolo. Estaba seguro de que podría convertirlos, pero esa fórmula mágica no existía. Para verse imbuido de esa especie de sueño lúcido, había que abrir el libro y leer palabra por palabra, página a página, y trabajar la imaginación. Entonces, las letras adquirían sentido y las escenas cobraban vida en tu mente y empatizabas con los personajes hasta ponerte en su piel y casi ser ellos. Eso sí era mágico.
Lucía regresó dentro para atender al cliente y fui hasta el despacho para dejar la taza en el lavavajillas antes de irme. Teníamos una diminuta zona de cocina dentro del despacho, en una esquina, con una encimera ocupada por una cafetera y un microondas, en el que preparábamos el té. Encima colgaba una estantería llena de tazas, el bote del azúcar, cajas de diferentes tés, cafés y canela en polvo; y debajo estaba el lavavajillas. Ambos éramos adictos al café y yo además también al té. Al lado de la zona de cocina había un sofá rojo, grande y muy cómodo; lo miré con deseo y me planteé quedarme allí a dormir, pero el ruido de los clientes no me dejaría descansar. El resto del despacho era sencillo, de paredes moradas, con archivadores y estanterías para libros personales y con una mesa de escritorio robusta y grande para que pudiéramos trabajar juntos cada uno en su ordenador portátil. Algunos cuadros con temática de libros decoraban las paredes.
Me marché por la puerta trasera y caminé la media hora que me separaba de casa. Odiaba coger el metro si podía ir andando, aunque no fueron agradables ni los rayos abrasadores del sol sobre mi cabeza resacosa ni el calor asfixiante de julio en Madrid.
Llegué a casa con un humor de perros, me quité la ropa dejándola tirada por el pasillo, bajé la persiana de la habitación al tope, hasta que no entró ni un rayo de sol, y me tiré sobre la cama soltando un gruñido; una suave palpitación empezaba a formarse en las sienes dando paso a lo que pronto sería un agudo dolor de cabeza por culpa de la resaca. ¿Me estaba haciendo mayor? ¿A mis veintiséis años ya no tenía edad para estar bailando y bebiendo hasta las cinco de la mañana?
El sueño me envolvió con rapidez y caí en un lugar plácido, mullido, como entre nubes de algodón, con una melodía suave que aumentó lentamente, in crescendo…, hasta despertarme. ¡Joder! Metí la cabeza bajo la almohada y maldije contra el colchón, una melodía de piano traspasaba las paredes de papel.
Genial, refunfuñé, había visto un camión de mudanzas hacía dos días frente al edificio y decenas de cajas y muebles entrando y saliendo del piso de al lado. Nunca había tenido problemas con mi vecino, era un hombre de unos cincuenta años que vivía solo y pasaba más tiempo trabajando fuera de casa que dentro, habría jurado que solo la pisaba para dormir. Y como la buena suerte no podía durar eternamente ahora me tocaba un jodido pianista al otro lado de la pared.
La melodía perforó mis sensibles oídos, martilleando el cerebro hecho papilla por la resaca, y no pude soportarlo. ¡Las once de la mañana no eran horas para ponerse a tocar! Me levanté de la cama, recorrí el pasillo a zancadas pisando mi propia ropa, abrí la puerta y solo tuve que estirar un brazo para llamar a la suya, golpeando furiosamente con el puño. Luego recordé el timbre y llamé también con insistencia.
Se asomó a la puerta un chico joven, rubio, con el pelo largo suelto sobre los hombros, y una cara de niño bueno, de no haber roto un plato en su vida, que no podía con ella, con esos ojos verdes y grandes abiertos por la sorpresa. Sí que debía sorprender encontrarse a un tío en calzoncillos con cara de cabreo aporreando la puerta de tu casa.
—¿Puedes dejar de hacer ruido con el pianito de los cojones? ¡No son horas, joder! —gruñí.
—Pe-perdona, estaba ensayando —murmuró, con una voz suave y dulce, empalagosa como él mismo.
—Pues hazlo más tarde o, mejor: nunca.
Y le cerré la puerta de mi casa en las narices, así de cerca estábamos. Escuché mi móvil vibrar contra el suelo, lo había dejado tirado dentro del bolsillo del pantalón. Lo recogí y comprobé que era un mensaje de Fabio. «Qué vacía está la cama sin ti, mi Romeo». Lo apagué y regresé a la cama, ya lidiaría con él cuando tuviese la cabeza despejada.
Silencio, por fin.
Solo esperaba que el niñato pianista no fuera un estudiante y que, al menos, para cuando no tuviese más remedio que escucharlo, tocase bien, por favor.
2
Paris
No me atreví a acercarme al piano en toda la mañana. Menudo vecino me había tocado, esperaba que ese mal humor tan terrible no fuese algo habitual en él o íbamos a tener un gran problema, porque yo necesitaba practicar todos los días, ensayar y componer, sin tener a un energúmeno furioso y medio desnudo echando mi puerta abajo. Ojalá hubiese podido mudarme a un barrio mejor, pero necesitaba estirar mis ahorros todo lo posible. Ya no tenía un trabajo fijo y tampoco a nadie que me ayudase a cumplir mi sueño; estaba solo y tenía que apañármelas solo.
Tendría que haberle plantado cara al odioso vecino, cada vez que lo recordaba me enfadaba más, pero los últimos meses con Kata me habían drenado toda la energía y estaba agotado de discutir. Desde que lo dejamos solo era un fantasma de mí mismo. Estaba triste y apático, había perdido el apetito y las ganas de todo. Solo me quedaba la música, éramos mi piano y yo contra el mundo.
Jamás entendería por qué Kata me había apoyado para dar un cambio radical a mi vida si tres meses después de empezar de cero y comenzar a vivir juntos iba a dejarme. Tres años de relación a distancia, recorriendo el mundo, cada uno dando sus conciertos en lugares diferentes, y en tres meses de convivencia se fue todo a la mierda. Aunque en realidad, sin yo saberlo, llevaba derrumbándose desde mucho antes. Tres en una relación eran multitud. Kata y yo y su amante. Si lo hubiera sabido… No, no habría actuado diferente, estaba cansado de mi vida, quería empezar de cero, pero ahorrarme un corazón roto de forma tan dolorosa habría sido de agradecer.
No estábamos en nuestro mejor momento, si es que alguna vez habíamos tenido uno, y Kata me dijo que había intentado darnos una última oportunidad. Pero no dejó a su amante mientras tanto, así que no sirvió para nada. Me mentía a mí y se mentía a sí misma; o solo se reía de mí, ya no lo sabía y tampoco importaba.
Tal vez tampoco habría elegido Madrid para empezar mi nueva vida, donde crear un hogar y componer mi propia música, si hubiera tenido más tiempo para decidirlo y lo hubiera hecho solo, siendo yo mi prioridad en vez de ella, pero ya que estaba aquí y mi corazón se había desperdigado hecho añicos, decidí quedarme, así que tuve que buscar piso nuevo con demasiada rapidez, uno que pudiera pagar sin ayuda de nadie más, pared con pared junto a otras personas. Y energúmenos. Algo a lo que no estaba acostumbrado.
Al día siguiente esperé hasta las doce de la mañana para empezar a tocar, no iba a darle ni un minuto más, estaba decidido. Y si mi vecino era un vago que dormía hasta la hora de comer, no era mi problema; que cambiase de hábitos, tenía derecho a tocar el piano cuanto quisiera. No volvería a dejar que me tratasen mal, ni Kata ni nadie, mucho menos un fastidioso vecino. Si volvía a aporrear mi puerta, no me amedrentaría (qué fácil era pensarlo cuando no lo tenía delante).
Por suerte, nadie volvió a molestarme mientras tocaba, y eso dejó a la luz un problema que llevaba arrastrando semanas.
Después de tantos cambios, ajetreos, mudanzas y altibajos emocionales, era incapaz de componer, estaba bloqueado. Aquello por lo que lo había abandonado todo también me había sido arrebatado, mi vida era un desastre. Me dediqué a ensayar y a tocar por puro placer, intentando mantener la calma hasta que me recuperase un poco y regresase la inspiración. Ya tenía algunas canciones medio hechas, esperándome en un cajón hasta que estuviera totalmente motivado para trabajarlas.
Mis días se confundían unos con otros. Aunque empecé a tocar más tarde, modificando mi rutina por cortesía, seguía levantándome a la misma hora, y el rato que tenía libre después de desayunar lo pasaba leyendo. Nunca había tenido mucho tiempo para dedicar a otras aficiones; ensayar y escuchar música ocupaban la mayor parte de mi vida. Cuando te dedicas a tocar la música de otros, los genios que te precedieron, tienes que estar a su altura; y es muy difícil mantenerse tocando el cielo con la punta de los dedos, no puedes descansar ni relajarte un segundo porque al más mínimo fallo te dan la espalda. Ya no necesitaba ser perfecto ni estar a la altura de nadie más que de mí mismo, y me permití relajarme. Aun así, tocaba mañana y tarde durante horas. También respetaba la hora de la siesta, previniendo cualquier posible queja. Y por las noches veía películas y series. Tenía listas infinitas de películas que ver y libros que leer, las había apuntado durante años y ya no quería apuntar más, quería empezar a tachar.
Quería empezar a vivir. Había tardado mucho tiempo en rebelarme y tomar las riendas de mi vida, pero todavía era joven, podía reinventarme, tenía veinticinco años y toda la vida por delante.
Y estaba solo. Mis padres no me apoyaban y mi novia me había dejado por otro. No empezaba mi nueva vida con muy buen pie.
«Paris, vas a destrozar tu vida y tu carrera, no me quedaré a tu lado para verlo», fue lo último que me dijo mi padre. Con mi madre hablaba a veces por teléfono y ella lloraba e intentaba hacerme regresar y entrar en razón, pero no podía dar marcha atrás. No quería.
Suspiré y me acurruqué en el sofá. Había dejado de prestar atención a la película; estaba cansado, ya la terminaría al día siguiente. Me fui a la cama, bostezando sonoramente por el camino.
Todos los muebles de la casa que había compartido con Kata se los había quedado ella, yo no los quería. No me importaba vivir en una casa medio vacía. El colchón nuevo estaba libre de recuerdos. Abrí la ventana para que entrase algo de fresco y me tumbé. Estaba quedándome dormido cuando lo escuché. Gemidos. Me puse la almohada encima de la cabeza y gruñí contra ella. ¿Él no podía escucharme tocar el piano por la mañana, pero yo sí tenía que escucharlo follar casi a la una de la madrugada? Al menos podían intentar hacer menos ruido, pero no, era un sinvergüenza, sin duda alguna. Ya le diría algo si me lo encontraba. Y si me atrevía.
«Por favor, que terminen rápido, que sea eyaculador precoz», pensé.
Tuve que levantarme para coger el móvil y los auriculares cuando una erección creció dentro de mi ropa interior. Maldije a mi vecino de todas las formas que sabía, y conocía los mejores insultos en varios idiomas; casi era una pena que no los usase nunca, con él cerca ya podría darles utilidad. Puse una lista variada de música clásica que acallase los gemidos, pero nada pudo sacarlos de mi mente. Los últimos meses con Kata no habían sido sexualmente espectaculares, eso ya lo hacía con otro, conmigo solo discutía. Me tumbé de lado, abrazando la almohada con fuerza para tener controladas las manos, bien lejos del peligro. Si me tocaba, jamás podría mirar a la cara a mi vecino si me lo encontraba… No, no. Manos fuera, los nocturnos de Chopin y respiración profunda. Conseguí quedarme dormido sin que se me bajase la dolorosa erección.
3
Romeo
Esa mañana sí estaba en mi casa, aunque no estaba solo en la cama. Un italiano moreno, de metro ochenta y espalda tatuada dormía a mi lado. Qué débil era. A mi favor diré que lo había dejado, o al menos lo intenté. El problema era que Fabio no estaba de acuerdo con que tuviésemos que terminar y se dedicó a seducirme con esmero, utilizando todos mis puntos débiles que tan bien conocía. No tuve más remedio que dejarme seducir.
Miré el reloj de la mesilla: las ocho y media. Al menos no habíamos trasnochado mucho y podía llegar a la librería para abrir. Me levanté sin despertarlo y preparé algo para desayunar; café y tostadas con aceite y tomate, con una pizca de sal y pimienta negra. Lo llevé en una bandeja hasta la cama y desperté a mi bello durmiente con besos por la espalda y la nuca, suavemente. Podía ser un capullo, pero lo compensaba con algo de mimos. Ya le dejaría en otro momento.
Fabio se desperezó y me dio los buenos días con una sonrisa y un beso.
—Gracias por el desayuno, cuando quieres eres un verdadero Romeo.
—Solo por el nombre.
Shakespeare era el escritor favorito de mi madre y también el mío, pero su obra predilecta siempre fue Romeo y Julieta, era una romántica; por el contrario, a mí me conquistó Hamlet. Alguien debería haberla detenido cuando decidió llamarme Romeo, pero mi padre la quería tanto que no pudo negarle nada, nunca, en toda su vida juntos, que acabó demasiado rápido.
Desayunamos en la cama escuchando el trino de los pájaros. Qué idílico. ¿Así sería siempre si tuviéramos una relación formal? Claro que no, la «luna de miel» duraba los primeros años, como mucho, y luego todo se iba a pique inexorablemente. Como el Titanic. En realidad el hundimiento fue lo mejor que les pasó a Rose y Jack, hizo su amor eterno; en la vida real no habrían durado ni tres meses tras desembarcar, hasta que Rose empezase a saber lo que era pasar hambre y frío. El amor idílico terminaba y entonces ¿qué quedaba? Ojalá hubiera podido preguntárselo a mis padres y descubrir el secreto de su feliz relación.
—Tendremos que retomar la conversación de ayer en algún momento —dejé caer entre sorbos de café.
Fabio me miró con una sonrisa pecaminosa.
—El sexo de después fue impresionante, lo hablaremos otra vez cuando quieras.
—No me lo pongas difícil —dije suavemente.
—No lo pongas difícil tú.
Dejó la bandeja en el suelo y se tumbó sobre mí para besarme, aplastándome contra el colchón.
—Nos gustamos y lo pasamos bien juntos —dijo contra mis labios—, ¿por qué quieres dejar de pasarlo bien conmigo? ¿Hay otro?
—No, el único motivo es que tú quieres más que yo.
Me mordió el labio de abajo y tiró de él hasta hacerme jadear.
—Yo solo quiero esto.
—Mentiroso.
—Shhhhhh.
Me silenció con su lengua invadiendo mi boca y sus manos recorriendo mi pecho y mis muslos, todo mi cuerpo. Me costó un infierno detenerlo antes de perder el control.
—Tengo que ir a trabajar, lo siento.
Salí rápido de la cama y él se dejó caer en el colchón soltando un suspiro frustrado.
—Sigue durmiendo si quieres y márchate después.
Le di un último beso rápido y metió la cabeza bajo la almohada. Bajé la persiana para que pudiera descansar y cogí algo de ropa para vestirme en el baño: pantalones vaqueros y camiseta negra sin adornos.
