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El Hombre Eterno - Libro 1: El Pulso
El Hombre Eterno - Libro 1: El Pulso
El Hombre Eterno - Libro 1: El Pulso
Libro electrónico306 páginas4 horas

El Hombre Eterno - Libro 1: El Pulso

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Información de este libro electrónico

MUY RECOMENDADO por el ganador del British Fantasy Award y Best Seller del New York Times Michael Marshall-Smith.

Para fans de Juego de Tronos, Wool, Blade Runner, El Hobbit, Stephen King, David Gemmell y Robert J. Crane.

El mundo tal y como lo conocemos ha terminado.

Un hombre sigue impasible. Un hombre que ha sido entrenado en el salvaje arte de la guerra. Un hombre que vive su vida según su fe. Un simple hombre que no desea tener el poder que le ha sido impuesto. Este hombre es el sargento de la marina Nathaniel Hogan, asignado a la embajada americana de Londres y, aunque no lo sepa, él es El Hombre Eterno.

El primer pulso ocurrió en el año 2022 del antiguo calendario. Una secuencia de enormes explosiones solares que creó una serie de pulsos electromagnéticos que detuvieron el corazón de nuestro mundo moderno y nos devolvió a los AÑOS OSCUROS.

Decenas de miles de personas murieron durante las primeras horas ya que los aviones cayeron del cielo, los hospitales dejaron de funcionar y todo medio de transporte moderno se detuvo para siempre. Al cabo de unos días, las muertes alcanzaron los cientos de miles de individuos. Hubo incendios que quemaban desenfrenadamente las ciudades, se terminaron las reservas de agua y los supervivientes se enfrentaron unos con otros mientras la ley de la calles se imponía sobre todo lo demás.

Y Nathaniel se da cuenta de que la enorme cantidad de radiación Gamma de las explosiones solares le ha cambiado. Han mejorado sus capacidades naturales, proporcionándole más velocidad, fuerza y capacidad de recuperación. Han alargado indefinidamente su esperanza de vida y le permiten usar magia a partir del poder de los rayos solares.

Pero ni siquiera El Hombre Eterno estaba preparado para lo que pasó después, cuando las explosiones solares originaron un agujero en el tiempo y el espacio, creando una puerta por la que ‘ellos’ aparecieron. Del reino de la fantasía salieron los orcos, los goblins y sus líderes, las Hadas.

¿Vinieron para ayudar o para conquistar?

Una serie de Fantasía Épica en su mejor esplendor.

¡Craig Zerf se ha puesto serio! Este es el primer libro en su nueva serie de Fantasía Épica MAMUT. Una saga de superhéroes de fantasía que abarca los cientos de años de existencia de la distopía bajo el yugo de las Hadas.

Autor premiado… Escogido por la Radio BBC 4 de Londres como “MEJOR LECTURA” en la categoría de Novelas de Fantasía Épica y Fantasía Histórica. 

>>> Escogido por la Radio BBC 4 de Londres como “MEJOR LECTURA” en la categoría de Novelas de Fantasía para Jóvenes
SF CROWSNEST – Craig Zerf está lleno de imaginación y dotado de mucho ingenio y humor, una excelente novela sobre la Tierra en una fantasía postapocalíptica.

Una increíble novela distópica con Superhéroe.

IdiomaEspañol
EditorialBadPress
Fecha de lanzamiento4 ene 2017
ISBN9781507135273
El Hombre Eterno - Libro 1: El Pulso
Autor

Craig Zerf

Craig ha tenido la suerte de ser escogido como MEJOR LECTURA del año por la BBC Radio. Además, también ha recibido la Medalla de Oro Golgonooza en la categoría de Fantasía.

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    El Hombre Eterno - Libro 1 - Craig Zerf

    El Hombre Eterno

    Libro 1: El Pulso

    Como siempre, para mi mujer Polly y mi hijo Axel. Vosotros ahuyentáis las sombras de mi alma.

    Dije un día a un espantapájaros: Debes de estar cansado de permanecer inmóvil en este solitario campo.

    Y él me dijo: La dicha de asustar es profunda y duradera, nunca me cansa.

    Tras un minuto de reflexión, le dije: Es verdad; pues yo también he conocido esa dicha.

    Él me dijo: Sólo quienes están rellenos de paja pueden conocerla.

    Entonces, me alejé del espantapájaros, sin saber si me había elogiado o minimizado.

    Khalil Gibrán

    Capítulo 1

    ––––––––

    El Sargento Mayor de Artillería Nathaniel Hogan estaba plantado fuera de la nueva embajada americana en Nine Elms, Londres, mirando los barcos que navegaban por el río Támesis. Vestía el uniforme estándar de combate o ‘digie’, llamado así por su estampado de camuflaje digital. Llevaba el uniforme de zona boscosa, que era más oscuro que el de desierto aunque, estrictamente hablando, solo debía llevarse en invierno.

    Hogan era un hombre corpulento. De huesos marcados, metro noventa y unos cien quilos. Y, con solo veintiséis años, era uno de los Sargentos Mayores de Artillería más jóvenes del ejército. Llevaba el pelo negro cortado con el típico estilo militar, corto por los lados y por detrás y el resto sin superar los tres dedos. Iba bien afeitado. Sus ojos de  color verde oscuro hundidos bajo las espesas cejas, parecían esmeraldas en un estanque sombrío. Sus marcados pómulos sugerían unos antepasados nativos americanos y combinaban con una amplia mandíbula de blancos dientes y una recta nariz romana.

    No llevaba su rifle de asalto, pero de su cadera colgaba una Colt 1911M25, la última versión de la venerable 1911. Aún diseñada para el calibre 45 ACP pero con un cargador de diez balas de capacidad y un compensador incorporado.

    Echó un vistazo al reloj. Las seis en punto. Lo que quedaba de público se había ido. El anochecer estaba previsto a las ocho. El cambio de guardia estaba programado a la misma hora.

    Hogan estaba al cargo de ocho marines destinados a la embajada. Era lo que el cuerpo llamaba ‘destino de recompensa’. Dieciocho meses de cómoda misión en una de las ciudades más divertidas del mundo. Esa noche iba a salir después del cambio de guardia y se adentraría en la ciudad para encontrarse con una chica inglesa. Emma Rittington. Alta, rubia, con cuerpo de amazona. Sus amigos ingleses se referían a ella como Posh Totty, los americanos decían que era ‘atractiva’. Tenía un apartamento de tres habitaciones, o un piso, en Sloane Square y no parecía querer nada serio. Pero no fue eso lo que atrajo al sargento de marina. Su atracción hacia ella estaba basada prácticamente del todo en su físico. Ella había admitido pensar lo mismo sobre él. Además, ser un americano y un oficial sin misión había, según sus palabras, ‘causado a papi un verdadero baño de angustia’, algo que parecía haberle dado un placer exorbitante.

    Volvió a mirar al Támesis. Las nubes del cielo se reflejaban en la rápida agua que fluía por debajo, una copia marrón y moteada del firmamento de arriba.

    Y entonces un arcoíris de color se esparció por la superficie. Como si en ese instante hubiesen vertido mil galones de aceite al agua. Un orgasmo de color. Hogan levantó la vista para ver el cielo brillante de luz. Fluyendo hacia delante, retirándose, esparciéndose y fusionándose. Había visto esas luces anteriormente, aunque nunca con tanta claridad. Y nunca a plena luz del día. Las había visto cuando le destinaron a la embajada de Moscú. Era la Aurora Boreal o Luces del Norte. Las miró, en trance, mientras ondeaban por el cielo. Amplias. Abrumadoras. Y completamente silenciosas. Con toda esta amplitud había esperado algún tipo de sonido que las acompañara. Truenos. Viento. Algún tipo de redoble de tambor medioambiental. Pero nada. Ni un sonido.

    Ladeó la cabeza y se concentró. El silencio era inquietante. De hecho, no había ningún sonido. Nada en absoluto. El constante fondo de una ciudad en movimiento no estaba presente.

    Dos millones y medio de coches y autobuses. Dos mil ochocientas obras de construcción, mil proyectos de carreteras, ciento veinte mil unidades de aire acondicionado, más de cien aviones de pasajeros.

    Silencio.

    Luego el sonido de pasos corriendo. El cabo Manson fue corriendo hasta pararse justo delante de él.

    — Sargento, ha habido un apagón en el edificio y el generador de emergencia no se ha encendido. Una caída completa de la electricidad.

    — Bien, Manson. Ordena a los hombres que mantengan sus puestos. Luego busca al conserje y haz lo que puedas con el generador. A doble turno.

    Mason no se movió. Era como si se hubiera quedado congelado donde estaba, mirando con los ojos como platos por encima del hombro de Hogan. Y luego, como un hombre señalando a su propia muerte, levantó un brazo. Hogan se dio la vuelta para mirar.

    Llovían aviones del cielo. Diez, veinte, treinta. Cientos de miles de toneladas de metal desplomándose del cielo. Girando torpemente hacia el suelo. Sucumbiendo a las leyes de la gravedad que hasta ahora habían sido dominadas por motores a reacción de tres cientos mil caballos de potencia.

    El primero se estrelló en la ciudad. Kensington. Polvo y luego llamas. Finalmente, sonido. Un ensordecedor y masivo muro de sonido cuando cientos de miles de litros de combustible de avión explotaron. Segundos después cayó el siguiente avión. Y el siguiente. Y el siguiente.

    Brentford, Fulham, Shepherd’s Bush, Belgravia.

    Los sonidos de las explosiones tronaron por la ciudad. Pero no había el correspondiente sonido de sirenas. Ningún claxon ni camión de bomberos. Ninguna campanada de alarma. Nada más que el sonido del fuego. Estaban demasiado lejos para oír los gritos de los que morían.

    Hogan cogió al cabo por el hombro y lo sacudió con fuerza.

    — Manson. Atención. Ahora, ve a dentro. Diles a los civiles que no salgan al exterior. Dile al sargento Johnson que abra la armería. Quiero a todos los marines equipados para combate, la M16 y cuatro colts más dos cargadores. Tráeme mi equipo más una metralleta M249M22 con tres cintas de 200 con bolsas. Muévete.

    El entrenamiento se apoderó del pensamiento racional y Manson saludó y se fue corriendo, volviendo hacia la embajada.

    Hogan trotó a través de las puertas principales. Por el camino sacó su teléfono móvil y desbloqueó la pantalla. Muerto.

    Los dos marines lo saludaron. Con los brazos temblorosos y caras cenicientas por la impresión. Pero la disciplina seguía intacta. Él les devolvió el saludo.

    — Ronaldo. Jessup.

    — Señor —preguntó el soldado raso Ronaldo—. ¿Qué está pasando?

    — No estoy seguro, marine. Sospecho que se trata de un ataque de pulsos electromagnéticos.

    — ¿Nos están atacando, señor?

    Hogan se detuvo a pensar unos instantes.

    — Eso se tendrá que ver, soldado. Podrían ser causas naturales. Podría ser una detonación nuclear de la atmósfera. Johnson y Manson están cogiendo los trastos, ellos os traerán los equipos, os quiero a todos preparados para el combate. Mantened vuestros puestos. Ahora vuelvo.

    Hogan caminó a grandes zancadas hacia la puerta de la embajada. A medio camino, Johnson y Manson se acercaron corriendo, llevando en los brazos todo el equipamiento que podían. Johnson se lo llevó a los hombres que había junto a la puerta. Manson ayudó a Hogan con el suyo. Era un traje moderno táctico con un chapado de armadura extensible. Un pack de hidratación en la espalda con un sistema de purificación de agua. Botiquín de primeros auxilios. Cascos de combate mejorados. Un chaleco para munición con bolsas extra para llevar más munición. Y finalmente, la ametralladora M249M22.

    — Señor —dijo Manson—, encontré al conserje. Dijo que el generador está destrozado. Todos los circuitos se han quemado.

    Hogan se arrodilló y puso la culata de la M249M22 sobre su rodilla, tiró de la manilla del cargador, soltó la tapa y lo llenó de munición. Al levantarse vio a Liz Tutor, la Jefa de Misión Adjunta, acercándose. Bajó las escaleras rápidamente. Llevaba unos zapatos sencillos de talón bajo. Vestido rosa que le llegaba por debajo de las rodillas. Melena castaña hasta los hombros, lisa y dura como un casco. Sus dientes eran tan blancos como los de una estrella de Hollywood.

    — Sargento.

    — Señora.

    — ¿Qué está ocurriendo?

    — Parece algún tipo de ataque con pulsos electromagnéticos, señora. Un pulso eléctrico que parece haber inutilizado todos nuestros dispositivos electrónicos. El generador se ha incendiado, todas las comunicaciones están cortadas y los aviones están cayendo del cielo. He puesto en alerta máxima a todos los marines.

    — ¿Nos están atacando?

    — No tenemos suficiente información, señora. Pero si tuviera que mojarme diría que ocurre por causas naturales. —Hogan señaló el cielo—. Auroras Boreales, señora. Si fuera un ataque nuclear el cielo estaría despejado.

    — ¿Y qué hacemos ahora?

    — No estoy seguro, señora. Quizás deberíamos preguntárselo al embajador.

    — No podemos. No se encuentra aquí. Está en una reunión con el primer ministro.

    — Entonces, señora, sugiero que nos preparemos para lo peor y esperemos. Veamos qué va pasando. Que todo el mundo se quede dentro, tenemos suficiente agua y comida para diez días como mínimo. Le diré a alguno de los chicos encienda las lámparas y las estufas de gas. Mañana veremos lo que pasa y actuaremos en consecuencia.

    Liz asintió con aprobación.

    — ¿Cuánto tardará en llegar ayuda? —preguntó.

    Hogan respiró profundamente.

    — Señora, no vendrá nadie a ayudar. Especialmente si este fenómeno ha afectado a todo el mundo. No hay transporte ni comunicaciones. Estamos solos, señora.

    Liz negó con la cabeza.

    — No seas ingenuo, Sargento. Somos americanos, la nación más poderosa sobre la faz de la tierra. Me cuesta creer que un mero bajón de electricidad nos vaya a causar grandes problemas. Sin embargo, acepto que nos quedemos aquí esta noche. Estoy segura de que mañana tendremos buenas noticias.

    Dio media vuelta y volvió a subir por las escaleras hacia la embajada.

    Hogan se detuvo al lado de la puerta, entre los dos marines.

    El sol se ponía lentamente en el horizonte.

    Y Londres brillaba por el fuego. De vez en cuando la tranquila noche se veía sacudida por una explosión cuando las gasolineras o tuberías de gas estallaban lanzando bolas de fuego hacia el cielo. 

    Y al avanzar la noche, la ciudad de dos mil años empezó a arder de vuelta a los años oscuros.

    Pero lo que la humanidad aún no sabía era que el pulso no solo estaba afectando a la tierra. También estaba llamando. A través de distancias inimaginables medidas en tiempo y espacio.

    El Pulso había llamado.

    Y alguien lo había oído.

    ***

    El comandante del pueblo de las hadas Ammon Set-Bat estaba de pie fuera de su carpa mirando al cielo. Estaba tapado. Azul y feo a por la ausencia de los colores psicodélicos que normalmente se veían. A penas había un tenue indicio de la Luz de Vida. A lo mejor un pequeño destello en el horizonte. Pero eso podía ser solo un deseo de lo que quería ver, admitió Ammon, ya que sin Luz de Vida en los cielos, las hadas no tenían de dónde sacar su poder. Su magia era inútil sin los poderes de las luces. Débil e insubstancial. Si querían sobrevivir tendrían que seguir la Luz de Vida hacia otro sitio donde fuera más potente y duradera. Y allí prosperarían. Las hadas habían hecho eso antes, muchas, muchas veces en su antigua historia. A donde fuera la Luz de Vida, ellos la seguirían.

    Pero sinceramente, se dijo Ammon a sí mismo, había muy poca probabilidad de que eso volviera a ocurrir e, incluso si lo hacían, había aún menos probabilidades de que su gente sobreviviera la guerra a la que fueran. Quizás esto era el fin.

    ¡No! Respiró hondo, volvió a poner su atención en el presente y continuó sondeando el valle que tenía debajo. No necesitaba un telescopio ya que había estado perfeccionando durante muchos años el arte de ‘Ver de lejos’ y podía identificar la especie de una mariposa a una distancia de más de tres quilómetros.

    Como comandante del ejército, Ammon era un miembro del Consejo de los Doce que gobernaba al pueblo de las hadas y sus sirvientes y, por el momento, su ejército se había distribuido por la parte estrecha del valle de Southee. A ambos lados del valle se alzaban los montes del Sethanon, un refugio natural entre el Reino Alto y las Tierras Medias. Ese valle era la única vía práctica para pasar de uno al otro. Así que había puesto allí a sus tropas.

    Tenía cinco batallones de Orcos, un total de cien mil individuos. Seis mil Trolls con armadura, sus lanzas de seis metros y enormes escudos. Los Trolls serían una barrera de metal contra la que esperaba que el enemigo chocara como una ola contra un acantilado. En la parte trasera, cuarenta mil arqueros Goblins, con sus pequeños y curvados arcos ya cargados y muchas flechas a sus pies.

    Y finalmente, los Engendros, reconocibles por sus túnicas blancas relucientes y su lento comportamiento. Estas pálidas y siempre sonrientes creaciones de las hadas llevarían agua, vendas y flechas a los combatientes. Después, si había un después, los Orcos y Goblins los usarían para sus más... hermosas ofrendas.

    No había hadas en la formación de batalla. Sus talentos se usaban para liderar, crear, ordenar y controlar. No estaban hechos para la salvaje crueldad del frente de combate. E incluso aunque hubieran querido participar de una forma más física no habría mucha diferencia.

    Los machos medían alrededor de metro veinte, su piel era gris y lisa, sin vello corporal, no estaban muy musculados, tenían la cabeza enorme en forma de cúpula sin orejas ni fosas nasales, solo una pequeña boca y grandes ojos negros. Sus cuerpos apenas eran un sistema ambulante para sus cerebros extraordinariamente avanzados. Cerebros capaces de controlar aquellos inferiores a ellos, con capacidad para la psicoquinesia, piroquinesia y, lo más importante, la capacidad para emplear el poder de la Luz de Vida. Aunque, como Ammon había estado observando, en los últimos años la Luz de Vida se había ido disipando, así como su poder. Y con él, el poder de las Hadas.

    Las hembras de esa especie raramente se veían. Eran más pequeñas y de piel mucho más clara que la de los machos, con una cabeza más pequeña y alargada. Se mantenían en espacios cerrados, apartadas de la luz solar y, cuando deseaban aventurarse fuera, eran transportadas por dos Orcos de batalla en palanquines o sillas de seda con cortinas.

    Como los machos, las hembras vivían fácilmente trescientos años, durante los cuales ponían entre tres y cuatro sacos embrionarios. Esos sacos eran fertilizados por los machos, que se acuclillaban encima y los rociaban con su semilla. Los placeres de las Hadas eran más esotéricos que el simple sexo, eso lo consideraban más adecuado para los seres de rangos inferiores.

    Ese día marcaba el fin de todo un año de guerra continua. Un año de constante y amarga derrota donde, metro a metro, los ejércitos élficos habían conquistado el reino de las Hadas. Forzándolos a retroceder, viéndose superados por número. No eran más que combatientes competentes, altos y casi imposiblemente delgados con las caras en forma de corazón, pelo rubio tan fino como una tela de araña y dientes afilados. Pero su número combinado con su mentalidad de enjambre los convertía en un oponente formidable. Sus estrategias de batalla eran pobres pero, gracias al hecho de que sus mentes estaban conectadas a través de la abeja reina, sus reacciones en grupo eran asombrosas. Las brechas de sus líneas se llenaban inmediatamente, el reemplazo siempre llegaba en el momento exacto. Nunca tenían miedo, raramente caían en una trampa o se dejaban engañar y su moral se mantenía siempre alta ya que sacaban su energía de la reina.

    Ammon utilizó sus poderes de larga visión y los vio acercándose. Una masa turbia y amorfa de guerreros, vestidos en sus trajes verde oscuro. Moviéndose como uno solo, como un banco de peces o una bandada de pájaros.

    Habían aparecido por primera vez hacía un año, en los reinos Menores. Había habido un período de turbulencia solar, los días se habían acortado, las noches se habían vuelto más frías y el constante brillo de la Luz de Vida desapareció durante casi seis días.

    Luego se había abierto un agujero. Literalmente una puerta enorme entre sus reinos y el sitio abandonado por dios del cual venían los Elfos. Habían entrado por la brecha, apropiándose de la mayoría de pueblos de la costa del Reino Menor del Este en cuestión de días.

    Ammon había reunido sus tropas y marcharon desde las tierras altas para encontrarse con el enemigo en las Llanuras Medianas. Había aprendido rápidamente a no luchar contra las hordas élficas en grandes campos de batalla. Ellos eran demasiados y sus mentes-colmena se aseguraban de que sus maniobras fueran siempre perfectas.

    Así que en vez de eso había librado cien batallas pequeñas, siempre escogiendo el terreno con mucha precaución. Pasos entre montañas, confluencias de ríos y bosques. Cualquier cosa para evitar que su menguante ejército fuera rodeado por el vasto número de enemigos.

    Y, a medida que avanzaba el año, el intermitente arcoíris de Luz de Vida se había vuelto más y más tenue. En tiempos anteriores solía centellear a través de los cielos, una constante explosión de color, como una lámpara de aceite volcada en el agua, llevando consigo el poder que las Hadas usaban para sacar su magia. El poder primario del universo. El poder de la Luz de Vida.

    Notó más que oyó a Seth Hil-Nu aproximarse hacia él. Seth era el mago supremo de las Hadas y él, más que cualquier otro, había resultado muy debilitado a causa de la decadencia de la Luz de Vida y sus magníficos poderes menguaban día tras día. Anteriormente, cuando la Luz de Vida era potente, podría haber conjurado una ráfaga de bolas de fuego que habría incendiado todo el ejército de Elfos que había en el valle. Podría haber derrumbado las montañas sobre ellos o haber provocado una tormenta de rayos para terminar con su existencia. Ahora era simplemente una fuente de sabiduría, capaz de conjurar magia extraña y pequeña si las circunstancias eran propicias.

    — Bien visto, Seth. —Lo recibió el comandante.

    — Bien encontrado, Ammon. ¿Cuánto falta para que empiece la batalla?

    — Apenas unos minutos, mago. Apenas unos minutos. Te ruego que amplifiques mi voz para que mis tropas puedan oírme. Solía hacerlo yo mismo cuando la Luz de Vida era potente pero ahora es una habilidad que se me escapa.

    — Tristes son los tiempos en que me tienes que preguntar si aún puedo hacer esta simple magia, —respondió Seth—. Pero sí, puedo hacer que te oigan. No a través de la amplificación, pero oirán lo que digas.

    — Gracias, mago.

    El enjambre de Elfos seguía derramándose por el valle, corriendo con sus rápidos y ágiles pies. Acercándose.

    Ammon esperó y luego:

    — Arqueros, preparados.

    Los cuatro mil Goblins se inclinaron, cogieron una docena de flechas y las clavaron, con la punta en el suelo, enfrente de ellos, preparadas para ser disparadas con rapidez.

    — Arqueros,

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