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Esta magical girl se retira
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Libro electrónico161 páginas1 hora

Esta magical girl se retira

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A punto de cumplir 30 años, deprimida, en paro y ahogada por las deudas, una joven millennial sin autoestima recibe una última oportunidad de solucionar su vida al ser reclutada como magical girl.

La emoción inicial de la joven se convierte en frustración al descubrir que ser una magical girl en la vida real es muy diferente a como se lo imaginaba.

Las magical girls van a ferias de empleo, se afilian a sindicatos, asisten a clases… Y en sus ratos libres se dedican a luchar contra el cambio climático.

Traducción del coreano: Ainhoa Urquia Asensio

Ilustración de cubierta: Kim Sanho

Ilustraciones interiores: Marina Vidal

Nuestra edición incluye ilustraciones interiores a dos tintas y una nota final de la autora (no incluida en la edición en inglés)
IdiomaEspañol
EditorialDuermevela Ediciones
Fecha de lanzamiento28 ene 2026
ISBN9791399052176
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    Esta magical girl se retira - Park Seolyeon

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    Capítulo uno

    El destino de una magical girl

    ¿Habrá alguna forma de morir sin molestar a nadie?

    Creo que me he dejado la piel en esta vida. La vida no me ha dado mucho, pero he intentado esforzarme al máximo para, al menos, no echarlo a perder. Claro que he llegado hasta aquí por mi propio pie, pero no puedo evitar pensar que ha sido el resto quien me ha empujado a ello.

    El papelito del banco rezaba: nº 777.

    Veintinueve.

    ¿No le pasa a todo el mundo?

    Una vez leí un artículo en Internet que se titulaba «36 preguntas que llevan al amor». Era del New York Times y contenía una lista de treinta y seis preguntas que, de ser respondidas con alguien, en teoría llevarían a enamorarse irremediablemente uno del otro. La séptima pregunta decía así:

    «¿Tienes alguna corazonada sobre cómo vas a morir?»

    Yo probablemente moriré sin que nadie se entere. Porque así lo deseo y así espero que suceda. De todos los deseos que he pedido a lo largo de mi vida, este es el único con posibilidades de hacerse realidad.

    Y esa posibilidad está muy, muy cerca.

    Martes, 3:41 de la mañana. Puente de Mapo.

    Los vehículos pasan a razón de 0.3 por minuto. Los coches atraviesan el puente desierto como balas ajenas a todo. Aquí sentada, apoyada contra la barandilla, paso completamente desapercibida. Llevo dos horas sin moverme y hace ya unos cuarenta minutos que alguien ha cruzado por aquí. Se notaba desde lejos que iba borracho —es normal, nadie en pleno uso de sus facultades iba a pasar por este puente tan largo a estas horas de la madrugada—. Como tenía miedo de que viniera buscando pelea, encogí las piernas hasta notar los talones en el trasero, me abracé con fuerza las rodillas y contuve la respiración.

    El borracho pasó con lentitud por delante de mí, tambaleándose. Tuvo tiempo de sobra para verme, pero no lo hizo. Se detuvo bastante en mi campo de visión, así que no pude contenerme y dejé escapar un fuerte suspiro según se iba. Aun así, no se volvió a mirar. Eso me puso más triste. ¿Será que soy transparente? ¿O es que alguien me había puesto en modo «no molestar»?

    Quizás me había imaginado que mi respiración sería mucho más fuerte. Como llevaba puesta una mascarilla, quizás no se había oído bien. Si me veía, se ponía desagradable y acabábamos enzarzados en una pelea, no era tan difícil imaginar que con el forcejeo uno de los dos terminara cayéndose por la barandilla con un «¡nooo!». Pero cuando no hizo nada y pasó de largo, lo que sentí no fue alivio, sino tristeza. Qué cosa tan rara. No es que no conozca la razón. Mi imaginación no solo la poblaban esas violentas escenas de lucha al borde del puente, él y yo en la barandilla. No, también había una versión inesperada en la que resultaba ser una persona profundamente empática y, con el sentido de meterse donde no le llaman agudizado por el alcohol, me preguntaba qué hacía ahí llorando sola, me dedicaba algunas palabras amables y mostraba un poco de interés.

    No se puede ser más imbécil.

    Había dejado de llorar, pero poco a poco las lágrimas regresaron así que bebí un poco de agua. Después me sentí ridícula, ¿a quién se le ocurre ir a tirarse por un puente para luego ponerse a beber agua porque le entra sed? Así que arrojé la botella al río… De eso hace ya treinta minutos. Ya lo siento por contaminar el medio ambiente. Aquí la basura soy yo. Para colmo, al rato me volvió a entrar sed y otra vez cuestioné mi decisión. ¿Por qué había hecho eso? Quizás he nacido para arrepentirme.

    imagen

    Desde hace tres años le estoy dando vueltas a cómo morir sin molestar a nadie. Eso quiere decir que no soy la persona más desgraciada del mundo. Si realmente lo fuera, me habría puesto a investigar formas de morir mucho antes. Ya lo decía mi abuelo:

    —En este mundo siempre hay alguien peor que uno. Por eso mismo, tienes que ayudar a quien te lo pida en la medida de lo posible. Así es como acumulas virtud. Y con la que hayas acumulado incluso tu abuelo en el más allá podrá recibir esa virtud, y tu madre, y tu padre también…

    Pero, abuelo, lo he estado pensando mucho, y me he dado cuenta de que si alguien como yo intenta ayudar a los demás, solo termina convirtiéndose en un estorbo aún mayor.

    Hay algo que desde hace tiempo llevo siempre en el bolsillo. No es gran cosa, solo un papelito de turno del banco que había sacado hacía un año más o menos. Era el 777. Me había parecido un símbolo de buena suerte. Aquel día había tenido muchísima. También fue ese día en el que me hice mi primera tarjeta de crédito. Ya solo el hecho de poder sacarme una tarjeta de crédito me parecía increíble. Como ya no está mi abuelo, no hay nadie que me pague las cosas. Aun así, puedo pagar en tres meses sin intereses. E incluso, en algunos casos, en hasta siete meses sin intereses. Me temblaban un poco las manos de lo asustada y emocionada que estaba. Había una pequeña papelera al lado de la ventanilla para tirar el número, pero fingí no haberla visto y me lo llevé a hurtadillas.

    Cuando trabajaba, nunca me preocupé demasiado. Simplemente pasé de usar una tarjeta de débito que sacaba el dinero de mi cuenta a una tarjeta de crédito que sacaba el dinero que iba a ganar más adelante. Nunca tuve la sensación de que estaba adelantándome a nada. El salario siempre llega a mes vencido de todas formas. Me encantaba poder comprarme algo de una vez e ir pagándolo poco a poco en lugar de tener que estar ahorrando durante meses. Mi estudio no venía con nevera y no poder tener comida en casa para cocinar me parecía un gasto todavía mayor. Ahora ya no sé cómo podía vivir sin ella, pero lo que sí recuerdo vívidamente es la felicidad que sentí en cuanto me la trajeron a casa. Pensaba que, con esa nevera, poco a poco todo iría a mejor. Incluso a día de hoy, no le guardo ningún rencor al pobre electrodoméstico.

    De veras creo que no he sido derrochadora. Me he limitado a vivir y ya está. Aun así, las deudas no dejaban de aumentar. Claro que el gran golpe vino cuando perdí el trabajo durante la pandemia. Por suerte, pude pagar los gastos de aquel mes con mi último sueldo, pero aún me quedaban tres cuotas más para terminar de pagar la nevera.

    Hay una idea que me ronda la cabeza desde hace tiempo, y es que aunque no hubiera sobrevenido la pandemia, aunque no hubiera perdido mi trabajo, me iba a terminar empobreciendo poco a poco de todas formas. Lo único que había sucedido es que un evento externo había acelerado un proceso que de otro modo me hubiera llevado, aunque lenta e imperceptiblemente, hacia el mismo sitio.

    Ayer por la tarde tuve una entrevista. Hacía mucho que no surgía una oportunidad que no fuera para un trabajo a tiempo parcial, así que estaba ilusionada y tenía muchas ganas de conseguir el puesto. Sin embargo, no encontraba ese papelito con el número 777 que llevaba a todas partes como un talismán. Tendría que haber estado en los bolsillos de la ropa del día anterior, o pegado bajo un imán de la nevera. Me distraje buscándolo y casi llego tarde. Me di cuenta de que era de tonta profunda llegar tarde a una entrevista de trabajo por andar rebuscando la suerte, así que lo dejé estar y salí con el tiempo justo. Me había puesto la ropa más pulcra y reluciente que tenía, que previamente había llevado a una lavandería autoservicio. Porque no tengo lavadora. Supongo que podría haber ahorrado todo lo que me dejé en la lavandería para comprarme aunque fuera una lavadora pequeña de segunda mano, aunque no estoy segura de que hubiese cabido en el estudio.

    —¿Y qué ha estado haciendo todo este tiempo?

    No sabría si llamarlo entrevistador o qué, pero ese jefe intermedio de la empresa me había sentado en un taburete sin respaldo, y me había hecho esa pregunta asegurándose bien de que le oyera toda la oficina.

    —Según su currículum, no ha hecho gran cosa. ¿Cómo es que tiene ya veintinueve años?

    No creo que le supiera mal en absoluto. Total, estaba diciendo la verdad. De camino a la salida, aguantándome las lágrimas, metí la mano en el bolsillo y encontré un trozo de papel arrugado. En él había un 7 que apenas se distinguía. Era un trozo rasgado y arrugado, imposible de devolver a su ser, del tique de turno del banco.

    La deuda de la tarjeta que no he podido pagar supera por poco los tres millones de wones.

    Quizás mi abuelo no supiera esto, pero las tarjetas de crédito tienen una cosa que se llama «crédito renovable». ¿Que no es capaz de pagar el recibo de la tarjeta este mes? ¡Pues pague lo que pueda! Hum, ¿qué le parece un 20%? Eso sí puede, ¿no? ¿Tampoco? Vaya, ¿y un 10%? Menos de eso no es posible. Perfecto, pues el resto lo pasamos al mes siguiente con un pequeñísimo interés. ¡Solo tiene que ponerse las pilas el mes que viene! Así funciona. Suena amabilísimo, ¿verdad? Pero, por extraño que parezca, el monto final de la deuda va aumentando poco a poco. Con el trabajo

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