EL FANTASMA: EL SUMO SACRIFICIO
Por Ramón G. Guillén
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Un amor más allá del tiempo, del espacio, del infinito y de la eternidad. Esta es una historia mágica, romántica, poética y mística: de corazones anhelantes por conocer el amor, de labios sedientos por un beso, de esperanza y espera. Una historia trágica, de dolor y desolación. Te cautivará el corazón.
Una historia donde el poderoso aplasta al débil, y solo el verdadero amor puede brillar en medio de la oscuridad. Aquí encontrarás un mensaje fuerte y profundo de rectitud y amor, donde se realiza el óptimo sacrificio por amor. La narración, magistral y matizada de romanticismo y poesía, te envolverá en su magia.
Debo enfatizar que esta es una historia poética, llena de magia y majestad. En sus páginas descubrirás que para el amor no hay fronteras: trasciende el tiempo, el espacio, el infinito y la eternidad.
Ramón G. Guillén
Ramón G Guillén. Escritor, poéta y compositor, amante de la libertad y belleza, trabaja actualmente en su nuva obra: El Lobo Solitario.
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EL FANTASMA - Ramón G. Guillén
Copyright © 2026 por Ramón G. Guillén.
Primera edición 09/02/2018
Segunda edición 2026
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación, o por cualquier sistema de almacenamiento y recuperación, sin permiso escrito del propietario del copyright.
Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autor o son usados de manera ficticia, y cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, acontecimientos, o lugares es pura coincidencia.
Diseño de la portada por SelfPubBookCovers.com/Lori
Fecha de revisión: 22/01/2026
Palibrio
1663 Liberty Drive, Suite 200
Bloomington, IN 47403
870719
ÍNDICE
Prólogo
Capítulo 1 El Escape Del Colegio
Capítulo 2 Magdalena
Capítulo 3 Valeria
Capítulo 4 El Fantasma
Carmelo
Alondra
PRÓLOGO
E l fantasma es una historia de amor mística, romántica, seductora y hechizante. La escritura de Ramón G. Guillén, como siempre, está matizada de romanticismo, poesía, mensaje, esperanza y amor; llena de filosofía y misticismo, narrada magistralmente. Juventud, divino tesoro
, ya lo dijo el poeta, y Ramón G. Guillén nos lo recuerda con estas bellas palabras, enriquecidas con romanticismo y poesía.
Este libro te llevará a tus años de estudiante y te hará revivir tu primer amor. Es una historia que cautivará tu corazón. Aunque el Fantasma es el evento central de la trama, no es más que una pequeña parte mágica, mística y extraordinaria de la culminación de la historia. Te robarán el corazón las historias de los estudiantes al escaparse del colegio, así como las de Magdalena, Valeria y Carmelo.
Espero, amigo, amiga, que al leer este libro sientas y recibas las palabras matizadas de romanticismo y poesía que el escritor ha usado para narrar su historia con tanta belleza.
CAPÍTULO 1
EL ESCAPE DEL COLEGIO
G erardo e Ignacio se asomaron por la ventana y divisaron a Valeria concentrada en lo que escribía la maestra en la pizarra. Ignacio tocó el cristal de la ventana y Ofelia, prima de Valeria, volteó el rostro al escuchar el sonido. Ignacio le mostró el nombre de Valeria escrito en un papel y Ofelia entendió que él la buscaba. Los estudiantes se cuchichearon al oído hasta que el mensaje llegó a Valeria.
Ella leyó el papel que decía: Mira hacia la ventana
. Con un giro de ciento ochenta grados en la silla, levantó la mirada y vio a Gerardo llamándola con la mano. Ella hizo un ademán con la cabeza diciendo que no, pero Gerardo insistió.
Entonces, Valeria alzando la mano interrumpió a la maestra:
—Perdón, maestra, ¿podría ir al baño?
—Sí, Valeria, ve.
Valeria tomó su bolso y salió del aula. Una vez que llegó a ellos, preguntó:
—¿Qué quieren? ¿No ven que estoy en clase?
—Nos vamos a escapar del colegio por hoy. ¿Quieres venir con nosotros? —le dijo Gerardo.
—¡Estás loco!… Si nos agarran, nos expulsan.
—Tú sabes, Valeria, que a nosotros jamás nos expulsarían. Pertenecemos a la más alta y culta sociedad de este reino; somos estudiantes de alcurnia. Y con las donaciones tan altas que dan nuestras familias, este colegio jamás se arriesgaría a perderlas —respondió Gerardo con un toque de superioridad.
Gerardo era muy inteligente, pero sus calificaciones no eran altas porque siempre se distraía en fiestas y diversiones. Además, era muy mujeriego. Tenía el vigor y el esplendor de la juventud y, como un potro salvaje que galopa a rienda suelta por el campo, quería experimentarlo todo.
Luego, Valeria, dirigiéndose a Ignacio, le dijo:
—Y tú, Ignacio, que sigues a este vago de Gerardo.
—Vamos, Valeria, no te vas a arrepentir. Además, necesitas distraerte un poco; siempre estás metida en los libros, siempre estudiando —dijo Ignacio.
—Ya nos está esperando un carruaje a la salida con su chofer, para llevarnos a donde queramos ir —añadió Gerardo.
—¿Y adónde vamos a ir? —preguntó Valeria.
—No sé… podemos ir al club y luego te llevamos al lago a ver los cisnes —propuso Gerardo.
—Eso de ir a ver los cisnes me agrada —respondió Valeria.
—No se hable más; entonces vayamos primero al club y de allí a ver los cisnes —dijo Ignacio.
—Bien —aceptó Valeria.
—Entonces síganme —dijo Gerardo.
Valeria e Ignacio siguieron a Gerardo, atraídos por el misterio de su andar, con el corazón acelerado por la emoción de escapar del colegio. Atravesaron un sendero de rosas que parecían inclinarse a su paso, como deseosas de rozarles la piel, como si también quisieran guardar el secreto de su travesura. Se internaron entre unos matorrales espesos que los envolvieron hasta hacerlos desaparecer, y allí hallaron una puerta escondida en una pared cubierta de hierba, un secreto guardado por Gerardo muy preciado.
Gerardo la abrió con suavidad y, tras el tenue crujido de las bisagras, un soplo de aire fresco, perfumado de rocío, los envolvió. Al cruzar, se adentraron en un macizo de carrizos que murmuraban como voces cómplices al moverse con el viento. Cuando por fin salieron de aquel pasaje oculto, el corazón de Valeria latía con fuerza, mezcla de miedo y de júbilo. Entonces sus ojos brillaron: a pocos metros, los aguardaba una carroza oscura y reluciente, cubierta de destellos de plata, como surgida de un sueño, cómplice de aquella travesura que ya se sentía como el inicio de una aventura inolvidable.
Subieron, y el chofer preguntó:
—¿Adónde, mi señor?
—Al club, Bruno —respondió Gerardo.
Entonces Ignacio se volvió hacia su primo y le dijo:
—Quiero decirte, primo, que te admiro mucho: admiro tu experiencia de la vida y cómo te desenvuelves en la sociedad, especialmente con las mujeres.
—No lo admires tanto, Ignacio, que esa es su perdición. Mira que en el estudio no da una, por su vagancia —intervino Valeria.
—Hasta ahora no he reprobado ninguna materia, primita. Claro que no tengo las calificaciones altas que tú tienes, porque eres una mujer aburrida; nomás te la pasas entre los libros.
—Que estudie mucho para tener buenas calificaciones y pasar mis materias no significa que sea una mujer aburrida —replicó Valeria.
De pronto, Ignacio señaló hacia otra carroza que se acercaba:
—¿No es esa la carrosa de tu papá, primo?
Gerardo se asomó y reconoció el rostro de su padre, que también volvía la mirada hacia su carroza. Rápidamente ocultó el rostro y, palideciendo, exclamó:
—¡Sí, es! ¡Ocúltense, que no nos vean!
Valeria, ocultándose entre risas, y carcajadas:
—¡Cobardes! ¿No que muy hombres y de mucho mundo? —dijo Valeria, pero en sus labios la burla sonaba como un juego, y en sus ojos brillaba la picardía de quien disfruta del reto.
—Si mi padre me descubre, prima, me quita el dinero que me da cada mes. Y después, ¿qué hago? —respondió Gerardo, con una mezcla de temor fingido y sonrisa traviesa.
—Trabajar —contestó Valeria con suavidad, como quien da un consejo envuelto en caricia—. A ver si así se hacen hombres responsables.
—¡Ah! —suspiró Gerardo con fingida tragedia—. Esa palabra todavía no está en mi diccionario.
Ignacio, siempre buscando aprobación, intervino:
—Yo sí soy responsable, Valeria. Mis calificaciones son altas.
Ella lo miró con ternura, como se mira al hermano menor que nunca defrauda:
—Lo sé, Ignacio… Lo digo por Gerardo.
—Está bien, prima, ya no me quieras tanto —replicó Gerardo, con ese humor ligero que lograba arrancar risas aun cuando quería escapar de un reproche.
El viaje en la carroza se volvió un remanso de confidencias. El aire fresco que entraba por la ventana parecía colmar la travesura de complicidad y encanto. Entonces, Gerardo, asomándose hacia afuera, anunció con alegría:
—Ya llegamos.
La carroza avanzó lentamente por un camino bordeado de flores que, al mecerse con la brisa, parecían inclinarse para recibirlos como cortesanas de un palacio secreto.
—Ya llegamos, mi señor —dijo el chofer, bajando con respeto.
Abrió la portezuela, Ignacio descendió primero, y luego Gerardo, que, con un ademán elegante, extendió su mano hacia Valeria. Ella dudó apenas un instante, pero al posar su mano en la de él, un calor sutil recorrió sus dedos. Fue un gesto sencillo, breve, pero suficiente para encender un fulgor escondido en su pecho.
Caminaron juntos hacia la finca. El aire olía a especias, a pan recién horneado, a promesas de mesa servida. Valeria aspiró profundo y, con una sonrisa casi infantil, exclamó:
—Primero vamos a comer… ya tengo hambre.
—Yo también —dijo Ignacio.
—Entonces que así sea —añadió Gerardo, lanzándole a Valeria una mirada de complicidad.
Un mozo, con reverencia discreta, los condujo hasta una mesa junto al ventanal. Desde allí los jardines parecían pintados con pinceladas de luz y sombra.
—¿Esta mesa es de su agrado, mis señores, mi señora?
—Sí, gracias. Está perfecta —respondió Valeria, con la mirada perdida entre los colores de aquel paisaje encantado.
Al poco, el mozo volvió con pan dorado y fragante, recién salido del horno, y con una jarra de cristal donde el agua resplandecía como si guardara en su interior pedazos de cielo. Tras servirlos, preguntó con cortesía:
—¿Qué desean beber?
—Yo té —dijo Valeria, con una voz serena que parecía música.
—Yo vino —dijo Gerardo con desenfado.
—¿Tan temprano? —preguntó Valeria, alzando la ceja, entre divertida y maternal.
—Sí, mamá —replicó él con sonrisa traviesa.
Ignacio, contagiado por el juego de su primo, dijo también:
—Yo vino.
Valeria lo miró con dulzura fingidamente severa, inclinándose hacia él como si fuera a confiarle un secreto:
—Si tus calificaciones bajan por seguir a Gerardo, Ignacio, te juro que yo misma te daré un jalón de orejas.
Los tres rieron. Y en medio de aquel instante, mientras el sol doraba los jardines y el murmullo de la brisa se colaba entre las flores, Valeria sintió que aquella travesura estudiantil ya se transformaba en recuerdo imborrable… el preludio de algo mucho más grande que aún no sabía nombrar, pero que el corazón reconocía como amor.
—Ya, Valeria, no seas tan dramática —dijo Gerardo con una sonrisa ligera—. Ignacio es un buen estudiante.
—Sí, Valeria —añadió Ignacio con modestia—, no te preocupes, tengo buenas calificaciones.
Valeria los miró un instante con la serenidad de quien desea convencer al corazón y no solo a la razón. Luego, con un leve ademán, se levantó.
—Enseguida vuelvo, voy al tocador.
Cuando ella se retiró, Gerardo bajó un poco la voz, como si quisiera que las paredes guardaran su secreto:
—Valeria tiene razón, Ignacio. Si descuidas tus estudios, ya no podrás andar conmigo.
—No te preocupes, primo —respondió Ignacio con ardor juvenil—. No solo no bajarán mis notas, sino que estudiaré más duro. Quiero ser como tú: saber cómo moverme en cualquier lugar, tener esa seguridad tuya… y que las mujeres me admiren como te admiran a ti.
Gerardo sonrió con paciencia de amigo mayor.
—Eso llegará con el tiempo. Aún te quedan años por recorrer. Por ahora, lo único que te pido es que pongas el alma en los estudios.
Valeria regresó entonces, y justo al tomar asiento alcanzó a escuchar la respuesta de Ignacio:
—¿Y para qué quiero estudiar, si mis padres tienen tanto dinero?
Gerardo lo miró con gravedad y le contestó:
—Porque con estudio podrás gobernar mejor esa fortuna.
—Gerardo tiene razón, Ignacio —añadió Valeria, con voz suave, como quien acaricia con palabras.
—Jamás olvides esto: los que guardan la riqueza material en el corazón; son los verdaderos pobres.
—Así es, Ignacio —añadió Valeria—, hay quienes aman más al dinero que a sí mismos… y esos son los que carecen de todo.
Gerardo señaló entonces a Valeria, con la ternura de quien admira en silencio:
—Mírala a ella. Es una mujer rica, y sin embargo, es sencilla, amable y humilde.
Ignacio sonrió con brillo en los ojos.
—Por eso la admiro tanto. Les prometo que, aunque llegue a tener mucho dinero, siempre seré humilde… como Valeria.
En ese instante llegó el mozo, con el té y el vino sobre una bandeja de plata. El aroma fragante del té se mezcló con la tibieza del vino, y mientras servía, preguntó con cortesía:
—¿Ya saben lo que van a ordenar de comer?
—Sí —respondió Gerardo con aplomo—, a mí tráeme el pollo a las brasas con arroz y
