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¿Es tan claro e irrefutable como parece el concepto de «consentimiento»? Este libro explora sus matices y contradicciones.
El consentimiento se ha convertido en un concepto clave en lasrelaciones sexuales. De entrada, parece claro y perfectamente perimetrado. Pero ¿es realmente así?
Este texto reflexiona sobre losmatices, las fisuras y las paradojas que lo acompañan. ¿Se puede verbalizar el deseo con absoluta claridad, sin ambigüedad alguna?
La autora explora el camino recorrido entre el «no es no» y el «solo sí es sí» desde las perspectivas filosófica, histórica y política y, a contracorriente del discurso dominante, defiende no dejar de lado el primero en beneficio del segundo.
Clara Serra
Clara Serra (Madrid, 1982) es investigadora, activista feminista y exdiputada de la Asamblea de Madrid. Actualmente es investigadora en el Centro de Investigación Teórica, Género, Sexualidad de la Universidad deBarcelona (ADHUC). Fue responsable del Área de Igualdad de Podemos desde sus inicios hasta 2017. Es autora del libro Leonas y zorras. Estrategias políticas feministas y coordinadora del texto colectivo Alianzas Rebeldes. Un feminismo más allá de la identidad.
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Comentarios para El sentido de consentir
2 clasificaciones1 comentario
- Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
May 10, 2024
Me pareció muy interesante, con un debate y postura muy claros que me han dejado reflexionando, con muchas preguntas y motivaciones para encontrar sus respuestas y profundizar acerca del consentimiento.
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El sentido de consentir - Clara Serra
Índice
Portada
1. El problema del consentimiento
2. La teoría de la dominación y la negación del consentimiento: cuando decir que no es imposible
3. Neoliberalismo sexual: cuando decir que sí es facilísimo
4. Los límites del consentimiento
Notas
Créditos
Clara Serra (Madrid, 1982) es investigadora, activista feminista y exdiputada de la Asamblea de Madrid. Actualmente trabaja en el Centro de Investigación Teoría, Género, Sexualidad de la Universidad de Barcelona (ADHUC). Fue responsable del Área de Igualdad de Podemos desde sus inicios hasta 2017. Es autora de Leonas y zorras. Estrategias políticas feministas y coordinadora de Alianzas rebeldes. Un feminismo más allá de la identidad.
El sentido de consentir El consentimiento se ha convertido en un concepto clave en las relaciones sexuales. De entrada, parece claro y bien perimetrado. Pero ¿es realmente así? Este texto reflexiona sobre los matices, las fisuras y las paradojas que lo acompañan. ¿Se puede verbalizar el deseo sin ambigüedad alguna? La autora explora el camino recorrido entre el «no es no» y el «solo sí es sí» desde las perspectivas filosófica, histórica y política, y defiende no dejar de lado el primero en beneficio del segundo.
A Santiago Alba, por ser, además de un gran
amigo, el mejor compañero intelectual para
aprender a pensar con radicalidad y sin miedo
A Cristina Garaizabal y al resto de las hetairas,
que defendieron siempre el valor del
consentimiento de todas las mujeres y no
solo de algunas
1. El problema
del consentimiento
Mentado sin parar en tertulias e informativos televisivos, objeto de simplificación en redes sociales, tematizado en guías didácticas e invocado en discursos políticos, el consentimiento sexual es tratado hoy como una gran solución. Es más, pareciera como si en el terreno de la reflexión feminista sobre la sexualidad hubiéramos dado con la solución. Como si siempre hubiera estado ahí pero no la hubiéramos encontrado hasta hoy. Consentir parece haberse convertido hoy en una receta mágica para todos los problemas que se nos presentan en el terreno del sexo, una respuesta definitiva a todas las preguntas. En primer lugar, porque parece venir acompañado de una extrema transparencia y nitidez: «Cuando se trata de consentimiento, no hay límites difusos», reza el eslogan en la web de ONU Mujeres. Obvio, indudable, autoevidente, el consentir permite delimitar las cosas con extremada precisión. «Puede que las personas que usan estas expresiones entiendan el consentimiento como una idea vaga, pero la definición es muy clara […], no hay líneas borrosas.»¹ Imbuidos de una especie de espíritu cartesiano, hemos encontrado en el consentimiento una idea clara y distinta. Y esperamos de él que sea no solo una herramienta para delimitar jurídicamente la violencia, sino también una exitosa manera de asegurar un buen sexo. Consentir, se dice, garantiza la comunicación sexual y la comprensión mutua, es decir, sirve para deshacer los malentendidos y los aspectos desagradables de un encuentro sexual. Como afirma Joseph J. Fischel: «El consentimiento entusiasta, del que podemos inferir deseo, no solo es el punto de partida para el placer sexual, sino que prácticamente lo garantiza».² Así pues, parece que hemos dado con algo capaz de contener tanto una garantía frente a la agresión como la extraordinaria promesa de un sexo deseado, placentero y feliz. ¡Y todo ello encerrado, además, en una fórmula facilísima! Una muestra especialmente representativa de la gran confianza que hoy depositamos en el hecho de consentir la encontramos en el libro de Shaina Joy Machlus La palabra más sexy es sí, donde la autora afirma: «[…] el consentimiento es algo muy sencillo. Resulta fácil de entender y practicar y, aparte de evitar la violación, es un factor de empoderamiento y anima a disfrutar del sexo», «el consentimiento sexual es igual a sexo increíble».³
Esta carta de presentación con la que el consentimiento sexual ha tomado protagonismo en la actualidad caracteriza también el modo en el que se ha abierto paso en el debate público español. La reforma del consentimiento incorporada en la Ley Orgánica 10/2022, de 6 de septiembre, de Garantía Integral de la Libertad Sexual ha venido envuelta en una enorme polémica mediática, política y judicial.
Pero sus defensores lo han reducido todo a una disyuntiva clara y sencilla: habría quienes quieren que en nuestras leyes esté el consentimiento y habría quienes no quieren que esté. El consentimiento –supuestamente obvio, unívoco y claro– tendría como único obstáculo unos jueces machistas que se niegan a incorporarlo a la ley. Si la cosa es así de simple, parece obvio que la solución desde el punto de vista jurídico es facilísima: hacer que las leyes simplemente lo requieran en lugar de ignorarlo. ¿Podría acaso estar todo más claro?
La cuestión de fondo, sin embargo, es enteramente otra. Lo que todas estas apelaciones a la claridad obvian es que estamos ante un asunto de extrema complejidad. Las dificultades que implica legislar sobre esta materia tienen que ver con un problema político, es decir, remiten a algo prejurídico. Lejos de ser algo claro y distinto, algo evidente, algo que se comprende de modo inmediato y que todos entendemos igual, el consentimiento esconde en su interior una enorme ambigüedad y, al mirarlo de cerca, más que respuestas, nos plantea preguntas. «Parece una palabra simple, una noción transparente, una bella abstracción de la voluntad humana. Sin embargo, es oscura y espesa como la sombra y la carne de todo individuo singular.» Geneviève Fraisse escribe en 2007 Del consentimiento para enfrentarse, justamente, a esas dificultades que los discursos dominantes parecen decididos a obviar.⁴ La gran aportación de su libro es que recorre las polisemias ocultas en un concepto inseparable de muchas de las batallas políticas y legales que las mujeres han librado para conquistar derechos. El consentimiento, ligado desde el derecho romano a la figura del contrato, ha sido central para pensar el matrimonio como un pacto mutuo, para defender el derecho al divorcio o para otorgar a las mujeres capacidad de negociación en cualquier actividad relativa al trabajo sexual. Pertenece en particular al lenguaje del contractualismo liberal y es una piedra angular del proyecto político moderno, construido bajo la premisa en la que a su vez se asienta el derecho: que los sujetos mayores de edad pactamos libremente ante los otros y ante el Estado. El consentimiento, dentro de la filosofía moderna, hace posible distinguir el imperio de un poder ilegítimo –que se impone a través de la fuerza y la coacción– del orden social construido a través de relaciones civiles libres. De él depende nada más y nada menos que la diferencia entre la libertad y la sumisión. Sin embargo, el consentimiento encierra también un sentido antagónico. Como si tuviera dos caras, como si pudiéramos mirarlo del derecho y del revés, el consentimiento es en sí mismo contradictorio. En
