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Toda esa gente
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Libro electrónico590 páginas8 horas

Toda esa gente

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Este escritor, nacido en Támesis Antioquia, hizo de la escritura su vida y su mayor pasión, sin que le importara nada más. Ganador del premio de novela Vivencias, en 1979, con su obra: Cuando pase el ánima sola, escribió relatos, cuentos, crónicas y novelas, y ejerció la docencia por muchos años. Murió en el 2007 en Medellín. De su vasta obra, publicada por la editorial EAFIT, destacamos hoy, Toda esa gente y el Diario de un escritor.

A través de las muchas historias aquí narradas, el lector encontrará personajes sólidos y complejos; una gama de sentidos y caracteres diversos; hechos interesantes; anécdotas divertidas; e incluso comportamientos inauditos; todo ello mostrado con acciones y descripciones, fruto de la meticulosa observación y de la maestría de la que Mario Escobar hizo gala a lo largo de toda su producción literaria.
IdiomaEspañol
EditorialUniversidad EAFIT
Fecha de lanzamiento27 ene 2022
ISBN9789587207347
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    Toda esa gente - Mario Escobar Velásquez

    Capítulo primero

    CUATRO PERROS

    Los cincuenta años de vida hacen una edad gris. Cuando se llega a ellos, cuando se arriba como mal dicen las retóricas, quien los cumple sabe que no ha sido ninguna subida y sí un descenso, y que, sencillamente, uno ha ido gastado la vista, que sirve para de lejos y no para cercanías. Y se ha gastado el oído, que no capta ahora sutilezas, y la memoria se ha vuelto lenta y tortuosa, y prefiere las conexiones largas y enredadas a las inmediatas. Una memoria curiosa que recuerda a la perfección sucesos de hace cuarenta años, pero que olvida lo acaecido anteayer. Una memoria distraída que hace que uno se pare, a veces, en el cuarto a donde ha llegado, a inquirirse largos ratos a qué ha venido allí, porque en los pasos de venida lo ha olvidado. Y la piel ha perdido elasticidades, y ha recolectado –no se sabe en dónde– pecas. Unas pecas como de mantequilla rancia, que afean: van por el dorso de la mano, y suben: son la marca de los viejos.

    Hace mucho que uno ha consolidado balances de la vida, y hallado que está a debe. De una manera o de otra uno ha dilapidado lo suyo. Ha malversado las horas. Ha ido desgastando todo, desgastándose en todo, y entendiendo que cada día está más desfasado con lo que fuera suyo: con la esposa, con el hogar, con los hijos. La camaradería y la unión que parecieron indisolubles e insobornables han ido colándose por las fisuras inevitables de la rutina, por los agravios mínimos que a la larga causan erosiones graves como las de un agravio mayor, por las pequeñísimas heridas que se dan o se reciben y que a la postre forman una herida suma que entorpece.

    La unión de dos que creyeron que un día se unían sin menguas ha ido debilitándose y se ha convertido por una magia mala y no deseada en dos soledades amplísimas, inentendibles. Y en esas dos partes que fueron una unión un día, o que la esperaron, hay una inercia capaz de transportar todo, pero el amor –si lo hubo– ya no está, y ha quedado un mal reemplazo que se llama costumbre.

    Y está el cansancio de lo vivido. Un cansancio que pesa, que es en sí un otro fardo para llevar. Un cansancio que tiene que ver con lo que ha ido sabiéndose: que no se va a ser ya nunca el más sabio de la región o del pueblo, ni el más rico, ni el más ponderado. No es lo que se supuso de joven que se sería: lo que se llegaría a ser mediante sus esfuerzos y capacidades. Pero nunca lo fue: se fue una medianía. Una de tantas como hay. Un don nadie entre los don nadie, sin tiempo –ahora– para tornar las cosas, ni fuerza para tornarlas. Hasta las ambiciones de ser algo se acabaron, y uno se ha resignado a lo que parecía irresignable: a ser la medianía que es.

    Ya no quiere sino una cosa: paz. Solamente eso: ser un don nadie en paz, quieto, sin afanes, sin preocupaciones. Pero eso tampoco lo consigue, porque la vida es guerra. La paz es quietud y la vida es movimiento. La paz es inercia y la vida es dinámica, y puesto que se está vivo con cincuenta años de recuerdos a cuestas, no se tiene la paz: la vida no la da nunca. Esta viene –tal vez– con la muerte.

    Tampoco se tienen a esa edad ambiciones ningunas: de una u otra manera se ha sabido que no tener ambiciones es igual que tener cómo satisfacerlas, pero que lo primero es más sencillo. En otras palabras, no querer ser sabio es ya serlo, no querer tener riquezas es ya disfrutarlas, no ambicionar nada es tenerlo todo.

    Ya, tampoco, se espera nada. Ya se sabe que el universo es hermoso pero monótono después que ha terminado uno de descifrar su porción inmediata, y sabe que la rutina, que es lo que lo ha oxidado y envarado, es también cómoda. Cómoda en el consuelo o el desconsuelo: uno se deja atar y la rutina lo lleva.

    Ya los hijos han crecido y hacen sus vidas propias. Vida propia significa exclusión de su vida a los padres, y queda un cariño, una unión elástica que no es la unión estrecha de antes. La familia, como la entendió el padre y la vivió, desaparece sin más, y apenas quedan unos individuos que tienen un pasado en común, pero a quienes los pasados no interesan mucho porque el pasado no tiene interés más que para los viejos que lo consideran siempre mejor que el tiempo actual. Es lógico, tal vez, si es que en ese pasado fueron jóvenes, sin entender bien lo que es la juventud: esta no se entiende bien más que cuando se ha perdido. Es paradójico, pero es como es: se es joven no solamente sin comprenderlo, sino sin merecerlo. Y hay un agravante: los jóvenes no necesitan de los viejos, tienen en sí todo el calor que necesitan. Pero el viejo, que ha entrado en una región fría, sí necesita de los jóvenes. Pero es una necesidad que se oculta como una necedad: uno la recoge y la tapa como a una lacra. Y se hace creer a sí mismo que bien puede bastarse: pero no se basta, ahora.

    Con algo más de los cincuenta años encontramos a Cuatro Perros, que en una de sus mulas mejores va de Buenos Aires a Jericó, navegando el barro de invierno. No fue nunca de mucha alzada ni de mucha talla: es más bien menudo, hoy como ayer; hoy un poco más grueso, solo un poco más, porque el lidiar con muletos, amansándolos, no deja que la grasa se acumule. Bregar con ellos, los soles a la espalda, o la lluvia, necesariamente mucha fuerza a la vez que mucha suavidad en las muñecas y en los brazos. Cuatro Perros, siempre con los ojos verdes, tigrosos, y siempre la barba rubia, y tostada la cara, y siempre los dientes menudos y nacarados asomándole por entre las sonrisas de a veces. Los tiene completos, con sus muelas: treinta y dos piezas. Han sido lo que más ha querido en la vida. Desde niño les ha dedicado una buena parte de cada jornada. Ha tenido siempre a mano numerosos listones de limoncillo, cuyas puntas aguza con una curia infinita valido de una navajilla de muchos filos, y con esas puntas hurga por entre cada intersticio. Ha usado hojas de guayabo para frotarlos porque son ligeramente carrasposas, frotaciones que extiende a las encías, rosadas y firmes. Y luego de cada comida los lava con unos paños muy limpios, untados de jabón, y luego los enjuaga con bicarbonato. De él se dice que, en camino, si no tiene a mano sus paños de limpieza, prefiere no comer. Y es tal vez don Francisco, a quien le abreviaron el nombre, dejándolo en Quico, el único personaje de la región que a sus años tiene la dentadura completa, y limpia, y sana.

    A su modo se inventó los cepillos de dientes. Había ideado, desde joven, algo como eso: una pala con pelos rígidos, bien empotrados para aguantar fricciones, y un mango. Pero en su pueblo, alejado de la capital y ayuno de industrias, nunca halló los materiales deseados ni las herramientas para procesarlos. Y para comercializarlos, pues les veía las posibilidades. Ensayó cuanta fibra tuvo a mano: con el fique, con el cáñamo, con raicillas de plantas, con fibras de los tallos. Y algunas no daban rigidez, otras se pudrían rápido con el uso, otras eran escasas y no se podrían industrializar. A más, sus herramientas eran burdas, destinadas a menesteres menos finos, y entonces sus cepillos eran toscos y mal acabados. De todos modos, como lo que le interesaba era menos industrializados que tener sus dientes limpios, cuando conoció un pincel de los que usaban los pintores, que recortó para que las cerdas fueran rígidas, acabó sus ensayos porque con el pincel cepillaba.

    Cuando los cepillos para dientes llegaron, industrializados y comercializados, él pensó que en algún otro país había otro Cuatro Perros con máquinas mejores y mejores materiales que había inventado el adminículo lo mismo que él, porque era así como lo había concebido desde años atrás. Solo entonces, en posesión de buenos cepillos, abandonó los listones aromados de limoncillo y sus paños de frotación, pero nunca abandonó el jabón por la crema dental, pues decía que esta no limpiaba bien, sin penetrar.

    Va en su mula mejor, navegando el barro. Usa camisa de manga larga, parda. En el carriel lleva el invariable revólver del 0.44 de cañón corto, y una bolsita de dril llena de tiros, y sus ojos desconfiados no dejan de escudriñar cada curva que se avisa adelante, de interrogar a cada recta, de barrer cada cañada. A nadie le ha dicho que viajaría, pero le parece que lo esperan. Las gentes de Tolosa, que tuvieran motivos para tomar venganzas en él, han muerto hace mucho: en la batalla última que dieron, o en los recovecos de la vida, después; pero las desconfianzas de Cuatro Perros no han muerto, y las supone por allí –aún e inverosímilmente–, y va con los ojos por avanzadillas y con los oídos por retaguardia, precavido. Va como ha ido siempre, tomando con la mano hojas y ramitas, y estrujándolas entre los dedos: les toma el olor. Luego el sabor, llevándolas a la boca, mordisqueándolas y saboreándolas. Las mastica hasta que son un grumo, y las escupe. Es una costumbre heredada de su abuela, la Ñata, y sabe entonces de los tonos de lo dulce, de lo ácido, de lo suave y de lo picante, de lo agreste que las plantas tienen como su carácter.

    Va pensando –y entorna los ojos al pensarlo– que cada día le gustan más las muchachuelas. Y que es, cada día que pasa, más rijoso, y más capaz de desempeñarse bien con ellas: lavanderas, bajo un guayacán; criaditas de la casa, afuera en los cafetales, sobre costales y ruanas; hijas de sus mayordomos, en los mangones soleados y solos. Piensa con complacencias y en meandros que se hace que las ratitas tiernas son para los gatos viejos que saben masticar bien, y hace desfilar por los vericuetos de la memoria toda una larga teoría de mujeres habidas: todas jóvenes y ardidas en el fuego que juntos prendieron. Un fuego secreto, para dos. Un fuego que él transportaba de una a otra. De un cuerpo que se apagaba a la larga a otro que se prendía. La vida era eso, y era mejor que criar mulas o vengarse. Para amar era siempre joven, pero sapiente, y ¡gracias a Dios!, lo único que no acusaba deterioros era su sexo. Piensa que aplica la ley del embudo, lo ancho para él y lo estrecho para Luisa, su esposa, y se dice que él no hizo la ley tal aunque se goce de su disfrute. Y se dice, aunque no lo admitiría ante ninguna, que a ellas y a las mulas hay que adiestrarlas y que es cosa de paciencias muchas y sabidurías añejas. Y sonríe, resabido.

    Piensa en la abuela, y se dice que ya se habrán desecho sus huesos, que la cal de que estuvieron construidos debe haberse reintegrado hace tanto a las profundas calizas subterráneas a donde van disueltos por y en el agua los huesos de todos los que fueron. Piensa que si ejerciera el conocer heredado de la abuela encontraría clientela rápidamente, y que solucionaría así tus trastornos económicos y de una vez por todas. Lo buscan, mucho, para que medicine, cobijado por la imperecedera fama de la abuela. Pero se dice que no, que no le gusta mucho la gente, que no le gusta conversar con ella, que no quiere interrogarla ni oírla quejarse, que no tiene conmiseración de sus dolores, y que así no sería justo con los enfermos. Al pensar en la abuela los ojos se encharcan en amores. A nadie quiso ni admiró más.

    Piensa que nunca ha trabajado en serio. Que el yegüerizo y las mulas han sido a la larga una manera de gastar el oro de la abuela, divirtiéndose. Que siempre ha ido a pérdidas, y que ahora se acaban los ahorros y que no sabe qué hacer. Tiene aún una obligación pesada, y en los últimos diez años ha ido deshaciéndose de una finca, y de otra, y de un hato de ganados y de otro. Porque en donde se saca de continuo y no se echa se acaba: que él, Cuatro Perros, no ha hecho sino sacar, nunca ha echado. Y se reprocha. Tiene dentro de sí malas palabras para sí mismo. Se dice que no es sino gastador, no hacedor. No es buen negociante, no le gusta curar, no les pone cuidado a las fincas: se distrae con sus mulas, pero que eso no es trabajo y no produce.

    Mientras piensa va atento a la mula. La mano, sabia, transmite instrucciones con la rienda, y las rodillas, atentas, corrigen mañas, como todo buen jinete que apenas precisa de las riendas pues todo el trabajo lo hacen las piernas.

    Va en sus pensares al banco de Jericó: allá tiene sus últimos ahorros. Esos, con su casa propia, con la casa de la abuela de la cual no ha querido deshacerse, y con algunas mulas y ganados, es todo lo que queda de los oros profusos y amarillos que ella le dejara. Todo lo ha comido él, con su familia enorme. Todo lo ha masticado, de a pocos. Casi nunca hubo en casa menos de veinte bocas que masticaran cuatro o más veces al día. Todo lo masticado salió de ese oro. Esas bocas devoraron haciendas, muladas, casas, ganados, préstamos en interés, bonos hipotecarios. Ya Cuatro Perros no es rico, y siente dentro de sí mordiéndole las tripas, el desespero: pronto no habrá de dónde sacar.

    De hace meses, a raíz de sus preocupaciones por el oro que se acaba, y que alguna vez creyó inagotable, ha revivido, ahora sí con urgencias y necesidades, no como antaño con meras curiosidades, la certeza de que el tesoro de la abuela era mayor y que él tuvo solamente una parte. La certeza de que el indio escondió lo mayor en algún lugar, con marrullas de indio. Ha hecho las viejas cuentas de sesenta y más años de recetar de la abuela, y los réditos consiguientes. Trae a las circunvoluciones del cerebro el desfile incesante, innúmero, de enfermos: día tras día, uno tras otro, hasta los festivos. Sin descanso. Y suma las monedas que tuvo y compara con las que deben ser, y halla un saldo muy crecido que debe estar escondido en alguna parte.

    Se hizo enseñar de un viejo guaquero la técnica del garabato: una horqueta de sauce, bien seca la madera, con corazón blanco, que al ser sostenida así y asá al ir caminando señalaría los emplazamientos del agua o del oro, porque se agitaría hacia abajo muy perceptiblemente. Nunca había dudado de que funcionara, pero fue grande y hermosa la sorpresa que tuvo cuando la sintió chapalear violentamente en las manos, como un pez que se debatiera y quisiera escapar, yendo por el patio enorme en la casa de la abuela en una de sus búsquedas del tesoro. Y el guaquero, traído a opinar, que sintió igualmente los chapaleos, dijo:

    —Hay agua aquí debajo, y mucha. Ese pozo estuvo bien sembrado.

    El guaquero le dijo que las sacudidas que causaba el oro no eran tan violentas, y él se aplicó a aprenderlas hasta que fue capaz de hallar en un potrero grande la moneda que su maestro escondía. De hallarla siempre, aunque se gastara varios pasones y estuviera enterrada superficialmente, él cruzando el campo como si lo arara muy fino.

    Pero aunque con la varita inclinada cribó todos los terrenos posibles no halló nada.

    Entonces se dedicó a pensar como el indio. A ser el indio, de alguna manera. Sabía que ni disponiendo de centurias sería capaz de recorrer con la lentitud debida los posibles terrenos por donde el indio pudiera haber ido a guardar monedas y monedas. Había empezado caminando como él, a respirar como él respiró, a pensar como él, a pararse en alguno de los parajes que él frecuentó de antes y a mirar con atención a sus posibles escondites con los ojos de un indio malicioso.

    No le valió.

    Decidió ser, entonces, como la abuela, y la imitó en todo, menos en sus babas y en sus parálisis, que habían sido cosa de los últimos años y tuvo inquisiciones para los vallezuelos, las cañadas, el asentamiento de las rocas grandes.

    También fracasó, y por eso iba a Jericó por los ahorros últimos, una garra de terror apretándole el corazón.

    De vuelta, sorprendido de lo poco que tenía ahora, él que había tenido más que mucho y más que suficiente en todos los siempres de sus días, y a quien de no llamarse Cuatro Perros le hubiera gustado que lo llamaran don Mucho por lo rumboso que era, traía la cabeza metida entre los hombros como una cuña mal labrada, traía los pensamientos pesándole en la cabeza, traía pozos de amargura dentro de sí y en ellos se ahogaba. Venía pensando en cómo estirar lo que era inestirable, en que tendría que vender la casona de la abuela, y que entonces ya no habría más nada a qué recurrir.

    Nada más llegar y atender a la mula se fue a la casona de la Ñata, que había estado cerrada todos esos años y acumulaba dentro de sí los olores de lo estático, los polvos que aparecen sobre las cosas inmóviles. Y pensando como la Ñata, queriendo ser ella, empezó una búsqueda tenaz y casi desesperada, sin el carácter sonriente y casi deportivo que tuvo la primera, signada la de ahora por el imperativo de la necesidad. Empezó por el cavernoso sótano y no dejó rincón sin escudriñar. Interrogó a la tierra con caracteres de conocedor, luego de darle una prolija barrida para quitar las basuras y los terrones en procura de los pequeños desniveles que siempre deja un hueco que ha sido relleno sin apisonamientos. Y les buscó, con oídos de músico, los sonidos a cada estacón, a todo poste de la mampostería, a cada viga travesaña, porque los sonidos no solo dicen del estado de la salud de la madera, sino de si llevan por dentro de sí partes huecas.

    Luego en la casa, un día tras otro, solo, entelarañado, movió trebejos, movió muebles viejos, los desarmó, auscultó paredes. En la bolsa de costuras de la Ñata que había permanecido sin que la tocaran por más de dos décadas, halló veintinueve antiguas monedas de las de mayor precio, ahí en el fondo, entre hilos de otras épocas, amarilleados, y agujas ofendidas por el óxido y pedazos de cinta venidos a menos. Esas monedas, crecido el precio del oro, resolvían algunos apuros, pero no la situación.

    Pasaba noches febricitantes en la cama, dándole vueltas al territorio escaso del colchón de plumas, perturbando el sueño de su compañera, queriendo pensar como la Ñata, siendo ella, fingiendo a las últimas; y cuando nadie lo veía, imitaba las parálisis últimas y sus torcimientos de boca por forzar a su cerebro a esas identidades, repasando toda la ciencia de ella que él guardaba consigo, queriendo estar en la época que ella tuvo y respirar el aire que vició.

    Una madrugada en que sus ojos estaban ardidos como si les hubiera caído arena y se hubiera refregado, lo vio: el pozo. ¿Qué podía estar más a la mano, más inadvertido por la familiaridad y la cotidianidad, y más relativamente difícil de expoliar sin el conocimiento del dueño de la casa, que el pozo en el patio de la casona, a cuya hondura iban de noche las estrellas a mirarse en el espejo caído, circular y quieto y frío?

    Se levantó. Luisa echó mano del reloj de tres tapas y de oro que él usaba, y le dijo mirando fosforecer en la oscuridad las muestras:

    —No sé si se ha dado cuenta de que apenas son las tres de la mañana.

    Él contestó:

    —Sí. Lo sé. No puedo dormir. Duérmase usted, que yo me voy a pensar al corredor.

    —Se le va a gastar la pensadera.

    Y para allá se fue, debajo de la enorme ruana peluda, y podía oír cómo la torre con su reloj se deshacía de las horas, dejándolas caer. Por las cuatro y media su mujer le llevó un tazón de café, y antes de las cinco, en esa claridad de ceniza, se fue al pozo y se puso a darle a la roldana para sacar el agua del día, que vertía en un tanque. Después desmontó y engrasó el trajinado aparato y marchó al sótano a munirse de unos estacones, y del cuarto de los aperos sacó cuerdas para subir los baldes con los sedimentos, y por las cinco despertó al Tuerto Martín Emilio, uno de sus hijos menores. Este se levantó malhumorado: con Julián, uno de los mayores, había heredado el gen defectuoso que torcía sus ojos, y que llegó a la familia con doña Luisa. Con él, con Martín, nunca podía uno saber exactamente hacia dónde estaba mirando, y para su mal lo habían aprendido algunos perros agresivos y algunos condiscípulos molestos.

    Cuatro Perros le dijo:

    —Vamos a achicar el pozo de la casa grande.

    El Tuerto se fue rezongando, y el padre se enojó. Andaba hacía días con el carácter difícil. Lo hizo volver para preguntarle:

    —¿Qué iba diciendo?

    En la voz del hombre había filos como recién salidos de la badana, cortantes, y el muchacho se achicó de una. Se buscó una buena réplica:

    —Que siquiera es verano, y estará bajito para achicarlo.

    —¡Apúrese!

    Se fueron, y luego de instalar sus parapetos empezaron a sacar agua, a baldados enormes. Era aburridor, aunque no cansaba pues el trabajo lo hacía la roldana. Por las diez de la mañana no había más agua que pudiera sacar el balde, y Cuatro Perros se sujetó un ancho cinturón de cuero, y de él se amarró al cable de la roldana, y puso el pie en el gancho. Le dijo al Tuerto:

    —Voy para abajo. Suelte de a poquitos, y lento. Y le pone atención a lo que le digo: este pozo no se limpia desde hace cincuenta años, y debe estar abajo depositado todo el lodo que imagine.

    Abajo era otro mundo, distinto: frío y oscuro, con resonancias extrañas. Cuando tocó fondo y empezó a hundirse en el légamo, casi grita porque lo saquen, pero supo aguantarse y cuando el empeine en donde estaba el sexo iba sumiéndose en esos barros que tragaban ávidos, el pie tocó alguna firmeza que lo tuvo parado. Sin soltarse el cinturón silbó, para hacer saber que tocaba fondo como lo había especificado. Miró hacia arriba, y la luz parecía estar a siglos. Ese era un pozo de tierras altas, y el nivel freático estaba hondo. La columna de la luz iba adelgazándose, y temblaba, y su tapa luminosa, arriba, no parecía más grande que una moneda. Pálidas, flotando en esa tapa luminosa, veía algunas estrellas. Sentía unas ganas enormes de salirse, se sentía como oprimido. Antes de bajar le había dicho al hijo:

    —El cable de que estoy amarrado lo fija al caballete: no lo deje suelto ni por un momento por si tiene que subirme de afán. Y con el otro tiene muchos cuidados al subir y al bajar: mire que es hondo, y que cualquier cosa que se caiga me descalabra.

    Le bajaron el balde, otra vez, que taponaba la luz, y en él venían una pala con el mango cortado, y una botella de aguardiente para que se calentara. Del gollete tenía amarrada una cuerda, y de ella una clavija larga de madera: la clavó de una pared luego de beber largamente, y empezó a llenar el balde. Había dicho además:

    —Vacía los baldes a un lado. Si ve algo que no es tierra, me silba.

    Y los baldes subían, uno tras otro. Abajo resonaba magnificado el cric-crac de los dientes de la roldana, y él oía todo, pero el silbido no. Se ahogaba en los desesperos, en los miedos de haberse equivocado. Pero a las tres de la tarde, luego de cinco horas de palear como loco, la pala rozó algo que gruñó con gruñidos metálicos. Extendió la mano y halló un estribo. Lo sintió pesado al tacto, muy mucho, y sin óxidos. No se atrevió a suponerlo de oro, pero sí de plata: lo puso en el balde, y a poco oyó un silbido. Preguntó, bajando la voz porque allí tenía resonancias de trueno:

    —¿Qué es?

    —Un estribo, papá. Y creo que es de plata.

    —Ráspelo con la navaja.

    —Ya. Creo que sí es.

    Siguió sacando sedimentos. Cuando se hubo destapado a sí mismo y había consumido otra botella de aguardiente, que allí abajo, con ese frío apenas si se sentía por las venas, calentando, tocó con los pies desnudos algo duro: se agachó a recogerlo, y tuvo en las manos ateridas que la reconocían una moneda pesada. Supo que su larga búsqueda había terminado bien. Silbó para que lo izara el hijo, y se bañó en el tanque. Se puso ropas secas, y almorzó. Dijo luego:

    —Vaya por hamacas y mantas. Dice que nos manden la comida. Vamos a amanecer aquí. Se trae la carabina y el revólver, entre costales.

    Cuando el hijo se marchó, metió dentro de la casa el parapeto que había sostenido la roldana, y esta misma, y se puso al sol: no se cansaba de recibirlo, después de esos fríos de abajo. Se sentía construido en hielos, y de fríos interiores. El sol picante del verano le daba de lleno, y silbaba. Sacó la moneda por verle la fecha, y era de cincuenta años atrás.

    Al otro día tuvieron rutinas: sacar más agua, pues el pozo la había recobrado, y luego balde tras balde de sedimentos, que cribaron después. Obtuvieron más de dos mil monedas: muchos kilos de oro, que fueron llevados de a pocos, en costales nuevos, sobre lomo de caballo.

    Se tornó prudente, de un día para el otro. Antes había sido manirroto, pero ya sabía que toda cantidad, por grande que fuera, era susceptible de agotarse. Y ahora sabía de las angustias que brotaban de estar sin respaldos económicos. Las monedas, que vendió a joyeros y coleccionistas le reportaron más de lo que el Banco de la República retribuía, y se fabricó su propio escondite: ahora sabía que el oro no se desvaloriza nunca, que siempre va de alza como el vapor.

    En su tarea de cribar sedimentos del pozo había entendido bien a la abuela: las monedas salían del barro espeso y negro como del cuño, intacto el brillo recóndito, íntegras en su redondez, sin máculas, sin óxidos. Se desprendían de la suciedad con una facilidad suma y asumían su color de paraíso, brillando sobre la malla como amaneceres redondos, de verano. Supo que era la incorruptibilidad del oro lo que lo hacía tan preciado de los hombres, a más del misterio que iba en su peso, enorme con relación al tamaño. Una moneda de oro se sentía en la mano, atraída de fuerzas de la tierra. Parecería que la tierra amaba el oro y tiraba de él con fuerza. El oro era eterno de verdad, con una eternidad que no conocían las cosas que sufrían transformaciones: nada podía afectarlo ni cambiarlo. Era un metal maravilloso, con muchas cualidades divinas, y sí que debió crearlo Dios y amarlo. Ahora don Quico veía todo amarillo, como de oro, y rezaba: por el oro que existía y era codiciado, por la Ñata que lo atesoró.

    A su modo empezó a ser avaro. Casi que adoraba el metal amarillo. Mantenía en los bolsillos dos o tres monedas, y las acariciaba. Se pasaba horas enteras contemplándolas, procurando descifrar los porqués de sus brillos y sus pesos, y les sentía el calor inmediato, de cosa viva, que adquirían al contacto de la mano, y que les perduraba ratos, recóndito. Y le dolía cada moneda de las que tenía que desprenderse como la arrancadura de una muela, y dilucidó por siempre que la avaricia es amar el oro como un fin, no por lo que trae como un medio.

    Antes de cumplir los cincuenta y cinco años liquidó el yegüerizo y las mulas que iban a pérdidas como de costumbre, y la finca para tenerlos, y se hizo a un capital que le rentaba. Como dejó de bregar con animales y empezó a engruesar, se cuidaba mucho. Cada semana se pesaba en la báscula de una compra de café, y si había ganado alguna fracción de libra se castigaba con mermas en la comida hasta volver al peso que se toleraba, porque odiaba los cuerpos fofos que las personas se conseguían al compás tardo de sus molicies. Se había dejado los animales mejores para su uso, y el garañón de Tolosa, que envejecía en buenos pastos, sin trabajo.

    Por entonces le ocurrió lo que sería más trascendente en su vida, y acabaría con sus vanidades. Como siempre que iba a caballo tomaba pedacitos de hojas y de tallos de las plantas a su alcance, y las molía entre los dedos para tomarles el olor, y si este prometía, el sabor, llevándolos a la boca y masticándolos. Su mujer se burlaba de él cuando lo acompañaba, diciendo:

    —Quién sabe cuántos gusanos y cuántos bichos se habrá comido usted, así, sin darse cuenta.

    Él se reía, y sus dientes le brillaban con su brillo de siempre y antiguo, un brillo de diente de animal de presa. Pero no cejaba. Decía que maña vieja no es resabio. Lo cierto es que lo hacía de un modo casi automático, casi sin darse cuenta. Hasta que un día una planta que nunca pudo identificar, actuó. Sola, o en compañía de otras: casi que de un golpe, y sin aviso previo, sin sangre ni dolor, y limpios hasta la raíz, los dientes y las muelas se desprendieron de sus alvéolos. El primer anuncio lo tuvo cuando sintió la boca como con algunos huesecillos, y al escupir los escupió: lo que más quería. Se bajó del caballo, perplejo, y puso las piezas desprendidas en un pañuelo rabo de gallo, y en él siguió aparando las otras que se desprendían en sucesión. Por primera vez en la vida conoció el terror: un terror enorme ante lo desconocido, que actuaba de esa manera sin antecedentes, y tornó al galope a su casa, mudo, pálido, desolado, convertido de pronto y en menos de media hora en un anciano de carrillos chupados, cuya sonrisa sin brillos parecía oscura como la de una cueva honda. Y en la casa lloró, sobre el hombro de su mujer, unos llantos que desconocía. Se sintió privado del tesoro mejor, y supo lo que era perderlo todo. Nada le había importado tanto como los dientes: de verdad, ni el oro. Lo hubiera entregado íntegro porque sus piezas dentales tornaran a sus sitios.

    Conservó por siempre en el pañuelo rabo de gallo, y en el carriel, las treinta y dos piezas intactas. Y en sus conversaciones las traía a cuento, y las mostraba. Cuando murió hallaron a mano un papelito en donde rogaba que lo enterraran con ellas, lo que se hizo.

    Dos o tres noches después empezó a funcionarle el caletre, despacio primero y acelerado después, para admitir la conclusión que siempre tuvo por cierta: el jugo de alguna de las ramitas que había masticado era capaz, en minutos, y sin dolor ni sangre, limpias, de desprender las piezas dentales de las encías y el hueso.

    Después de esta conclusión no le importó tanto la pérdida de sus dientes. Al fin y al cabo él, con esas piezas intactas, era una excepción entre las gentes de su edad, las cuales desde temprano en la vida usaban unas cajas dentales de pasta, que mal engañaban la vista y que en sus primeras posturas tenían que ser domadas por las encías, o era quizá al contrario porque causaban en ellas callos. Don Quico asoció la pérdida suya, sin dolor ni sangre, con lo que había oído decir de lo terrible que era la extracción de una pieza dental, y lo más terrible que era no extraerla cuando era preciso, y pensó qué fuente de riquezas tendría a mano si él concentraba en un líquido la virtud de no sentir la extracción, como le había ocurrido a él. De golpe lo tomó la ansiedad de saber, y ensillando el caballo tornó al sitio de la revelación. Ató el animal a un árbol del camino, y se puso a caminar al lado de las barrancas hasta que le dolieron la espalda y los ojos buscando matas que dieran señales de haber sido desprendidas de alguna de sus partes. Iba obseso, ya sin dientes, arrugada la cara, hablando por entre las encías, para sí, y parecía loco. A muchas de las plantas las conocía y les sabía al dedillo sus propiedades. A esas las descartaba de inmediato. Pero otras –la mayoría– le eran desconocidas. Nunca hubiera supuesto que hubiera tantísimas clases de plantas y plantitas. Él conocía más de mil, pero en una cuadra del terreno él halló más que esas, distintas. Sin embargo, en su desconocimiento, decidió experimentar. Y como no había ser humano que conservando sus dientes quisiera experimentar con masticaduras que pudieran dar al traste con ellos, con una paciencia de Job, don Quico se agenció un plantel de perros y empezó a experimentar con ellos sus unturas. Era una labor difícil, porque los perros no querían colaborar, aunque algunos a la larga aprendían lo que de ellos se quería y nada más verlo arrugaban el belfo y mostraban la dentadura, un poco molestos.

    Pero después de meses de experimentar no tenía el menor de los resultados. Había ya usado destilaciones de todas las plantas que había en el barrancón que le resultó adverso, y entonces, obsedido de sus ideas, llegó a la conclusión de que el efecto que él experimentó no lo había producido el zumo de una sola planta, sino el de dos, combinados. Empezó, entonces, al azar, a efectuar combinaciones, ingenuo como un neófito y así de empecinado. Pero un día su hijo Luis Eduardo, que era hermano cristiano y que gustaba de las matemáticas, le demostró que en la eternidad no había tanto tiempo como el que se requería para esas combinaciones, puesto que si había más de quinientas matas en el barrancón del cuento, combinarlas equivalía a multiplicar 1 x 2 x 3 x 4 x 5 x 6 x 7 x 8 … x 500, cuyo producto era más que el número de horas transcurridas desde el inicio del mundo.

    Desistió, a desganos, vencido por la lógica de las matemáticas, y licenció su plantel de perros, y reprochándose con mucha tardanza el haber tirado en su momento el buche de masticados que tenía en la boca cuando los dientes cayeron. Se resignó ante la lógica sin resignarse de no encontrar lo que buscaba, y a estarse sin dientes. En Jericó le habían confeccionado unas cajas dentales, pero no las aguantó nunca más que para masticar. Después se las quitaba. Aparte de que le enredaban la lengua y tenían unos bailoteos de epiléptico cuando quería conversar, se le saltaban bochornosamente al menor estornudo. Eran intolerablemente feas, y esos dientes de pasta no tenían los brillos nacarados que los suyos conservaban aún en el pañuelo rabuegallo. Intentó que el dentista le fabricara con estos propios unas cajas mejores, pero no tenían con qué cortarlos al largo adecuado para que la pasta los aprisionara. Las cajas estaban hechas de un material que sin duda soportaba poros diminutos, porque se impregnaban de salivas y restos de comidas y le olían mal a pesar de las limpiezas cuidadosas. Entonces las ponía entre alcohol puro, pero después de que el alcohol se secaba tornaban a su mal olorcillo recóndito. Entonces las dejó presas entre el alcohol y anunció que quien quisiera verlas fuera hasta el vaso, y aprendió a masticar con las encías las comidas fáciles que le preparaban, y se cuidaba de las encías con los mismos cuidados que antes tenía para los dientes: les estaba agradecido porque no olían.

    Por los sesenta y cinco años se le atoró la orina. Recordó un poco tarde que algún día iba a ocurrirle, porque la Ñata se lo había pronosticado:

    —Eso pasa con los hombres de la familia. Para prevenirlo debes tomar de este cocimiento a tal edad, y de este otro cuando te atores. No lo olvides, porque es un mal terrible.

    Pero él lo había olvidado, y solo recordó con los pujidos dolorosos de su pecho por evacuar la vejiga que se estallaba. Entonces se preparó el cocido para evacuar, y lo logró, pero solo a medias y a costa de dolores.

    Entonces, y casi de las orejas, su mujer lo llevó al médico de Jericó que era su hermano, que había estudiado en París y que era para la familia casi un dios, y este le dijo que la operación era segura y que debería irse a Medellín. Lo había hecho tenderse de lado y desnudo en el canapé y enfundado el dedo en un guante de caucho le había tactado la próstata entrándole el dedo por el ano. El examen lo humilló. Si hubiera sabido no se hubiera sometido al examen y pensó, en lo que tuvo de vida después, que su cuñado, el médico, había abusado y lo humillaba. Lo execró.

    Se negó, de plano, al viaje. Pero no hay quien sea capaz de persistir en las negaciones cuando hay a diario y al lado una mujer que ruega y que a veces llora porque el hermano médico le había dicho: Puede que con la operación te dure, pero si no se opera lo pierdes pronto. Fue entonces cuando por vez primera dejó el ámbito del suroeste antioqueño para hacer el viaje a la capital. En la ciudad supo lo que es ser provinciano, y a las claras, cuando al subir por el ascensor a un quinto piso, y salir, preguntó al acompañante:

    —¿Y nosotros para qué entramos a ese cuartico, que tiembla?

    El acompañante lo arrimó a una ventana, para que entendiera lo del cuartico que se bamboleaba al subir, y Cuatro Perros reculó de una contra la pared, y se aferró a una puerta, temeroso de que todo se desplomara desde esa altura de vértigo.

    Casi no lo despegan.

    Lo llevaron al oculista. Cuatro Perros no se había dado cuenta, por lo imperceptible de su avance, de la miopía. Desde hacía mucho su mundo empezaba al metro, o así, y a menos de eso no existían las cosas pequeñas. En la mesa la mano había aprendido a tantear por la cuchara, que apenas distinguía, y a asegurarse de la colocación del plato, una mancha que a veces humeaba. Y había olvidado el carácter de sus rasgos, y su cara, que era en el espejo y en las pocas veces que se miraba, un borrón oscuro. Cuando tuvo las gafas recetadas y en el hotel se miró por ellas en el espejo, vio a un viejo horrible, de barba, que le devolvía sus gestos de repulsa, sus ascos, sus odios, y le erigía de un solo golpe una decadencia de que él no tenía noticias: la nariz se había curvado hacia abajo como un pico de loro, y las fosas nasales estaban llenas de unos pelos amarillos y blancos que habían brotado de entre sus cegueras para lo próximo, y que se le hacían asquerosos. La nariz, al igual que la frente, estaba constelada de unas antiquísimas espinillas gruesas de las que no había noticias anteriores. Su muequera era horrible, y parecía estúpida. Estudió, descubriéndolas, arrugas y patas de gallo y pecas dispersas, y halló que hasta sus ojos verdes habían descolorido y que la esclerótica se había rodeado de un halo entre blanco y azul, quién sabe desde cuándo.

    Se desconocía, él, pulcro, en ese viejo descuidado.

    Diligentemente procuró arreglar los estropicios: se encerró en el cuarto de baño dotado de unas tijeras, y estuvo despejando de pelos las narices y limpiándolas de espinillas, al igual que la frente. Las persiguió con saña de quinceañera hasta que no quedó ninguna, pero para las asperezas de la piel y para las arrugas no tuvo remedios. Se lavó con abundantes jabonaduras las manos, y volvió, puestas las gafas, a mirar en el espejo al mismo viejo desconocido de antes, un poco más limpio, cara agria, desconsuelo yendo por la curva de los labios.

    Fue a cumplir su cita con el médico, sabiendo bien lo que acaecería en los días próximos a su regreso al pueblo. Como lo esperaba, después de la biopsia, el médico decretaba operación de la próstata. Cuando Cuatro Perros le dijo que volvería porque tenía que arreglar muchas cosas enredadas, el médico aconsejó premuras: no debería descuidarse.

    Iba casi alegre en el regreso. Dispuso todo lo suyo como si fuera a operarse, y más le valiera ser precavido no dejando cabos sueltos. Informó a su mujer del lugar en donde reposaba, pesado y amarillo y hermoso el oro, y de quiénes le debían, y cuánto, y recolectó unas yerbas.

    Le dijo a su mujer:

    —El viaje no fue bueno. En ese Medellín, tan ruidoso, no pude dormir. Eso, o porque la operación me tiene nervioso. Por eso voy a tomar algo que me dormirá: no me despierten hasta mañana. No me interrumpan.

    Había probado con la lengua el bebedizo al estilo de la Ñata, y estaba bien: entumecía de inmediato. Había puesto en ella cinco o seis veces la dosis más alta. La tomó, muy azucarada, y nunca más tornó a verse en el rostro las vejaciones de los años.

    Fue un tipo bragado. Supo cuándo irse, y cómo. No quiso aferrarse a decadencias, para prolongarse en ellas. Entendió que cuando llegan las últimas, uno debe tener dignidad y aceptarlas. Supo que las postergaciones son para mal, que envilecen de necesidad y ablandan de obligación: después se piden más postergaciones, hasta que son negadas y entonces se llega al mismo hoyo.

    Y Alaín lo recuerda en el recuerdo ajeno, y se dice que cuando a él le toque querrá ser como ese viejo que tentó con la lengua los entumecimientos que vendrían, y los aprobó como buenos antes de tomarlos.

    Capítulo segundo

    LA ÑATA. EL INDIO. CUATRO PERROS. LA DANTA

    Cuando el tiempo, que muele los odios y los acaba, hubo cancelado los rencores que Alaín tuvo por sus tías, nacidos en los días en que él estuvo fugado de la casa, y pudo conversar con ellas –unos viejos carcamales casi fósiles– de la Ñata y de Cuatro Perros, no hubo una vez en que no se dijera para sus adentros hondos: Caramba, cómo me hubiera gustado conocerlos. Daría más de un dedo por haberlo logrado.

    Era un deseo imposible, aun pagando más dedos, porque la abuela había sido la abuela de su abuelo, y entre ella y él mismo había cinco generaciones. Ni siquiera podía saber con precisión el parentesco que lo unía a esa lejana antepasada, un parentesco insólito de establecer, cuyo nombre ignoraba.

    Nadie que viva la conoció. Ni siquiera la conocieron físicamente sus bisnietos y bisnietas, que fueron veinticuatro, es decir, los hijos y las hijas de Cuatro Perros. Este era nieto de la Ñata, y cuando ella murió de ciento ocho años, él ni siquiera había pensado en contraer matrimonio. Pero la Ñata vivía con los bisnietos y –extrañamente– a través del padre, para quien la abuela no dejó nunca de estar aunque hubiera muerto: estaba en los actos de cada día, tan viva como cuando lo crio. El nieto no la dejaba desaparecer, y tuvo tan logradamente esa permanencia que cuando él a su vez murió, la Ñata, o su recalcitrante recuerdo de segunda mano, un recuerdo devenido de narraciones, construido de palabras e imágenes de otro, siguió siendo una presencia y una entelequia en los bisnietos, con fuerza decisoria.

    De ella se hablaba como de una persona viva que estuviera en algún lugar cercano, al alcance de las consultas y las decisiones. La describían las tías de Alaín como fue en sus últimos doce años en los cuales permaneció atada a una silla, medio paralítica, hablando menos que a medias, sin que la boca torcida contuviera la saliva que se le escurría, coronada la testa de una pelambre blanca, con una anemia de calavera la piel, y unos ojos que bailaban despiertos y vivaces en las cuencas como dos pepas azules, atendiendo a los enfermos como antes de las trombosis.

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