En torno a la piedra desnuda: Arqueología y ciudad entre identidad y proyecto
Por Andreina Ricci
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En torno a la piedra desnuda - Andreina Ricci
PREFACIO
Siempre que se habla de bienes culturales, sobre todo de los bienes arqueológicos distribuidos por el territorio, afloran sentimientos diferentes y, a menudo, contrapuestos, porque varios son los sujetos que entran en relación (voluntaria o involuntaria, directa o indirecta) con los numerosos restos y ruinas presentes en nuestro país: estudiosos, representantes de las fuerzas políticas, administradores locales, trabajadores de las instituciones públicas responsables de la tutela del patrimonio, representantes del empresariado más vinculado a las transformaciones urbanas y asociaciones culturales y medioambientales.
Sin embargo, entre otros muchos, hay un problema que, por lo general, se pasa por alto: el significado que estas preexistencias tienen hoy en el imaginario de los ciudadanos y sus comunidades, a efectos de elaborar identidades colectivas cada vez más «múltiples» y «diferenciadoras». No se trata de algo superficial, ya que atender el problema o eludirlo puede condicionar políticas de la tutela sensiblemente diferentes o con orientaciones diversas. Y es evidente que se trata de un problema, o de una relación, que todavía está por investigar o resolver. De hecho, más allá del recurso frecuente y mecánico (sobre todo, en ocasiones oficiales o académicas) a conceptos como identidad y memoria, los fragmentos de la ciudad antigua manifiestan una evidente alteridad resultando, en la mayor parte de los casos, indescifrables o incluso invisibles. Está claro que este tema implica a los arqueólogos y su trabajo; o por lo menos, a aquellos arqueólogos que, aun dedicados a fondo a la investigación científica, cultivan también una pasión cívica que les empuja a interesarse por las repercusiones sociales de sus investigaciones y descubrimientos. En otras palabras, si aceptamos que la arqueología es una disciplina histórica de pleno derecho, los arqueólogos no pueden dejar de tener en cuenta, al igual que los estudiosos de otras disciplinas históricas, el uso público de la historia que se ha hecho, y que aún hoy se hace, para controlar el imaginario colectivo.
Desde hace tiempo se está reflexionando sobre cómo, en los siglos XIX y XX, los monumentos antiguos y los vestigios del pasado fueron ampliamente utilizados por la pedagogía política en el proceso de «nacionalización de las masas», encendiendo auténticas «pasiones identitarias». En esta misma dirección es igualmente legítimo, u obligado, preguntarse qué finalidades pedagógicas, en la actualidad, cumple la «puesta en escena» de nuestras preexistencias, y con qué resultados.
Movida, entonces, por propósitos civiles más que científicodisciplinares, he reordenado en este ensayo un conjunto de consideraciones y pensamientos madurados progresivamente en años de excavaciones, de confrontaciones teóricas sobre el método y de experimentaciones didácticas, que me han llevado a reflexionar sobre si, y sobre cómo, los resultados de la investigación arqueológica pueden contribuir a mejorar la relación identitaria entre la ciudad y los ciudadanos, armonizándose con las tramas, en acelerado movimiento, de la ciudad contemporánea.
El escenario elegido es Roma, por la razón de que toda su extensa superficie está llena de una gran cantidad de restos, desde el centro histórico a los tejidos más desiguales de las periferias urbanas extremas y de reciente edificación.
No obstante, he privilegiado Roma por algunas de mis experiencias profesionales. Formé parte, junto con arquitectos, ingenieros, geólogos y expertos en derecho urbanístico, de la Comisión consultiva municipal del Ayuntamiento de Roma desde 1995, y durante casi ocho años; un periodo en que la administración ciudadana, con gran fuerza, se afanó en buscar una nueva «calidad urbana». En esos años, también dirigí el trabajo de elaboración de un mapa informatizado de todas las presencias arqueológicas (romanas y medievales) visibles en la ciudad contemporánea. Estas experiencias han constituido un observatorio de extraordinario interés, que me han permitido ver con mis propios ojos tanto la multiplicidad de soluciones que pueden producir las propias leyes de tutela, como algunas características, significativamente recurrentes, de la obra de salvaguarda. Pero el trabajo de campo y la actividad didáctica en una Universidad (Roma Tor Vergata), situada en los límites de la metrópoli, también han enriquecido posteriormente, con estímulos e interrogantes, mi recorrido profesional. La relación que, en esos lugares, se establece con los restos del pasado es muy diferente de la que le viene a uno a la cabeza cuando piensa en el centro de Roma y sus monumentos más famosos. Allí, una miríada de fragmentos de antiguos edificios, calles, acueductos, torres y caseríos tienden a encontrarse/enfrentarse con las realidades contemporáneas más diversas, como franjas de campo romano, barrios ilegales, áreas de muy reciente urbanización o asentamientos de viviendas que acaban volviéndose, a su vez, «históricos».
Me pareció entonces que Roma, en su totalidad, se prestaba bien a una reflexión sobre el uso público de los restos del pasado, puesto en marcha hoy en contextos urbanos muy diversificados y variados. Una reflexión que he considerado urgente, frente a la manifestación de una política de los bienes culturales que está cada vez más encaminada proyectar eventos que pasan muy rápidamente, y que corren el riesgo de no dejar una huella significativa en el público. El problema es conocido, aunque no tiene fácil solución. El acceso de las masas a los grandes acontecimientos culturales representa un esfuerzo que tiende a hacer circular conocimientos y configurar un posible refinamiento de las costumbres. Sin embargo, queda por resolver la cuestión de si, por falta de planificación cultural, todo esto no se reduce a uno de los muchos consumos superficiales a los que, cada vez más, está abocada nuestra sociedad.
El objetivo de este texto es, por tanto, plantear algunos puntos que obstaculizan una política más democrática de los bienes culturales y proponer alguna idea que señale la posibilidad de que, entre los guardianes del patrimonio y los ciudadanos, entre los restos del pasado y la ciudad del presente, llegue a establecerse una relación basada en un nuevo plano de reciprocidad.
De ninguna manera se oculta que esta orientación comporta, para el arqueólogo, un giro radical de perspectiva, forzándolo a un enfrentamiento más serio con la contemporaneidad. Una dimensión que, a menudo, ha sido descuidada, por no decir olvidada, por parte de los especialistas de las disciplinas clásicohumanísticas. De hecho, solo desde el presente puede ponerse en marcha esta «nueva alianza», aunque se trate de arqueología o de un pasado de lo más remoto.
La serie de reflexiones que propongo aspira, en resumidas cuentas, a poner de relieve la necesidad de dirigir una mayor y diferente atención a la arqueología común, presa hoy de eslóganes ocasionales y prohibiciones cada vez más coercitivas e ineficaces. Una atención que, asumiendo como objetivo hacer que los «restos inmuebles» sean familiares a los habitantes de los diversos contextos urbanos, debería partir de los espacios antes que de los museos, de los ciudadanos antes que de las artimañas de los especialistas, para promover, así, un mayor alcance del valor histórico de las preexistencias urbanas. Y esta es la tarea a la que, en mi opinión, debería dedicarse el proyecto arqueológico, entendido como una obra de auténtica interpretación-traducción-relato, capaz de hacer comprensibles y, por lo tanto, realmente utilizables, los resultados de la investigación disciplinar. Cada vez me voy convenciendo más de que los objetos del pasado, que también encontramos sin querer, caminando por la ciudad, deben hablar. Y no tanto como un «deber de memoria», sino para que puedan adquirir un sentido, una calidad o un valor que les haga emerger de la multitud opaca y superabundante en la que se encuentran.
Para concluir esta breve introducción, debo subrayar la importancia que han tenido para mí, en la reflexión sobre estos temas –esenciales y, sin embargo, disciplinariamente distantes de la arqueología–, los amigos con los que, durante estos años, he tenido la suerte de discutir con frecuencia. La mirada que cada uno de ellos ha dirigido a los argumentos abordados en este texto ha constituido un alimento del que he extraído sugestiones y sugerencias, más valiosas cuanto más nuevas o diferentes eran de las vinculadas a mi formación profesional.
Doy afectuosamente las gracias a Marc Augé, Luigi Caporossi Colognesi, Renzo Carli, Riccardo Francovich, Mario Manieri Elia, Giacomo Marramao, Francesco Piva, Salvatore Settis y Antonio Terranova. Debo un especial agradecimiento a Ricargo González Villaescusa, sin el cual esta edición española no hubiera sido posible.
Roma, agosto de 2013
A. R.
1. UN AIRE NUEVO
1. RUINAS EN ZONAS VERDES Y RUINAS IMAGINADAS
Sobre el Parque arqueológico central de Roma se ha estudiado, discutido y polemizado en ocasiones, circunstancias y gestiones diferentes, y los proyectos que se siguen sucediendo son la muestra de la complejidad de un espacio que todavía no se ha resuelto, al que se le han atribuido a lo largo del tiempo diferentes, pero siempre elevados, valores simbólicos.
Cada vez que se han tenido que lamentar retrasos en la sistematización de esta zona, sobre todo en los últimos años, se ha recordado siempre que se trata de un proyecto antiguo, que empieza por lo menos en el momento de la unificación de Italia. Esto es cierto pero, al mismo tiempo, no lo es.
Una de las primeras decisiones de la Comisión de Arquitectos e Ingenieros para la Ampliación y Embellecimiento de la Ciudad de Roma, formada el 30 de septiembre de 1870, fue la de prever la sistematización de esta zona de la siguiente manera:
Este amplio espacio, en principio, estará desprovisto de construcciones modernas y estará destinado únicamente a jardines públicos con los que se rodearán los restos de los edificios antiguos […]; estos jardines se extenderán hasta la Via Appia.¹
Se trataba de un área no edificada, que se incluía en un programa funcional con un propósito proyectual bastante claro: hacer utilizable, para los ciudadanos, una parte de la ciudad en la que persistían «memorias antiguas», y que sería caracterizada, a partir de ese momento, como jardín público. El uso del término parque, que hoy estamos acostumbrados a asociar con este espacio, debe pensarse, en el caso de los proyectos posteriores a la unificación, como sinónimo de jardín, cuyo modelo debía ser el de los grandes parques urbanos construidos hacía tiempo en otras capitales europeas. El estudio proyectual de Corrado Ricci, ampliado y asumido por la Comisión pertinente constituida en 1919, lo confirma:
Será una visión verdaderamente magnífica la de los restos grandiosos enmarcados por el verde de los jardines, mil veces más bellos y sugerentes que los parques centrales de las grandes metrópolis, como el Hyde Park de Londres y el Tiergarten de Berlín.²
No sorprende en absoluto que se eligiera este lugar, con tal densidad de restos arqueológicos, para construir una «zona verde pública». De hecho, gran parte de la historia de los parques urbanos se ha relacionado con la historia de la puesta en valor, o incluso creación ex novo, de las ruinas.³ Antigüedades verdaderas o falsas que han sido utilizadas para elaborar auténticas Wunderkammern al aire libre; articular, con presencias inesperadas, una naturaleza también a veces artificialmente construida; o, en otros casos, crear rincones o escenarios para los paseos románticos. El mismo Paseo arqueológico refleja bastante fielmente este diseño.
Los jardines y ruinas han constituido siempre un binomio que, solo desde los años veinte, en Roma al menos, se ha ido deteriorando progresivamente o ha ido invirtiendo su jerarquía. Aún a finales del siglo xix, el diseño proyectado para el área central de Roma preveía que los restos arqueológicos debían desempeñar un importante papel que, sin embargo, no prevalecía sobre la idea de jardín o parque urbano consolidada en otros lugares. Los monumentos entraban en juego como memorias genéricas, como «recuerdos de familia» de los que se podía estar orgulloso, razón por la que se podían exhibir, y de los que se podía arreglar o liberar los alrededores de forma que pudieran disfrutarse mejor,⁴ pero en torno a los cuales se pretendía crear a pesar de todo una «zona verde pública». En lugar de crear un jardín en el que colocar posiblemente ruinas falsas, se partía de las numerosas e importantes ruinas ya existentes y se rodeaban de zonas verdes, «haciendo su corona de deliciosos
