No comas renacuajos
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No comas renacuajos - Francisco Montaña Ibáñez
LA PUERTA NO ESTABA TRABADA. La empujó y solita, como si tuviera ganas de dejarlo pasar, se abrió. Entró al cuarto, se acercó a la mesa donde estaba la cocineta de gas, metió la nariz en una olla y apartó la cara con asco. En el cuarto no estaban sino Héctor, Manuela, metida en su cajoncito, y él; pero Manuela y Héctor estaban dormidos. Y como era a Héctor, su hermano mayor, a quien necesitaba, mientras él se despertaba dejó que su mirada se perdiera entre las cosas de la habitación, viendo que no eran muchas: las dos camas donde se acomodaban los mayores, el cajoncito donde ya casi no cabía Manuela, la más chiquita de los cinco hermanos, la mesa donde comían, cocinaban y hacían las tareas, y unas cajas de cartón con la ropa. Le gustaba pensar que la mesa era suya porque la había marcado por debajo con una calcomanía que venía en una paleta. Le tocó los bordes levantados por el ritual cotidiano de comprobar su existencia y desvió la mirada hacia Manuela. La pequeña había abierto los ojos y lo miraba en silencio, chupando la cobija. Por su hermanita siempre había sentido un afecto especial, le parecía linda, chiquita, como una mamá en miniatura. La iba a saludar cuando su estómago le recordó el dolor que no lo había dejado ir al colegio durante la última semana. Apenas el retortijón lo liberó, decidió quedarse mirando fijamente a Héctor para despertarlo. Y en efecto, sin que David pudiera saber bien por qué, cuando se quedaba mirando a alguien dormido con el propósito de despertarlo siempre lo lograba; como si al verlo lo tocara, como si sus ojos le dejaran caer encima un peso invisible. Y su hermano Héctor no fue la excepción. Abrió los ojos obnubilados por el sueño y, al reconocer esa mirada clavada sobre él, le gruñó.
—Héctor —susurró David—. Héctor —insistió, pues su hermano se dio la vuelta y se cubrió la cabeza con las cobijas—. Héctor —continuó y lo sacudió con cuidado, midiendo la posible reacción del mayor.
—¡Ah, qué! ¡Déjeme dormir! —gritó Héctor sacando la cabeza de las cobijas apenas lo suficiente para mirarlo—. ¿Qué le pasa, David?
—No se ponga así, Héctor, es que ya me duele menos la barriga…
—Lo felicito, David —vociferó el mayor volviéndose a tapar.
—Héctor, es que la vecina le mandó una razón —dijo retirándole la cobija de la cabeza.
Héctor se apoyó en los codos y le gritó como un toro picado:
—¡Que me deje dormir! ¿No puede esperarse?
—Es que tengo hambre… —confesó casi con vergüenza el pequeño.
—¡Pues coma de lo que hay en la olla! —gritó Héctor desesperado.
—Pero es que la vecina dijo que no podía seguir comiendo cosas podridas.
—¿Y eso acaso está podrido? —preguntó Héctor levantándose y empujándolo al piso. Manuela cerró los ojos y se tapó la cabeza con la cobija.
—Sí. Yo ya aprendí —continuó David desde el piso sin amilanarse—. Doña Yeni me enseñó a distinguir las cosas podridas por el olor. Es por comer cosas pichas que me da ese dolor de estómago… ¿Qué hago Héctor? Tengo hambre y María no llega sino hasta por la noche.
Héctor, que había metido la nariz dentro de la olla, lo miró y sintió que debía rompérsela en la cabeza por no dejarlo dormir y ser incapaz de arreglárselas solo.
—¡Ah, tome! —le gritó tirándole un billete—. Vaya a ver qué consigue con eso. ¡De pronto le dan una sopa para que se mejore y vuelva al colegio!
David recogió el billete del piso y se levantó alejándose de la furia de su hermano.
—…Y llévese a la niña —terminó, volviendo a sumergirse en las cobijas.
David recibió la mano de Manuela, le ayudó a ponerse los zapatos y con suavidad le quitó la cobija, todo en silencio, cuidándose de no perder de vista a su hermano que respiraba agitado en la cama. Le alisó el vestido y descubrió la mirada ilusionada de su hermanita que lo esperaba feliz con la idea de ir a la calle. Cuando estaba a punto de abrir la puerta oyó el último grito:
—¡Y le da a su hermana de lo que le den! ¡Y no vuelvan sino hasta que yo me haya despertado! ¿Entendió cabeza hueca?
Manuela lo miró sonriéndole cómplice; pensaba que estaban a punto de hacer alguna picardía y lo arrastró hacia afuera del cuarto.
•
—Pásele este de papa —dijo el hombre grueso que no se doblaba bajo el peso de dos bultos. Indicaba a Héctor que, cubierto de tierra, se acercó al camión dispuesto a recibir uno.
—Eso, chino —lo felicitó el cargador al dejarle caer el bulto sobre el hombro y comprobar que lo había soportado—. Ahora, adentro —rio continuando el desafío.
Héctor tomó aire y paso a paso fue llevando el bulto hasta el interior del almacén. Una vez allí, el hombre grueso le indicó el lugar donde tenía que dejarlo.
—Falta la zanahoria. Vamos.
Héctor lo siguió hasta el camión y recibió otro en el hombro. Había dejado de sentir el dolor de la espalda. Los chorros de sudor le hacían surcos en la tierra que cubría su cara y su cuello. Trataba de secarse la frente con la manga, pero ya estaba empapada y apenas conseguía mover el agua que salía de su cuerpo sin retirarla. Cargó diez bultos más hasta el interior del almacén y cuando el camión estuvo desocupado se sentó sobre uno de los últimos. Recobró el aliento mientras le hacía un hueco a un costal por el lado. Sus dedos hurgaron las fibras. Metió primero uno, después dos y sintió cómo la cabuya se dilataba hundiéndose en su carne y dejaba entrar toda la mano. Una vez adentro palpó la forma del tubérculo, lo rodeó con sus dedos y lo dejó. Sacó la mano y chupó el agua de una bolsa de plástico que el hombre grueso le había lanzado.
Desde el pasillo del almacén, las dos mujeres que organizaban la mercancía en los estantes se quedaron mirándolo fijamente.
—¿Qué le ve? —preguntó la mayor a la menor.
—Mírelo. Lleva sólo un mes aquí y ya parece más grande —respondió la menor.
—Qué va, todavía es un niño.
Las mujeres se quedaron en silencio acomodando las bolsas de fríjoles y arroz que sacaban de cajas de cartón hasta que la mayor se detuvo, suspiró y dijo en voz baja señalando a Héctor.
—¿Le gusta?
La joven sonrió ruborizada y se pasó la manga por la frente como si se secara el sudor.
—Es muy niño —dijo.
—Usted también. ¿Cuántos le pone? —preguntó la mayor.
—¿Diecisiete?
—Ni por el forro —respondió ella retomando su trabajo—. Si acaso trece. Es que se ve más grande.
—Será porque le tocó empezar tan temprano…
—Como a todos. ¿Usted cuántos tiene o qué?
La menor se volvió a ruborizar y clavó la vista en la columna de bolsas llenas de pepas rojas.
—¿Qué le importa?
Héctor, que había recuperado el aliento, percibió el rubor de las mejillas de la joven y sintió su mirada buscando la suya en un pestañeo imperceptible para cualquiera distinto de
