Noches Blancas
4.5/5
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En una de esas "noches blancas" que se dan en la ciudad rusa durante la época del solsticio de verano, un joven solitario e introvertido narra cómo conoce de forma accidental a una muchacha a la orilla del canal. Tras el primer encuentro, la pareja de desconocidos se citará las tres noches siguientes, noches en las que ella, de nombre Nástenka, relatará su triste historia y en las que harán acto de presencia, de forma sutil y envolvente, las grandes pasiones que mueven al ser humano: el amor, la ilusión, la esperanza, el desamor, el desengaño.
Fiódor Dostoiévski
Escritor y filósofo, Dostoievski estudió Ingeniería Militar, pero en cuanto quedó huérfano renunció a su carrera en el ejército para dedicarse a la literatura. Comenzó traduciendo a Honoré de Balzac o Friedrich Schiller, y con apenas veinte años dio a luz sus primeros títulos, entre ellos nuestro Noches blancas, muy influido por la corriente romántica. Poco después, en 1849, fue arrestado por participar en un círculo progresista y condenado a pasar cinco largos años de trabajos forzados en Siberia. Tanto este como otros tristes sucesos en su peripecia vital dejaron huella en sus títulos más destacados: Memorias del subsuelo, Crimen y castigo, El idiota... Murió a causa del enfisema pulmonar que padecía, poco después de publicar su última obra maestra: Los hermanos Karamazov.
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Comentarios para Noches Blancas
49 clasificaciones10 comentarios
- Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jun 1, 2018
Se nota que es un joven escritor, en esos momentos lo era....hoy un clásico, una verdad no una promesa.... - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Aug 16, 2025
Es un relato muy romántico y soñador, recomendable para almas solitarias - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Aug 1, 2025
No es una historia grandilocuente, y quizás por eso mismo conmueve: por la honestidad melancólica con la que se expresa la esperanza, incluso en medio del desencanto. Es una obra breve, pero no liviana. Quien alguna vez haya sentido que habita más los sueños que la realidad, se va a quedar con este libro rondando en la cabeza... - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Aug 30, 2024
El final es preciso y envolvente. Una historia muy bella e inocente. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Apr 27, 2024
Me hizo llorar. Te hace sentir identificado pues trata temas como el amor y la desilusión. Con forme vas leyendo la novela deseas que pasen cosas, después quieres que pasen otras y al final no te esperas como acaba. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Dec 31, 2023
Un libro corto pero con una excelente historia super recomendado. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Oct 2, 2023
Emotivo, sentimentalismo puro... Donde un corazon se complace en los lugares donde fue feliz - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Apr 19, 2023
Me ha fascinado completamente, un gran libro para conmover los corazones solitarios. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jan 8, 2023
Es un buen libro. La historia entretiene y atrapa al estilo de cuentos de Chéjov. Al igual que en "Memorias del subsuelo", éste es un personaje solitario vagando por las calles de San Petesburgo. En una de esa ocasiones, el protagonista, un joven soñador, se enamora perdidamente de una joven llamada Nástenka. En ese momento, la vida de él da un giro y él se enamora.
Sin contar más, es una historia de desamor, pero el tratamiento de este cuento es justo una apología del tiempo difuso del amor.
No es la mejor novela de Dostoievski, pero es ideal para entrar a su obra. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Apr 13, 2021
Es un relato de gran hondura psicológica. La historia de ambos parece un cuento de hadas. El final es conmovedor.
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Noches Blancas - Fiódor Dostoiévski
Primera noche
Era una noche maravillosa, una noche de esas que puede que solo se den cuando somos jóvenes, querido lector. El cielo estaba tan estrellado, estaba tan claro que, al mirarlo, involuntariamente uno tenía que preguntarse: ¿Será posible que bajo este cielo pueda vivir gente con todo tipo de caprichos y enfados? Esta es también una pregunta de jóvenes, querido lector, de muy jóvenes aunque, ¡ojalá el Señor la enviara más a vuestra alma! Hablando de señores caprichosos y con todo tipo de enfados, no puedo por menos que recordar mi comportamiento ejemplar de ese día. Ya por la mañana temprano me había empezado a atormentar una extraña congoja. De repente, me pareció que todos me abandonaban, a mí, que soy un solitario, y que todos me daban la espalda. Aquí, claro, cualquiera tendría derecho a preguntar: ¿Quiénes son todos? Porque llevo ocho años viviendo en San Petersburgo y no he sabido entablar ni una sola amistad. Pero ¿para qué quiero yo esa amistad? Aun sin ella, me conozco todo Petersburgo. Y por eso me pareció que todos me abandonaban cuando la ciudad entera se ponía en pie para, acto seguido, irse a la dacha. Me dio miedo quedarme solo, y tres días enteros anduve vagando apesadumbrado por la ciudad sin lograr entender qué me ocurría. Ya fuera a Nevski, ya fuera a un jardín, o incluso si paseaba por la orilla, no había ni una sola persona de las que acostumbraba a ver el resto del año en esos mismos lugares a una hora determinada. Por supuesto, ellos a mí no me conocen, pero yo a ellos sí. Y, además, bien: casi me he aprendido su fisonomía, me deleito cuando están alegres y me aflijo cuando su ánimo se nubla. Casi he trabado amistad con un viejecito al que me encuentro en Fontanka todos los días a la misma hora. Su fisonomía es tan majestuosa, tan soñadora… Siempre va murmurando y moviendo la mano izquierda, en la derecha lleva un bastón largo y nudoso de puño dorado. Él ha reparado en mí y muestra sincero interés. Si se diera el caso de que yo no estuviera a la hora acostumbrada en Fontanka, estoy seguro de que sentiría añoranza. Y es que a veces nos falta poco para saludarnos, sobre todo cuando los dos estamos de buen humor. Hace poco, después de dos días sin habernos visto, al encontrarnos el tercero ya íbamos a llevarnos la mano al sombrero, pero afortunadamente recapacitamos a tiempo, bajamos la mano y, con simpatía, pasamos el uno junto al otro. También las casas me son conocidas. Cuando camino, todas parecen correr por la calle delante de mí, todas sus ventanas me miran y casi me hablan: «Muy buenas, ¿qué tal está? Yo bien, gracias a Dios, pero en el mes de mayo me añadirán un piso». O: «¿Qué tal está? Resulta que mañana vienen a hacerme unos arreglos». O: «Por poco no salgo ardiendo, me asusté». Entre ellas tengo favoritas, amigas íntimas; una tiene intención de que este verano le trate un arquitecto. Pasaré a propósito todos los días para que no la curen de cualquier forma, ¡protégela, Señor! Y nunca olvidaré la historia de una casita muy linda, color rosa claro. Era una casa de piedra muy bonita, me miraba tan afablemente, miraba a sus torpes vecinas con tanto orgullo que mi corazón se alegraba cuando tenía ocasión de pasar junto a ella. Y, de repente, la semana pasada voy paseando por la calle y fue mirar a mi amiga y oír un grito lastimero: «¡Van a pintarme de amarillo!». ¡Canallas! ¡Bárbaros! No se apiadaron de nada, ni de las columnas ni de las cornisas, y mi amiga amarilleció como un canario. Por poco no se me altera la bilis por este incidente y hasta hoy no he sido capaz de visitar mi desfigurada casita, a la que cubrieron con el color del Imperio del dragón.
Ilustración de una ciudad desde lo alto. Un hombre pasea por las calles.Y ahora, lector, comprende de qué manera me conozco todo San Petersburgo.
Ya he dicho que estuve tres días atormentado por la inquietud mientras no adiviné su causa. En la calle me sentía mal —este no está, ese tampoco, ¿dónde se habrá metido el otro?—, pero en casa tampoco era yo. Dos noches estuve buscando respuestas —¿qué es lo que falta en mi rincón? ¿Por qué me molesta quedarme aquí?— y observaba perplejo las paredes verdes, enhollinadas, el techo repleto de telarañas que Matriona criaba con gran acierto, revisaba una y otra vez todos mis muebles, examinaba cada silla: ¿no estaría aquí mi desgracia? —y es que basta con que una silla no esté como debiera, como ayer, para que yo ya no sea yo—, miraba por la ventana, y todo en vano… ¡No me sentía ni una pizca mejor! Incluso se me ocurrió llamar a Matriona y, como si fuera un padre, echarle una bronca por las telarañas y por el desaliño en general. Pero ella solo me miró sorprendida y se marchó sin haber dicho ni palabra, así que las telarañas siguen hoy felizmente colgadas. Por fin esta mañana adiviné lo que ocurría. ¡Oh! Pero… ¡si se libran de mí para ir a la dacha! Discúlpeme por esta frase trivial, pero no estaba yo para estilos elevados…, y es que todo lo que podía existir en Petersburgo o se había trasladado a la dacha o iba de camino. Porque todo señor respetable de apariencia seria que hubiera contratado un cochero al momento se transformaba, para mí, en un respetable padre de familia que, después de sus obligaciones habituales, se encamina ligero a las entrañas de su familia, a la dacha. Porque cada transeúnte tenía ahora un aspecto completamente especial que por poco no decía a todo aquel que se encontraba:
