Cuentos Y Reflexiones
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Todas las historias parten de hechos reales, hechos que suceden en la cotidianeidad de diferentes sociedades: est la diferencia de clases, que son igualadas por la muerte; la insensatez ante el mito real y existente, que conlleva al castigo inexplicable; el amor espontneo y verdadero, enfrentado con el mundano hipcrita; la honestidad y el trabajo, en pugna contra la envidia e incapacidad de quienes no reconocen sus debilidades; el sentimiento y respeto por la amistad, como una gran va para unificarnos; el sentimiento del verdadero amor, que lleva a la invasin total mental de un ser; y otros relatos llenos de temticas que procuren la reflexin del lector.
Altidoro Justo Gallardo Moreno
Altidoro Justo Gallardo Moreno ha logrado una Maestría en Literatura, trabaja en diferentes universidades de Estados Unidos como profesor. Nace en 1954 en el Valle de Majes del departamento de Arequipa, Perú, en el seno de una familia muy amorosa. Cursa sus estudios primarios en la Escuela No 614 “Andrés Bello” de Lima, sus estudios secundarios en la G.U.E. Ricardo Palma de Lima. Los estudios superiores los realiza en las universidades de Estados Unidos: La Salle University (Bachellor) y Temple University (Master). Siempre se ha considerado uno de los muchos escritores escondidos, sin ambiciones siquiera de publicar sus trabajos. Empezó a escribir seriamente desde los dieciocho años de edad, acumuló muchos escritos durante los veinticinco años siguientes. Por razones desconocidas, y que tal vez el autor se anime a contarlas algún día, estos trabajos se perdieron íntegramente. En el año del 2005, y viviendo ya en la ciudad de Philadelphia, retoma su actividad de escribir. Se anima por primera vez a publicar once cuentos reunidos en un libro: “Cuentos y Reflexiones”, gracias a la insistencia del menor de sus tres hijos.
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Cuentos Y Reflexiones - Altidoro Justo Gallardo Moreno
Copyright © 2012 por Altidoro Justo Gallardo Moreno.
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Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia.
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399815
Indice
Cocote
El Alazán
El Ángel de Carla
Ruby’s
6:60 p.m.
Al final somos iguales
Suri
Sueños de Ayahuasca
Negra Grima
Los vientos de un solo corazón
Kerosene
A Grimanesa, dueña de mi realidad y sueños.
Cocote
Raudo y presuroso pasaba Oroditla cruzando calles, veredas y parques. Con él, iba otro ser muy compenetrado con sus actividades, sus cosas… su vida. Lo trataba, llamaba y quería como su hijo, el último, el conchito. Era como una motita oscura, una manchita negra, era todo un arte caminando o corriendo, se deslizaba si caminaba y flotaba si corría, ésta era la impresión de todos y para todos; pero eso no era todo, éste último hijo supo llenar sus vacíos de soledad por la ausencia de los otros, caricias, complacencia, compañía y una gran sensación de amor y de ternura, que llenaba por completo y hacía que Oroditla encontrara un gran motivo para vivir y hacer cosas. Ambos se sentían indispensables entre uno y otro. Tenían y debían que estar siempre juntos.
En tiempos pretéritos, tiempos de pureza, salud e inocencia, en una región aún no dominada, un gran valle que viajaba desde las más altas cordilleras, pasando y hermoseando territorios hasta llegar a la llanura fresca y fragante de la costa, acompañado de un claro, fresco y caudaloso río que sabía juntarse con las aguas densas y saladas del mar. Lo bordeaba, lo besaba, lo penetraba con sus límpidas aguas hasta confundirse en un abrazo enredado con las espumosas corrientes del océano. Esta era la región de Cocote; el guerrero, el sabio, el consejero y el amante. En las crónicas contadas por desde siempre Curacas y Amautas, se decía que Cocote nunca había perdido una guerra, siempre fue victorioso, el mismísimo Pachacutec dependía de la sagacidad y audacia de este guerrero; su sabiduría cruzó fronteras y florecieron vastas regiones, civilizaciones completas recibieron el germen de su virtud; como amante-lo decían sus concubinas- delicadamente extraordinario, daba siempre más amor del que recibía.
Nunca se supo de su niñez ni de su juventud, se le conoció en el esplendor de su adultez. Se cuenta que en una oportunidad, media docena de pumas acechaban un tambo, llamados por el olor de los alimentos guardados por este depósito para peores tiempos, las felinas bestias estaban hambrientas, sin probar bocado en los últimos doce días y con el terror a favor espantaron a la comunidad, menos a la familia de ocho miembros que vivían en el almacén y estaban prisioneros por no poder escapar a tiempo, dada la dificultad que significaba la presencia de la madre parturienta, dos niños pequeños y un viejo de eterna vejez. Cocote al ser enterado de la amenaza, de unos cuantos trancos y vestido de franca valentía, se puso entre el tambo y la media docena de bestias hambrientas. Lo que siguió luego, fue la batalla épica más grande y temeraria que se haya contado en ningún rincón de la región: Cocote, el mítico hombre indígena de leyenda de los predios tawantinsuyanos, cogió uno por uno a cada puma; al primero luego del salto, lo recibió con un par de tenazas de hierro-les llaman brazos- y con dos movimientos horizontales hacia afuera lo desgarró por completo y terminó lanzado a unos doce metros del punto; al segundo, lo agarró del cogote -las tenazas más fuertes por el ejercicio- y lo lanzó contra el suelo, pobre, este sucumbió por el golpe con las vísceras ofreciéndose a los buitres; no hubo lugar para los restantes felinos hambrientos pero inteligentes, quienes haciendo uso de su instinto salvaje de conservación se alejaron desalentados, paso lento y mirando de vez en cuando hacia atrás, no se animaban a regresar.
En la pugna por el poder único entre los dos últimos emperadores, la sabiduría de Cocote estuvo en ejercicio; cuando les habló de la amplitud interminable de la extensión de los territorios fue incomprendido, tampoco fue escuchado al hablarles de la riqueza escondida en cada porción de tierra; peor le fue al mencionar al Inti, la Killa y la Pachamama. La ambición, el poder y la necedad se habían afincado enmarañadamente en cada una las neuronas de los soberanos.
Cansado de pregonar justicia, sabiduría, amor, defendiendo a los suyos, antes, durante y después del gran aniquilamiento, ya no era el mismo: tenía sus sentidos trenzados entre decepción, frustración, traición, desamor y un gran sentimiento de indiferencia por lo que lo rodeaba. De pronto, pertenecer a la humanidad no le era nada grato, estaba decepcionado de serlo, se le escuchó decir: cuanto más conozco al hombre, más quiero a mi perro
, sentía una gran disconformidad de ser hombre, sentía asco de las acciones humanas, quería dejar ese mundo-el de los hombres- nauseabundo, ojalá pudiera transmutar en otra criatura, ojalá un can, ojalá…
Desde las cinco de la mañana está en actividad, luego de atender sus necesidades empieza a verificar diariamente todo cuanto ocurre en la calle, lo hace a través de los vidrios de las ventanas-el tiempo se transforma y transforma- su quehacer se reduce al quehacer en una casa, una casa que incluye nueve ambientes diferentes, un cuidado jardín al frente y otro igualmente cuidado, pero mucho más grande en la parte posterior; pero su mayor y mejor actividad está reservada para su padre. ¡Qué cambios! Sin emperadores a quien loar, sin guerras para ganar, ni bestias salvajes que doblegar. Sí, que cambios; en tiempo, espacio y actividad, sobre todo en lo sentimental. Algo muy importante, él es dueño de esos espacios, reinando en cada uno de ellos sin tener que pelearlos. Es mejor no saber quiénes fuimos y mucho mejor saber quiénes somos, ¿Quiénes seremos? Tampoco debe importarnos-el tiempo se transforma y transforma- porque no sabemos si a alguien le importaremos.
Oroditla sigue pasando raudo y presuroso, ahora con muchos sueños y muchas tareas, pero siempre en compañía de ese ser que se deslizaba y flotaba, con la clara convicción
de ser depositario de virtudes nada usuales para este mundo, este humano mundo. No se sabe por cuánto tiempo Oroditla seguirá pasando como está pasando, lo que realmente importa es el gusto por la vida al lado de la manchita negra. Total, ellos se saben el uno para el otro, tenían y debían que estar siempre juntos.
Philadelphia, 23 de Julio del 2008
El Alazán
Como flotando sobre una gran colina, Ojust y su hijo Rasec observaban echados sobre un extenso colchón verde y fragante de tréboles silvestres, a una enorme manada de equinos conformada por caballos de diferentes razas y características. Un blanco corcoveando en elásticos movimientos, tratando de imponer elegancia; un negro tornasolado lucía como plantado en sus cuatro cascos, moviendo sólo los ojos para seguir el curso de la suave brisa, y sacudiendo su vasta cola como señal de existencia; Un pinto mostrando su belleza salvaje, levantando el recio cuello para mostrar la gran coraza de músculos que tenía en el pecho; había también, entre muchos otros, un alazán. Este era un gran alazán, sin duda venido de un tiempo nómada, desde las más altas y fértiles colinas del sur del Cáucaso. No hay razón para dudar que este alazán debe haber sido el preferido de persas, palestinos y sirios; gente muy culta en materia equina.
Era un ejemplar impactante por su elegancia y evanescencia, su naturaleza mansa, afectuosa, mirada llamativa y espíritu orgulloso, con una alzada superior, sus muslos son fuertes y musculosos con piernas largas fortificadas, un amplio pecho tan fuerte como su libertad, el cuerpo es compacto, de dorso ligeramente cóncavo con una grupa larga y plana, tiene la cabeza cuadrada, relativamente pequeña, enjuta y la frente muy ancha, el perfil es recto, sus ojos son vivos y expresivos e iluminan su cara, las orejas son pequeñas con puntas convergentes y movibles como radares para identificar ruidos de toda índole. Todo este cúmulo de belleza envuelto en un gran manto aterciopelado bayo rojizo, exhibiendo una interminable y frondosa cola oscura contrastando el resto del cuerpo, para imponer su singular y remota condición viva.
Mientras que el esplendor de este cuadro arruinaba y desvanecía los fétidos y rancios olores del mundo humano, Ojust, en cuerpo presente dirigía su mirada en completa atención al frente, pero con la mente anidada en otros tiempos. Tiempos de libertad natural, con deseos y derechos de correr, gritar, soñar, pensar, idealizar el mundo ideal de sus ideas para tenerlo y experimentarlo, y gozarlo y sufrirlo, pero en libertad, como la del alazán, y poder mostrar virtudes como un alcance de complemento con los demás.
Rasec, extasiado y asombrado con la visión puesta en la pradera, preguntó:
-¿Estás aquí?
-Hum….
-Papá, dime algo. ¿Cuál de ellos te gusta más?
Era inútil. No era el momento y debía esperar un poco para reanudar la conversación, o debía entender lo que no podía, por lo menos en esos momentos.
Ojust gustaba mucho de la soledad, pero acompañada de cuadros naturales, cuadros que eran vehículos, en los cuales fácilmente se transportaba y podía recorrer mundos conocidos por todos y otros sólo por él.
Esta vez, al haber fijado sus ojos, mente, deseos y querencias en la imponente figura del alazán, se sentía en el vehículo perfecto para transponer su composición y sentirse dueño de una nueva condición natural. Siempre quiso ser fuerte y veloz, altivo y elegante, sentimental, al punto de poder amar realmente; hábil, audaz y valiente guerrero, como cuando trasuntó por tierras berebere, españolas y francesas. Ojust pensó: "no hay mayor sentido de libertad que aquel que se experimenta viendo galopar a un
