Segadores de alma
Por Proyecto Artemis
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Desde que recuerda, Neirin se ha sentido vacía. Creció como una segadora de almas en Aindfare, un mundo triste, gris y pétreo, donde los humanos son autómatas a los que debe privar de emociones. Siempre sintió que nada encajaba y calló su incertidumbre hacia su trabajo. Un amanecer desconcertante cambiará su vida y la llevará a conocer todo lo que siempre estuvo prohibido, permitiéndole redescubrir lo olvidado y recuperar lo perdido junto a entrañables seres.
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Segadores de alma - Proyecto Artemis
Sara Núñez Casanova
Segadores
de alma
Logotipo Artemis-BrotesSegadores de alma
© Sara Núñez Casanova, 2018
© Primera edición digital, 2018
Logotipo Artemis-BrotesCorrección:
Sara Núñez Casanova
Diagramación digital:
Sara Núñez Casanova
Ilustración de portada:
Sara Núñez Casanova
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Índice
I. La insubordinación de Neirin
II. Un propósito
III. El despertar del propósito
IV. El Estanque que todo lo ve
V. Luz en el cielo
VI. La primera emoción
VII. Curiosidad
VIII. La voluntad para huir
IX. Retorno al pasado
X. La fuerza de los recuerdos
XI. El color del mundo
XII. La segunda emoción
XIII. Agotamiento
XIV. Los cazadores
XV. Valor para regresar
XVI. La tercera emoción
XVII. Cruzando fronteras
XVIII. El anhelo de Níger
XIX. La última emoción
XX. Reencuentro
XXI. Vínculo de alma
XXII. El mundo sigue girando
I
La insubordinación de Neirin
Lo primero que Neirin recordaba era haber despertado a los cinco años, sintiéndose profundamente vacía. Mientras se levantaba de una fría cama metálica, un hombre de apariencia siniestra le había tendido la mano y dado la bienvenida al instituto Schatten, donde se formaría como una Segadora de alma. A pesar del ostentoso título al que aspiraba, no se había sentido llena.
Cuando se miró en el espejo, una irreconocible niña le devolvió una lánguida mirada blanca, característica irrevocable de todo segador. Tenía la piel en los huesos, el contorno de sus ojos estaba marcado por unas profundas ojeras y su cabello lacio y negro estaba mal cortado. Sus delgados brazos rebosaban de marcas rojizas, como las que dejaban las intravenosas. Con el tiempo, adquirió carne, las ojeras desaparecieron y adquirió más fortaleza física.
Durante su estadía en Schatten, se destacó como pocos lo hacían. Aun así, los profesores le dedicaban una mirada vacía y la felicitaban con aire ausente por sus logros. Nadie en el instituto parecía sentirse feliz. Al contrario, allí despreciaban la felicidad tanto como cualquier otro sentimiento. Únicamente el desprecio y la malicia eran vistos con buenos ojos, porque eran vitales para la misión que desempeñaban.
Níger, el Segador Rey, era el único que merecía idolatría, lealtad y sacrificio, sentimientos muy cercanos al amor. Después de todo, era quién los había creado para que cumplieran con su propósito: devorar las desbordantes emociones de la humanidad, porque tanto si eran positivas como negativas, resultaban mortales y dañinas tanto para quienes las albergaban como para quienes eran sus objetos.
A los cuatro años de haber aprendido la peligrosidad de las emociones humanas, tras haber entendido la importancia de mantenerlas bajo control y una vez dominada la capacidad de suprimirlas, fue designada a la región cuarta e investida con el uniforme de los segadores: ropas negras y plateadas, muy incómodas, y cuyos guantes eran su herramienta vital. Guantes con incómodos anillos y patrones extraños que le permitían cumplir su función. Uno pensaría que haber logrado salir de un lugar tan gríseo la habría alegrado, pero siguió sintiéndose vacía.
Al salir por primera vez, se encontró con que todo Aindfare era gris. Únicamente el sol y las nubes giraban con vida propia, ajenos al triste mundo y a la pesadilla que lo socavaba.
Hace ya demasiado tiempo como para recordarlo, la naturaleza fue transfigurada en piedras y cenizas. El agua se tornó en un espeso gel que apenas albergaba lo que antaño fue la bravura del mar, el rápido fluir de los riachuelos o las pacíficas ondas que, de cuando en cuando, alteraban un calmo lago. El aire se tornó pesado, ya que el viento no sacudía cada milímetro de los lugares desprotegidos que encontraba. Los árboles pasaron a semejarse a rocas de un marrón griseo, de cuyas copas se desprendían cenicientas hojas que, tan pronto tocaban el suelo, se desintegraban en cenizas.
Mientras viajaba para llegar a la cuarta región, el hueco de Neirin se llenó con una profunda nostalgia al apreciar los pocos colores que adornaban el mundo. Cuando llegó al desierto que habían designado como su morada, se sentía inesperadamente feliz por percibir algo que no fuera un vacío. Su nostalgia se acrecentó al contemplar como las tormentas de arena, paralizadas en el momento que habían tenido lugar, se habían conglomerado en el aire, haciéndolo más pesado y triste que el de cualquier otro lugar, porque ni siquiera conservaba la majestuosidad de los colores áureos que antaño lo habían caracterizado.
Cuando llegó a la base central, Rodin, el jefe de la región, la asignó a sus primeras misiones. El tiempo pasó en un borrón de emociones absorbidas mientras confrontaba a las bestias que poblaban el desierto, devorando sus irracionales sentimientos de ira y desintegrándolos en el acto. Pronto fue designada a un pequeño poblado. Todos los días entraba, sondeaba las auras y neutralizaba el poco color que empezaba a surgir en sus propietarios. Porque las emociones jamás desaparecerían del todo. Simplemente, hibernaban.
A los pocos días, la nostalgia por volver a descubrir un mundo que no recordaba, con sus desvaídos colores y magia natural, fue reemplazada por un irracional odio hacia sí misma. El vacío volvió a hacer acto de presencia mientras devoraba los sentimientos de los humanos de su pueblo. Odiaba sentir el miedo que provocaba en ellos y la desesperación por la inminente perdida de sus esperanzas. Pero era su deber, porque servía a Níger.
El vacío empezó a ganar terreno con su tristeza y odio. Lo que la hizo cambiar de opinión respecto a lo que hacía no fue mirarse al espejo y descubrir que sus ojos, inicialmente blancos, se habían tornado de un azul eléctrico. No. Fue lo que ocurrió el día anterior a su despertar.
Como de costumbre, había llegado al pueblo para encargarse de sus víctimas. Aquel día le tocó controlar a dos niños. Los niños eran hervideros de emociones, que siempre bullían y resultaban difíciles de calmar durante largos períodos de tiempo. Sin embargo, fue el anciano que los protegía quien le complicó la misión. Cuando devoró sus emociones, la determinada serenidad que emitía al despedirse con cariño de todo lo que le rodeaba, ya acostumbrado a la experiencia, la amilanó. Aun así, logró el cometido del día.
Desde aquel día, la calidez de la serenidad que había engullido antes de enviar el sentimiento al Segador Rey no la volvió a abandonar nunca. Y fue entonces que, sin saberlo, empezó a insubordinarse a Níger. Su poder incrementó con el paso del tiempo y Rodin supo reconocer que sería superado por ella en unos pocos años, por lo que empezó a prepararla.
Cuando Neirin cumplió siete años de haber llegado a la desértica región, tenía un rango de percepción emocional admirable y había aprendido a subyugar al vacío el creciente malestar que le provocaba devorar las emociones para que el Segador Rey se alimentara de ellas. Sin embargo, el despertar le deparó una enorme sorpresa. Había adquirido la costumbre de expandir su aura nada más despertar, para determinar cuáles eran las prioridades dentro de la región, y al notar que había un pueblo exultante de emociones confusas, se asustó y se apresuró a vestirse.
Antes de que pudiera salir, la llamaron a la puerta. Reconoció el aura gris y verde de Rodin, por lo que le abrió de inmediato, ya que deseaba avisarle cuanto antes de tan extraño acontecimiento. Al ver el rostro tosco y malhumorado del hombre, no pudo evitar sentirse protegida. A pesar de su frialdad, característica de los segadores, le caía inexplicablemente bien. Influía el hecho de que en sus ojos un atisbo de marrón brillara tras el velo blanco.
—¡Rodin! −Exclamó, aunque pronto deseó haberse expresado con más frialdad.
Rodin la miró con extrañeza y Neirin supo reconocer la duda en sus ojos. Lo comprendía, pues no era propio de ningún segador actuar tan exaltado. Se relajó cuando el hombre desestimó lo extraño de esa actitud para saltar a lo que le interesaba.
—El pueblo Noreste desborda de emociones, Neirin.
—Eso no es normal −Aseveró ella, esa vez con la calma que debía caracterizarla.
—Necesitaré que vengas conmigo.
—¿Sólo yo? −Inquirió, sintiéndose desconcertada. La situación requería una atención más especializada que un segador jefe y su aprendiz.
El hombre no dijo nada, simplemente se dio la media vuelta y avanzó hacia la salida. Neirin no tuvo más opción que coger sus guantes, su capa y avanzar detrás de él con celeridad, mientras peleaba con los anillos de las prendas para ponérselas adecuadamente.
La capa nunca era necesaria, pero Neirin había terminado encontrándola útil para esconder su rostro de las miradas desesperadas que le echaban sus víctimas. No podía huir de los sentimientos, pero sí de los ojos. Además, para llegar al pueblo Noreste era necesario atravesar una tormenta de arena estática. Allí, el aire era más espeso de lo normal y constantemente había que abrirse camino a empellones entre los conglomerados de arena, que retornaban lentamente a sus posiciones iniciales.
Mientras avanzaban, las emociones florecían y bullían de una manera apabullante. Neirin se descubrió admirando los colores que percibía en la mezcla de auras. A su lado, sin embargo, Rodin lucía cada vez más irritado. Dentro de sí, se empezó a sentir cada vez más inquieta. De repente, con toda claridad, empezaba a percibir lo antinatural de su misión, y una acuciante necesidad de detenerlo todo la invadió.
Cuando finalmente llegaron a Noreste, las calles del pueblo estaban vacías. Unas pocas personas deambulaban por las calles como autómatas, inmersas en su mundo, y el miedo de los que habían recobrado la noción de sus sentimientos se respiraba en el aire. Un par de niños que corrían por allí se detuvieron ante ellos, ahogaron un grito y regresaron corriendo por donde habían llegado, llamando a voces a sus padres. Neirin se mordió el labio inferior ante la cólera que asaetó la mirada de Rodin.
—Ellos no son nuestra prioridad, Neirin.
La muchacha se detuvo para asimilar lo oído. Rodin la adelantó con paso firme y Neirin se tuvo que obligar a reprimir la sorpresa y andar detrás de él. Su asombro incrementó cuando, al cabo de media hora, salieron del pueblo por la entrada este, volviendo a la inmensidad del desierto que caracterizaba a la cuarta región.
—¿A dónde vamos, Rodin? −Inquirió, preocupada.
Rodin la miró de reojo y Neirin se sorprendió todavía más al percibir una inusual calidez en su mirada normalmente fría. El marrón se expandía a ratos, intentando imponerse sobre el blanco predominante de sus ojos. Al cabo de un rato de silencio reflexivo, el hombre optó por hablar.
—Hace muchos siglos, Neirin, el hombre se condenó por su ambición… −En un silencio no carente de asombro, mientras avanzaban sin parar, Neirin oyó lo que Rodin llevaba tiempo guardándose− Siempre fue un ser despreciativo, que vivía de destruir todo a su alrededor para reconstruir enormes edificaciones y ciudades. Su principal pasión era talar y excavar, todo por ganar el pan de cada día. Hasta que ocurrió la catástrofe: en su infinita ambición, talaron y excavaron muy profundo en una zona prohibida… Y al hacerlo, despertaron a un terrible monstruo −Rodin suspiró con tristeza−: El Ancestral del Vacío.
—¿El Ancestral del Vacío? −Inquirió Neirin, permitiéndose demostrar su confusión.
—El Segador Rey, Níger −Señaló Rodin por toda respuesta−.
