El pueblo fantasma
Por Carlos López
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El misterio de las dimensiones paralelas.
El peligro de querer controlar lo que escapa a nuestro control.
En el mundo hay dos naturalezas, la que vemos y la que no vemos, por ello no podemos negar la existencia de la segunda cuando desconocemos parte de la primera. En ocasiones el destino te sitúa donde nunca deberías haber llegado, pero todo sucede por alguna cuestión.
Una familia de vacaciones, por azar, encuentra un pueblo derruido, pero al día siguiente, al volver al lugar, el pueblo no existe. Hay fuerzas a las que no debemos retar; hay energías que escapan a nuestro control, pero pueden ser controladas. Estos padres se verán obligados a luchar por la supervivencia propia y la de sus dos hijos, pero nunca imaginarían las consecuencias de ello, y cómo su lucha podría acabar con el sufrimiento de otras 'personas', durante cientos de años.
En España hay algunos lugares a los que sólo es posible llegar en algunos momentos, por determinados lugares, pues no están en nuestra dimensión. Hay personas que se pasan la vida intentando acceder, se suceden años y años de investigación y pruebas de campo y hay personas que acceden por error.
Carlos López
Carlos López, nacido en Barcelona en 1948, y actualmente residiendo en l'Escala, un pueblecito costero de la provincia de Gerona con su esposa, disfrutando de una tranquilidad, a veces demasiada. Después de muchos años de investigaciones reales, en el mundo de la parapsicología y la ufología en relevantes instituciones. Se ha decidido a escribir acerca de este mundo y del otro. Por supuesto, las historias que nos traslada, no son verídicas, o sí.
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El pueblo fantasma - Carlos López
El pueblo fantasma
Carlos López
MGElogo%20444444%20grey-final.jpgTítulo original: El pueblo fantasma
Primera edición: Abril 2016
© 2016, Carlos López
© 2016, megustaescribir
Ctra. Nacional II, Km 599,7. 08780 Pallejà (Barcelona) España
Imagen de la cubierta de Carlos López Díaz
Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia.
Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a Thinkstock, (http://www.thinkstock.com) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
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encontrábamos preparando las maletas, para pasar los días de Semana Santa en una casa rural. Yo había pedido algunos días que me debía la empresa, y pensábamos disfrutar de diez días de paz, tranquilidad y donde los niños pudiesen campar a sus anchas por los aledaños de la casa, y conocer los animales en vivo, como los conejos, las gallinas, las cabras, etc.
Era el viernes anterior a la Semana Santa, yo había salido del trabajo a las dos de la tarde, comimos y lo preparamos todo para llegar lo antes posible, pero como sucede siempre, entre unas cosas y otras se nos hizo tarde y ya nos comenzamos a poner nerviosos. Por fin salimos pero inevitablemente, a mitad de camino se nos echó encima la noche y, además comenzamos a circular por carreteras completamente reviradas, comarcales y locales, casi sin indicaciones; para colmo de problemas, con las prisas me había olvidado el GPS y andaba completamente perdido, giré por un camino que me pareció que debía de ser el correcto y, después de un largo tramo de baches con una maleza cada vez más espesa, llegamos a un pueblo totalmente derruido del que no había salida. Entre la poca luz que reflejaba una luna creciente, mi linterna y los faros del coche pudimos comprobar que, de las pocas casas de las que disponía aquel pueblo no quedaba ninguna en pié, únicamente el antiguo campanario de la iglesia. Después de echar un vistazo alrededor, decidí dar media vuelta y volver a la carretera. Seguimos un tramo y por fin vimos un letrero que anunciaba la casa rural a cien metros; efectivamente, a un par de minutos vimos el desvío con un cartel de madera que lo anunciaba, seguimos el desvío y, a unos ciento cincuenta metros llegamos a la casa. Era una casa de piedra con unos ventanales grandes acabados en medio punto, una gruesa puerta de madera con remaches de hierro oxidados, y una cerradura grande también de hierro, cuya llave debería ser inmensa. Al oír llegar el coche salió a recibirnos el dueño; un hombre de unos cincuenta años, de piel curtida, y con una amplia sonrisa como si nos conociera de siempre. Ya dentro nos presentó a su esposa que salía de la cocina secándose las manos en el delantal. Después de las presentaciones, nos acompañaron a las habitaciones, dejamos las maletas y bajamos a cenar. Me preguntaron si lo había encontrado bien y les dije que sí, me dio vergüenza el decirles que nos habíamos perdido. Cuando terminamos de cenar, el dueño se sentó con nosotros y nos explicó cosas de aquella zona. Después subimos a las habitaciones a dormir, ya que pretendía que nos levantásemos temprano, y ver con la luz del día aquel pueblo en ruinas, a donde fuimos a parar la noche anterior. Nos levantamos los primeros y bajamos a desayunar; tuvimos que esperar un poco, ya que todavía no habían preparado las mesas, ni habían hecho el pan tostado. Nos preguntaron cómo es que habíamos bajado tan temprano.
—Es que queremos hacer una pequeña excursión por los contornos.
—Pero es que ahora encontrarán todo mojado por el relente de la noche, además, a estas horas todavía hace bastante frio.
—No importa, vamos preparados y queremos aprovechar el tiempo.
—Bueno, bueno, ustedes mismos, en un momento les preparo el desayuno.
Mientras esperábamos, los niños fueron a darle de comer a los animales que tenían en el cercado, acompañados por la dueña, que salió para recoger los huevos, que habían puesto las gallinas.
Antes de quince minutos comenzaron a ponernos de todo encima de la mesa, desde embutidos de todas clases hasta mantequilla hecha por ellos mismos, después el pan tostado, mermeladas de varios gustos y un largo etc. que me hizo pensar en cómo estaban ellos tan delgados, sería porque ellos desayunaban y comían diferente a los visitantes.
Cuando terminamos de desayunar, subimos a por chaquetas de abrigo; el coche estaba completamente mojado y empañado, como si le hubiese caído una tormenta, entramos, (estaba congelado), y bajamos por la carretera despacio, para no pasarnos el camino que nos había llevado hasta aquel pueblo la noche anterior. Al cabo de unos cuantos kilómetros paré en un apartado de la carretera.
—Es imposible, no estaba tan lejos, nos lo hemos de haber pasado.
Dimos la vuelta y, muy despacio volvimos a subir vigilando a lado y lado de la carretera, para no saltarnos nada y, aunque yo estaba seguro que aquel camino estaba a mano izquierda, por si acaso.
Llegamos de nuevo al desvío que llevaba a la casa rural, fuimos hasta ella, bajé del coche y les pregunté por el pueblo derruido que se encontraba más abajo.
—Perdone pero por aquí no conocemos ningún pueblo, y menos uno derruido, ¿quiere decir que no lo confunden con otra zona que hayan visitado?, porque nosotros vivimos aquí de toda la vida y, si que hay varios pueblos a algunos kilómetros, pero nunca he oído hablar de un pueblo abandonado y derruido, y menos por aquí cerca.
—Tiene usted razón, me debo de haber equivocado, ¿sabe de algún lugar para visitar por aquí cerca?
—Pues sí, siguiendo la carretera hacia arriba, a un par de kilómetros hay un desvío a mano izquierda, y aquella carretera hasta el final desemboca en un lago que es precioso, con un puente para pasar al otro lado, allí pueden sacar fotografías muy bonitas, pero tendrán que volver por la misma carretera, porque no hay más salida.
—Bueno, pues seguiremos su consejo, si usted dice que es muy bonito, no puedo perdérmelo, muchas gracias.
Volvimos a subir al coche, y seguimos las instrucciones de la dueña de la casa rural. Efectivamente, un par de kilómetros arriba vimos un desvío asfaltado, seguimos por él hasta que, después de un pequeño tramo de baches, llegamos al lago que nos había dicho ella; aparqué el coche para que no molestase si venía otro, y bajamos con la cámara fotográfica, dispuestos a inmortalizarnos junto a aquel paraje paradisíaco. A medida que iba encuadrando las imágenes, notaba una rara sensación, como si aquello ya lo hubiese vivido antes. Le dejé la cámara a mi esposa y me dirigí hacia el puente, lo crucé y, al otro lado solo había árboles y maleza. Al mirar hacia el lago desde aquella perspectiva, recordé la misma imagen, que había visto la noche anterior desde las casas derruidas, pero allí no había nada, me interné entre los árboles y la maleza buscando un pueblo, que según las pruebas, solo existía en mi imaginación, porque como poco se tenía que ver el campanario de la iglesia, que era lo que yo recordaba que había sobrevivido del pueblo. Creí volverme loco, yo estaba seguro que la noche anterior allí había un pueblo en ruinas. Me acerqué al puente, me senté en una piedra, no sabía qué pensar, mi cabeza daba vueltas y vueltas, recordaba perfectamente la situación de las casas, donde se encontraba la iglesia derruida con su campanario intacto, el puente, que en mi cabeza era mucho más viejo que el que había actualmente. Crucé a la otra orilla donde se encontraba mi familia, llamé aparte a mi mujer y le pregunté si aquello no le recordaba a lo de la noche anterior.
—Se que me recordaba algo pero no sabía el que.
—Ven conmigo al otro lado a ver si tú me sacas de esta incógnita que me está volviendo loco, porque ya no sé si lo he soñado, si es realidad o qué es. Te juro que ya no se qué pensar; niños venid que vamos al otro lado.
Pasamos y nos situamos, más o menos donde la noche anterior estaba situado el coche, aunque aquel lugar estaba lleno de maleza y árboles.
—Mira hacia allí y prescinde de los árboles y la maleza; ahora sitúa al frente la iglesia derruida con su campanario, y a tu izquierda las casas derruidas también, a tu derecha el lago con una barandilla hecha de piedras, no como la de ahora, que está construida de obra y el puente mucho más antiguo, ¿recuerdas todo eso de la noche anterior?
—Sí, pero ¿no sería en otro lugar muy parecido?
—No, estoy seguro que era aquí, me juego la cabeza, es que se me quedaron todos los detalles grabados en mi mente, te podría decir como estaba cada casa y la iglesia. Volvamos al coche.
Fuimos de nuevo al encuentro de la carretera y por ella, bastante despacio para no pasarnos ningún desvío, comenzamos a bajar, todos atentos a cualquier camino a mano derecha. Los demás coches que bajaban y tenían que frenar detrás de nosotros, hasta que conseguían adelantarnos, con toda seguridad, se debieron de acordar de toda mi familia, no obstante yo iba tan obsesionado que no pensaba en nada más que en encontrar aquel camino.
Llegamos al pueblo de abajo y no habíamos visto ningún camino. Dimos la vuelta y repetimos la búsqueda hacia arriba hasta llegar a la casa rural. Ya casi era la hora de comer y nos quedamos tomando un vermut. Los niños, como era de esperar, dándole de comer a los animales. El dueño nos preguntó si habíamos encontrado el lago.
—Sí, desde luego, y aquella zona es preciosa, lo que me extraña es que no haya un pueblo al lado, bueno, no sé si muchos años atrás hubo algún pueblo, porque quizá antiguamente pudiese haberlo habido y, como suele suceder, si quedó deshabitado, lo eliminarían totalmente para darle más belleza al paisaje, que es precioso.
—Esta casa es del mil setecientos ochenta y desde entonces han vivido mis antepasados en ella y nunca han conocido ningún pueblo al lado del lago, es más, todos los terrenos hacia abajo hasta pasado el lago eran de la familia, bueno, y lo siguen siendo, pero solo a esta parte del camino, hoy día carretera. Ahora lo tenemos todo abandonado pero cuando todavía lo utilizábamos como cultivo, hacíamos una regata en el camino y con una manguera y una bomba manual regábamos toda la parte de abajo de los campos con el agua del lago.
—Y los dueños ¿no decían nada?
—Me parece que nunca ha tenido dueño, todas las montañas al otro lado de la carretera pertenecen ahora al ayuntamiento, incluido el lago. Por cierto, que está totalmente prohibido pescar en él.
—Por eso no nos multarán a nosotros, lo de pescar y cazar es para otros. En el plato lo que quieras, pero matarlos no.
Llegó la hora de comer y cada uno podía pedir lo que quisiera de segundo, pero de primero solo había Trinchat de la Cerdanya
, una receta típica del alto pirineo catalán.
Por la tarde no nos fuimos a
