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Camile es una joven que vive encerrada en una fortaleza donde buscan quedarse con su inconmensurable poder. Dentro de esta fortaleza conoce a un joven guerrero que al igual que ella ha olvidado todo su pasado; juntos buscarán incansablemente una salida que les permita ser libres de aquellos que desean destruirlos con tal de obtener lo que buscan.
Sin percatarse, estarán involucrados en un conflicto mucho mayor que los llevará a cruzar los pasillos de sus recuerdos hasta descubrir quiénes son y cuál es su función en una poderosa guerra que se va a desarrollar junto a ellos.
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La dama de los elementos - Eduardo Veliz
La dama de los elementos
Cada historia es importante, porque narra el dolor de aquellos que decidieron plasmar su vida en un libro.
Eduardo Véliz
Zyther_19@gmail.com
Copyright © 2024 Eduardo Véliz
Todos los derechos reservados.
ISBN: 9798336773880
DEDICATORIA
Quiero dedicar este libro a una persona en particular que dejó que usara parte de su vida para crear uno de los personajes más importantes de esta obra.
.
CONTENIDO
CIUDAD DE LA INCOHERENCIA
LAZOS DEL PASADO
DEUDAS SIN SALIDA
PLAN EN MARCHA
EL NUEVO COMIENZO
ALIADOS Y ENEMIGOS
RECUERDOS
TRAICIÓN
ENCUENTROS MORTALES
CAMINOS DISTINTOS
VERDADEROS ENEMIGOS
PODERES ANTIGUOS
ENCUENTRO CON LOS ENEMIGOS
MEMORIAS LIBERADAS
NUEVAS DECISIONES
AGRADECIMIENTOS
Quiero agradecer a mi familia que jamás me ha dejado caer en este camino tan complejo y exigente, no es sencillo seguir un sueño tan grande como el de querer ser escritor, pero gracias a su apoyo he podido ir cumpliendo y luchando por mi propio espacio en este mundo de la literatura.
.
CIUDAD DE LA INCOHERENCIA
––––––––
H
abían pasado ya cinco años desde la guerra contra Modress. Los continentes seguían desplazándose entre el inmenso océano y aquellos que no pudieron apreciar la crueldad de la guerra seguían con sus vidas como si nada hubiese sucedido.
En una zona muy alejada de una gran ciudad blanca, un grupo de soldados con vestimentas relucientes llegó a un pueblo de pescadores que estaba cerca del mar. Uno de ellos, llamado Vlario, preguntó al líder de la comunidad:
—Hemos escuchado que aquí se encuentra alguien que puede usar magia.
El encargado acotó que él envió la carta indicando aquellas novedades. El guardia le ordenó que lo llevara con el muchacho mientras le pedía que le explicara cómo había llegado al lugar.
Este explicó que el joven fue encontrado por un grupo de pescadores en la orilla de la playa hace cinco años, luego de que se vio en el cielo un destello verde muy reluciente que cubrió todo el pueblo.
—Intentamos ayudarle, pero este dijo, desvariando, que debía volver a ayudar a sus amigos a pelear contra una piedra blanca —prosiguió el anciano.
—¿Qué ha hecho desde ese entonces? —preguntó Vlario.
—Lo llevamos a una pequeña cabaña alejada del pueblo. Le llevamos algo de comida. En ocasiones desaparece por semanas y luego vuelve a aparecer golpeado y muy maltratado. Creemos que se mete en problemas en otros pueblos. Hace poco fue al pueblo y comenzó a gritar nuevamente sobre el poder de una piedra blanca que va a destruirnos.
El guardia estuvo atento a todo lo que este le relató. Al llegar a la cabaña, escucharon cómo el joven gritaba con fuerza. Irrumpieron en ella y lo encontraron tendido en el suelo, llorando desconsoladamente, mientras repetía varios nombres a los que no le pusieron mucha atención.
—¿Traía consigo algo más? —indagó el soldado.
De entre el grupo de aldeanos salió una mujer con una bolsa de tela.
—Esto fue lo que traía consigo.
Vlario tomó la bolsa y, al abrirla, encontró una espada muy hermosa, una extraña prenda y también un pequeño fragmento de una piedra verde. Aquella piedra comenzó a brillar a medida que la acercaban al joven.
Dando media vuelta, llamó a uno de sus subordinados; este abrió una caja de oro. Vlario depositó allí el fragmento y ordenó:
—¡Llévalo cuanto antes al señor Luand!
Aquel soldado cumplió la orden y se llevó consigo el fragmento. Vlario ordenó a los otros que sujetaran al joven y lo colocaran en una celda de acero, donde fue transportado.
Antes de retirarse, se acercó al anciano y le entregó un cofre con monedas de oro y plata para su pueblo, además de un título como administrador principal.
—Procura no decir a nadie la existencia de este muchacho —increpó Vlario.
En una de las ciudades más importantes del continente se erguía una colosal edificación blanca, parecida a un castillo, por los elegantes detalles que la convertían en una joya de la construcción.
Estaba rodeada de enormes muros blancos que impedían a cualquiera fisgonear. Dentro había cientos de habitaciones reforzadas como si fuesen pequeños calabozos. La edificación tenía siete niveles: dos subterráneos y cinco por encima del suelo.
Alrededor se levantaban cuatro grandes torres de setenta metros de altura, cada una custodiada por docenas de guardias armados con elegantes espadas y grandes lanzas. Además, contaban con armas secundarias como cuchillos para el combate cuerpo a cuerpo.
Fuera de los muros se hallaba una imponente ciudad denominada «Bansary», conocida por las demás urbes del continente como la cuna del conocimiento, dado que la mayoría de sus habitantes eran estudiosos de diversos temas.
Esta prestigiosa ciudad poseía la biblioteca más grande de los cinco continentes, en la cual se guardaban libros escritos por los Luderas, individuos cuyo propósito era recorrer todos los continentes, recolectar información y plasmarla en textos.
La ciudad tenía una extensión de cien kilómetros. Una vez que terminaban las enormes construcciones, comenzaba un hermoso bosque lleno de árboles de todo tipo; algunos eran frutales y otros, solo adornos muy bonitos.
En el centro de la ciudad se encontraba un enorme palacio donde vivían aquellos elegidos por todos los ciudadanos para gobernarlos. En una parte alejada se erguía el castillo blanco, al que nadie podía ingresar a menos que trabajase allí.
Ese lugar estaba dirigido por dos hombres muy influyentes: Luand y Marthos. El primero era considerado un ser despiadado y sin corazón, que no dudaba en lastimar con tal de alcanzar sus metas personales.
Un extraño personaje caminaba por entre los pasillos de aquel lugar. Llevaba una túnica blanca con un cinturón negro; en aquella vestimenta había bolsillos de cuero en los que podía guardar algunas cosas. En su mano sostenía una tablilla de madera con unas hojas.
Al llegar a una habitación, golpeó la puerta. Otro, con vestimenta parecida a la suya, le abrió.
Al ingresar, entregó la tablilla a Lerth, uno de los especialistas, vestido con túnica roja.
—Estos son los resultados del seguimiento realizado a los residentes —dijo aquel que ingresó a la habitación.
—Veo que todo está dentro de los parámetros normales —manifestó Lerth, mientras pasaba cada una de las páginas—.
Al llegar a la última, se detuvo de manera extraña. Mirándole, inquirió acerca de los datos que había obtenido el estudio realizado por un interno en particular.
—Aún no entendemos por qué se dan esos valores. Si se percatan bien, en todos los otros estudios es igual a nosotros, pero cuando analizamos este aspecto vemos que existen residuos de algo que no es conocido por nosotros —agregó el mensajero.
—¿Conocen el nombre de este residente? —preguntó, algo consternado, Lerth.
—Drayost es el nombre que recogió Vlario cuando logró capturarlo. Otras fuentes dieron un segundo nombre que está anotado en su registro de investigación —acotó el de la vestimenta blanca.
Inmediatamente le solicitó que trajese todo su historial para revisarlo.
Dentro de una de estas habitaciones fortificadas se encontraba aquel joven del que hablaban. Su apariencia dejaba entrever que tenía unos dieciocho años, de un metro setenta y cinco de estatura.
Tenía una vestimenta gris rodeada de varias correas de cuero que inmovilizaban todos sus movimientos. Con el rostro pegado a la pared, repetía constantemente un nombre:
—¡Olimpia! ¡Olimpia!
Uno de los guardias se acercó a su celda y, golpeando la puerta con fuerza, le exigió que no hiciera ruido o lo llevaría al calabozo.
Su compañero se preguntó, extrañado:
—¿Quiénes serán los dueños de esos nombres?
El otro le indicó:
—Eso no es importante, hagamos lo que vinimos a hacer.
Una mujer de avanzada edad llamada Anet se acercó a estos y les pidió que se retiraran de la puerta, ya que no tenían por qué tratar así a ninguno de los internos.
Mirándolos con desprecio, expresó:
—Eres igual que todos estos. Tu trabajo es inútil; lo que deberían hacer con cada uno es eliminarlos y dejar de invertir tiempo en salvar lo que ya está dañado.
—No olvides que tú trabajas aquí cuidando a cada uno de estos, así que también estarías defectuosa al igual que ellos —dijo aquella mujer en tono de burla, mientras introducía la llave para abrir la celda en la que se encontraba el joven.
El soldado la observó con mucha rabia y le recalcó que no olvidara su posición.
Al ingresar, procuró acercarse para ver lo que hacía con el joven atado.
—¿Qué hora es afuera? —preguntó el muchacho con mucha tristeza.
—Aún no se pone el sol —respondió con amabilidad Anet.
Él volteó su rostro y le agradeció. Ella introdujo la mano en uno de sus bolsillos y sacó una hierba medicinal; acercó su mano izquierda con las hojas y las introdujo con delicadeza en su boca.
—¿Por qué me tienen aquí? —preguntó después de ingerir las plantas.
—Porque, al parecer, eres diferente a todos nosotros y eso les asusta —dijo con pena, mientras veía con desprecio a los guardias que estaban junto a ella.
Uno de ellos ingresó mientras lo consolaba y, al ver la compasión con la que lo trataba, le exigió que se retirase lo antes posible, ya que estaba faltando a uno de los reglamentos: no sentir pena por ninguno de los internos.
Aquel guardia era conocido como Cicatriz, debido a una herida que tenía en su brazo derecho. Tomándola del brazo, expresó enojo, ya que en anteriores ocasiones había tenido varios enfrentamientos con ella.
—¿Qué hay de malo en mostrar un poco de compasión con ellos? Ustedes los traen en contra de su voluntad y los encierran para hacer sus experimentos; lo mínimo que podemos hacer es tratarlos con algo de dignidad —acotó Anet, entristecida.
—Me enviaron a que te diga que prepares a la interna treinta y dos. Hoy los señores requieren de sus servicios —manifestó Cicatriz.
—No les es suficiente hacerla padecer dentro de estas paredes y la hacen sufrir de maneras tan aberrantes —exclamó con indignación, impotente de no poder hacer nada más.
—¿Podrías limitarte a cumplir con tu trabajo? Ya sabes que, si no lo haces, ella será asignada a otra cuidadora y estoy seguro de que no la tendrá en tanta estima como tú —agregó, mientras se acercaba al joven y golpeaba su cabeza con la mano.
—Cuando traigan de vuelta a Camile, procura dejarla limpia para después tomar mi parte del botín —agregó de manera depravada.
Anet lo miró con desprecio y le indicó que no lo permitiría. Al ver la manera en la que ella se rebelaba contra su autoridad, el soldado sacó su espada y la colocó en su cuello, mientras la amenazaba por semejante ofensa a su rango.
Con ira en sus ojos, respondió que, si se atrevía a tocarla, ella comentaría que él se aprovechaba de su posición para usar la mercancía
, privilegio reservado solo a los rangos más altos.
Esto no le gustó al enfurecido soldado, ya que sabía que, si esto llegaba a oídos de sus superiores, podía meterse en graves problemas. Empujándola con fuerza, caminó hacia la puerta y partió del lugar.
Al llegar a la salida, se volteó y le ordenó:
—Prepara a Camile, pronto iré a recogerla.
El joven escuchó todo lo que conversaban. Volteando el rostro, preguntó por aquella joven.
Anet se acercó a él, colocando sus manos en la cabeza para ayudarle a recostarse, ya que la medicina empezaba a hacer efecto. Luego salió presurosa para cumplir con lo asignado.
Dentro de una habitación se encontraban Luand y Marthos, junto a un hombre muy influyente de aquella ciudad, quien donaba mucho oro y piedras preciosas para mantener las investigaciones que allí se realizaban.
—He oído hablar de esta joven con otros de mis amigos. Me han dicho que su belleza es única —dijo aquel repugnante hombre mientras se acariciaba las manos.
—Sus amigos han dicho lo correcto, mi señor. Camile es única entre todas; incluso su belleza está por encima de las mujeres más hermosas de nuestro reino —manifestó Marthos, mientras Luand observaba a aquel despreciable hombre.
En ese momento ingresó un gran número de sirvientes con varios baúles llenos de piedras preciosas.
—Reciban esta cantidad para que continúen con su loable labor. Creo que lo que ustedes hacen es admirable. No conviene que algunos incoherentes siembren ideas absurdas en nuestro pueblo. Hemos sufrido mucho a causa de la magia; ya es hora de que alguien haga algo para erradicarla —expuso, mientras miraba a su alrededor esperando ver a Camile.
Uno de los soldados ingresó diciendo que todo estaba listo para recibir al benefactor. Marthos le pidió que siguiera al guía hasta donde estaba su obsequio.
Sobre el escritorio había un pequeño fragmento de una piedra verde. Luand la tomó entre sus dedos mientras aquel hombre salía y manifestó su inquietud sobre esta.
—No te preocupes por nada; la hemos estudiado y no es más que un pedazo de roca sin valor —expuso Marthos, mientras acariciaba un brazalete similar al que tenía Luand.
—Creo que debemos hacer algo con algunos de los que se encuentran en los niveles inferiores. No podemos seguir almacenando a tantos —dijo Luand, colocando el fragmento sobre un libro lleno de informes de los avances realizados en el lugar.
Aquel hombre caminó por los pasillos siguiendo al guía. Mientras miraba a su alrededor, se percató de que había varias puertas que llevaban a otros niveles.
Llamó la atención de su guía y preguntó qué había detrás de ellas.
Este, con mucho respeto, respondió que no tenía de qué preocuparse, ya que ese nivel solo tenía habitaciones para invitados importantes.
Una vez que llegaron al sitio, abrió la puerta. Dentro estaba una hermosa joven de cabello castaño lacio. Tenía una túnica blanca que cubría su cuerpo y parte de su rostro.
En tanto aquel hombre caminaba hacia ella, cerró la puerta. Al llegar frente a Camile, le quitó la capucha que cubría su cabeza. Mirándola, exaltó lo hermosa que era. Luego le quitó la vestimenta y la arrojó con brusquedad sobre una cama con sábanas de terciopelo.
Llegada la noche, Anet se encontraba afuera de la habitación de Camile, esperando a que llegase.
Al ver que unos soldados la traían, corrió para atenderla. Esta tenía algunos moretones en el cuerpo, además del vestido desgarrado. Mientras acariciaba su rostro, varias lágrimas se derramaban.
—¿Podrías perdonarme, pequeña? Porque no puedo hacer nada más por ti. Desearía sacarte de este lugar, pero eso empeoraría todo, y lo que menos deseo es dejarte a la merced de ellos.
—No te preocupes, Anet. Gracias a las hierbas que me das, no siento dolor alguno. Eso me ayuda mucho a soportar todo —dijo la joven con una mirada triste y perdida.
Cicatriz ingresó a la habitación y le pidió que se retirase del lugar y lo dejase solo con Camile.
Pero ella, con rabia, tomó un cuchillo que usaba para cortar vendas y lo colocó frente a este:
—Si te acercas un poco, te lo enterraré mil veces.
Mirándola con desprecio, la amenazó diciendo que, si no se retiraba, le cortaría el cuello y la arrojaría a la jaula de las bestias para que devorasen su cuerpo.
Camile tomó el brazo de Anet con delicadeza, diciéndole que se retirara de la habitación y lo dejase con él.
—¡No te dejaré, pequeña! Ya sufriste demasiado —exclamó con pena, mientras dejaba el cuchillo sobre la mesa y empezaba a gritar con fuerza.
Esto alertó a los demás. Presurosos, se dirigieron hasta la celda donde se encontraban.
Marthos ingresó a la habitación, preguntando qué sucedía.
—Perdón, mi señor, solo me asusté porque él entró y me sobresalté tanto que grité. Pido mil disculpas —agregó Anet.
Mirando al soldado, Marthos preguntó si lo que ella decía era cierto. Este afirmó con la cabeza.
Regresando la mirada a la anciana, le ordenó:
—Limpia cuanto antes a Camile y sal del lugar.
Luego de que se retiraron, Anet la abrazó con fuerza, mientras susurraba a su oído que la protegería de todo aquel que quisiera lastimarla.
La joven, agradecida, se aferró a su protección, abrazando sus piernas mientras ella curaba sus heridas.
Después de ayudarle a recostarse en su cama, colocó unas pequeñas ramas de una planta relajante dentro de una taza con agua caliente.
La mujer se sentó a su lado, levantó su cabeza y le ayudó a beber la infusión. Tras beberla, la recostó, la cubrió con una manta y colocó una silla junto a su cama.
Al transcurrir varias horas, Camile se levantó repitiendo:
—¡No lo hagan, por favor! ¡No me lastimen!
Inmediatamente, Anet caminó hacia ella, la sujetó con sus brazos y le dijo al oído:
—Estoy contigo, pequeña, no tienes por qué temer.
A la mañana siguiente, Anet salió del lugar dejando a Camile en su habitación. Miró a ambos lados y, al comprobar que ninguno de los guardias la veía, puso seguro a la puerta para evitar que alguien entrara mientras se ausentaba.
Al salir por una de las puertas del enorme palacio blanco, uno de los líderes se acercó a ella.
—¿Cómo amaneció Camile? —preguntó Luand con indiferencia.
—Aquel hombre la trató como si fuera un trapo sucio. La golpeó con tanta fuerza que tiene muchas heridas internas y externas —respondió ella, frotando sus manos contra el cesto que llevaba.
—No debes alterarte tanto, Anet. Recuerda que, por tu avanzada edad, puede pasarte algo. Y sin ti, ¿quién protegería a esa joven? —agregó Luand, con un gesto de su cabeza, indicándole que se marchara.
La mujer aceleró el paso para alejarse cuanto antes del lugar.
Al llegar a la puerta principal del palacio, uno de los guardias le preguntó a dónde se dirigía. Luand se asomó por una de las ventanas y les ordenó que la dejaran salir.
Los soldados abrieron las compuertas.
Anet salió despavorida y caminó hacia el mercado en busca de plantas medicinales. Mientras avanzaba, se colocó lentamente la capucha para cubrir su rostro.
Deambuló por las calles durante unos treinta minutos, hasta que se topó con cientos de personas que transitaban con la intención de adquirir alimentos o algún servicio.
Al cruzar una esquina, Anet llegó a la parte donde se asentaban decenas de mercaderes. Algunos se acercaban lo suficiente para mostrar sus productos, mientras ella los esquivaba, haciéndose a un lado.
Su misteriosa mirada se deslizaba de un lado a otro, como si estuviera buscando algo. Llegó hasta un puesto donde vendían hierbas medicinales.
—Anet, ¡qué bueno verte después de tanto tiempo! —expresó un anciano al que apodaban Sangre Negra.
Ella manifestó su indiferencia al comentario y preguntó por Rolen.
—¿Viste si alguien te siguió? —preguntó Sangre Negra, mientras veía a unos soldados del reino caminar por el lugar.
—Nadie me siguió —respondió Anet.
—Cuando comience la distracción, camina hasta el callejón. Encontrarás una puerta de madera; no toques, solo ingresa. ¡El jefe siempre te está esperando! —agregó, mientras con una señal dio la orden de actuar a un muchacho que estaba cerca.
Aquel joven tomó una bolsa colgada en una de las tiendas y salió corriendo.
—¡Ladrón, ladrón! —gritó el encargado, muy molesto, mientras hacía gestos con sus ojos a Anet.
Un grupo de personas se acercó al lugar, mientras los guardias corrían detrás del delincuente.
Anet salió presurosa hasta llegar al callejón. Se desplazó a la puerta y la abrió rápidamente.
Al ingresar, pudo ver a doce personas, entre hombres y mujeres, degustando un festín.
—¡Te hemos estado esperando mucho tiempo, Anet! —exclamó uno que estaba comiendo un trozo de cerdo asado.
—No he podido venir. En el castillo están poniendo mucha resistencia a este tipo de salidas, que pueden ser sospechosas —agregó, mientras sujetaba con fuerza su cesto de hierbas medicinales.
—Pensamos que te habías arrepentido de ayudarnos —intervino otro, de pie, bebiendo agua en un vaso de madera, mientras la miraba con desconfianza.
—¿Cómo está la muchacha? —preguntó nuevamente aquel que estaba sentado.
—Camile no está bien. Cada vez la siguen lastimando más con sus absurdos experimentos, además de prostituirla a los más ricos del reino para obtener riquezas que les permiten continuar con su trabajo —expresó, con rabia.
—No te preocupes, Anet. Pronto la sacaremos de aquel lugar y la llevaremos con nosotros, al sitio donde debe estar —expresó el líder, mientras ordenaba a otro servirle comida.
Ella indicó que no deseaba nada. Su rostro reflejaba el malestar por lo que este decía.
—¿Te sucede algo, Anet? —preguntó.
—No estoy segura de que ustedes sean la mejor opción para Camile —dijo con firmeza—. Siento que, si se va con ustedes, entrará en una nueva prisión.
—Tú sabes muy bien quién es ella y lo que puede hacer. Esa muchacha es la única que puede salvarnos de la destrucción que está por venir. Ellos buscan la manera de destruir a las criaturas mágicas y ven en Camile la clave —agregó el líder, molesto por la actitud de Anet.
—Si es tan importante, ¿por qué han esperado tanto tiempo para sacarla de esa prisión? Si creen que ella es su salvadora, ¿por qué no han hecho algo para liberarla? Solo esperan aquí a que un día la traiga cubierta con una manta y se las entregue. ¡Ninguno tiene la valentía suficiente para luchar por su libertad! —exclamó, molesta.
Todos quedaron en silencio y no dijeron una sola palabra.
Anet caminó hacia la puerta y, mientras la abría, dijo con desprecio:
—Yo he sacrificado más que ustedes en este intento. Nunca lo olviden.
Agregó aquello, cerró la puerta y se puso nuevamente la capucha para salir del lugar.
Al regresar al palacio, uno de los soldados revisó la canasta que traía. Al ver que solo se trataba de hierbas, ordenó a los demás que la dejaran pasar.
Mientras caminaba por los pasillos, vio cómo un soldado se acercaba a uno de los capitanes.
Al llegar frente a este, hizo una reverencia.
—Hemos cumplido con la orden dada, mi señor, y no hemos dejado rastro alguno.
Asintiendo con la cabeza, el capitán le pidió que se retirara. Luego se percató de la presencia de Anet y, con un ligero movimiento de la cabeza, le ordenó que siguiera su camino.
Lerth ingresó a la habitación del joven, acompañado de varios guardias, entre ellos Cicatriz.
De inmediato ordenó a los otros que lo sentaran sobre su cama.
—Haremos nuestra inspección de rutina. Veamos si esta vez hemos podido avanzar un poco. Si ese llegase a ser el caso, te soltaremos y dejaremos que camines con más libertad, hasta que algún día puedas salir de este lugar como una persona normal.
—Dudo que haya avanzado algo. Su mente está tan dañada que hasta ayer seguía gritando sobre el poder de una piedra blanca que debía detener con ayuda de sus amigos —intervino Cicatriz.
Colocando su mano sobre la barbilla, Lerth preguntó:
—¿Es verdad lo que dice? ¿Tienes tú que cumplir con una misión donde aseguras que existe una piedra con poderes mágicos?
El joven estaba preocupado. Sabía que, si decía algo sobre las imágenes que venían a su cabeza, lo mantendrían encerrado. Así que optó por decir:
—Reconozco que esas imágenes vienen a mi cabeza de vez en cuando, pero últimamente me doy cuenta de que no son reales.
—¿Admites que todo lo que antes decías es solo un invento de tu mente y no tiene nada que ver con la realidad? —indagó Lerth.
—Me sentía muy aturdido; por eso confundía lo irreal con lo real. Pero ahora, con su ayuda, me siento mejor y puedo diferenciar lo verdadero de lo falso —respondió, con el afán de ganar algo de espacio.
Lerth lo miró detenidamente mientras revisaba los papeles que tenía a la mano.
—Debes evitar hablar sobre tus sueños con otros.
El joven asintió y se comprometió a no hacerlo.
—Al parecer, la medicina está rindiendo sus frutos. Déjenlo libre por esta vez, pero estén atentos a cualquier novedad. Si llegara a hablar de algo anormal, átenlo y llévenlo al nivel inferior para someterlo a un tratamiento más riguroso.
Sus pies estaban entumecidos porque llevaba meses encerrado y atado de pies a cabeza.
—¿Está seguro de liberarlo? Recuerde que en otras ocasiones su mente ha colapsado y ha gritado cosas incoherentes que agitan las ideas de otros —preguntó, preocupado, Cicatriz.
—Démosle su último voto de confianza. Si lo cumple, podríamos decir que hemos logrado curarlo —agregó Lerth, mientras ordenaba que lo liberaran.
Un grupo de soldados fue soltando, poco a poco, cada una de las correas de cuero que ataban a Drayost. Al principio no sentía ninguna parte de su cuerpo. Luego de casi cuatro horas, pudo empezar a mover algunas extremidades.
Al ver que empezaba a reaccionar, los soldados lo tomaron de los brazos y lo llevaron casi cargado, hasta que sus piernas se fortalecieran y pudiera caminar por sí mismo.
Mientras avanzaba por los pasillos, miró detenidamente una entrada que conducía a unas escaleras que llevaban a un lugar al que nadie podía acceder.
Al acercarse a la salida, sus manos comenzaron a temblar, ansiosas de libertad. Sus pies, entorpecidos por tanto tiempo inmóviles, no respondían como él deseaba. La tristeza en sus ojos mostraba que no había un solo rastro de esperanza.
Cuando su piel se puso en contacto con los rayos del sol, sus manos recobraron un poco de fuerza. Levantándolas, trató de proteger sus ojos de la luz que acariciaba su cuerpo.
—Te dejaremos que vayas a donde quieras. Solo ten cuidado, porque te estamos vigilando. No pierdas esta oportunidad que se te ha dado; puede ser la última vez, ¡Drayost! —exclamó uno de sus escoltas, mientras el joven herido asentía con la cabeza.
Caminó durante un buen tiempo alrededor del jardín principal del enorme palacio. Lo hizo con lentitud y torpeza, hasta llegar a un asiento que daba a un hermoso lago. La imagen de un recuerdo apareció en su mente, pero la despreció, sabiendo que, si seguía ahondando en ello, podía arriesgar su recién ganada libertad.
A lo lejos había un puente muy largo que unía aquel sector con otro extremo del palacio. Alrededor de este se encontraban docenas de
