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En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx narra los acontecimientos que ocurrieron en Francia entre 1848 y 1852. Desde la caída de Luis Felipe de Orleans y la Primavera de los Pueblos, pasando por la elección de Luis Bonaparte como presidente, hasta las tensiones entre el poder ejecutivo y el legislativo que desembocarían en el golpe de Estado del futuro Napoleón III. Obra cargada de ironía crítica y profundo estilo literario, este es el texto más actual de Marx y la mejor muestra de su labor como comentarista político. Se presenta en una nueva edición y traducción que incluye dos apéndices inéditos en castellano.
Karl Marx
Karl Marx (geb. 1818, gest. 1883) war ein deutscher Philosoph, Ökonom, Gesellschaftstheoretiker und politischer Journalist. Er gilt als einer der einflussreichsten Denker des 19. Jahrhunderts. Sein Werk konzentriert sich auf Kapitalismusanalyse, Klassenverhältnisse und historische Entwicklungen gesellschaftlicher Systeme. Mit seinen ökonomischen und gesellschaftstheoretischen Schriften prägte er politische Bewegungen weltweit und legte den Grundstein für die moderne Sozialwissenschaft.
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El 18 Brumario de Luis Bonaparte - Karl Marx
Akal / Clásicos del pensamiento político
KARL MARX
EL 18 BRUMARIO
DE LUIS BONAPARTE
Traducción, introducción y notas de Clara Ramas San Miguel
Karl Marx, analista clarividente de la evolución social y económica, y defensor de la transformación emancipadora del Estado y la sociedad, es sin duda el pensador más influyente del mundo contemporáneo. Sus ideas ganaron rápida aceptación en el movimiento socialista y sus textos se consagraron como lectura ineludible para cualquier tendencia ideológica. Filósofo, sociólogo, historiador, economista y activista revolucionario, su extensísima obra ha alcanzado el estatus de referencia universal.
Clara Ramas San Miguel es profesora de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Investiga la obra de Karl Marx y su conexión con la tradición filosófica alemana, especialmente con Kant y Hegel. Ha realizado estancias de investigación en Alemania e impartido docencia en Francia, Costa Rica y Argentina. Es autora de artículos en revistas especializadas y contribuciones en libros colectivos sobre filosofía moderna y contemporánea, y ha traducido a Carl Schmitt y a Michael Heinrich al castellano. Ha publicado la monografía Fetiche y mistificación capitalistas. La crítica de la economía política de Marx (2018; 2.ª ed. 2021), de próxima aparición en inglés. Coordina el Seminario Hegel Complutense. Colabora con diversos medios de comunicación y ha sido diputada en la Asamblea de Madrid.
Maqueta de portada: Sergio Ramírez
Diseño interior y cubierta: RAG
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Nota a la edición digital:
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Título original: Der 18te Brumaire des Louis Napoleon
© Ediciones Akal, S. A., 2023
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 9788446053606
Logo_ministerio_con texto_para_digitalizacionLogo_plan_de_recuperacion_para_digitalizacionKarl Marx en 1875.
Índice de contenido
Introducción
Nota sobre la presente edición
EL 18 BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE
Prólogo a la segunda edición (1869)
Prólogo a la tercera edición (1885)
I
II
III
IV
V
VI
VII
APÉNDICES
I. Carta de Engels a Marx (3 de diciembre de 1851)
II. Causas reales por las que los proletarios franceses permanecieron relativamente inactivos el pasado diciembre, Friedrich Engels (21 de febrero-10 de abril de 1852)
Introducción
«Toda época es una esfinge que se precipita en el abismo
en cuanto se ha resuelto su enigma».
Heinrich Heine
Estatuas y muñecos. El problema de la obra
«Las grandes cosas poseen la inmovilidad de las estatuas; y las cosas miserables, la inmovilidad de los muñecos»[1]. La frase es de Victor Hugo. Con ella designó la obediencia miserable de los soldados que formaban en fila tras seguir ciegamente, como marionetas, el golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1852.
Esta contraposición entre la inmovilidad de las grandes cosas, que perduran desde el pasado en modo clásico, inmóviles y duraderas como estatuas, y la tenaz obstinación de los muñecos, que un día cobran vida y, de forma incomprensible, aparecen ocupando el escenario completo cuando nadie les esperaba, es la espina dorsal que articula El 18 Brumario de Luis Bonaparte de Karl Marx. Es un texto sobre el paso de lo grande a lo pequeño, de la tragedia a la comedia, de lo heroico a lo banal. Mucho antes que Richard Rorty, Marx detectó que la ironía es la atmósfera de nuestro tiempo. Lo escribía, por los mismos años, su apreciado Heinrich Heine: «Hay espejos que están tallados de forma tan oblicua que incluso un Apolo no puede reflejarse en ellos más que como una caricatura y nos induce a risa. Pero entonces nos reímos solo de la imagen deformada, no del dios»[2]. Lo que ocurría, ciertamente, es que por muy grande y noble que fuera la idea, la libertad, la justicia, la fraternidad, los contemporáneos la habían degradado hasta lo ridículo: por eso, concluye Heine, «me burlo no de la idea, pero sí de su piel de oso. Los modernos somos ya», dice en el poema Atta Troll,
argonautas sin navío
que andan por el monte en busca no del vellocino de oro,
sino de una piel de oso…
¡Solo somos pobres diablos, héroes de corte moderno,
y ningún poeta clásico
nos celebrará en su canto![3].
Los modernos somos «argonautas sin navío», con la orfandad como condición natural. Los dioses han huido y el canto del poeta no tiene hoy ya nada que celebrar, nos recuerda Schiller en el poema «Los dioses de Grecia» (1800), cuyo final cita también Heine en el suyo; solo resuena ya el vacío, y solo queda la palabra inerte[4]. Además del rumbo, hemos perdido a los dioses y a los reyes. Escribe Marx en una recensión sobre Guizot: «De hecho, no solamente les rois s’en vont [los reyes se van], sino también les capacités de la bourgeoisie s’en vont [se van las capacidades de la burguesía]»[5]. Ecos, de nuevo, de la sentencia de Heine: «Les dieux s’en vont [los dioses se van]. Goethe está muerto»[6]. Con Goethe y Hegel, que mueren casi a la vez, en 1831 y 1832, se acaba el periodo dorado de la literatura y la filosofía alemanas. Empieza, con ello, también, el declive de la propia burguesía. La Modernidad entra en su tramo final, crepuscular, y el carácter de la época es, pues, preeminentemente cómico. La tragedia deja paso a la comedia. Pero ello no conduce al cinismo. La tarea de los «héroes de corte moderno», si quieren estar a la altura de su tiempo, sean poetas, filósofos o revolucionarios, o todas esas cosas a la vez, es no escamotearse este hecho y convertir el uso de la ironía y la farsa en una autoaclaración sobre el propio presente. Luis Bonaparte, sobrino de Napoleón, era, en este sentido, un personaje privilegiado.
El 1 de diciembre de 1851, el coronel republicano Charras se encogió de hombros y descargó sus pistolas. Un golpe de Estado por parte de Luis Bonaparte parecía no solo improbable: era humillante solo pensarlo. Sus contemporáneos no podían siquiera concebirlo. Así lo recuerda Victor Hugo:
Para representar una tragedia se necesita un actor; y en este caso, ciertamente, el actor faltaba. Violar el derecho, suprimir la Asamblea, abolir la Constitución, estrangular la República, aterrorizar a la nación, mancillar la bandera, deshonrar al ejército, prostituir el clero y la magistratura, salir bien librado de la aventura, triunfar, gobernar, administrar, exiliar, desterrar, deportar, arruinar, asesinar, reinar, con tales cómplices que la ley acabase siendo el lecho de una mujerzuela, ¡cómo podrían cometerse todas estas enormidades! ¿Y por quién? ¿Por un coloso? ¡No!; por un enano. Provocaba risa. No se decía: «¡Qué crimen!», sino: «¡Qué farsa!»[7].
Luis Bonaparte no disponía de una gloriosa batalla de Austerlitz, sino de intentos fallidos de golpe de Estado en Estrasburgo y Boulogne, y de una huida de prisión disfrazado de carpintero; no era un águila, era un ganso. Faltaba, ciertamente, un actor para la tragedia. Faltaba un gran hombre capaz de gobernar, conquistar, administrar, asesinar, triunfar. Faltaba un monarca de tragedia shakespeariana. Pero existía un autor para una farsa. Así lo lee Marx:
Él, en público, ante los ciudadanos, con los discursos oficiales del orden, la religión, la familia, la propiedad, y detrás de él, la sociedad secreta de los Schufterles y los Spiegelbergs, la sociedad del desorden, de la prostitución y del robo, ese es el verdadero Bonaparte como autor original, y la historia de la Sociedad del 10 de Diciembre es su propia historia[8].
Luis Bonaparte no ha sido actor de gestas heroicas, de grandes actos de Estado, de hazañas trágicas: ha sido un bandido, ha sido el actor y, aún más, el autor de la comedia en que se ha convertido la vida del Estado moderno, repartiendo papeles a los más miserables personajes:
Viejo roué ladino, concibe la vida histórica de los pueblos y sus elevados actos de Estado como una comedia en el sentido más ordinario del término, como un carnaval en el que los grandes disfraces, las grandes palabras y los grandes gestos solo sirven para enmascarar a la bajeza más mezquina. Así fue en su expedición a Estrasburgo, donde un buitre suizo amaestrado representó el papel de águila napoleónica. Para su incursión en Boulogne, embute a unos cuantos lacayos londinenses en uniformes franceses. Representan el ejército. En su Sociedad del 10 de Diciembre reúne a 10.000 miserables que habían de representar al pueblo, como Klaus Zettel al león. En un momento en el que la propia burguesía representaba la comedia más completa, pero con la mayor seriedad del mundo, sin vulnerar ninguna de las pedantes condiciones de la etiqueta dramática francesa, ella misma medio engañada, medio convencida de la solemnidad de sus propios elevados actos de Estado, tenía que vencer el aventurero que tomase a la comedia lisa y llanamente como tal comedia. Solo cuando ha eliminado a su solemne adversario, cuando él mismo se toma en serio su papel imperial y cree representar, con su careta napoleónica, al verdadero Napoleón, se convierte en víctima de su propia cosmovisión, en el bufón serio que ya no toma la historia universal por una comedia, sino a su comedia por la historia universal.
En el «Prólogo a la segunda edición», Marx resume en una frase el propósito de la obra: «Yo, en cambio, muestro cómo la lucha de clases en Francia creó circunstancias y condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe»[9]. También lo formula así en el capítulo I de la obra: «Quedaría por explicar cómo es posible que una nación de 36 millones pudiera verse sorprendida y apresada sin resistencia por tres [vulgares] caballeros de industria»[10].
La obra pretende, pues, dar respuesta al enigma no de una estatua, sino de un muñeco; no de la «noble simplicidad y serena grandeza», sino de una carnavalesca y misteriosa sonrisa. Por eso, Luis Bonaparte es un signo de su época; y por eso hay que escribir un libro sobre él. Lo cierto es que, cuando llega a nuestras manos, este libro presenta un cierto carácter enigmático. ¿A qué genero pertenece El 18 Brumario de Marx? ¿Es un relato histórico, una crónica periodística, un ensayo teórico o un drama literario? ¿Tiene aires de familia con El capital, con Diez días que estremecieron el mundo o con el Coriolanus de Shakespeare? La respuesta es que es todas estas cosas a la vez. Es prosa teórica y poética; es crónica de actualidad y ensayo político; es manifiesto político y tratado filosófico. Este texto es una mise en scène que trata de explicar lo que es de por sí un drama: qué tuvo que pasar para que la política moderna se convirtiera en teatro y un actor cómico fuera el único agente capaz de conducir los acontecimientos políticos de la nación más avanzada de Europa. Es un texto, pues, sobre la re-presentación que es él mismo una representación. Esta obra de 1852, que en palabras de Engels supone una «comprensión eminente de la historia cotidiana viva»[11], es, en fin, un libro más actual que casi cualquier otro reciente que pueda leerse sobre democracia, ironía, sociedad del espectáculo, populismo, bonapartismo o, digámoslo ya, Posmodernidad. Si Marx es en general un autor imprescindible para comprender ese momento crepuscular de la Modernidad que todavía es el nuestro, este breve texto, escrito a vuelapluma «bajo la presión inmediata de los acontecimientos»[12], desde el exilio, entre estrecheces económicas y otros apremios, es quizá su obra más posmoderna.
Génesis del texto
Marx ya había escrito sobre política francesa en Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, y algunos pequeños textos como un análisis de la Constitución de 1848. Como indica Engels en su «Prólogo a la tercera edición», Marx mostró desde siempre un notable interés por este país y cultivó el estudio de su historia. En otoño de 1851, empezaron a circular en la prensa rumores de golpe de Estado en Francia y, solo una semana después del golpe, Marx, «bastante desconcertado por los eventos tragicómicos en París»[13], se decidió a ofrecer un relato del acontecimiento. Comenzó entonces un intercambio intelectual mediante correspondencia con Engels, quien envió a Marx el día siguiente al golpe de Estado, el 3 de diciembre, una carta con un primer análisis. Dicha carta, que incluimos traducida en nuestra edición, tuvo, como se puede ver, una influencia notable en el texto de Marx: incluye ya el concepto de «18 Brumario» de Luis Bonaparte como contraste irónico con el final del Directorio de Napoleón el 9 de noviembre de 1799 –18 Brumario en el calendario republicano; esta comparación, en todo caso, era habitual en los contemporáneos, y aparece también en la carta de Richard Reinhardt a Marx del 4 de diciembre–, así como la cita de Hegel con la que se abre el texto y, prácticamente idénticas, sus famosísimas primeras líneas. En sus cartas del 10, 12 y 16 de diciembre, Engels amplía su valoración.
Como relata en su «Prólogo», a mediados de diciembre de 1851 Marx se decidió a escribir «un artículo sobre la misère francesa»[14] para su publicación en Die Revolution, el proyecto de revista en alemán que quería editar en Nueva York su amigo Joseph Weydemeyer. El 19 de diciembre, comunicó a Weydemeyer el título: El 18 Brumario de Luis Bonaparte, que apareció anunciado en Die Revolution el 6 de enero de 1852. Al parecer, Marx escribió el capítulo I del texto durante la estancia de Engels en Londres, del 20 de diciembre al 4 de enero de 1852, y siguió trabajando en el resto de materiales hasta el 25 de marzo. Por su parte, Engels concentró su análisis, especialmente enfocado a la estrategia política de la clase trabajadora, en el texto «Causas reales por las que los proletarios franceses permanecieron relativamente inactivos el pasado diciembre», publicado en inglés en Notes to the People de febrero a abril de 1852, y que incluimos asimismo en nuestra edición.
El de Marx fue el primer texto escrito sobre el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. Tras algunas dificultades técnicas y financieras[15], aparecieron 500 ejemplares del número 1 de Die Revolution en septiembre de 1852, aunque con «Luis Napoleón» en el título. Tuvo una segunda edición en Hamburgo, en 1869, con prólogo de Marx, y una tercera, en 1885, con prólogo de Engels. En 1891, fue traducido al francés en Le Socialiste. Desde entonces, no ha dejado de tener influencia: en estas últimas décadas, como hemos tratado de traslucir en la selección bibliográfica que acompaña a esta introducción, ha sido leído desde la teoría del Estado, la historia económica, la sociología, los estudios culturales y de discurso, o la filosofía.
Cronología, actores y plan de la obra
El 18 Brumario de Luis Bonaparte cubre el periodo de la Segunda República francesa: desde su instauración, el 24 de febrero de 1848 como consecuencia de los levantamientos populares y la caída de Luis Felipe de Orleans, hasta el golpe de Estado de Luis Bonaparte, el 2 de diciembre de 1851. Los principales actores políticos y sociales que aparecen son los siguientes.
El Partido del Orden: partido monárquico, representa a la gran burguesía, reuniendo a la facción legitimista, apoyada por la burguesía terrateniente que pide una Restauración de la casa de los Borbones; y la facción orleanista, apoyada por la burguesía industrial y la aristocracia financiera que dominaban en la Monarquía de Julio.
La Montagne: adoptando el nombre de los jacobinos de 1792, es el partido de los republicanos pequeñoburgueses y demócratas, a favor de medidas progresivas moderadas, rivales inmediatos de los republicanos puros y enemigos del despilfarro y la corrupción de la aristocracia financiera. Tras alianzas puntuales con los socialistas, adquieren un cariz socialdemócrata.
Los republicanos burgueses puros: habían sido la oposición republicana a Luis Felipe y ahora constituyen una facción parlamentaria. Escritores, abogados, oficiales y administrativos, reconocibles políticamente, con influencia en la prensa, aglutinados por sus simpatías republicanas, el recuerdo de 1789 y el nacionalismo francés, pero no en torno a condiciones económicas propias.
Socialistas: representantes de la clase trabajadora y el creciente proletariado francés. Fueron expulsados del gobierno provisional de 1848 por la comisión ejecutiva, formada por republicanos moderados.
Funcionarios estatales: operan con intereses propios en el mantenimiento de la potente maquinaria estatal francesa.
El ejército: sus mandos oscilan entre el apoyo a los republicanos puros contra los levantamientos sociales, al Partido del Orden y a Luis Bonaparte.
El lumpenproletariado: capas excluidas de su propia clase social, afectadas por la miseria, la marginalidad y la exclusión, organizadas por Luis Bonaparte en su Sociedad del 10 de Diciembre.
El campesinado, que, despojado por la modernización de sus condiciones originales productivas y comunitarias, desempeñó un papel muy relevante en la elección de Luis Bonaparte como presidente.
Marx divide el periodo en tres etapas principales, que presenta de modo esquemático en el capítulo I y más elaborado al final del capítulo VI. Las sintetizamos junto con la división en capítulos de la obra.
Etapa 1. (Capítulo I) El periodo de febrero, del 24 de febrero al 4 de mayo, la reunión de la Asamblea Constituyente. Planteamiento general de la obra. Luis Felipe de Orleans es derrocado y se instituye un gobierno provisional. Los partidos pelean por definir el sentido de la república.
Etapa 2. El periodo de constitución de la república o de la Asamblea Nacional Constituyente. Del 4 de mayo de 1848 al 28 de mayo de 1849. El tono moderado y burgués del gobierno provisional provoca un levantamiento popular: la insurrección de junio. Todas las clases, organizadas como «república burguesa», se enfrentan al proletariado, que es reprimido violentamente: estado de sitio en París. (Capítulo II) Los republicanos puros elaboran la Constitución de 1848. Desde diciembre de 1848 hasta mayo de 1849, cae la burguesía republicana ante el Partido del Orden, ya hostil a la Asamblea.
Etapa 3. (Capítulo III) El periodo de la República constitucional o de la Asamblea Nacional Legislativa, del 28 de mayo de 1849 al 2 de diciembre de 1851. Se subdivide en tres fases:
Del 28 de mayo de 1849 al 13 de junio de 1849. La Montagne toma el lugar de los republicanos puros en la oposición y se alía con la socialdemocracia. Pierde la pelea con el gobierno por el bombardeo de Roma; se decreta el estado de sitio en París, no tiene fuerza para sostener un conflicto en las calles, lo que supone su fin parlamentario. Se disuelve la Guardia Nacional.
(Capítulo IV) Del 13 de junio de 1849 al 31 de mayo de 1850. Dictadura parlamentaria del Partido del Orden. Consuma su dominio con la abolición del sufragio universal y ley de prensa, pero pierde el gobierno: Bonaparte nombre el gobierno D’Hautpoul.
(Capítulo V) Del 31 de mayo de 1850 al 2 de diciembre de 1851. Estalla la lucha entre la Asamblea Nacional y Bonaparte. El parlamento pierde el mando supremo sobre el ejército. Bonaparte posee el poder armado. Moción de censura contra el gobierno, en la que se alían el Partido del Orden, que ha perdido su mayoría parlamentaria, republicanos puros y la Montagne. (Capítulo VI) Intento de revisión de la Constitución que permitiría una reelección de Bonaparte; intento de fusión de las dos facciones monárquicas en el Partido del Orden, y disolución del mismo. Ruptura abierta entre el Parlamento y el poder ejecutivo. Hundimiento del régimen parlamentario. Golpe de Estado de Luis Bonaparte.
(Capítulo VII) Conclusiones de Marx sobre la república burguesa, la revolución, el campesinado y el triunfo de Bonaparte.
Repetición, drama, historia
Marx desquicia a Hegel. La repetición histórica «Hegel observa en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal acontecen, por así decirlo, dos veces. Olvidó añadir: una vez como [gran] tragedia, la otra como [miserable] farsa»[16]. Estas tres líneas que constituyen el impresionante comienzo de El 18 Brumario anuncian una peculiar teoría de la historia: más concretamente, una teoría de los géneros literarios como teoría de la historia. Nos gustaría sostener que es esta, y no la así llamada «concepción materialista de la historia», la comprensión más sugerente que Marx esboza en estos años. Para comprenderlo, debemos tomarnos en serio el extremo cuidado que Marx pone en las imágenes y el lenguaje del texto.
El famoso comienzo procede de la mencionada carta que Engels escribe a Marx el día siguiente al golpe de Estado:
Pero, después de lo que vimos ayer, no se puede contar con el peuple para nada, y parece verdaderamente como si el viejo Hegel, desde su tumba, dirigiera la historia como espíritu universal, y, con la mayor conciencia, dispusiera todo para que se representara dos veces, una vez como gran tragedia y la segunda vez como deplorable farsa, Caussidière en lugar de Danton, L. Blanc en lugar de Robespierre, Barthélémy en lugar de Saint-Just, Flocon en lugar de Carnot, y el lunático con un puñado cualquiera de tenientes endeudados en lugar del pequeño cabo y su mesa redonda de mariscales. Así, ya habríamos llegado al 18 Brumario[17].
Engels y Marx se refieren a un pasaje de las Lecciones sobre la filosofía de la historia universal de Hegel. Tras elogiar a Julio César por unificar al mundo romano, Hegel responde a los que, como Bruto y Casio, pensaron que la dominación traída por César era casual, un producto de su individualidad, de modo que bastaría con liquidar a este individuo para hacer retornar a la república:
Pero inmediatamente se vio que solo un jefe podía dirigir el Estado romano y los romanos tuvieron que creer entonces esta verdad; pues, en general, una revolución política queda, por así decirlo, sancionada por el asentimiento de los hombres cuando se repite una segunda vez. Un cambio tan grande necesitaba suceder dos veces; pues una vez es fácilmente considerado como «ninguna vez»; pero ya la segunda vez confirma la primera. Fue, pues, necesario que Augusto se apoderase del poder, igual que César; del
