Homicidio y traición
Por Gregory Ashe
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Tras haber perdido su trabajo en Saint Louis, el detective Emery Hazard vuelve a su ciudad natal y comienza a trabajar para el departamento de policía de la localidad. Sin embargo, no conserva precisamente buenos recuerdos de su antiguo hogar y ahí, los fantasmas del pasado están más que vivos que nunca. Por si no fuera poco, su nuevo compañero, John-Henry Somerset, fue uno de de los chicos que le torturó durante el instituto, y Hazard aún se pregunta por el papel que desempeñó Somerset en la muerte de Jeff Langham, su primer novio.
Cuando descubren un cadáver severamente calcinado, Hazard se siente más atraído por el caso de lo que habría deseado. Determinar la identidad del cadáver se convierte en tarea imposible y resolver el crimen parece algo cada vez más lejano. Como el único agente de policía gay de la ciudad, Emery Hazard se convertirá en el centro de una creciente batalla entre poderosas fuerzas políticas y, para su sorpresa, encontrará un inusitado aliado en su compañero, su antiguo abusón. A medida que pasan más tiempo juntos, algo empieza a desarrollarse entre ellos, algo que Hazard no puede, ni quiere, explicar
El descubrimiento de un segundo cadáver mutilado revela pistas de que los dos asesinatos podrían estar conectados, y a medida que se acerca a las respuestas, Hazard destapará una conspiración de asesinatos y traición que le tocará más de cerca, y más profundamente, de lo que jamás habría podido esperar.
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Homicidio y traición - Gregory Ashe
1
24 de octubre, lunes.
7:00 a.m.
Emery Hazard se despertó en la habitación del hotel al alba. Mayormente, por culpa de la luz que le atacó impunemente a través de las desgastadas cortinas. Esas cosas debían de llevar ahí colgadas desde tiempos de Hoover y, en el transcurso de los años, se habían disuelto en una especie de rígida gasa gris.
El Bridal Veil Motor Court, un dilapidado motel de estilo art déco, ventanas de pavés incluidas, con un aspecto aerodinámico que podría haber sido considerado moderno hacía cien años, no ofrecía café, pero Hazard tampoco lo necesitaba. Tan pronto como abrió los ojos, la realidad le golpeó como un gancho en plena mandíbula, devolviéndole la consciencia al instante. De la misma forma que lo había estado haciendo todos y cada uno de los días de la última semana desde que le habían dado una patada en el trasero echándolo, simultáneamente, de su casa y de su trabajo para enviarle, cual perro apaleado, al medio de la nada y más específicamente: Wahredua, Misuri.
Y tal y como había hecho todos y cada uno de los días de la última semana, Hazard se quedó tendido de espaldas sobre la cama, con los ojos abiertos de par en par, esforzándose por aclarar su mente. Esto no era una pesadilla, se recordó a sí mismo. Esto no era un error, no. Esto era hoy, y así sería el resto de su vida.
Se levantó, porque se había dado cuenta de que las cosas mejoraban cuando estaba de pie y en movimiento. Le obligaba a no pensar demasiado. La grasienta y apelmazada alfombra que sintió bajo sus pies ayudó a desviar su atención. Ni en sus peores pesadillas había imaginado nunca una alfombra tan asquerosa.
No, se dijo a sí mismo deambulando hasta la ventana para retirar la acartonada cortina, no necesitaba café. Esa nueva cotidianeidad y la certeza de estar de vuelta en Wahredua eran capaces por sí solas de cargarle de adrenalina más rápido y con más eficacia que una caja entera de NoDoz. El sol cayó sobre su pecho en ardientes y furiosos rayos mientras el aire acondicionado giraba y zumbaba a la altura de sus rodillas, emitiendo apáticamente una fresca brisa que olía como el interior de una bolsa de gimnasio. Era octubre, pero la tierra aún ardía en esa parte del mundo. Entre cuchillada y cuchillada de sol, el cristal de la ventana le mostró el reflejo de su antigua cicatriz, gravada bajo el esternón. Tres cortas y brillantes líneas que podrían haber sido una C, el comienzo de una E, un 6 o una G. Tras esa imagen, el segundo piso del Bridal Veil Motor Court ofrecía una panorámica de la ciudad. Hazard contempló Wahredua.
No había cambiado nada realmente, y esa fue la primera gran decepción de la última semana.
Había llegado a la ciudad la noche anterior, tan exhausto, que lo único que consiguió hacer nada más entrar en el hotel fue arrastrarse hasta la cama con la esperanza de que, a lo mejor, en el transcurso de la noche y de alguna forma que aún no podía intuir, esa diminuta franja del condado de Ozark se transformaría en algo completamente distinto.
No lo había hecho.
En sí misma, Wahredua no era más que una alargada y exigua extensión de ladrillos y hormigón, con el ocasional destello de acero, construida al lado de un tramo de agua —al que llamaban, grandiosamente, la Gran Rivera—, que se abría paso por el terreno como lo haría un hombre tras tres días de borrachera: serpenteando sin sentido. En el lado opuesto al agua, se encontraban las líneas del ferrocarril MP, que se curvaban sobre la ciudad envolviéndola cual faja de hierro que intentara contener el frágil paisaje urbano. Hacía más de un siglo que Misuri Pacific no se había hecho cargo de esa línea, pero aún seguían llamándola MP sin importar las veces que cambiara de manos.
La delgada franja verde del bulevar y los destellos del sol que se reflejaban contra las ventanas de sus edificios marcaban el centro de Wahredua, que en realidad no era más que cinco kilómetros de autopista estatal donde el límite de velocidad se reducía a cuarenta y ocho.
En el horizonte, contra el rojizo telón de fondo de los árboles, se alzaban las tres enormes chimeneas de la planta de Tegula que aún emitían sus densas columnas de humo al cielo. Parecían los signos de exclamación al final de un mal chiste. Al final de este mal chiste, pensó Hazard. Esta broma pesada que era él volviendo a Wahredua. Bueno, pensó; estaba jodido.
Comenzó a vestirse para su nuevo trabajo: pantalones de traje, pistolera de hombro y chaqueta. Ser Detective en el departamento de policía de Wahredua significaba... No estaba seguro. ¿Qué tipo de trabajo hacían? ¿Busca y captura de ladrones de ganado? ¿Encontrar a chavales que se habían escapado de casa? ¿Perseguir vagabundos? ¿Ayudar a la señorita Gorse a evitar que los pollos de su vecina entraran en su patio? Hazard no podría afirmar que Saint Louis fuese una ciudad propiamente dicha, pero sí tenía cierta autenticidad, una especie de inquebrantable obstinación por ser ella misma y, lo más importante, tenía crimen. El tipo de crímenes que le habían llevado a dedicar su vida a las fuerzas de orden: asaltos, violaciones, asesinatos. Su oportunidad de aportar su pequeño granito de arena para intentar mejorar un mundo que estaba roto, a pesar de que solo pudiese hacerlo cuando la tragedia ya había pasado. Dios Santo, pensó; podría pasar cuarenta años trabajando para la policía de Wahredua y tendría que considerarse afortunado si fuera capaz de poner una mísera multa por exceso de velocidad.
Pero, pensó Hazard mientras se ajustaba la corbata y comprobaba su imagen en el espejo, iba a hacer este trabajo. Joder, iba a hacer el mejor puto trabajo del mundo. Había vuelto por una razón. A lo mejor, para todos los demás —para Billy, para sus amigos, para los policías que había dejado atrás—, daba la impresión de que estaba arrastrándose de vuelta al hogar porque no tenía más opción. Pero no. Lo cierto era que podría haber ido a cualquier otro sitio y, si se hubiese puesto seriamente a ello, a cientos de otros sitios. Pero no lo había hecho. Había decidido volver a Wahredua porque su reloj interno había dado una vuelta completa a la esfera y ahora que ambas manecillas se encontraban alineadas sobre la medianoche supo que había llegado el momento; era hora de volver a casa, hora de encontrar respuestas a preguntas demasiado difíciles entonces, hora de descubrir la verdad sobre lo que pasó con Jeff Langham.
Y una vez consiguiera esas respuestas, una vez el reloj comenzara a funcionar de nuevo, dentro de un año o de cinco, una vez la mierda se asentara en Saint Louis, volvería. O, si no se había asentado, aún había multitud de sitios donde podría empezar de nuevo: Chicago, Nueva York, Los Ángeles. Joder, necesitaban policías en San Francisco, ¿verdad? Y Billy adoraba San Francisco.
Pero primero, Emery Hazard iba a descubrir qué paso realmente la noche en la que Jeff Langhan decidió meterse una pistola en la boca y disparó.
Como si de una señal se tratara, su móvil sonó, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos. El nombre de Billy apareció en la pequeña pantalla. Hazard sonrió y lo cogió.
—Te has levantado pronto —saludó.
—No podía dormir sin ti —dijo Billy—. La cama estaba fría.
Hazard resopló.
—Y una mierda —dijo—. Has estado despierto toda la noche. Nunca te vas directo a la cama después de un espectáculo.
—A lo mejor —rio Billy—, pero la cama sigue estando fría.
—¿Cómo ha ido?
—Ha sido un exitazo.
—Por supuesto que lo ha sido —sonrió Hazard.
—Oye, Tom está llamando a todo el mundo para que bajemos desayunar, así que, en un minuto, tendré que salir corriendo —dijo Billy apresuradamente—. Solo quería desearte suerte.
—Gracias.
—¿Ya han intentado quemarte en la hoguera? —dijo Billy con sorna.
Hazard rio.
—Aún no he conocido a los furiosos aldeanos —contestó.
—Vaya —dijo Billy apenado—. ¿Qué tiene que hacer un maricón hoy en día para conseguir que le maten?
Hazard resopló.
—Probablemente, aparecer por el trabajo.
—Estoy bromeando —sonrió Billy—. Te van a adorar. Vas a poner patas arriba esa diminuta ciudad ganadera. ¿Un Detective de la gran ciudad con una ristra de casos tan impresionantes como los tuyos? Los tendrás comiendo de tu mano en seguida.
Hazard rio.
—Esa es la gilipollez más grande que he oído hoy —dijo.
—Bueno, aún es pronto —rio Billy—. En serio, te van a adorar. Los tiempos han cambiado. Tú has cambiado.
—Sí —dijo Hazard y suspiró—. Será mejor que te vayas.
—Tom puede esperar —dijo Billy—. Pareces cabreado y—.
—Tom estará hasta arriba de mimosas y borracho como una cuba como no te des prisa —le cortó Hazard. Billy suspiró y el sonido fue tan familiar... Irritante y, al mismo tiempo, extrañamente reconfortante. Un atisbo de la vida que había dejado atrás, aunque fuera uno que le hacía querer pulverizar sus dientes.
—Bajaré en un par de semanas —aseguró Billy—. Tan pronto como cerremos el espectáculo. Para entonces ya estarás instalado y podrías hacerme una visita guiada por tus lugares favoritos de la infancia. También tendrás la oportunidad de presentar a tu extraordinariamente gay novio a todos tus colegas. Va a ser genial. —Hazard gruñó. No había tenido ningún lugar favorito durante su infancia. Su lugar favorito de Wahredua siempre había sido la autopista que algún día le sacaría de ella, y tenía la sensación de que eso no iba a cambiar pronto. La voz de Billy se oyó amortiguada mientras hablaba con alguien y luego volvió—. Saludos de Tom.
—Dile a Tom que no estoy demasiado satisfecho con que vaya a llevar a mi novio a desayunar.
Billy rio.
—Envíame un mensaje luego para contarme cómo ha ido todo. Aunque haya sido un completo desastre. Especialmente, si ha sido un completo desastre.
—No estaba bromeando con lo de Tom —repitió Hazard—. Dile que se aparte.
—Hasta luego, Em —se despidió Billy con un dramático suspiro.
La llamada se cortó y Hazard se quedó mirando la oscura pantalla del teléfono.
Jodido Tom Gerard. No llevaba fuera ni una semana y ya había empezado a moverse. Señoras y señores, un respeto por los muertos, por favor.
Se ajustó la corbata una última vez, la enderezó sobre su pecho y abandonó el Motor Court en dirección al Caseys para comprar café.
Por lo que recordaba, Wahredua no tenía Starbucks. Tenía una panadería, y había sido buena, pero también había pertenecido a Bab Grames, la madre de Michael Grames, el mayor abusón de la ciudad desde el colegio hasta el instituto y, por lo que sabía, hasta el presente. No estaba ansioso por cruzarse con Grames o con ninguna otra persona que hubiese formado parte de esa época de su vida y la tienda de Casey le pareció la opción más segura.
Solo que, por supuesto, no lo era, porque cuando entró, Michael Grames estaba trabajando tras la caja registradora. Hazard siguió moviéndose por instinto; hasta ahora, había sobrevivido gracias a su capacidad de mantenerse impasible y no sorprenderse por nada. Incluso si alguien decidía derramar un cubo de mierda sobre su mesa, podría andar, hablar y actuar como si todo fuera perfectamente normal. Y así se sentía ahora; sentía que alguien le había lanzado un enorme cubo de mierda a los pies, pero siguió avanzando. Pasó la caja registradora, con sus estantes de Juicy Fruit, Orbit y Sour Patch Kids, pasó los puestos de Marlboro, Virginia Slims y Lucky Strikes, pasó las máquinas expendedoras de Coca-cola, Cherry y algo llamado Hawaii Explosion, y alcanzó el café. Dios, realmente necesitaba un café.
Cogió dos dónuts de una de las vitrinas y luego no pudo postergarlo por más tiempo. Se acercó a la caja registradora y miró a Mikey Grames. Habían pasado quince años desde que le viera por última vez y parecía que Grames había dedicado todo ese tiempo a deslizarse por una abrupta pendiente de alcohol duro, drogas duras y mujeres, probablemente, igual de duras. Todo su cuerpo estaba hecho papilla. Sus ojos estaban inyectados en sangre y unas enormes bolsas crecían bajo ellos, su rostro tenía esa leve hinchazón que Hazard siempre asociaba al alcoholismo y sus manos temblaron cuando pasó por caja el café y los dónuts.
Pero aún seguía siendo Mikey. Dios Santo, incluso su placa de identificación decía Mikey. Nada más verlo, sintió que un cable invisible le conectaba a él, arrastrándole al pasado y haciéndole retroceder quince años. Porque incluso bajo esa piel cubierta por cicatrices y el poco saludable color de sus mejillas, ese aún seguía siendo el rostro del hombre que se había excitado siendo escoria humana. Cuanto más, mejor. Tuvo que esforzarse por no llevarse la mano al pecho para frotar su cicatriz. Tres cortas y resplandecientes líneas que eran el comienzo de una G. G por Grames, los secuaces de Mikey Grames. Por aquella época, esos habían sido Hugo Perry y John-Henry Somerset. Aún recordaba cómo habían sujetado sus brazos mientras Graves gravaba esas líneas sobre su pecho con una sucia navaja suiza. Poco después de empezar, el rostro de Hugo Perry se había desmoronado frente a sus ojos: el chico palideció, se apartó y salió huyendo. Eso pareció arruinar completamente el juego para los otros dos y Grames y Somerset decidieron abandonarle, sangrando y sin camiseta, al borde de las fosas de arcilla. Pero eso no fue todo, eso solo había sido el comienzo. Ese verano fue cuando empezaron a tomárselo realmente en serio, cuando fueron tras Jeff.
—Tres con setenta y nueve —dijo Grames mirando brevemente a Hazard.
Hazard sacó cinco dólares y los lanzó al mostrador. Cogió el café y los dónuts y se dirigió hacia la puerta.
—Oiga, ¡señor! —dijo Grames.
Hazard le ignoró.
Jeff Langham. Cada vez que recordaba ese nombre sentía que todo su cuerpo vibraba en un intento por contener algo que bullía en su interior. No miró atrás. Era consciente de la fuerza con la que estaba presionando el vaso de café, consciente de que la tapa estaba a punto de saltar y el abrasador líquido se derramaría por todas partes, consciente de que ya había resquebrajado uno de los dónuts por la mitad. Pero todo ello estaba pasando en un segundo plano en su mente. Lo que estaba pasando en primer plano era una roma y barata navaja suiza hundiéndose en su piel. Lo que estaba pasando en primer plano era el inconfundible deseo de entrar de nuevo en esa tienda y abrir la puta cabeza a Mikey Grames. Simplemente, abrirla. Pum-pum-pum contra el canto de ese laminado mostrador hasta que su cráneo se abriera en dos. Sería como dejar caer al suelo un melón demasiado maduro. Sencillo.
La tapa se abrió y un hilo de café hirviendo se deslizó hasta su mano. Perjurando, dejó el vaso y los dónuts sobre el techo del coche y agitó la mano, rociando en el proceso la hasta ahora impoluta camisa de cuadros azules que Billy le había regalado antes de su marcha. Que le jodan a todo, quería gritar. Que les jodan a todos. Podría ser guarda de seguridad. Joder, podría volver a la universidad y hacerse abogado, o médico, o lo que coño quisiera. Podría ser cualquier cosa, en cualquier sitio, y no tendría que seguir atrapado en mitad de la nada.
Su testarudez, sin embargo, le obligó a cubrir el vaso de nuevo y a encaramarse al asiento del conductor. Era Detective, pensó mientras se comía el fragmentado dónut. Era un jodido Detective. Y bueno, muy bueno, además. Y no iba a lanzarlo todo por la borda porque las cosas se torcieran un poco. Iba a aguantar. Iba a cumplir su tiempo ahí. Y cuando toda la mierda se hubiese calmado en Saint Louis, saldría de ese agujero y encontraría un trabajo real. San Francisco. Joder, Billy adoraba San Francisco, y allí podría trabajar en un teatro de verdad y no en esa compañía de poca monta en la que estaba ahora. Y, siguió pensando mientras masticaba salvajemente lo último que le quedaba del segundo dónut, mientras estuviera en Wahredua, iba a aprovechar su tiempo al máximo. Sus dedos se desviaron hacia la camisa y recorrieron las cortas y finas líneas que se dibujaban bajo su esternón. Y mientras estuviese ahí, iba a ponerse al día con algunos viejos amigos.
No estaba realmente sorprendido por la deriva que había tomado la vida de Grames y que le había llevado a desembocar en una piscina de drogas y alcohol. Pero ¿qué había pasado con Hugo Perry y John-Henry Somerset? Probablemente, lo mismo. O peor, esperó. Grames había intentado grabar una letra sobre su pecho, pero John-Henry Somerset fue el que le llamó maricón frente a todo el colegio, entre otras muchas cosas. Sí, Hazard esperaba que algo mucho peor le hubiese pasado.
◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊
Originariamente, el edificio que ahora ocupaba el Departamento de policía de Wahredua había sido una escuela católica. La estructura, una sucesión de hileras de ladrillo rojo perforado por estrechas y oscuras ventanas, aún conservaba la lúgubre sobriedad que el público general asociaba con ese tipo de colegios. Cuando la ciudad se hizo cargo del edificio retiró tanta iconografía religiosa como le fue posible. Las gárgolas que decoraban la fachada fueron derribadas junto con los ángeles y los santos que habían sido esculpidos sobre la roca. Hazard aún podía recordar la escena. Por aquella época, habría tenido, a lo mejor, doce años, y había pasado el tiempo contemplando a los obreros martilleando, cincelando y haciendo añicos la piedra, sin compasión por el arte que estaban destruyendo. Todo acabó abruptamente cuando Mary Wilke, la única mujer de toda la cuadrilla, se cayó de uno de los andamios rompiéndose el tobillo. La ciudad decidió que ya había tenido suficiente y el arranque iconoclasta terminó antes de lo previsto. Ahora, en la mampostería que había sobre la puerta principal, aún podían distinguirse a un demonio y a un ennegrecido ángel que había perdido parte de su rostro a manos de un cincel. Originariamente, el ángel había intentado atravesar al demonio con su lanza, pero durante la demolición la lanza se había roto y ahora solo parecía señalar al demonio con una mediocre regla mientras este reía. Probablemente, pensó Hazard, por la situación. En su opinión, toda la escena resultaba muy apropiada para el Departamento de policía de Wahredua. Incluso Dios sabía que eran una broma.
Dejó el coche al fondo del aparcamiento, lejos de la hilera de relucientes Chevy Impalas que parecían recién pintados con el logo de la policía, y esperó mientras terminaba lo que le quedaba del café. Iba a ser duro. No, iba a ser una putada. Pero tenía que entrar ahí. El primer día sería el peor de todos y luego, mejoraría. Tenía que mejorar.
◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊
Una ráfaga de aire frío le dio la bienvenida al entrar en la Estación. El lugar olía a linóleo, a café y al institucionalizado aroma a oficina que le hacía pensar en lápices recién afilados. Grafito, a eso olía. Paró en una pequeña sala de espera y se acercó al agente de servicio que se sentaba tras un escritorio.
—¿Puedo ayudarle en algo? —dijo el hombre.
El tipo tenía que tener casi ochenta años y Hazard no pudo evitar quedarse mirando fijamente los pelos de esa nariz, que parecían intentar alcanzar su barbilla. El hombre ya debía haber pertenecido al cuerpo cuando él era tan solo un niño, pero no le recordaba. Miró la placa de identificación y lo primero que pasó por su mente fue que alguien la había desenterrado del Arca de la alianza. En ella podía leerse J. Murray.
—Emery Hazard —se presentó—. Soy nuevo. Empiezo hoy.
El viejo giró la cabeza a un lado y los pelos de su nariz se agitaron con el movimiento.
—Todo recto, oficina de la Jefa —dijo señalando con el pulgar a su espalda—. Te está esperando.
Hazard asintió y se abrió camino por el pasillo hasta llegar al bullpen, un amplio espacio abierto que había sido creado tras derribar las antiguas clases del que fuera el colegio y ahora, habían habilitado como oficina. Una docena de escritorios se dispersaban por la sala y una multitud de armarios, inundados de faxes y fotocopiadoras, habían sido empotrados contra todo espacio disponible. Un puñado de hombres y mujeres uniformados trabajaban en silencio, y Hazard calculó que el resto estaría o bien fuera de servicio, o bien patrullando.
Al fondo, indicado claramente en mayúsculas sobre el cristal de la puerta, podía leerse: Jefa de Policía: MARTHA CRAVENS
. Sin embargo, en el pasado, ese despacho había servido para otro propósito y, sobre el marco superior de la puerta, una placa de una madera ligeramente más clara mostraba el lugar donde una vez, otras letras, habían dicho Madre Superiora. Probablemente, pensó Hazard, ahora no se alejaban demasiado de la verdad.
Llamó a la puerta y una voz le invitó a entrar. Hazard entró en la espaciosa sala, absorbiendo su contenido: el largo escritorio de cristal, el moderno equipo de informática, el mapa de la ciudad que colgaba de la pared del fondo y estaba inundado de chinchetas azules y la mujer que esperaba tras la mesa, Martha Cravens. Al ser la única mujer del departamento de policía de Wahredua, su actual Jefa había sido una figura muy familiar a lo largo de toda su infancia, pero no fue ella la que captó su atención. Por segunda vez en ese día, Hazard volvió a sentir ese invisible cable arrastrándole al pasado, pero lo que vio ahora le dejó galvanizado. Incapaz de moverse. Incapaz de parpadear. Ni siquiera podía respirar.
Frente al escritorio de Cravens, un hombre rubio, atlético y extraordinariamente atractivo esperaba sentado. Su aspecto habría sido capaz de parar el tráfico a un kilómetro a la redonda. Hazard contempló esos ojos azules, que ahora se plegaban ligeramente en las comisuras. Parecía que el hombre se estaba divirtiendo con la situación. Luego, se puso en pie, sonriendo, y le ofreció la mano. Hazard seguía sin poder moverse, ni parpadear, ni respirar. No podría haber cogido esa mano aunque el suelo se estuviese hundiendo bajo sus pies.
—... alegra tenerte aquí, señor Hazard —estaba diciendo Cravens, pero Hazard apenas podía oírla hablar—. Y este es tu nuevo compañero. Creo que fuisteis juntos al instituto. ¿Recuerdas a—.
—John-Henry —se las arregló para responder.
John-Henry Somerset, el chico que le había empujado por el único tramo de escaleras que había en el instituto de Wahredua gritando que eso era lo que se merecían los maricones.
La sonrisa de John-Henry vaciló un instante, pero volvió a aparecer de nuevo al instante siguiente con más firmeza. El hombre se lanzó hacia él, cogió su mano y la estrechó con vigor, como harían dos viejos amigos en una telecomedia de los cincuenta después de un largo tiempo separados.
—Hola, Emery —sonrió John-Henry—. Es un placer verte de nuevo, colega.
2
24 de octubre, lunes.
8:03 a.m.
John-Henry Somerset, al que llamaban Somers desde su primer día en Mizzou, estrechó la mano de Emery Hazard y esperó su reacción. Algo. Una sonrisa, un gesto de cabeza, un parpadeo. Nada. Como si se hubiera tragado la lengua o, tal vez, un cartucho de dinamita, porque era evidente que respiraba con dificultad y su rostro había palidecido y empezaba a brillar.
Somers empezó a pensar que a lo mejor podría estar sufriendo un ataque al corazón.
—¿Estás bien? —preguntó.
Con un extraño movimiento de cabeza, que podría haber significado literalmente cualquier cosa, Hazard se apartó de él y desvió su atención de nuevo hacia Cravens. Somers se acomodó en la silla y le observó; podías aprender mucho de alguien limitándote a observarlo, así que decidió centrar toda su atención en Hazard mientras Cravens seguía con las presentaciones.
Hazard había cambiado, aunque ese podría ser el eufemismo del año o tal vez de la década. Atrás había quedado el chaval larguirucho y escuálido con una mata de cabello oscuro que siempre atraía su mirada. El chico con el que había ido al instituto, el de los ojos ámbar a juego con su cuerpo de espantapájaros, había desaparecido y se había transformado en un hombre... mazado. Esa era la única forma de describirlo. Emery Hazard era una bestia. La camisa de cuadros azules —con manchas de café, observó. ¿Acaso estaba nervioso o solo tenía prisa?— se tensaba para intentar cubrir sus hombros y la tela de las mangas revelaba unos brazos masivos. El pelo seguía siendo igual de negro, pero ya no caía sobre su rostro ocultándole los ojos, aunque aún lo llevaba largo, especialmente para ser un agente de policía. Y esos ojos. Esos ojos seguían siendo del mismo tono ámbar, del color de la paja al final del verano, de la miel tan endurecida que podría agrietar el universo.
Y esos ojos no le estaban mirando.
No es que la atención de Hazard estuviera enfocada en Cravens, Somers ni siquiera estaba seguro de si el hombre estaba escuchando a Cravens. Hazard no solo no le estaba mirando, sino que estaba evitando hacerlo activamente. Somers tuvo la sensación de que podría empaparse de gasolina y lanzarse a un anillo de fuego y Hazard se limitaría a seguir mirando a Cravens con una tozuda expresión que solo demostraba cuánto se estaba esforzando por no mirarle.
Dios santo, quería decir en voz alta, ¿acaso fue tan malo?
Somers no había olvidado el instituto. No había olvidado el día en que llenó la taquilla de Hazard con crema de afeitar, no había olvidado el día en que orinó frente a su casa, no había olvidado el día en que robó sus libros y los lanzó al Grand. Joder, no había olvidado el día en que sostuvo el brazo de Hazard mientras Hugo sostenía el otro y Mikey Grames, el jodido cabrón sádico, empezó a cortar su pecho con una navaja suiza. Somers tampoco había olvidado su breve encuentro con Hazard, tras los bastidores, al terminar la obra Guys and Dolls y no había olvidado el momento exacto en que le empujó escaleras abajo gritando: ¡Solo quería ver si el cuello de un maricón podía romperse como el de la gente normal!
.
Supo que se estaba ruborizando; era algo con lo que tenía que lidiar al tener la piel tan blanca.
No, no había olvidado nada de eso; ninguna de las mierdas que le había hecho pasar. Pero cuando descubrió que Emery Hazard iba a ser su compañero en el cuerpo, esperó, esperó contra toda esperanza que Hazard sí hubiera olvidado un poco de todo aquello. A juzgar por lo tenso que estaba, por la palidez de su rostro y por la forma en la que miraba a Cravens como si fuera la única persona en la habitación, Hazard tampoco había olvidado nada.
Salir de toda esta mierda iba a ser como escalar una larga y empinada montaña. Pero iba a hacerlo, decidió. De alguna manera, podía hacerlo.
—Eso es todo lo que necesitas oír de mí —dijo Cravens—. Somers, aquí presente, se ha ofrecido a hacerte una visita guiada para mostrarte la Estación y luego, chicos, tenéis trabajo que hacer.
Al oír su nombre, los ojos de Hazard se giraron brevemente hacia él. El gesto fue involuntario, intuyó Somers, y tan pronto como pudo, los desvió nuevamente para concentrarse en Cravens. Pero Somers ya había visto lo que había esperado ver en ellos: odio, furia y desprecio. De acuerdo, se dijo a sí mismo, en lo que fue el equivalente mental de un boxeador relajando sus hombros antes de entrar en combate. Está bien, me merezco eso.
—¿Quién? —dijo Hazard. Cravens, que ya se había hundido en la silla tras la mesa de cristal, alzó el rostro y le miró, sorprendida de que aún estuvieran ahí—. ¿Quién va a mostrarme la Estación? —repitió Hazard. Su tono era neutro, pero había adquirido una intensa firmeza. Parecía una olla a punto de estallar por la presión que se estaba acumulando en ella.
—Somers —repitió Cravens, obviamente confusa, señalándole con la mano—. Pensé que vosotros dos—.
—Sí —la cortó Somers poniéndose rápidamente en pie. Hizo un gesto de cabeza hacia la puerta—. Por ese entonces me llamaban John-Henry. Un trabalenguas, lo sé. Ahora es solo Somers. Venga, vamos —dijo a Hazard. La mirada de Hazard se desvió de Cravens al suelo, sin alcanzarle realmente. Luego, asintió lentamente y le siguió fuera del despacho.
La oficina se había vaciado, gracias a Dios, excepto por dos agentes uniformados.
—Esa es Miranda Carmicheal —dijo Somers señalando a una de los agentes—. Ella solita emite alrededor de la mitad de las multas por exceso de velocidad y cada vez que la veas estará enterrada en una pila de papeles. Ese —dijo señalando a otro agente que se inclinaba contra el respaldo de su asiento, con los pies apoyados sobre la mesa y el rostro oculto por un periódico—, es George Orear. Está a cargo de la flota, al menos, sobre el papel. Llega a las ocho de la mañana y se va a las cinco en punto, y solo se mueve de ese asiento cuando tiene que ir al retrete. —Los labios de Hazard se movieron en lo que pareció una leve sonrisa, pero se mantuvo en silencio—. Así que, este es el bullpen, obviamente —continuó—. Esos cuatro escritorios de la esquina son nuestros, de los detectives: tú, yo, Swinney y Lender. Upchurch está de vacaciones y no creo que haya recogido aún su mesa, pero te acomodaremos ahí de alguna manera. —Hizo una pausa. Aún nada de Hazard—. Los coches ya están acondicionados con todo lo que vamos a necesitar. Upchurch y yo mantenemos todo limpio y reluciente. ¿Quieres hacer una parada en requisiciones para registrar algo? —Hazard negó lentamente con la cabeza—. Entonces, te enseñaré el sitio y luego nos iremos. —Hizo una pausa y cuando descubrió que no iba a haber respuesta alguna, se giró y guio a Hazard hacia el interior de la Estación. El silencio estaba empezando a pesar en él y se encontró a sí mismo hablando sin parar para intentar llenarlo—. Así que, Orear, ya sabes, el tipo de antes. Orear es un caso interesante. En dos mil tres, Chas Elder le acusó de asalto en una señal de Stop. Ni que decir tiene que Chas Elder pesa ciento cuarenta kilos y saca más de treinta centímetros a Orear. ¿Conoces a Chas? —Más de ese jodido silencio. Había caído en arenas movedizas y sentía que se estaba hundiendo—. Da igual, el caso es que Orear terminó perdiendo su arma y su placa, y dejaron que se petrificara llevando la flota. Al final, resultó que fue Chas quien lanzó el puñetazo... Es un tipo bastante grande, ¿vale?, y una vez, lo juro por Dios, le vi convertir una calabaza en gelatina con solo un par de golpes. Da igual, Orear quedó limpio, pero lo peor de todo fue que, tras librarse de todo ese desastre, se quedó exactamente donde estaba. Dijo que tenía sensibilidad en los pies o alguna mierda de esas. Quiero decir, a mí también me duelen los pies al final del día, pero preferiría estar ahí fuera, pateando el asfalto, antes que estar enterrado en vida en esta oficina, ¿cierto?
—¿Quieres hablar de mis jodidos pies? —dijo Hazard.
—¿Qué? —dijo Somers—. Dios, no. Solo quería decir que Orear es... Es como un ejemplo. De cómo ese tipo de cosas pueden desgastarte. —Hazard volvió a quedarse en silencio y Somers supo que su propio rostro tenía que estar carmesí en esos momentos. Señaló hacia los retretes, las taquillas, confiscaciones, evidencias y la cárcel, situada al fondo del edificio—. Tiene tres habitaciones —explicó. Las palabras seguían brotando de él y sabía que necesitaba parar, pero no podía—. Por lo general, aquí dentro solo tenemos borrachos; un par de ellos están mejor aquí que en sus propias casas y no puedo decir que les culpe. A veces, lo único que necesita una persona es algo de paz y tranquilidad, ¿cierto?
—¿Has terminado? —dijo secamente Hazard.
—Mmm. Sí.
—¿Qué tenéis Upchurch y tú? —preguntó Hazard.
—¿Casos, te refieres? —dijo Somers intentando una sonrisa—. Oh, ya sabes, algo grande. Jefes del crimen, células muertas de terroristas, caos y asesinatos. —Cuando Hazard se dio la vuelta, Somers alargo el brazo y le cogió de la manga para frenarlo—. Oye, espera, ¿adónde vas?
—¿Qué cojones le has dicho a Cravens? —dijo Hazard deshaciéndose violentamente de su mano.
—¿Qué? Nada.
—Hablaba de nosotros como si fuéramos... —Se quedó en silencio intentando encontrar la palabra adecuada—. Colegas —escupió finalmente—. Voy a dejarte las cosas claras ahora mismo. Trabajaré con Swinney o con Lender, pero no voy a—.
—Dios Santo, no hagas eso —le interrumpió Somers acelerando para plantar su cuerpo frente a Hazard. Por un momento, pensó que el hombre no pararía y le arrollaría—. De acuerdo, le he dicho que éramos amigos. Por aquella época, me refiero. Le dije que habíamos perdido contacto y—.
—¿Por qué? —le cortó Hazard anonadado.
—Mira, yo—.
—¿Qué cojones quieres de mí? —le interrumpió de nuevo.
—Nada, solo—.
—Apártate de mi camino —le cortó—. Esto se ha terminado.
—Es el caso —consiguió decir mientras Hazard le apartaba de su camino.
Hazard paró en seco y se giró.
—¿Qué?
—Es este caso —repitió Somers—. Bueno, son muchas cosas. Me siento como una auténtica mierda por cómo te traté en el instituto y quería hacer bien las cosas. —Hazard se quedó en silencio, limitándose a clavar esos ojos ámbar en él—. Sé que fui un capullo, pero era un crío y estaba... Mira, fui un completo idiota, ¿vale? De igual forma, leí tu solicitud y sé todo sobre el tipo de cosas que hiciste en Saint Louis. Eres un auténtico policía y quiero trabajar con algo auténtico. Upchurch está bien, pero es... No sé, ya lo verás. Es Upchurch. —Hazard sacudió lentamente la cabeza con una mueca de disgusto y comenzó a darle la espalda de nuevo—. Swinney y Lender solo trabajan drogas —dijo apresuradamente. Hazard paró, pero no se giró hacia él. Tras un momento, Somers continuó: Casos de meta, mayormente, aunque también hay otras cosas. Pero es aburrido y siempre es lo mismo, una y otra vez. Upchurch y yo... Tú y yo, tenemos todo lo demás: homicidio, secuestro, violación,... Todo. Y como ya he dicho antes, eres auténtico y—.
—¿Este caso? —le cortó Hazard.
—Sí —dijo Somers—. Es... El departamento ha tenido algunos problemas últimamente. Cosas relacionadas con Relaciones públicas, mayormente, nada legítimo, pero ese tipo de mala reputación puede permanecer en el aire durante mucho tiempo y el trabajo de Cravens está en juego.
Hazard se giró lentamente y esos ojos ámbar se clavaron en él de nuevo. Somers tenía la sensación de que el hombre estaba funcionando a todo tren, que todas las alarmas estaban sonando en su cabeza y que una sola palabra equivocada le haría estallar.
—¿Qué tipo de problema con Relaciones públicas? —preguntó.
—La comunidad LGTB —dijo Somers.
Algo pasó por esa mirada. Somers no pudo entender exactamente qué, pero por un momento pareció homicida. Desapareció al instante y Hazard recuperó la misma intensa y agresiva expresión de antes.
—Así que me ha contratado Relaciones públicas —dijo finalmente y una suave risa se escapó de sus labios, pero no era un sonido alegre.
—Quería—.
—Cállate —le cortó. Pareció pensar por un minuto y luego añadió—. ¿Qué vamos a hacer? Con el caso, me refiero.
—Hoy por la mañana tenemos una entrevista —dijo Somers.
—Vamos —ordenó Hazard—. Ya estoy hasta los cojones de este agujero. Y por el camino me vas a repetir, una a una, todas y cada una de las jodidas palabras que has intercambiado con Cravens, ¿entendido?
Somers tragó.
—Claro.
Escalar esta montaña iba a ser mucho más difícil de lo que había esperado.
3
24 de octubre, lunes.
9:12 h.
Iban en un Impala color habano, con asientos de tela y un ambientador olor a pino que colgaba de la rejilla del aire acondicionado. Somers conducía en silencio su lado, y Hazard aprovechó la oportunidad para intentar recuperar la compostura.
Tan pronto como Somers había abierto la boca, había perdido los nervios. No, peor que eso: había perdido el control. Como si hubiese observado su cuerpo desde lejos, viendo cómo aumentaba la cólera, pero incapaz de contenerla. Cada una de las palabras que había pronunciado Somers habían sido como gotas de gasolina derramándose sobre una casa en llamas.
Y no ayudaba en absoluto que el hombre siguiera tan relajado. Todo lo que hacía o decía destilaba calma, serenidad, sosiego. Parecía imperturbable, como si no le importara una puta mierda nada, ni nadie.
A pesar de haber tomado la firme decisión de no mirarle, Hazard se giró y estudió al hombre que conducía a su lado.
John-Henry Somerset no había cambiado. Su cabello rubio era más corto, sí, y ahora lo llevaba cuidadosamente estilado de punta, y puede que hubiese añadido algunos milímetros de masa muscular, pero las cosas verdaderamente importantes no habían cambiado. Aún tenía esa presencia de niño bien con su elegante bronceado, esos ojos tan azules que parecían el fondo de una piscina natural y esa perfilada mandíbula. Aún tenía esa forma de caminar, con los hombros hacia atrás y la cabeza erguida. Seguía andando con la seguridad de alguien consciente de que posee toda la ciudad; y por qué no, la siguiente también.
Perfecto.
La palabra apareció en su cabeza de repente. John-Henry aún era jodidamente perfecto.
Como si hubiese sentido su mirada, Somers se agitó en su asiento y reajustó las manos sobre el volante. La manga de su camisa se deslizó hacia atrás con el movimiento dejando al descubierto una pequeña extensión de piel tatuada en negro. Vaya, pensó Hazard. Eso era muy interesante. El chico de oro tenía un tatuaje. A lo mejor, John-Henry sí que había cambiado en algo.
—El tipo al que vamos a ver es un estudiante universitario —dijo Somers—. Se llama Rosendo, creo. Lo tengo apuntado por ahí. Esta mañana llamó para denunciar un ataque de vandalismo y una patrulla se acercó a su casa. Nos lo han pasado a nosotros.
—¿Por qué? —preguntó Hazard—. Porque tiene que ver ¿con qué? ¿Con esa mierda de Relaciones públicas?
—En cierta forma —dijo Somers encogiéndose ligeramente de hombros—. Últimamente, ha habido demasiados casos de ese estilo por aquí.
—¿De vandalismo? —preguntó Hazard—. ¿Es este el tipo de casos con los que vamos a tener que lidiar?
—Puede que esto sea lo más interesante que ha pasado en la ciudad en todo lo que llevamos de año —dijo Somers—. Y no es solo vandalismo. Es un crimen de odio... o lo siguiente a ello. En la mayoría de los casos, el blanco principal de los ataques está siendo la comunidad LGTB, aunque luego la mierda salpica a todas partes.
—Y yo soy la tirita —dijo Hazard.
—Eso no es lo que quería decir —se defendió Somers.
—Mis cojones que no —dijo Hazard—. ¿Qué pensaban?, ¿contratarme y hacerme desfilar por toda la ciudad para demostrar al mundo lo progresistas
