El apache atorrante
Por Zeltacosaco
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Novela autobiográfica de aventuras y superación humana, donde un hombre que sabe sobrevivir sólo enplena naturaleza salvaje, tiene que sufrir una brutal adaptación a una sociedad civilizada."
Un apache se sumerge en la sociedad moderna de EEUU donde tendrá que adaptarse a una nueva cultura donde contrastan costumbres muy diferentes. Está usted ante una novela de aventuras, con una descripción muy detallada de los grandes parques nacionales de Norteamérica.
"
Zeltacosaco
Del que durante un tiempo se vio obligado a ser samurái. Adoptó la personalidad momentánea de un apache. Heredó la tradición familiar y el entrenamiento peculiar de un zeltacosaco, sin dejar de ser eternamente bergal. Recorrió los caminos del mundo, de uno a otro hemisferio desde los diecisiete años..., trabajando, aprendiendo, amando, estudiando y peleando (por llegar a ser en la industria mecánica uno de sus mejores discípulos, volcando y complementando sus ansias de conocimiento en la psicología industrial). Física y mentalmente el azar le obligó a sosegarse, meditar y recapitular a través de una invisible ecuación sobre la vida cotidiana y sus continuas mudanzas. Posible remoto antepasado del autor, un samurái berciano-galego que por circunstancias imprevistas es vendido como esclavo en un mercado chino. Lo compra un japonés y es transportado al país del sol naciente donde hasta los diecisiete años es entrenado y preparado salvajemente como guerrero Bushi para ser instrumento de venganza de su señor daimyo. Como tal Zeltacosaco fue entrenado desde que cumplió cuatro años hasta los ocho en un pueblo montañés donde cabalgó y supo manejar los mismos instrumentos que habían manejado desde hace siglos la mejor caballería del mundo.
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El apache atorrante - Zeltacosaco
Apachería
Lo que soy o pude haber sido siempre estuvo mediatizado por mi condición de Apache.
Es algo que nunca negué, ni puedo hacerlo, dadas mis características de aborigen americano a pesar de ser engendrado por hombre blanco.
Mi padre, español de nación, por más señas berciano, llegó a nuestra tierra al final de la Guerra Europea como peón de ferrocarril para remplazar, como muchos otros, traviesas defectuosas.
Al año tuvo que huir de la Ley, refugiándose en el vértice montañoso que separa a Nuevo Méjico de Arizona y roza la frontera mejicana.
Entre pinares, atraído por balidos, se encontró con una choza de ramajes muy cerca de un rústico corral que sujetaba un rebaño de ovejas y carneros.
Comenzaba a caer el sol con ese apagado resplandor rojizo que acaricia los picos más altos de nuestras montañas, cuando mi abuelo se paró la manta que hacía de puerta, salió de la cabaña y encaró al forastero que se acercaba.
Se miraron fijamente un buen rato antes de que el extraño, en defectuoso anglo, pidiese hospitalidad.
En chapurreado mejicano, le contestaron que podía compartir el agua y la comida pero que dormir debería hacerlo al raso.
Dio las gracias y esperó que la esposa e hija de su anfitrión sacrificase un cordero, lo desollasen, enterrasen las vísceras y a fuego lento, una vez espetado, se dorase.
El agradable olor del asado atrajo más de un coyote merodeador que a cantazos hubieron de ser ahuyentados.
Lista la carne y troceada, sobre una fuente de barro, extendieron una colcha delante de la choza y le invitaron a que se sentase alrededor del yantar.
Imitó sus posturas de piernas cruzadas por delante del cuerpo y disfrutó de la comida-compañía silenciosa.
Para ruidos y jolgorio desenfrenado ya tuvo bastante con los gritos y maldiciones del campamento ferroviario o las grescas tumultuosas que se montaban los sábados en las cantinas entre tantos y distintos lenguajes-pelajes.
No era ningún santo, bastante fornido, pronto malo aunque autodominado cuando el peligro estaba presente.
Alto, ojos claros, serio o risueño según las circunstancias, buen trabajador y amigo sano cuando le correspondían.
Nunca reculaba si era desafiado pero de forma expeditiva terminaba con los altercados.
Año y medio antes había dejado su Valdecaña natal rumbo a Norteamérica donde decían que con el propio esfuerzo se podía conseguir riqueza.
Un barco alemán le transportó a Galveston y desde Texas fue enviado a Nuevo Méjico donde la insatisfacción de un año sin provecho ni trazas de fortuna rápida le hizo tomar, en vísperas de paga, de la caja del pagador, en calidad de anticipo a fondo perdido, 10.000 dólares.
Cuando los echaron en falta había desaparecido dos días antes internándose en las montañas con una mochila a la espalda, bastón-estoque en la mano derecha y un revólver camuflado en la media caña de la bota izquierda.
En su errante caminar, siempre subiendo, subsistió a base de tasajo, agua de riachuelo y frutos silvestres.
Se subía a los árboles para dormir o cuando un oso u otro depredador le disputaban su terreno acotado; entonces se defendía con el estoque hasta que desistían de seguir trepando por el tronco.
Al quinto día tropezó con la familia apache, se unió a la hija, nací yo y nos dejó a la semana siguiente de mi quinto cumpleaños.
Años más tarde supe que había regresado a su tierra vía México, muriendo al poco de cumplir mis quince años.
Recuerdo que era cariñoso y que siempre nos acompañaba cuando mi abuelo quería que aprendiese a valerme por mí mismo según las normas apaches.
Vestía como nosotros: en el verano falda pantalón corto, botas de suave cuero, torso desnudo muy moreno y pelo largo descubierto.
En el invierno llevaba una especie de poncho mejicano, pantalón largo de trabajado cuero y las botas.
Nunca olvidaba el bastón, aunque fuese a buscar un cubo de agua al arroyo cercano.
Era tremendamente precavido y poco amigo de improvisar a menos que las circunstancias lo obligaran.
Al principio salía a cazar con mi abuelo observando cómo perseguía y abatía a las piezas... sobre todo con qué destreza manejaba el arco.
Le pidió que le hiciese uno.
Le contestó que cada guerrero se hacía el suyo... que si quería le enseñaba.
Aprendió, aunque le costó sobre todo con las flechas, a hacerlo, y muy pronto se convirtió en un experto cazador de conejos, ciervos y hasta se atrevió con un puma.
Con el abuelo se entendía bien, aceptando sus sugerencias, aunque no hablasen mucho.
El apache es parco en palabras y exuberante en los hechos.
Fue aceptado como uno más cuando tomó a mi madre por compañera, ayudándoles a construir su propia vivienda.
Según reconoció mi madre: tu padre empezaba a obrar y pensar como nosotros... si no fuese por la añoranza es posible que se hubiese integrado totalmente... no en vano descendía de una casta de fieros guerreros
.
Mi abuelo era chiricagua y mi abuela navajo. Ella criaba ovejas de las que con la lana tejía mantas.
Una vez al año las trocaba por utensilios de cocina; alimentos necesarios como azúcar, café, sal... un caballo o cuando se le dio por comprar gallinas ponedoras... alimento para los zorros a la semana de instalar el gallinero.
Vivían en las montañas, lejos de los demás miembros de la reserva, desde que se casaron al ser muy mal aceptaba por los chiricaguas mi abuela.
Aunque ya no había pendencia los navajos y chiricaguas no se soportaban.
En soledad pero mutua compañía tuvieron cuatro hijos de los que solamente creció mi madre y eso que estuvo a punto de sucumbir a los ataques de un oso.
Afortunadamente las lesiones no fueron muy graves y cicatrizaron bien.
Aunque no sufrí la ausencia de mi padre, lo echaba en falta cada vez que pillaba a mi madre ensimismada en plena faena o mi abuelo que reprendía al no responder, como él quería, a alguna de sus enseñanzas.
—Es la sangre del blanco que no se adapta a la apache... desde ahora tendrás que ser solamente uno.
***
Desde que pude andar y dominar mis emociones, mi padre y mi abuelo me llevaron con ellos de cacería.
Al desaparecer mi progenitor, la patria potestad pasó a ser propiedad de mi abuelo y fue ejercida con tanta dureza que por las noches, desde los cinco a los seis años, me acostaba llorando dolorido y me despertaba asombrado de seguir vivo.
Todos los días hiciese frío o calor íbamos a la cascada de un riachuelo, con su helada agua de montaña a bañarnos.
Tenía que permanecer desnudo, debajo del chorro hasta que ordenaba salir y calentarme alrededor de una hoguera para volver a meterme y salir tres veces más.
Regresábamos a la choza, comíamos lo que habían preparado las mujeres y daba principio el entrenamiento apache a través de su historia y las palabras-guión gestos del abuelo.
La palabra apache
es un vocablo de los indios Zuñi que significa enemigo
.
Adoptado por los blancos, nosotros lo toleramos porque nos da prestigio.
En lengua apache, los apaches somos Diné
que significa la gente
.
Desde nuestro origen siempre fuimos guerreros belicosos incapaces de no replicar a los extraños cuando pretendían invadirnos.
Primero ahuyentamos a los españoles después de apoderarnos de sus caballos y aprender a montarlos.
En tiempos lejanos mil comanches penetraron el Apachería, ninguno salió con vida para contarlo.
Nuestra tierra de cactus gigantes, matojos de mezquite y gargantas profundas, donde vuela el águila y repta la serpiente de cascabel es inhóspita para cualquier extraño que no sepa subsistir al estilo apache.
Vivir de la caza, algo de rudimentaria agricultura, recolección de productos silvestres, y sobre todo el pillaje.
En eso somos especialistas y muy profesionales.
Un apache puede hacer desaparecer cualquier cosa sin que su dueño sepa quién se la sustrae.
Si lo averigua tendrá el doble problema de demostrarlo y tratar de recuperarlo y no lo hará al menos que esté dispuesto a matar o ser matado.
Para nosotros matar es lo primordial y morir algo tan secundario que nunca nos planteamos... porque siempre estamos pletóricos de vida... sobre todo cuando matamos sin ser matados.
***
Muchas de las lecciones de supervivencia y manejo de armas de fuego las recibí de mi orgulloso abuelo chiricagua-mescalero; aunque más le agradaba entrenarme en el manejo del cuchillo, arco o lanza sin olvidar mostrarme las distintas huellas de los animales y sus triquiñuelas para despistarnos. De la abuela navajo, siempre silenciosa, pero nunca huraña, aprendí todo lo necesario para criar ovejas, la habilidad para atenderlas en sus partos, curar sus heridas, esquilarlas y sobre todo tener instinto, cuando pacen, de detectar los depredadores antes de que las maten.
Mi madre fue la mejor maestra de lenguas que un niño puede tener. Con ella aprendí el mejicano, el apache y el anglo americano.
De niña había estado cuatro años interna en una misión cercana al puesto comercial de la reserva y pudo asistir a la escuela donde además de lengua inglesa le enseñaron los deberes de una buena esposa americana y le regalaron, por su aplicación, cuando regresó con sus padres, cuatro libros: Una Biblia Mormona, una Historia Universal para niños, un Manual de conocimientos útiles y simpáticos de la Ciencia y los animales y un Diccionario inglés americano, además de todos los cuadernillos de cuentas, geografía, lengua y ciencias que había usado desde su inicio educativo con los blancos;
Una vez asumida la ausencia de mi padre (siempre anhelé su regreso) mi entrenamiento como futuro guerrero y ciudadano fue compartido por mi madre.
De la parte física y espiritual mi abuelo me enseñó todo lo que había aprendido de su padre y demás componentes homogéneos de La gente
.
Mi madre acometió la enseñanzas sistemática de conocimientos útiles asesorada por la abuela.
Para ello me enseñaron a reconocer y a recolectar plantas silvestres verdes, maduras o secas según la estación o sus particulares propiedades.
—Las plantas beneficiosas que usamos son un regalo del Hacedor, su conocimiento y dotes de curación nos fueron transmitidas por los antepasados al observar cómo los insectos y animales escogían ciertas plantas para curarse y no otras que resultaban dañinas.
—Mi madre fue mujer medicina entre los navajos y de ella aprendí lo que te estoy transmitiendo...escucha a tu madre sus conocimientos y no olvides lo que te enseñe el abuelo si quieres llegar a ser dueño de tus actos y no esclavo de los sentimientos. Nunca olvides que un apache es todo astucia, mimetismo, coraje ante la adversidad, arrogante cuando se enfrenta al peligro presente y cauteloso ante lo desconocido.
***
Transcurrieron inviernos desastrosos en que tuvimos que recurrir a las ovejas para sobrevivir.
Primaveras floridas en que la abundancia y reproducción de la caza fue una bendición.
Veranos apacibles pero calurosos mitigados por el frescor de los bosques y la helada agua de montaña.
Siempre estaba ocupado en algo, incluso cuando dormía soñaba con lo ya hecho o por hacer, de caza con el abuelo, estudiando con mi madre o aprendiendo con mi abuela a confeccionar objetos útiles o ayudando a las dos con las ovejas.
Mi abuelo no las tocaba como no fuese guisadas... decía que era un animal estúpido incapaz de defenderse cuando era atacado.
Jamás entendió qué motivó, a los blancos sin entrañas, a preferirlas a los bisontes.
Éstos, por siempre añorados, avanzaban en formación: en el centro las hembras y las crías; delante, detrás y a los lados, los vigorosos machos vigilantes ante la presencia de cualquier depredador que alterase su metódica marcha.
Habían sido millones y millones hasta que mentes insanas, sin padres reconocidos, decidieron exterminarlos para acelerar nuestra destrucción.
—Verlos por los valles, praderas o montañas siempre fue un soberbio espectáculo, para los ojos, que nunca nos cansó.
—Sí, nos alteró el ver miles de cadáveres pudriéndose al sol sin que su carne fuese aprovechada.
—Entonces supimos que nunca más volveríamos a soñar con el hartazgo, recién extraídos, de sus lenguas e hígados crudos.
—Hoy generaciones de apaches viven de las ovejas, pero uno que los contempló y comió nunca los cambiaría por ellas.
—Aunque las como prefiero el ciervo, el conejo, el pecarí y si se tercia el oso.
—¿Qué puedes esperar de un animal que manso acude, sin que recule, a que la degüellen?
—El alimento debe ser conseguido con esfuerzo para que preste y no desanime nuestro innato orgullo de cazador.
—Una buena cacería anima la vida y es el mejor bálsamo respetuoso entre presa y perseguidor.
—Lo que nos obliga a correr, pensar y prever sus movimientos merece nuestro respeto y ¿qué mejor consideración que llenarnos la panza de su sabrosa y bravía carne?
—Es verdad que de la lana de oveja tejemos mantas, calcetines y tropa de abrigo... pero antes de conocerlas nos las arreglábamos con pieles y pelo de animales.
—Tu abuela las adora y yo las odio cada vez que recuerdo lo que remplazó.
***
Hasta los nueve años toda conversación fue en apache o mejicano. En una u otra me hablaba el abuelo, la abuela o mi madre y de una a otra saltaban en medio de una frase o cuando menos me lo esperaba. Y digo menos, porque un apache que se precie nunca pierde la concentración aunque disminuya la intensidad.
Lo hacían para transmitirme su agilidad mental y a la vez fijar y dilatar mi receptora infantil mente a los futuros conocimientos que debía almacenar. Al principio fue frustrante no captar los inesperados giros idiomáticos, pero observando, con paciencia, fui capaz de adivinar el más leve titubeo que anunciase el cambio.
Quien primero se dio cuenta fue el abuelo, observador de observadores al que nada se le escapa.
—Veo que mi nieto va por buen camino aunque la senda, de momento, no es empinada... que no se envanezca y piense que las dificultades se acaban...
—Estás en el inicio del principio donde lo fácil da paso a lo áspero.
—El apache además de tu lengua es el nexo que une experiencia de antepasados y orgullo con tradición.
—Sin tradición no estaría transmitiendo mis conocimientos ni te sentirías orgulloso de recibirlos y sin antepasados tus experiencias no tendrán consistencia... y sin consistencia nunca tendrás dónde agarrarte cuando surjan las dificultades y el modo de resolverlas ya que uno es todos y todos descendemos del primero a través de sus recuerdos.
—Nuestra lengua no tiene signos para escribir ni leer, aunque dicen que unos misioneros lo han intentado, sus palabras surgieron por boca del Hacedor para que nosotros, sus hijos predilectos, nos entendiéramos de forma que sólo un apache pueda, completamente, entenderse con otro apache...
—Un extraño puede llegar a comunicarse con nosotros ero nunca sabrá cómo pensamos, al menos que nazca de padre o mujer apache y para eso educarse como tal.
—El apache no sólo es palabra, es gesto, es particular signo de la mano, es sentimiento y sobre todo ansia de ser igual o mejor que otros fueron, porque del pasado nos nutrimos viviendo el presente y ansiando un futuro mejor.
—Somos tan apaches que aún siendo sometidos por incalculable enemigo y asfixiada nuestra fuerza combativa por la superioridad de las armas modernas y encadenados unos a otros, los anglos siguieron teniéndonos miedo porque nunca nos comprendieron ni nos comprenderán aunque intenten entendernos.
—Nos obligaron por muchos años a vivir lejos de Apachería y cuando consintieron en que retornáramos, los adultos habían muerto y los jóvenes inexpertos (según creyeron ellos) tuvimos que ocupar sus puestos.
—No fue fácil sin ellos, tener que recrear cada quebrada, colina, riachuelo y paraje de nuestra ancestral tierra, nunca antes vista, a pesar de haber mamado de la memoria de nuestros ancestros en el exilio forzoso que les fue impuesto.
—Sus palabras, tiempo ya pronunciadas y repetidas hasta la saciedad, nos permitió volver a ocupar el sagrado hogar que nunca abandonamos.
—Ellos no volvieron a verlo en vida pero a través de nosotros sus espíritus siguen enseñándonos cada rincón secreto donde disfrutaron, se escondieron o lucharon por seguir siendo.
—Es como si los tuviésemos delante y no sus deseos martilleándonos el cerebro.
—Es tan especial como singular fue que de todas las tribus guerreras solamente la apache retornó a donde siempre moraron sus antepasados.
—Los siux, comanches, cuervos, pues negros... con la derrota perdieron sus terrenos de caza, colinas sagradas y el derecho a regresar dónde moran sus ancestros.
—Posiblemente sea cierto que en nuestros terrenos nunca encontraron el codicioso amarillo metal o riquezas que explotar, pero si no fuera machaconamente exigido el retorno jamás hubiésemos abandonado el exilio impuesto.
—Ser apache de Apachería es la fusión hombre-paisaje y razón de ser diné
.
—Mutuamente (el paisaje) nos pertenecemos y recíprocamente estamos obligados a compartir sus pruebas y dones, poniendo especial cuidado en no manipular la naturaleza a nuestra agrado.
—Hacer la tierra fecunda para atraer la caza, criar caballos resistentes o cosechar plantas para comer, curarnos y si es preciso ocultarnos.
—Para probar nuestro temple nos impone fríos inviernos y tórridos veranos en que medramos fuertes como el oso y ágiles y astutos como el lince rojo.
—Tan pronto cumplas diez años serás enviando a la escuela de San Carlos, donde te enseñarán la lengua y maneras de los anglos.
—Pon atención y aprende pronto... escucha, observa y deja que averigüen de ti, solamente, aquello que tú quieras que sepan.
***
Es el día del especial décimo cumpleaños y lo es, doblemente especial, porque dentro de una semana descenderemos de las montañas para inscribirme en la escuela y permanecer alejado de mi familia hasta finales de la próxima primavera o principios del verano.
También es un día especial porque todo apache, al cumplir el décimo aniversario, es admitido como futuro guerrero; se intensifica su entrenamiento, le son confiadas pequeñas misiones junto a otros de su edad y debe dedicar más atención a los adultos y mucho menos, a los compañeros, menores, de juego.
Cinco meses antes empecé a compartir las mañanas con mi madre y las tardes fueron dedicadas, con el abuelo, a cabalgar los mustangs o cazar.
Invariablemente me levantaba al amanecer, corría y me lavaba con agua fría en el arroyo cercano; desayunábamos y una vez dispuesta mi madre, me enseñaba a escribir y leer el anglo en una pizarra que usara de niña.
No parábamos hasta que hubiese memorizado y comprendido doce nuevas palabras y repetido todas las anteriormente aprendidas.
Me dictaba frases de sus libros, finalizando la clase con lectura de trozos escogidos del Manual de conocimientos útiles...
y preguntas retorcidas para saber si había entendido lo que me leía.
— En la escuela te enseñarán operaciones con números, Historia, Geografía Universal, Ciencias de todas las categorías y mucha Religión...
—Asimila todo lo que puedas, como hice yo, más tarde, cuando crezcas, tú sabrás lo que debes conservar o rechazar.
—Los conocimientos que adquieras te servirán de escudo ante la sociedad blanca; de ellos es la ciencia y las reglas modernas que rigen el mundo, aunque nosotros estemos en desacuerdo.
—Tu nombre apache es Lince Rojo, escogido por tu abuelo, Águila culebrera, en conformidad con Ramiro, tu padre.
—Cuando naciste fuiste inscrito en el Registro Civil, como LINRAM de forma que en el futuro, puedas optar la clase de vida que elijas sin menoscabo de tu propia personalidad.
—Pasado mañana bajaremos a San Carlos, pon tus cosas en un morral y despídete de quien tengas que hacerlo.
Y tanto que tenía que despedirme del hermano mapache solitario que no me rehuía cuando recogía un trozo de torta con sus patas y la llevaba a la boca como si fueses manos humanas.
También lo haría de mi hormiguero preferido, contemplando su afanoso trajín capturando larvas o insectos que transportaban enteros o troceados a su laberíntica morada.
Jugaría, una vez más, con la sugerente entrada, destrozando o ensanchando con un palo la abertura para ver cómo acudían presurosas a reparar los destrozos las obreras custodiadas por las cabezas grandes guerreras que entrechocaban sus mandíbulas amenazadoras.
Como compensación les aportaría migas de pan de maíz, un trozo de calabaza, algún moscardón falto de alas; además de una buena meada en el mismo centro del hormiguero, donde se refugiaban huyendo del chorro caliente que al enfriarse degustaban.
No me olvidaría del Lince Rojo, mi tocayo, al que de tarde en tarde veía cazar y engullir sus presas, ni de sus atentos fijos ojos cuando ensimismado y muy quieto me contemplaba... nos contemplábamos... parecía como si escuchase o comprendiese mi intento silencioso de comunicarme, semejante a las fábulas donde los animales hablan.
Me despediría de los caballos y las dóciles ovejas, cabalgando sobre mi preferido y sacando a pastar al rebaño de forma que retornasen con los vientres hinchados.
San Carlos
Vamos camino de San Carlos, atrás se quedan las montañas, la abuela, las ovejas y mis dos amigos preferidos: el Mapache y el Lince Rojo.
En las alforjas llevo la ropa de repuesto, junto con un chaleco de lana calcetado en secreto por mi madre con mi nombre, bien destacado, en la espalda.
En bandolera morral con mis objetos preferidos: el tiracantos que me hizo y enseñó a manejar mi padre; la bolsa medicina de piel de ciervo, regalo del abuelo, llena de plantas secas curativas, para las más heterogéneas enfermedades, escogidas por la abuela.
No en vano había hecho el aprendizaje, los tres últimos años con mi abuela de curandero. Siempre me fascinaron las plantas, sus flores y frutos, era algo innato el intercambio que establecimos una vez llegué a conocer sus propiedades y modo de evaluarlas.
Sucedió de repente, al sexto día de haberme confiado el cuidado del huerto medicinal y una vez aprendido a tratarlas con respeto... limpiando los surcos, arrancando las malas hierbas, regándolas y sobre todo pidiéndoles perdón cuando les arrancaba, delicadamente, alguna de sus partes más beneficiosas.
Recuerdo nítidamente cuando me vi paseando curioso por un campo lleno y hermoso de plantas floridas que me hablaban e indicaban sus peculiaridades más beneficiosas.
Fue mi primera visión, según mi abuela, indicio de que yo sería, en el futuro, un enigmático y mortificante sanador...
Viajo en mi propio caballo, regalo de Águila culebrera, hacia la reserva donde un amigo del abuelo me dará hospitalidad a cambio de ayudarle en todo lo que pueda. Durante el largo trayecto solamente paramos para abrevar y dejar pastar a las bestias, aprovechando para reponer fuerzas de nuestras bolsas y estirar las piernas.
***
Una vez en San Carlos, puesto gubernamental de la reserva, buscamos la casa del hospitalario mescalero que me acogerá.
El abuelo le entregó a Oso lento
los regalos que cubrirían mi primer año en su casa.
—Hazle caso y déjate guiar por sus advertencias, compórtate como el Lince Rojo que eres, sin destacar demasiado en la escuela... otra te espera mucho más importante.
Con un fuerte abrazo de mi madre y una profunda mirada del abuelo montaron sus caballos, deseándome una feliz estancia hasta que regresaran a buscarme con mi caballo a mediados del verano.
Metí mis cosas en la habitación que me destinaron y con la autorización de Oso lento
después de la presentación de sus esposa e hijos, dos hombres y una mujer, pude salir a tomar mi primer contacto con San Carlos.
San Carlos, es junto a Fort Apache uno de los centros comerciales y administrativos de la reserva en el Estado de Arizona; la mayoría de las construcciones son de madera, ladrillo o adobes. Aquí acudimos los jóvenes para aprender a ser ciudadanos según las reglas de los anglos y a que nos controlen más estrechamente de lo que ya estamos. Nada nos dan aunque aparentan ofrecernos mucho; la escuela, ademanes civilizados y contactos por si en el futuro decidimos convivir con los blancos.
En el primer día de escuela fui presentado, con ocho nuevos escolares, a los ya veteranos. Dije mi nombre, edad y clan de pertenencia: Chiricagua y Mescalero. Nos dieron una pizarra, un libro, una libreta y un lápiz.
El libro contenía todas las materias, desde Ortografía inglesa hasta Ciencias, pasando por Aritmética, Historia y... La pizarra servía para pergeñar las primeras letras y jugar con los números haciendo cuentas. El lápiz y la libreta eran para pasar a limpio escritos y cuentas de forma que cada uno pudiese repasar lo que hacía, una vez enunciado por el maestro.
El aula de aprendizaje era mixta: a la izquierda del frente donde estaban los maestros, de espaldas al encerado, nos sentábamos nosotros y a la derecha ellas.
Ellas sumaban treinta y cinco, nosotros treinta; de ellas se ocupaba la mujer, de nosotros el hombre.
Los ejercicios de la gran pizarra eran comunes, así mismo los dictados. Los trabajos manuales nos separaban: ellas cosían o bordaban y nosotros moldeábamos cerámica o trabajábamos la plata con turquesas.
Nuestras manualidades eran impartidas por una pareja de navajos en la última hora de clases.
Los maestros, ambos mormones, dedicaban las mañanas del viernes y sábado a darnos nociones de Religión. Según el libro mormón nosotros, los aborígenes, descendíamos de una tribu religiosa del Asia Menor que había huido, emigrado o perdido en lo que hoy se conoce por América. Lo que no nos aclararon es cómo llegaron, por mar o andando.
Según el legado-sagrado mormón, nosotros y ellos, supuestos ancestros, teníamos muchas costumbres en común, como el poder disfrutar y a veces padecer varias mujeres a la vez, olvidando o no queriendo saber que entre los apaches era y es muy rara la poligamia; esa práctica es propia de tribus belicosas, de las llanuras, pero no tanto como la nuestra que manifestaba su incomparable agresividad en pequeñas partidas compuestas de tres a quince guerreros y no las ingestas masas combatientes de los nómadas de las praderas que sucumbían a los oponentes blancos, menos en número pero mejor armados-organizados-disciplinados.
También nos predicaban que como nosotros ellos habían cruzado desiertos y montañas para llegar a su prometida tierra y poder orar en paz al Dios de sus creencias.
Lo que no decían, aunque si invocaban un divino mandato, es que la sagrada tierra era la nuestra y que al revés de ellos nosotros no éramos blancos a pesar de machacarnos, todos los días, conque éramos hermanos ante Dios y deudores de su Religión.
***
Las enseñanzas que impartían de lunes a jueves, no importaba de qué materia , se complementaban con lecturas del libro de conocimientos útiles como:
El Firmamento es le espacio que rodea la Tierra y en el cual parecen moverse los astros; durante el día es de color azul, y por la noche s engalana de mil y una luminarias, cuyos vivísimos destellos nos excitan admirar el poder y la grandeza de Dios.
Del Sol recibimos luz y calor: es el primer factor de la lluvia a la que da lugar con las evaporaciones que provoca; fecundiza los campos, hace madurar los frutos y nos regocija con los torrentes de luz que derrama sobre la superficie terrestre.
La Tierra: Si el firmamento encierra tantas bellezas, no son menores los encantos de la Tierra, planeta que habitamos. Arrojada a los espacios por el poder infinito de Dios, forma parte de nuestro sistema planetario. Su forma es la de un esferoide, algo achatado en los polos y más abultado hacia el Ecuador.
El Mar. ¡Qué hermoso y grandioso es el Mar! Nunca se cansa la vista de contemplar sus ondas que, en incesante movimiento, vienen a morir en la menuda arena de la playa, sin traspasar el límite que Dios les señala. Cuando el mar se embravece, las encrespadas olas baten con furia los acantilados y peñascos de la costa, y revientan formando montecitos de blanca espuma."
"Las cuatro estaciones. La Tierra tarda un año en su movimiento de revolución alrededor del sol, resultando de esto el fenómeno conocido con el nombre, de estaciones del año, durante las cuales varía la temperatura. Las estaciones son cuatro: primavera, verano, otoño e invierno.
Durante la primavera el sol empieza a calentar, y al contacto de sus rayos bienhechores, los árboles se cubren de brotes y los rosales de capullos, que luego se abren apareciendo las hojas y las flores de variados matices.
Durante el verano el calor del sol es más intenso, las mieses maduran y comienzan las faenas de recolección que tanto regocijan al campesino, pues, si bien se fatiga mucho, no puede por menos de alegrarse al recoger las doradas espigas, preciado tesoro con que la tierra recompensa sus trabajos
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En otoño los días son más cortos que las noches, las brisas frescas comienzan a soplar, los árboles pierden sus hojas, las flores sus encantos, y la tierra, desnuda de sus galas, se echa a descansar en brazos del invierno.
Durante el invierno el sol calienta poco, muy poco, los días son cortos y las noches largas, casi todos los árboles han perdido sus hojas, los pajaritos no cantan ni anidan; algunas veces se hielan los ríos y estanques, y caen a menudo nevadas que cubren la tierra de blanco tapiz.
Las estaciones del año son imágenes de la vida del hombre: en su juventud la vida rebosa en él, es su primavera, durante la cual debe cuidar con esmero las flores de la inteligencia y del corazón, si quiere recoger más tarde el correspondiente fruto. El verano representa la edad madura; en ella alcanza el hombre la plenitud de su ser y empieza a recolectar los frutos que en su juventud sembrara. El otoño figura la vejez, en la que va perdiendo el hombre sus energías, pero goza de los sabrosos frutos, producto de su laboriosa vida. El invierno es la senectud y la muerte.
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Nosotros, los aspirantes a guerreros diné
, aunque nos guste jugar y no hay nada que nos intimide, permanecíamos muy atentos a las palabras llenas de conocimientos que salían por boca del maestro, aunque muchos de ellos no nos serían de utilidad a pesar de que el saber no ocupa lugar
.
En el aula no hacía falta que nos disciplinaran porque reservábamos la energía competitiva de los juegos para la hora del recreo, donde comentábamos, sin aspaviento, en nuestra lengua, algunos aspectos de la peculiar enseñanza que nos impartían... como siempre citar a Dios, el de los blancos, como único responsable de todo lo que nos rodeaba, incluso los aspectos maravillosos o más tétricos a través de su libre albedrío: "Facultad del hombre de obrar por propia determinación. Designación frecuente del albedrío humano, particularmente en lenguaje filosófico o
