Autobiografía de un espantapájaros: Testimonios de resiliencia: el retorno a la vida
Por Boris Cyrulnik
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Boris Cyrulnik
Boris Cyrulnik (Burdeos, 1937) es uno de los grandes referentes de la psicología moderna. Neuropsiquiatra, psicoanalista y etólogo de formación, es considerado uno de los padres de la resiliencia. Es profesor de la Universidad de Toulon en Francia, profesor asociado en la Universidad de Mons en Bélgica y responsable de un grupo de investigación en etología clínica en el Hospital de Toulon. Ha publicado numerosos libros que fueron traducidos a diversas lenguas.
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Autobiografía de un espantapájaros - Boris Cyrulnik
I
CATÁSTROFES NATURALES
Y CAMBIOS CULTURALES
Adaptación y evolución: el paraíso de las cucarachas
La vida psíquica no se podría desarrollar en medio del caos, pues el tumulto de lo real nos impediría ordenar el mundo. A la inversa, nuestras representaciones no se podrían configurar en una rutina en la que una información que fuera siempre la misma terminaría por dejar de ser información.
La función de la quimera es acomodar los fenómenos con objeto de dar al mundo una forma estable, al menos momentáneamente. Gracias a este animal fabuloso podemos ver el relieve de los objetos, de las personas y de los acontecimientos. Y así sabemos cómo conducirnos en el mundo, cómo huir de él o cómo domesticarlo. Nos adaptamos al mundo que acabamos de inventar y respondemos al sentido que nuestra quimera acaba de darle. Llamamos «caos» a la efervescencia de la vida que no sabemos cómo nombrar y creemos en la quimera que configura los fenómenos que nos representamos.
Cuando viajamos tenemos un enigma ante nuestros ojos. Vemos claramente que las especies animales y vegetales de la región que atravesamos ocupan sólo la porción del mundo que les conviene. Los robles de la costa de Var crecen lejos del mar y los zorros salen de noche y recorren los jardines de los suburbios. Sin embargo, en esos mismos lugares se pueden hallar fósiles de mamuts, de rinocerontes lanudos y de especies vegetales que hoy ya no existen. De modo que en este rincón del planeta hubo transformaciones radicales. A estas transformaciones se las llama «desastres» cuando una forma de vida desaparece y «caos» cuando el orden de Dios o de la palabra aún no han dibujado un contorno visible y transitorio a la efervescencia de la vida. También podemos llamar «catástrofe» a un cambio brutal de ritmo de la poesía: en el poema dramático griego, la «catástrofe» indicaba el momento en que, súbitamente, comienza el desenlace, un corte que obliga a continuar de otro modo la recitación. Ese momento de caos, como una cesura, permite la evolución entre el orden antiguo y el nuevo mundo.
La adaptación es, pues, inevitable e incesante puesto que los ambientes siempre son nuevos. Tenemos la impresión de que el mundo es estable porque somos mortales y porque, durante el lapso de nuestra vida, necesitamos aplicar cierto orden a fin de organizar nuestras estrategias de existencia. Si fuéramos inmortales podríamos comprobar que la estabilidad es breve y que todo orden conduce al desorden.
En una cocina de higiene dudosa, las cucarachas son felices. Se adaptan tan bien, proliferan de tal manera que cambian el medio al cual ya no se adaptan. La adaptación no sería más que el flash fotográfico de la inevitable transacción de un ser que continúa viviendo en un medio cambiante.
Para aclarar este fenómeno, podemos observar cómo se las arreglaron los ciervos sika (Cervus nippon) para sobrevivir y desaparecer. En 1916, cinco ciervos fueron trasladados a la isla de Jam, cerca de Maryland, en Estados Unidos. Los animales se encontraban tan bien en el lugar que cuarenta años después, en 1955, había trescientos ejemplares magníficos y muy saludables. Cuando en 1958 tres cuartas partes de los animales murieron sin que nada cambiara en la isla, la sorpresa fue grande. La temperatura, el agua, el espacio y la vegetación aseguraban la abundancia y la tranquilidad. La ausencia de depredadores y de parásitos había convertido la isla en el paraíso de los ciervos. Para comprender la calamidad hubo que admitir que un solo factor había trastornado el mundo de aquellos animales: ¡el éxito de su adaptación! Se encontraban tan bien en aquella isla, proliferaron tan numerosamente que su hiperadaptación había creado un ambiente de superpoblación. Y cuando se comprobó que cada encuentro provocaba un estrés fácil de identificar según las dosis de cortisol y de catecolaminas, no quedó más remedio que admitir que el excelente desarrollo de esta población había saturado el medio hasta el punto de provocar encuentros incesantes. El exceso de emoción producía en el interior de cada organismo un enloquecimiento sensorial que mataba a los animales por agotamiento de las glándulas suprarrenales.¹
Cuando el fenómeno de la hiperadaptación se produce en un lugar diferente de una isla, surge un conflicto que ordena las cosas. Cuando en un lugar del planeta pastan demasiados herbívoros, provocan un exceso de pastoreo² que altera a todos los miembros del grupo. Cuando demasiadas ratas se deleitan en una alcantarilla, se vuelven tan numerosas que los ritos de interacción entre las madres y los hijos y entre los miembros del grupo no consiguen estructurar su coexistencia. Los individuos no coordinados establecen relaciones de violencia extrema, mientras todo marcha bien. Las madres se comen a los hijos, los machos se matan entre sí y el grupo se desorganiza por culpa del éxito de la
