Los entresijos del final de ETA: Un intento de recuperar una historia manipulada
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Luis R. Aizpeolea
Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Deusto. Formó parte de la primera redacción de Egin en 1977 en el País Vasco y del semanario Ere en 1979. Fue corresponsal político de El Diario Vasco de 1981 a 1989. Desde entonces a 2012 fue, primero, responsable de la sección de Nacional en El País y posteriormente corresponsal político. Colabora en El País. Ha participado en Los desayunos de TVE, en El Debate de La 1, el Canal 24 Horas, Radio Nacional de España, además de en la radio y televisión vascas (EITB). Ha escrito varios libros sobre temas vascos.
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Los entresijos del final de ETA - Luis R. Aizpeolea
Luis R. Aizpeolea
Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Deusto. Formó parte de la primera redacción de Egin en 1997 en el País Vasco y del semanario Ere en 1979. Fue corresponsal político de El Diario Vasco de 1981 a 1989. Desde entonces a 2012 fue responsable de la sección de Nacional en El País y posteriormente corresponsal político. Actualmente, colabora en El País, en Los desayunos de TVE y El Debate de La 1; en la radio y televisión vascas (EITB). Colabora, además, en la revista Cuadernos de Alzate, especializada en temas vascos. Es autor de varios libros, los dos últimos son Ciudadano Zapatero y Eta. Las claves de la paz, con Jesús Eguiguren.
Luis R. Aizpeolea
Los entresijos del final de ETA
Un intento de recuperar una historia manipulada
diseño DE colección: estudio pérez-enciso
© Luis R. Aizpeolea, 2013
© Los libros de la Catarata, 2013
Fuencarral, 70
28004 Madrid
Tel. 91 532 05 04
Fax. 91 532 43 34
www.catarata.org
Los entresijos del final de ETA.
Un intento de recuperar una historia manipulada
isbne: 978-84-9097-781-1
ISBN: 978-84-8319-863-6
DEPÓSITO LEGAL: M-31.462-2013
IBIC: jpwl
este libro ha sido editado para ser distribuido. La intención de los editores es que sea utilizado lo más ampliamente posible, que sean adquiridos originales para permitir la edición de otros nuevos y que, de reproducir partes, se haga constar el título y la autoría.
Introducción
El terrorismo de ETA ha sido la lacra heredada del franquismo y la Transición que más ha tardado en terminar. ETA estaba abocada a ello cuando decidió —tras la amnistía de octubre de 1977 que vació las cárceles de todos los presos etarras— enfrentarse con las armas a una España que recuperó la democracia con la Constitución de 1978 y a un País Vasco que recobró su autonomía con el Estatuto de Gernika de 1979, siempre que democracia y autogobierno se consolidaran. Como ha sucedido.
Pero su final no ha sido ni lineal ni rápido. Ha requerido de un proceso muy dilatado en el tiempo, con avances y retrocesos, siguiendo la pauta habitual de prueba y error. El balance del terrorismo etarra es estremecedor desde que cometió su primer asesinato en 1968 hasta el último en 2010: 827 personas asesinadas, 45 de ellas durante la dictadura. Lo que significa que el 95 por ciento de las víctimas de ETA lo fueron durante la Transición y la democracia. El despropósito de ETA es absoluto porque, además, ha cesado su actividad sin lograr sus objetivos: el reconocimiento del derecho a la autodeterminación y la unificación del País Vasco y Navarra.
ETA, nacida en 1959, se benefició de la dictadura de Franco que, en sus últimos coletazos, golpeó indiscriminadamente a la sociedad vasca (estados de excepción, represión generalizada, etc.) en una respuesta ciega contra una organización terrorista cuya osadía frente a la dictadura gozó de una simpatía generalizada. Se benefició, también, de la tardanza en la adaptación de las Fuerzas de Seguridad del Estado a la democracia y de la guerra sucia prolongada hasta bien entrados los años ochenta.
Pero su pérdida de apoyo, aunque lenta, fue inexorable, en la medida en que la democracia se fue consolidando en Euskadi. En algún modo puede decirse que la lenta decadencia de ETA ha sido paralela a la asunción de la democracia y el autogobierno en la conciencia de los vascos.
Este libro trata de describir esa lenta decadencia y trata de recuperar la memoria de lo sucedido. Una memoria que se hace necesaria al estar sometida a manipulaciones políticas interesadas. La última de ellas, el pasado octubre, por cuenta de FAES, el laboratorio ideológico del PP, que preside José María Aznar, tras la sentencia del Tribunal de Estrasburgo que ha derogado la interpretación retroactiva de la doctrina Parot. Su interpretación del final de ETA es delirante y las conclusiones que extrae para el futuro, preocupantes.
El libro, que arranca tras la dictadura de Franco, fija en diez los hitos que han marcado el final de ETA. El primer hito es un fruto inmediato de la aprobación del Estatuto de Gernika, la disolución de la rama político-militar de ETA, en 1982, la segunda en importancia en aquellos momentos, resultado de un acuerdo de paz por presos con el Gobierno de UCD, prorrogado con el del PSOE de Felipe González.
Los partidos democráticos vascos llegaron a soñar que los polimilis podían acabar arrastrando a ETA militar. Pero fue una utopía. No obstante, tuvo efecto porque, entrados los años ochenta, ETA —sola ya la rama militar— no tuvo la misma capacidad mortífera de 1978, 1979 y 1980, años en los que se marcan los récords de asesinatos en la historia de la banda.
El Pacto de Ajuria Enea, suscrito en 1988 por todos los partidos democráticos vascos, nacionalistas y no nacionalistas, el primer pacto político contra el terrorismo etarra, que deslegitimó a la banda, fue un hito fundamental. Se puede decir que acabó con la desorientación en la política antiterrorista y estableció la hoja de ruta de su final. Alfredo Pérez Rubalcaba, el ministro del Interior que gestionó el cese definitivo de ETA, con José Luis Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno, reconoce su deuda con el Pacto de Ajuria Enea: Es lo más sólido que han hecho los demócratas contra ETA. En él está toda la estrategia contra el terrorismo
.
Es otro hito, sin duda, la detención de la cúpula de ETA, en Bidart, al sur de Francia, en 1992. Pero está sobrevalorada porque ETA pudo reponerse. El Pacto de Lizarra de 1998 fue el prototipo de efecto zigzag, de retroceso seguido de un avance. Fue un retroceso porque rompió la unidad democrática al suscribir el Partido Nacionalista Vasco (PNV) y Eusko Alkartasuna (EA) con la izquierda abertzale y ETA un pacto de paz por autodeterminación e integridad territorial (unidad de Navarra y País Vasco) y vincular el final del terrorismo con la negociación política.
Pero la ruptura del Pacto de Lizarra generó un avance. El PNV rompió con la izquierda abertzale y ETA, y, en 2003, con la llegada de Josu Jon Imaz a la dirección peneuvista, se restableció la unidad democrática contra el terrorismo. Pero no solo eso. Antes, en diciembre de 2000, PP y PSOE suscribieron el Pacto Antiterrorista que reafirmaba una tesis clave del Pacto de Ajuria Enea: la paz no tiene un precio político. Su fruto más palpable fue la Ley de Partidos, que dejó al brazo político de ETA en la ilegalidad, lo que se convirtió en otro valioso elemento de presión sobre la izquierda abertzale y la banda terrorista.
En realidad, el Pacto Antiterrorista fue una adaptación del Pacto de Ajuria Enea al momento en que los nacionalistas habían roto la unidad democrática. Pero, al final, el cese definitivo de ETA siguió las pautas del Pacto de Ajuria Enea, con la unidad democrática recuperada.
ETA empezó a acusar su decadencia de modo acentuado con el nuevo siglo, pese a su repunte del año 2000. A medida que avanzó la década de 2000, se van conjugando todos los elementos que marcó el Pacto de Ajuria Enea en 1988: la unidad democrática; la eficacia policial; la colaboración internacional en un nuevo contexto con la irrupción el terrorismo de Al Qaeda y el desarme de las guerrillas antimperialistas que inspiraban a ETA; la actuación judicial y la movilización social. ETA estaba cada vez más débil y la izquierda abertzale más aislada, con el riesgo evidente de la desaparición de su proyecto político.
Faltaba la guinda final del agónico proceso de ETA y ese fue el choque con su histórico brazo político, la izquierda abertzale. Lo propició el atentado de ETA en la T4 de Barajas y la ruptura del último intento de proceso dialogado entre el Gobierno y la banda terrorista, las conversaciones de Ginebra y Oslo, de 2005-2007.
El libro dedica un amplio capítulo a la pugna entre ETA y la izquierda abertzale por su proximidad y por ser escasamente conocida. No es cierto, como está instalado, que Arnaldo Otegi decidió enfrentarse a ETA y rechazar el terrorismo por la reafirmación del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo de la ilegalización de la izquierda abertzale en junio de 2009. La decisión ya la tenía tomada antes, incluso, del atentado de la T4 de ETA.
Una observación desapasionada permite asegurar que el final de ETA fue la suma en el tiempo de muchos elementos: la mejora de la eficacia policial, el acoso judicial, el apoyo internacional, la unidad democrática y la movilización social que multiplicaban y legitimaban la actuación policial y judicial. Finalmente, se consiguió lo que 20 años antes pretendía el Pacto de Ajuria Enea: que el aislamiento llevara a la izquierda abertzale a imponerse sobre ETA y exigirle su final. No se puede jerarquizar si este u otro factor influyeron más o menos en el final de ETA. Todo forma parte de un mismo engranaje
, suele señalar José Luis Zubizarreta, figura clave en la elaboración del Pacto de Ajuria Enea.
Pero una cosa es considerar el enfrentamiento entre la izquierda abertzale y ETA como un ingrediente más del final del terrorismo y otra no valorarlo, como hacen algunas lecturas interesadas de la derecha por razones políticas. Si no hubiera habido un enfrentamiento entre la izquierda abertzale y ETA, como consecuencia de la ruptura del proceso de diálogo de 2006 por parte de la banda terrorista, no hubiera habido final de ETA. Nosotros también lo propiciamos
, asegura Pérez Rubalcaba como actor privilegiado del cese definitivo de la banda.
Resulta, también, simplista la explicación del final de ETA como producto exclusivo de la acción policial y judicial, como reiteran José María Aznar y FAES. Es cierto que en su tramo final, en 2011, ETA está acabada y la izquierda abertzale ve en peligro su proyecto por su ilegalización. Pero no se puede ignorar la importancia que tiene, en el caso de un terrorismo como el de ETA, que ha tenido cierto apoyo en la población, el factor de la opinión pública, que ha venido segando a ETA la tierra bajo sus pies desde tiempo atrás.
Gurutz Jáuregui, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad del País Vasco, ya en 2000, en el libro colectivo Historia de ETA, señalaba cinco fases en la actitud del sector mayoritario de los ciudadanos hacia ETA. Una primera de apoyo explícito
durante el franquismo y los primerísimos años de la democracia. Una segunda fase de apoyo implícito
, entre 1978 y 1981, hasta el intento de golpe de Estado del 23-F de 1981. La tercera, que califica de indiferencia
hasta el asesinato de Yoyes, en 1986. La cuarta, de rechazo implícito
entre el asesinato de Yoyes y el de Hipercor, en 1987. La quinta fase, de rechazo activo
, de 1987 a 1997, con la reacción al asesinato del concejal del PP de Ermua, Miguel Ángel Blanco, que marca el rechazo masivo
.
Debido a la conexión de ETA con una parte de la sociedad vasca, resultó clave la colaboración activa del PNV, el partido mayoritario vasco, contra el terrorismo. Cuando el PNV rompió la unidad democrática contra ETA con el Pacto de Lizarra, en 1998, la lucha contra el terrorismo sufrió un retroceso. Se ha demostrado como un error la vieja tesis del PNV de que el final de ETA requería de una negociación política para romper el empate infinito entre el Gobierno central y la banda terrorista.
La experiencia demuestra que lo que, al final, ha funcionado ha sido una mezcla de firmeza con el rechazo a las concesiones políticas a los terroristas y de flexibilidad para abrir un diálogo de paz por presos y ganar posiciones ante los países europeos más próximos y la opinión pública vasca.
Es un hecho que ETA salió perjudicada y los gobiernos reforzados en los tres procesos de diálogo celebrados: el de 1989 en Argel, con Felipe González; el de Suiza, con José María Aznar, en 1999, y el de Ginebra y Oslo, con José Luis Rodríguez Zapatero, en 2005-2007.
En el balance de la lucha antiterrorista, existe una tendencia al adanismo, a considerar que todo
