La lucha hablada: Conversaciones con ETA
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La lucha hablada - Egoitz Gago
Prólogo
LUIS R. AIZPEOLEA[1]
Josu Urrutikoetxea, «Josu Ternera», al anunciar la disolución de ETA el 3 de mayo de 2018, resaltó como legado de la organización terrorista la conciencia de Euskadi como nación, su supervivencia y la introducción en el debate político del derecho a la autodeterminación. Trataba con ese discurso de aminorar la derrota de una organización que, después de seis décadas de terrorismo, se retiraba sin haber logrado sus objetivos políticos: el derecho de autodeterminación para Euskal Herria y la unión de Euskadi y Navarra. Curiosamente, la mayoría de los nueve exmilitantes de ETA que han entrevistado Jerónimo Ríos y Egoitz Gago —en su interesante texto, cuyo plato fuerte son los testimonios de los exetarras— mantienen la pauta marcada por el histórico dirigente de la organización terrorista.
El libro de Ríos y Gago es especialmente atractivo porque permite conocer la visión de lo sucedido en ETA, en la sociedad vasca y en su propia trayectoria de un núcleo relevante de la militancia etarra, que ha pasado, al menos, una veintena de años en la cárcel. Lo primero que sorprende es que ninguno de los entrevistados se arrepiente de haber pertenecido a ETA ni de haber practicado el terrorismo. Pero se percibe, a la vez, que su testimonio de firmeza es un tanto impostado porque sus palabras reflejan, también, mucha amargura, mucho desconcierto y contradicciones. No son pocos los que admiten que ETA fue derrotada militarmente, que se disolvió sin lograr sus objetivos porque de sus propias palabras se desprende que una cosa es que se debata sobre el derecho de autodeterminación —hoy mucho más debatido en Cataluña que en Euskadi, por cierto— y otra es que ese pretendido derecho haya sido reconocido, lo que no ha sucedido.
Curiosamente en España, es la extrema derecha, y algunos líderes del PP, quienes más eco han otorgado al discurso de Josu Ternera —reproducido por algunos exetarras en sus testimonios—, el de la introducción del derecho de autodeterminación en el debate político para señalar algo que ni siquiera el histórico etarra osa decir: que ETA no ha sido derrotada. E, incluso, para denunciar que hoy ETA tiene más influencia que nunca en el Gobierno de España, como puede leerse en medios conservadores tan significativos como ABC.
Es duro para una persona que ha pasado veinte años o más en la cárcel tener que reconocer que su militancia terrorista no sirvió para nada, que asesinó por una causa artificial, ajena a los problemas reales de la sociedad. De ahí que la proporción de exetarras arrepentidos en el colectivo de presos haya sido minoritaria y que surjan testimonios contradictorios como el del exetarra, con más de veinte años cumplidos de cárcel, que reconoce que ETA sufrió una derrota militar, que «perdimos y no estamos mejor que en 1981» y, a la vez, destaca que ETA le dio sentido a su vida.
No son pocos los testimonios que coinciden en que ETA tenía que haber abandonado el terrorismo antes de 2011, cuando empezó a percibirse la pérdida de apoyo social, que algunos sitúan en las movilizaciones por el lazo azul, de Gesto por la Paz, a mediados de los años noventa, y tras el asesinato del concejal de Ermua, Miguel Ángel Blanco, en 1997. La unanimidad es absoluta en considerar que los atentados yihadistas del 11 de marzo de 2004, la matanza indiscriminada de casi doscientos ciudadanos significó el punto final del terrorismo etarra. El propio Arnaldo Otegi ha apuntado en alguna ocasión, como en el documental El fin de ETA, que esta debía haber terminado antes. No llega a precisarlo, aunque señala algunos momentos, uno de ellos, con veinticinco años de anticipación a lo sucedido: la firma de la entrada de España en la Comunidad Europea en 1985.
Pero, pese a todo, los exetarras mantienen en sus testimonios la pasada validez del terrorismo porque ha permitido que Euskadi no desaparezca —y que, como precisa alguno, no haya sido absorbido por el régimen del 78—, ha fortalecido el euskera, ha frenado el nacionalismo español, ha mantenido el «conflicto político que no empezó en el franquismo». El esfuerzo por buscar argumentos de la validez del terrorismo raya, en algún caso, en el patetismo, como el testimonio del exetarra que destaca que hoy la izquierda abertzale es la segunda fuerza política vasca y, en otros tiempos, la tercera.
Pero la idea central que justificaría el terrorismo para los exmilitantes de ETA es que gracias a su actividad, Euskadi sigue viva. Es un planteamiento nacionalista, propio de la angustia que embargaba al fundador del PNV, Sabino Arana, por su temor a que Euskal Herria y el euskera desaparecieran por la eclosión de la inmigración española a finales del siglo XIX. En este sentido, es interesante reseñar la coincidencia de todos los exetarras en señalar que antes que socialistas o marxistas, son abertzales y que la defensa del «derecho a decidir» es anterior a declararse de izquierdas.
Ríos y Gago consiguen, también, que los exetarras reconozcan con amargura que la sociedad vasca por la que lucharon, con la que se encontraron al salir de prisión, es peor que la que ellos vivieron veinte o treinta años antes. Destacan que la sociedad ha cambiado mucho, hay menos sensibilidad social, más individualismo y mucha menos capacidad movilizadora de la que existía en los años setenta y ochenta.
En los exetarras hay una nostalgia de la sociedad que conocieron antes de ser detenidos. Pero, a su vez, prácticamente sin excepción, coinciden en que decidieron entrar en ETA, bastantes en los años ochenta y alguno en los noventa, por la represión existente en Euskadi. Estos testimonios muestran la burbuja en que vivía el mundo abertzale, el escalón previo a la entrada en ETA, cuando en los años ochenta la sociedad vasca ya vivía en democracia y con autogobierno. Elevaban a la categoría de represión generalizada los actos ya muy aislados de guerra sucia —termina del todo en 1987— y de abusos policiales.
Además de la endogamia, los testimonios, que abarcan un amplio abanico de facetas por las que se interesan los autores del texto, revelan la marcada disciplina del mundo abertzale. Esta se expresa en la decisión unánime de que ETA no debe regresar y en el vaticinio de que no lo hará, al menos, en nuestra generación, pues los entrevistados coinciden en que no tiene el colchón político del que gozó en sus mejores años. Esa misma disciplina se confirma en los testimonios y marca todo el mundo abertzale, como se reveló cuando, hace unos pocos años, surgió un grupo disidente que llegó a quemar autobuses en Leioa y Derio: bastó que Sortu lo rechazara y que los autores de los desmanes recibieran un aviso para que terminaran de cuajo.
Nota de los autores
Los autores de este libro tienen una larga trayectoria de investigación. Durante años se han dedicado principalmente al estudio de la violencia política y de la construcción de la paz, y dicho estudio ha sido elemento de continua reflexión académica. Tras un trabajo de campo realizado entre septiembre y noviembre de 2018 y que pretendía analizar el relato que, entre la antigua militancia de ETA, concurría en torno a legitimar la violencia, a entender el distanciamiento y la condena de la sociedad civil (incluido la de la izquierda abertzale) o a reflexionar sobre el nuevo escenario político que se abre en el País Vasco, se concibió la idea de un libro como este; un libro que publicase desde el anonimato y adaptase algunas de las entrevistas y notas realizadas con motivo de aquel trabajo de campo. El resultado podía servir para mostrar algunos de los repertorios discursivos que es posible encontrar en dicha militancia. Es decir, en lugar de realizar un trabajo analítico del relato y de la narrativa de lo sucedido, más propio de un trabajo científico-social dirigido a publicaciones académicas, lo que se propone en este libro responde a una naturaleza totalmente diferente, pues el acento crítico del análisis recae exclusivamente sobre el lector.
Antes, para contextualizar, se presenta una suerte de breve historia de ETA que parte de los orígenes, se adentra en los escenarios de su transformación y redefinición, y muestra los diferentes repertorios del uso de la violencia y el terror hasta llegar a la primera declaración de abandono de las armas y posterior disolución en 2018. No obstante, la parte más interesante de este texto son las entrevistas realizadas como parte del trabajo de campo. Ni que decir tiene que se agradece la disposición de fuentes orales e historias de vida que han supuesto los entrevistados. A todas y a todos ellos se les agradece el testimonio prestado, siempre anonimizado y desprovisto de cualquier elemento que pudiera permitir una posible identificación. De hecho, aspectos tales como los años de condena, los lugares de procedencia y cualquier información susceptible de ser reconocida ha sido meticulosamente revisada e, incluso, ligeramente alterada, para garantizar el completo anonimato. Este respeto forma parte del compromiso ético de la investigación y del compromiso humano con los entrevistados.
En todo caso, lo que expresan las entrevistas, grosso modo, son elementos que muestran la continuidad de varios aspectos complejos que se inscriben en el nuevo tiempo de paz que vive el País Vasco tras la desaparición de ETA y que dejan entrever de qué manera los interpreta la otrora militancia terrorista. En primer lugar, es posible encontrar un patrón común a la hora de justificar el ingreso en ETA. Tal y como muchos trabajos han documentado —algunos de ellos citados en este libro—, es posible apreciar de qué modo se ha construido una retórica recurrente, y en ocasiones casi irreflexiva, respecto de una represión totalizadora del Estado español.
Asimismo, se atiende a una cierta colisión, en todos los entrevistados, de cómo es percibida ETA desde fuera, con base en una mística revolucionaria tan falaz como peligrosa, y de cómo verdaderamente resultó su experiencia en el interior del grupo terrorista. Todos ellos, de un modo u otro, son conscientes de lo que supuso renunciar a un tipo de vida para llevar otro bien distinto, con la violencia y el terror como estandartes. En realidad ninguno de los entrevistados muestra atisbo de arrepentimiento. Todo lo contrario, interiorizan la elección como una parte nuclear de sus vidas y como un episodio relevante a la hora de «aportar» algo a la causa de liberación vasca. Del mismo modo, ese no arrepentirse se aprecia en la condena que hacen del arrepentimiento de otros, o en la defensa a ultranza que hacen de la contribución de ETA a la actual situación política del País Vasco.
Las entrevistas, en su mayoría, demuestran un rechazo y una desconfianza hacia el Estado español en todos los procesos de negociación impulsados —Argel, Lizarra-Garazi o Loyola—. El rechazo resulta extensible a otros partidos políticos, sobre todo el PNV. De la misma manera, y haciendo gala de un innegable nivel de dogmatismo —al menos, a juicio de los autores—, niegan la existencia de cualquier alteridad, la deshumanizan y la reducen a una mera instrumentalización política, tal y como sucede con las expresiones de protesta y desencanto que encarnaron los movimientos sociales de Gesto por la Paz o Elkarri. Además, resulta recurrente la reivindicación de la condición de víctimas, víctimas sometidas a tortura y represión, para poner en el mismo plano a todos los sectores de la sociedad vasca involucrados en la violencia y el terrorismo. Esto se puede entender como una exculpación indulgente a la vieja militancia de ETA o como una nueva forma de nutrir el argumento antagonista en el escenario político posterior a la disolución de ETA. En cualquier caso, no hay duda de que esa actitud abre importantes fisuras a cualquier marco de reconciliación real, pues no se aprecian, ni siquiera, niveles mínimos de reconocimiento, perdón, justicia y reparación.
Así, en las entrevistas es posible observar cómo los entrevistados muestran un distanciamiento cada vez mayor de la sociedad civil vasca, incluida la izquierda abertzale, y de qué modo la irracionalidad de la violencia operó como un fin en sí mismo, aunque ETA la defendió como medio para un propósito político. Un fin que dejó casi novecientas víctimas mortales y otros tantos heridos y familias rotas. También resulta posible apreciar puntos de inflexión importantes en el devenir del grupo terrorista, como el golpe de Bidart contra la cúpula de ETA, los atentados del 11-M de 2004 o de qué manera, a pesar de la legitimación retrospectiva, converge un relato que desprovee de violencia cualquier escenario político futuro en el País Vasco.
Esperamos, sobre todo, poder contribuir con este trabajo a ilustrar ciertos elementos que configuran el discurso político de buena parte de los antiguos integrantes de este grupo terrorista. Elementos que, tal y como se presentan, socavan los cimientos que resultan necesarios para cualquier proceso de reconciliación y superación de una violencia que pervivió durante más de medio siglo y de cuyo relato aún no se puede pasar página.
Introducción
El estudio de ETA se basa en una literatura muy prolífica, repleta de aproximaciones diferentes y de lecturas que, como sugiere Mota [2019], han evolucionado desde una posición inicial, más militante y que presentaba a ETA como una expresión de disputa contra la dictadura de Franco (en esta interpretación destacan trabajos como los de Letamendía [1975] o López Adán [1976]), hasta otras mucho más rigurosas y de mayor riqueza documental; en este caso, fundamentalmente, gracias a la desclasificación de archivos y a la posibilidad de acceder a nuevas fuentes de información.
Desde el punto de vista de la Historia, y también de la Ciencia Política, es posible encontrar un muy nutrido elenco de trabajos académicos que abordan, en conjunto, las diferentes y complejas aristas de la violencia y el terrorismo asociados a ETA. Es decir, existen aportaciones que tuvieron como objeto de estudio los fundamentos ideológicos del grupo terrorista [Bruni, 1987; Domínguez, 2000; Bullain, 2001], así como sus mitos o símbolos [Casquete, 2009; Fernández Soldevilla, 2014, 2016]. Complementando a estas, existen igualmente miradas historiográficas más amplias como pueden ser los trabajos de Letamendía [1994], Garmendia [1996], Elorza [2000] o más recientemente Mees [2019], además de aportes sobre cómo entender los repertorios de acción y estrategia de ETA [Ibarra, 1989; Ibarra y Ahedo, 2004; Sánchez-Cuenca, 2011]. Otras perspectivas recientemente abordadas versan sobre las fuentes de financiación de ETA [Ugarte, 2018], sus relaciones internacionales [Azcona y Re, 2015] o el vínculo de la organización con la religión [Ontoso, 2019]. También destacan los trabajos focalizados en la transformación sociológica del pueblo vasco tras el fin de ETA [Prieto, 2020] o en la superación de falsos mitos asociados al grupo armado [García Varela, 2020]. No pueden olvidarse trabajos seminales en el estudio de ETA como los de Clark [1984] o Sullivan [1988] o, en otro plano, el significativo aporte que proviene de las historias de vida y los testimonios de quienes sufrieron y formaron parte viva de la lucha contra el terrorismo [Jáuregui, 2018; VV. AA., 2020b, Rivera, 2020].
Por último, y como es habitual, también es posible encontrar trabajos de mayor dogmatismo y menor bagaje académico, ya sea analizando el fenómeno del terrorismo de ETA como una expresión cuasi inherente a todo tipo de nacionalismo vasco [VV. AA.] o desde una posición casi exculpatoria de ETA [Casanova, 2007; Egaña y Giacopuzzi, 2012; Egaña, 2017].
En particular, acerca del final del grupo terrorista, en los últimos años se ha producido una importante eclosión de trabajos y publicaciones de obligada mención. Por ejemplo, la mirada de Domínguez [2012], que analiza la asfixia de ETA a partir de las políticas antiterroristas desarrolladas en el Estado español o, asimismo, las lecturas de Rodríguez Aizpeolea [2013] o Izquierdo y Rodríguez Aizpeolea [2017], que reflexionan sobre el fin de la organización armada como resultado de una suma más amplia de factores. Por otro lado, libros como el de Portela [2016], a modo de ensayo literario, presentan diferentes «memorias íntimas» de la violencia terrorista.
Desde el punto de vista de las Ciencias Sociales, no
