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ETA y la conspiración de la heroína
ETA y la conspiración de la heroína
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Libro electrónico414 páginas3 horas

ETA y la conspiración de la heroína

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En 1980 ETA inició una dura campaña contra el mundo de la droga en el País Vasco. Según la banda terrorista, el Estado habría introducido la heroína como arma política para desmovilizar y destruir a la juventud vasca. Una ofensiva que tuvo como resultado el asesinato de más de cuarenta personas, supuestamente involucradas en el tráfico de drogas, y cuya acusación fue en muchos casos falsa y sin fundamento. Este libro explica cómo la cruzada contra la droga por parte de ETA formó parte fundamental de su estrategia armada para construir nación y consolidar estructuras de contrapoder en oposición al Estado. Pero sobre todo busca impugnar con datos y hechos la versión de la conspiración de la heroína y otros mitos defendidos por la organización terrorista sobre la “mafia de la droga”.
IdiomaEspañol
EditorialLos Libros de la Catarata
Fecha de lanzamiento19 oct 2020
ISBN9788413520896
ETA y la conspiración de la heroína
Autor

Pablo García Varela

Graduado en Historia por la Universidad de Oviedo y máster en Historia Contemporánea de España por la UNED. Doctor en Historia Contemporánea por la UPV/EHU y miembro del Instituto de Historia Social Valentín de Foronda.

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    ETA y la conspiración de la heroína - Pablo García Varela

    Introducción

    Mucha gente fuera del País Vasco desconoce que ETA inició una dura campaña contra el mundo de la droga en 1980. La banda señaló al Estado como el máximo responsable de la introducción de heroína en la región para desmovilizar y destruir a los jóvenes vascos. Más de cuarenta personas fueron asesinadas con la excusa del tráfico de drogas, acusación en muchos casos falsa y sin ningún fundamento. ETA se erigió como juez y verdugo del pueblo vasco. Para luchar contra la tergiversación de la historia reciente de Euskadi, he trabajado durante los últimos años en una tesis doctoral que explica, a partir de datos y hechos probados, esta ofensiva de la banda y busca también desterrar ciertos mitos sobre el fenómeno de la heroína. La cruzada contra la droga formó parte fundamental de su estrategia armada para construir nación y consolidar estructuras de contrapoder en oposición al Estado. A fin de analizar cómo la banda terrorista intentó lograrlo, el relato cronológico de la campaña de atentados contra la mafia de la droga nos permitirá analizar en profundidad la estrategia del Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV) durante los años ochenta y principios de los noventa.

    Una ofensiva que ha recibido muy poca atención en las investigaciones sobre el fenómeno terrorista en el País Vasco, a pesar de que desde el año 2005 se han multiplicado los estudios académicos sobre ETA y su entorno; trabajos de investigación fundamentales para abordar el relato del terrorismo, recuperando las historias que han caído en el olvido para luchar contra la desmemoria y tergiversación de la historia reciente de Euskadi. Este libro es necesario para que en la batalla del relato no triunfe la versión de la conspiración de la heroína propugnada por ETA, sino un estudio académico exhaustivo desideologizado de lo sucedido basado en el análisis y explicación de los hechos.

    El libro consta básicamente de tres partes bien diferenciadas. La primera estudia y analiza el fenómeno de las drogodependencias en España y el País Vasco desde 1980 hasta los últimos años de la década de 1990. La heroína es la gran protagonista del relato por una simple razón: fue la gran enemiga de ETA y Herri Batasuna (HB) en su campaña contra las drogas. En primer lugar, presento una breve historia de las drogas en España y comienzo mi relato sobre la heroína a finales de los años setenta, explicando cómo surgió el problema y los primeros datos de la incipiente crisis. Sigo su evolución y el impacto determinante de la irrupción del sida y cómo afectó a los consumidores de heroína, así como las diferentes estrategias y medidas tomadas por el Gobierno de Felipe González para dar respuesta al fenómeno. Para la década de 1990 evito extenderme de forma innecesaria, puesto que el arco cronológico estricto de mi investigación llegaría hasta 1994; además, de esta fecha en adelante el debate de las drogas se apagó tras el descenso notable de las cifras de heroinómanos. Tras esta breve introducción, vuelvo a analizar con atención el caso del País Vasco. La crisis de la heroína golpeó más fuerte que en otras regiones, pero no más que en Cataluña, Madrid, Andalucía o Asturias. La intromisión de ETA y su entorno hizo que el fenómeno se politizara y se perdiera toda objetividad. Medios de comunicación, partidos políticos y algunos médicos especialistas participaron del juego propuesto por el MLNV, la especulación sustituyó a la razón y, en ese terreno, la izquierda abertzale se movió como pez en el agua. No fue un caso excepcional y hay factores que explican por qué afectó más a esta región. Por ejemplo, el contar con un mayor porcentaje de población juvenil, la estructura social de las cuadrillas y, quizá el factor más importante: la incapacidad de las fuerzas de seguridad del Estado para actuar con normalidad.

    En el tercer capítulo analizo la construcción de la teoría de la conspiración¹ de la heroína en España. Estudio todos los elementos relevantes, puntos fuertes y débiles, para comprender cómo en la actualidad, dentro de sectores de la izquierda abertzale y de la extrema izquierda, aún se esgrime que la heroína fue utilizada como un arma política contra el pueblo vasco. En esta parte, la comparación de España con otros países europeos es clave, así como el análisis del discurso y hechos que justificaban para ETA y su entorno la conspiración contra la juventud vasca. Fue una respuesta generalizada a la crisis de la heroína de movimientos minoritarios nacionalistas, de extrema izquierda y de ultraderecha que con esta estrategia buscaban deslegitimar al Estado y denunciar el uso de métodos subversivos para destruirlos. La lenta reacción de los Gobiernos europeos frente al fenómeno, la falta de iniciativas para desarrollar una política de drogodependencias más allá de la represión y la incapacidad de explicar las razones de la crisis a la población facilitaron la aparición de teorías de la conspiración que sustituían a la realidad: una crisis de consumo y de seguridad ciudadana pésimamente gestionada. En el caso de España, la teoría de la conspiración de la heroína consiguió muchos adeptos entre sectores radicalizados de Cataluña, el País Vasco y barrios obreros de todo el Estado, donde muchos creyeron que el Gobierno pudo estar detrás de la introducción de droga dura para desmovilizar los movimientos populares.

    La parte central del libro la ocupa el relato cronológico de la campaña de atentados de ETA contra la mafia de la droga de 1980 a 1994. Subdividida en varias partes, en primer lugar, analizo por qué la organización terrorista ETA escogió este objetivo. Tras esta introducción entro de lleno en el relato cronológico de la campaña y explico la primera parte de la ofensiva de 1980 a 1985, una fase en la que ETA cometió veintidós asesinatos y sirvió para sembrar la semilla de la conspiración de la heroína en la sociedad vasca. De 1985 a 1987 hay un parón en esta campaña de atentados, pero fue la calma que precede a la tempestad, porque a principios de 1988 el conjunto del MLNV preparó el terreno para una nueva ofensiva de ETA contra la mafia de la droga. Los asesinatos de Sebastián Aizpiri y Patxi Zabaleta en el Bajo Deba entre finales de mayo y principios de junio de 1988 causaron un verdadero terremoto en el País Vasco. La respuesta popular a los atentados fue de una fuerza inusitada y sorprendió al conjunto del MLNV. Pero el levantamiento contra ETA no impidió que en los siguientes atentados contra la mafia de la droga la organización terrorista sacase provecho de esta campaña. Durante todo este año, el MLNV multiplicó sus esfuerzos por fagocitar el movimiento popular contra las drogas, consolidar así la conspiración de la heroína y conse­­guir más adeptos para la causa nacionalista. Objetivo que lograría a finales de 1988, cuando consiguió tener un amplio respaldo social en las zonas más golpeadas por el fenómeno de la droga.

    Los siguientes protagonistas del relato son el clan de los Bañuelos, una familia de mercheros sospechosa de traficar con drogas, que sufrió la persecución de las bombas de ETA durante varios años. En la última parte de la campaña contra la mafia de la droga, de 1992 a 1994, el Informe Navajas fue el elemento central de la justificación de los asesinatos de ETA. El contenido del documento es desconocido a día de hoy, y a base de especulaciones de la izquierda abertzale y de otros medios de opinión se fue construyendo un mito en torno a él. Desde el equipo de investigación de Egin encabezado por Pepe Rei se difundieron todo tipo de informaciones sobre la corrupción existente en el cuartel de Intxaurrondo, cuyo único objetivo era justificar la teoría de la conspiración de la heroína y los asesinatos cometidos por ETA. En un momento complicado para la organización terrorista tras la operación de Bidart en 1992, estos atentados les sirvieron para no caer en el ostracismo gracias al trabajo de sus pistoleros. La última víctima mortal de su ofensiva fue Antonio Díaz Losada, un joven de veintinueve años que había superado su adicción a la heroína tras pasar por prisión. A la salida de la cárcel encontró trabajo como albañil y tuvo un hijo con la compañera de toda su vida. Parecía que se abría un futuro prometedor ante él, pero ETA decidió no darle una segunda oportunidad.

    Una organización que, a pesar de sus lazos con el mercado ne­­gro, no utilizó el narcotráfico para financiarse de forma directa, aunque sí utilizó todo este entramado mafioso para blanquear dinero, conseguir armas y abastecer sus comandos. Veremos una serie de ejemplos en los que esta relación fue muy estrecha y que plantean serias dudas sobre la participación de ETA en negocios y redes directamente vinculados al narcotráfico. En cuanto a los problemas de consumo de drogas dentro del MLNV, el frontal rechazo de la dirección de ETA a las drogas duras no impidió que dentro de sus filas surgieran diferentes problemas asociados a las toxicomanías. El principal fue el consumo de derivados del cannabis, que fue progresivamente creciendo dentro de la organización terrorista con el paso de los años, como un hábito adquirido por los jóvenes militantes provenientes de la kale borroka y de la formación juvenil Jarrai. Esta cuestión no fue abordada con la suficiente firmeza por la inestable dirección de la organización en los años noventa, que le restó importancia al asunto y no puso trabas dentro de los comandos al consumo de este tipo de sustancias siempre que sus militantes estuviesen dispuestos a continuar la lucha armada. La situación de laissez-faire fue empeorando en la década de los dosmil, e incluso el entonces máximo responsable de la organización, Mikel Garikoitz Aspiazu Rubina, Txeroki, fue detenido en 2008 con una piedra de hachís entre sus pertenencias. Un ejemplo del cual se avergonzaron algunos de los miembros encarcelados más veteranos de ETA.

    Más allá de los problemas de consumo de drogas dentro de la banda y sus relaciones con el narcotráfico, el principal objetivo del libro es explicar que hay causas y factores para entender la problemática de la crisis de la heroína en el País Vasco sin acudir a la teoría de la conspiración propuesta por ETA. Es tan simple como que el Estado no estaba listo para hacer frente a un fenómeno de tal magnitud y no se tomaron las mejores decisiones para desarrollar una política de drogodependencias efectiva. Unos errores aprovechados por la izquierda abertzale para atacar al Estado e instalar en el imaginario colectivo de la sociedad vasca la posibilidad de que todo hubiese sido una estrategia para destruir los apoyos juveniles del movimiento nacionalista. Una excusa utilizada por ETA para asesinar a más de cuarenta personas que poco o nada tenían que ver con el tráfico de drogas.

    Capítulo 1

    La crisis de la heroína en España

    La Transición abrió un periodo lleno de ilusión y miedo para la sociedad española. Entre los jóvenes españoles hervían las ansias por nuevas libertades y el deseo por superar los valores tradicionales del régimen franquista. En las nuevas formas de ocio, drogas como el alcohol, el tabaco, la marihuana y especialmente el hachís aumentaron su demanda, y cada vez eran más jóvenes quienes ocupaban su tiempo libre bebiendo y fumando. Precisamente, los derivados del cannabis ganaron tal popularidad que incluso algunos políticos españoles durante la Transición se atrevieron a insinuar la necesidad de despenalizar su consumo, pero su mensaje quedó destrozado por la irrupción en el mercado de drogas de la heroína a finales de los años setenta. Entre los primeros consumidores había hijos de familias de clases medias y altas, así como gente del mundo del espectáculo. Fueron casos que llamaron poderosamente la atención de los medios de comunicación conservadores, que empezaron a especular sobre los indicios de una crisis de consumo de heroína tal y como había ocurrido en Estados Unidos. El historiador catalán Juan Carlos Usó relata con gran acierto en su ensayo Nos matan con heroína la evolución del problema entre 1977 y 1978².

    La situación cambió drásticamente en 1978, cuando los traficantes de droga comprendieron el potencial de la heroína en el mercado español y las posibilidades de expansión de su negocio. En un principio, muchos de los cargamentos que recalaban en España tenían por último objetivo llegar a Estados Unidos aprovechando la práctica inexistencia de controles aduaneros efectivos en aeropuertos y puertos españoles. Era una droga más rentable para los traficantes; podían vender las dosis a un precio muy superior y el mercado no estaba saturado por la mercancía: un gramo podía venderse entre 10.000 y 20.000 ptas. En contraposición, un gramo de hachís se vendía de 500 a 3.000 ptas. y había mucha más oferta que superar en el mercado para llegar al consumidor.

    Por otro lado, la heroína era una droga relativamente fácil de obtener para los traficantes, que conseguían sus cargamentos a través de diferentes vías: personalmente, por vías terrestres comprando y trasladando la mercancía desde Holanda, a través de los aeropuertos de Madrid, Barcelona y Málaga gracias a intermediarios extranjeros; o bien recurriendo a individuos, adictos en ocasiones, que se encargaban de comprar el cargamento en el extranjero y trasladarlo a España. Y, en último lugar, la heroína es una sustancia muy adictiva que genera una fuerte dependencia física y psíquica, por lo que los traficantes de droga aseguraban consumidores habituales muy dependientes.

    Progresivamente, los traficantes de droga fueron introduciendo más partidas de heroína en sus ventas creando rápidamente una bolsa de consumidores, que cayeron enseguida en la dependencia de este opiáceo y de otras sustancias semejantes que robaban de las farmacias. Precisamente, las farmacias fueron la principal fuente de suministro de los heroinómanos a finales de los años setenta, que las atracaban para robar metadona y otras sustancias opioides para inyectarse por vía intravenosa ante la falta de heroína en el mercado. De cinco robos a farmacias en 1975 se pasó a 529 en 1977³ y a 1.900 en 1979⁴. Por otro lado, no hay que olvidar el efecto contraproducente que tuvo la nefasta campaña publicitaria contra el consumo de heroína. Los mensajes alarmistas de los medios de comunicación y de las instituciones sirvieron para mitificar la heroína y no contribuyeron a disuadir de su consumo en una juventud cansada de las prohibiciones sociales y morales.

    A finales de 1979 el consumo se había extendido ampliamente entre los jóvenes españoles y era especialmente grave en algunas comunidades autónomas. Pero a nivel estadístico, los datos aún no reflejaban la nueva realidad. El comisario José María Mato Reboredo recogió para un estudio académico los siguientes datos de incautaciones en España realizadas en los primeros once meses de ese año (tabla 1).

    Tabla 1

    Drogas decomisadas

    Unas cifras de incautaciones muy bajas, que salvo en el caso de los derivados del cannabis no debían haber preocupado al Gobierno ni a las fuerzas de seguridad del Estado. Pero la situación era más grave y la mayor prueba del empeoramiento del problema fue el auge de la delincuencia juvenil. La heroína era una droga muy cara para el adicto, que una vez perdía su trabajo o ya no podía obtener dinero de su familia decidía conseguirlo cometiendo todo tipo de delitos contra la propiedad o traficando con drogas. Según datos de las fuerzas de seguridad del Estado, en 1980 el 38,3% de los delitos eran cometidos por jóvenes menores de veinte años, de los cuales muchos eran consumidores de heroína⁵. El 82,5% de los detenidos por tráfico de drogas eran jóvenes menores de veinticinco años, con especial incidencia en el grupo entre veintiuno y veinticinco años, que representaban el 55% del total⁶; heroinómanos que trapicheaban para asegurarse su dosis y ganar algo de dinero extra. Una delincuencia juvenil que agravó el problema de se­­guridad ciudadana de finales de los años setenta. En las memorias anuales de la Comisaría General de Policía Judicial, se refleja el auge de los delitos violentos y delitos contra la propiedad desde 1975 a 1982⁷. En 1975 se pasó de 8.172 delitos contra las personas a 15.231 en 1979⁸, mientras que los robos con violencia o intimidación aumentaron de 5.296 en 1978 a 27.109 en 1980⁹.

    Otro dato que demuestra la inestabilidad del periodo era la situación de las cárceles españolas. En 1975 la población reclusa en España era de 8.440 presos, una cifra que aumentó de forma constante hasta los 18.253 de 1980¹⁰. Los jóvenes de entre dieciséis y veinticinco años constituían más del 60% de los reclusos de los centros penitenciarios. En las prisiones, los jóvenes continuaban consumiendo heroína y algunos de los que no lo hacían empezaban su adicción. La droga entraba sin problemas en las cárceles, no existían buenos dispositivos de seguridad y, en algunos casos, eran cómplices los propios funcionarios de prisiones. También era una escuela para los delincuentes, que una vez salían de la cárcel cometían delitos más sofisticados. En conclusión, a finales de los años setenta la heroína dio forma a una crisis de seguridad ciudadana que el Estado, en pleno proceso de transformación, no fue capaz de afrontar y se complicó con el paso de los años por la falta de una respuesta institucional efectiva. El número de heroinómanos en España a principios de la década de 1980 pudo oscilar entre los 70.000 y 80.000. Aunque es realmente complicado encontrar información de este periodo que sirva para establecer un censo más o menos fiable; ello es debido a la diversidad de organismos que tenían competencia sobre este asunto y a la falta de recogida de datos desde las diferentes Consejerías y el naciente Ministerio de Sanidad.

    En lo relativo a la tipología de los consumidores, en la memoria del Plan Nacional sobre Drogas de 1986 encontramos uno de los mejores estudios epidemiológicos del periodo sobre los heroinómanos asistidos en centros de tratamiento de la sanidad pública. Se revisó una muestra de 613 historias clínicas entre 8.400, correspondientes a seis centros de tratamiento situados en distintas ciudades de la geografía española. Se incluyen a continuación los datos recogidos en el estudio (tabla 2).

    Tabla 2

    Características de los heroinómanos asistidos

    en centros de tratamiento

    Si comparamos los resultados de este estudio con otros realizados a nivel local y provincial, podemos definir con bastante claridad la tipología del consumidor de heroína español: un joven de entre dieciséis y veintitrés años, normalmente varón, con bajo nivel de estudios, en paro o sin trabajo fijo, con problemas judiciales, de salud y politoxicómano, con un consumo de 400 mg de heroína diarios. Este último dato es muy revelador a la hora de explicar la gran cantidad de heroína que se movía en España al año. Según un artículo del periodista Luis Arroyo publicado en El País en 1984, el mercado de la heroína podía mover en nuestro país unos 117.000 millones de ptas. Al año.

    ¿Y de dónde y cómo llegaba toda esta heroína a nuestro país? La heroína blanca llegaba del sudeste asiático, de Tailandia, Birmania y Laos, el conocido como triángulo de oro, el mayor centro de tráfico de heroína a nivel mundial. Su pureza de cerca del 90% y su bajo coste hacían de la heroína blanca la mercancía más rentable para los traficantes. Según datos de expertos de la Brigada de Estupefacientes de la época, el precio allí era de tan solo 1.200 ptas. por gramo. Además, Tailandia ofrecía un amplio abanico de opciones para sacar la droga del país. El aeropuerto de Bangkok era el principal punto de salida hacia Europa, Estados Unidos, Oceanía y otras partes de Asia. Por otro lado, la heroína marrón, de peor calidad y más barata, llegaba de Turquía, Irán, Paquistán y la India. La ruta de llegada a Europa transcurría principalmente por vía aérea directa desde Ámsterdam; pero también la ruta marítima era de vital importancia, puesto que en la isla de Sicilia diferentes mafias italianas controlaban laboratorios para refinar la heroína. Según fuentes policiales, desde 1982 el mercado español se inundó de este tipo de droga, donde logró conseguir una parte importante de la cuota de mercado.

    La droga entraba preferentemente en nuestro país a través de los principales aeropuertos de la península: en Madrid el aeropuerto de Barajas, en Barcelona El Prat y el aeropuerto de Málaga. Pero también existían otras importantes rutas terrestres; las fronteras vasca y catalana eran atravesadas a diario por hormigas¹¹ en sus vehículos personales o en medios de transporte público, como el Iberbús Barcelona-Ámsterdam, que salía de la plaza de Cataluña y tan solo costaba 13.000 ptas. ida y vuelta. También mafias de los países balcánicos, de Italia, de Turquía y de Holanda introducían heroína en nuestro país en camiones que superaban los controles aduaneros comunitarios y de nuestras fronteras falsificando los documentos del Convenio TIR¹² (Transport International Routier). Circulando con este precinto, los camiones no eran obligados a pasar las inspecciones aduaneras y descargaban la heroína en los puntos de distribución acordados con traficantes locales. Las rutas marítimas eran controladas por mafias turcas e italianas, que introducían grandes cargamentos por los puertos más importantes de Levante (Barcelona, Valencia, Alicante), de la Costa del Sol (Cabopino, Puerto Banús, Puerto de la Duquesa) y del estrecho de Gibraltar (Algeciras) aprovechando las temporadas turísticas y la escasa vigilancia de las fuerzas de seguridad del Estado. En todo este negocio, los clanes mafiosos italianos de la Cosa nostra utilizaron la costa española como principal sede de operaciones. Esta red de narcotráfico fue destapada en 1985 por los periodistas de La Vanguardia Jordi Bordas y Eduardo Martín de Pozuelo en un reportaje especial sobre las conexiones en España de la mafia y la heroína.

    Una vez que la heroína llegaba a nuestro territorio, grupos locales de asiáticos¹³, africanos¹⁴, quinquis y gitanos se encargaban de redistribuir la mercancía. Estos grupos nunca llegaban a controlar grandes cargamentos y dependían de las mafias extranjeras para conseguir la heroína, que intentaban mantenerse al margen de la distribución para evitar posibles detenciones. Tras conseguir la heroína, las mafias locales vendían la mercancía en pequeñas dosis a traficantes de droga, la mayoría adictos, quienes contro­­laban pequeñas redes clientelares. También existían traficantes de drogas que conseguían la heroína por sus propios medios, via­­jando al extranjero para adquirirla y luego venderla entre sus clientes. Es decir, no existían grandes redes de narcotraficantes que controlasen la distribución de heroína, sino un gran número de pequeños traficantes y grupos locales de delincuentes repartidos por toda la península.

    Entonces, ¿cómo era posible que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no fueran capaces de desarticular estas extensas redes de narcotráfico instaladas en nuestro país? La principal razón estaba en los ridículos medios y recursos de la Brigada Central de Estupefacientes del Cuerpo Superior de Policía, de la Guardia Civil, de los Servicios de Vigilancia Aduanera, de la Policía Judicial y de la Fiscalía Especial Antidroga. Por ejemplo, en 1982 el Cuerpo Nacional de Policía destinaba únicamente sesenta hombres a la Brigada Central de Estupefacientes, que estaban repartidos por las trece regiones policiales donde tenían el apoyo de pequeños grupos, de una media de seis hombres, para luchar contra el narcotráfico. Los otros cuerpos tampoco contaban con medios tecnológicos ni humanos suficientes para hacer frente a todas las mafias locales instaladas en nuestro país.

    Por otro lado, a esta falta de recursos se sumaba la nula colaboración entre los distintos cuerpos y la Justicia, sin olvidarnos de otro factor importante: la existencia de corrupción en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, así como en diferentes Administraciones públicas, que participaron o facilitaron operaciones de narcotráfico. En su libro ¿Nos matan con heroína?, Juan Carlos Usó dedica buena parte de un capítulo a explicar la problemática de la corrupción policial y, a modo de ejemplo, aporta una larga lista de noticias publicadas en medios de comunicación. Así, con un sueldo que en la mayoría de los casos no superaba las 100.000 ptas., muchos agentes cayeron en la tentación de tolerar el tráfico de drogas e incluso, en ocasiones, de ser partícipes activos de las redes de narcotráfico. Este fue el caso, por ejemplo, de la Brigada de Estupefacientes de Algeciras, que en 1990 fue totalmente desmantelada por su implicación en el narcotráfico, o de muchos guardias civiles destinados en las Rías

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