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Coloquio del oro y el moro
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Libro electrónico158 páginas2 horas

Coloquio del oro y el moro

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El gran poeta e intelectual chileno Armando Uribe Arce dialoga con la escritora Virginia Vidal abordando temas álgidos y provocadores, revelando aspectos inéditos de su vida y pensamiento. Este Coloquio del oro y el moro es el fruto de la comunicación mediante la palabra hablada. Una llamada matutina y el acuerdo para reunirse a una hora determinada: entonces conversamos con Armando Uribe, conversos convertidos convergiendo y discrepando en un espacio sin prisa ni plazo ni programa, donde todo puede ser tema de discusión.
IdiomaEspañol
EditorialEditorial Catalonia
Fecha de lanzamiento11 ene 2017
ISBN9789568303488
Coloquio del oro y el moro

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    Coloquio del oro y el moro - Armando Uribe

    UMBRAL

    ¿Cuándo empezó la conversación con Armando Uribe? Vano esfuerzo recordarlo. Conversación implica compañía, plática, preguntas y, muchas veces, paciencia para que los interlocutores se escuchen mutuamente y ejerzan la tolerancia. La conversación comienza con un diálogo que en ocasiones acepta la incorporación de otros y deviene tertulia.

    Hemos hablado del oro y el moro, esto es: ponderar no para exagerar o alabar, sino para examinar con cuidado, sin la menor propuesta de ofertas ilusorias. Acaso se haya caído en la tentación de expresar el exagerado aprecio de lo que se espera o posee, ¿pero puede ser exagerado el apego que se tiene a la patria o a la poesía?

    Tengo la sensación de que estas conversaciones comenzaron poco después de mi retorno a Chile; volví en cuanto me quitaron la L del pasaporte, en 1987. No olvido que a la semana de llegar se produjo la Operación Albania. Luego fueron los días amargos del asesinato de los sacerdotes en El Salvador, algunos de los cuales habían estado recientemente en Chile; Armando Uribe estaba entre los asistentes a la reunión con el padre José Aldunate donde se vio el modo de cómo expresar la indignación, la protesta y se acordó la misa del duelo en la iglesia de San Ignacio.

    Destellan en la memoria algunos encuentros en el café Tavelli de la calle Providencia, cuando Armando vivía en Pedro de Valdivia Norte. Bastaba sentarse a una mesita y no tardaban en llegar e incorporarse otros escritores; entonces se armaba la tertulia.

    Plática suelta y libre, sin plan, nunca cháchara vana ni mera complacencia en el sonido de las palabras, sembrada de libros y con la ciudad todo el tiempo presente, como otro interlocutor.

    No olvidamos nunca al desdichado Joaquín de Toesca, que nos legó la planta de la catedral, otros edificios, La Moneda, donde se celebró el primer aniversario del primer conato de independencia de Chile. Su obra maestra sobrevive, a pesar de que le demolieron parte sustancial por él realizada y que la bombardearon aviadores de Chile el 11 se septiembre de 1973. Este arquitecto romano llegó a los veintiocho años, trabajó como loco para construir nuestra ciudad; también amó como loco y fue completamente desdichado (imposible ver en la mujer que amó, esa incapaz de ponerle algo de estilo a la vida, a una adelantada del feminismo). De dolores sin cuento, Toesca falleció a los cuarenta y siete años, antes de ver su obra terminada.

    Inevitables el análisis de la situación política, de los bochornos que se sufren cuando se es chileno, las evocaciones de los respectivos exilios, comentarios de libros recientemente aparecidos, recuerdos de libros leídos y releídos sobre todo los predilectos, estupendas semblanzas de escritores y personajes interesantes de la vida nacional. No han faltado intercambios de libros. Para un hombre de curiosidad inagotable como Armando Uribe, es un placer descubrir.

    Me acuerdo de su lúcida crítica a la novela Oír su voz, de Arturo Fontaine, considerándola como eficaz representación del Chile de ese momento. Otra vez, en La Chascona, sus comentarios sobre la obra poética de Diego Maquieira. La poesía y los poetas todo el tiempo presentes.

    Desde un principio, me llamó la atención hallar en Armando eso que Gabriela Mistral llamaba boca limpia: nunca un comentario malediciente, todo sarcasmo encaminado a las conductas públicas, a las inconsecuencias y claudicaciones, gran respeto por los seres humanos.

    No podré reproducir en toda su riqueza sus admirables retratos de David Rosenmann-Taub, de Jaime Laso, de Cristián Casanova, de Enrique Lihn —a quien una vez desafió a pelear, pensando para sus adentros que se había metido en un aprieto, porque Enrique como mimo tenía una admirable destreza de movimientos, pero la pelea fue un encuentro cordial que terminó con un abrazo. (Releo lo escrito y descubro una de las típicas correcciones de la computadora que por su cuenta cambia palabras y me transforma Taub en Tabú...)

    A todo esto, recelando darle la lata, le iba pasando a Armando mis novelas inéditas para recibir a la vuelta de algunos días las críticas que no por fraternales dejaban de ser severas. Nunca un bonito o un bueno, sino la apreciación al meollo.

    Hubo días especiales como ésos en Temuco (5-7 de mayo de 1994): la Reunión en la Palabra (Zugutrawvn), primer diálogo de escritores chilenos y mapuche, organizado por Elicura Chihuailaf y Jaime Valdivieso. Por primera vez se reunían en un punto de Chile no menos de treinta poetas y poetisas mapuche, y una infinidad de chilenos: Nicanor Parra, Jorge Guzmán, Gonzalo Rojas, Jorge Teillier, Jaime Huenun, una cuenta de nunca acabar. El viejo hotel donde vivió Gabriela Mistral mientras fue la directora del Liceo de Niñas o donde solía alojar Neruda, se convirtió en una especie de hogar de los escritores. Armando fue con su mujer, la artista Cecilia Echeverría, tan sencilla y comedida para escuchar las polémicas y francas discusiones.

    Luego siguieron las conversaciones en el departamento del Parque Forestal, donde nunca falta algo de aroma y sabor agregados: un delicioso té o un café recién colado o un helado en verano. Pocas veces he conocido hospitalidad más suave y sincera. Es grande su paciencia: con una sonrisa y gran aplicación firmó mi mantel en el que bordo los nombres de los amigos.

    La mayor parte de las veces, la conversación se desenvuelve en la pequeña sala donde están los collages de Cecilia y donde siempre nos acompaña su sombra esbelta y ágil y su voz única que supo conservar algo de niña. Otras, en el salón austero donde cada detalle revela sabiduría y gusto refinado. Creo que hay un solo cuadro, único, de Juana Lecaros; libros de arte editados por el hijo, Armando Uribe Echeverría; piezas de arte chino comparables a las tanagras, la cabeza enigmática de un Buda.

    Un sábado me invitaron a tomar té y con gran pesar no acepté, porque tenía entrada para el Municipal, única oportunidad de asistir a la ópera Don Giovanni. Desde ese día tengo una pena con Mozart de fondo. Pronto se produjo la compensación con un encuentro en la pieza de reunión de su casa, con los collages de Cecilia, muchos libros y una música muy arcaica, recuperada por los griegos de los tiempos en que aún no había anotaciones musicales. En reuniones como ésta se produce la necesaria interrupción para que el poeta se asome sin falta por el balcón y salude a sus amigos el organillero y el chinchinero. Ese balcón otorga el placer de la vista al Parque Forestal (grabado en la memoria de todo estudiante), mancillado en algunas ocasiones por la zalagarda infernal del show que llaman cultural, el tropel y los parlantes a todo volumen.

    Otra vez, en el café Off the Record, justamente para la inauguración de la exposición de los admirables collages de Cecilia con versos de Armando incorporados (ésta es la palabra que él admite, pues no acepta la trillada intervención), él me regaló los versos en un cuadernillo. Ese día se proyectó un video de la entrevista a Cecilia donde ella dice algo de su dedicación a esta técnica. Luego ella pronunció unas palabras de impresionante sinceridad.

    Por cierto, no ha faltado el diálogo mechado con comentarios de obras propias y ajenas: las lecturas de la Relación autobiográfica de la monja Úrsula Suárez; de Carnalavaca, la novela de las tierras rojas, la primera novela chilena que trata el tema de la penetración imperialista y de la apropiación de la riqueza minera, de Andrés Garafulic; o Rebelión en la Pampa Salitrera, del alemán Theodor Plievier (1892-1955), primera versión en castellano debida a Pedro Bravo Elizondo. No han faltado comentarios irreverentes, como cuando hablábamos de La guerra y la paz y yo le dije que Pedro era un hombre muy bueno, pero un latero insoportable...

    En otra ocasión, le cuento de mis viajes al Norte Grande y él recuerda no sólo los suyos, sino también sus trabajos jurídicos sobre la minería y, a propósito, ese diccionario único, por él realizado, que su padre mandó a empastar: Repertorio de la ley penal chilena (Editorial Jurídica, 1963).

    Armando Uribe es enemigo de cartabones y marbetes, se limita a autocalificarse como un criollo ilustrado y, como tal, posee las cualidades de quien se considera legítimo hijo de esta tierra e integrante de su sociedad, capaz de vibrar con todos los sucesos de su país.

    Este humanista fue diplomático de carrera hasta 1973 y renunció para vivir en destierro y dedicarse a la enseñanza del Derecho, renunció también a escribir poesía en ese lapso. Al retornar a Chile, publica Por ser vos quien sois, de indiscutible religiosidad.

    Algunos poemas de Las críticas de Chile (1999): Críticas a la vida política, Críticas a la vida social, Críticas a la vida sexual, Críticas de luto, conllevan interrogaciones de dolorosa nostalgia por un pasado que no fue ideal, pero sí poseedor de un terreno no por completo baldío para la prosperidad de determinados valores y de una austeridad respetable:

    Y qué fue del chileno

    viril, culto, vernáculo,

    señor de alguna tierra,

    que sabe algo de leyes,

    tranquilo? Se acabó, está enterrado:

    ya no corren los trenes,

    las cortinas de fierro ya se cierran,

    la ciudad y los campos son como cementerios.

    El chileno aquél se perdió.

    Contra la voluntad (2000) nació de un legajo de versos traspasado a un formato tabloide, con ilustraciones del autor: dinámicas manchas y líneas ininterrumpidas, técnica que se puede asociar a un ejercicio plástico de los calígrafos de China y al automatismo dadá. Así como Los sueños quevedescos atacan los defectos de la sociedad, estos versos satíricos despiadados constituyen eso que el autor llama: el colofón del odio y lo sin nombre, las brujas y las críticas, los ataúdes y las erratas.

    Configura la dolorosa imagen del Chile de hoy: en el primer círculo, el más vasto y enorme del embudo que fue el fatal infierno, y no la nada, trotan los ingenuos insípidos, los que en vida no supieron decir ni sí ni no, acomodaticios y mediocres….

    Son cincuenta y tres poemas

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