La democracia en la neblina
Por Ernesto Ottone
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Tiempo nublado para el ethos democrático que nos interpela con alarmantes preguntas: ¿estamos llegando al final de la democracia representativa? ¿La era de la información, lejos de expandir la democracia, produce pulsiones autoritarias? ¿Las nuevas generaciones prefieren otras opciones o no tienen ninguna? ¿Se perdió la memoria de las monstruosidades totalitarias y ya no provocan horror? ¿Preferimos renunciar a la gestión de la polis con tal de ver nuestros deseos individuales complacidos?
Con gran lucidez y documentada información el autor nos acompaña en el recorrido de las interrogantes, guiados por la perspectiva del vertiginoso desarrollo científico y tecnológico, el cambio climático y pandemias amenazantes que recalcan el poder y la fragilidad de la humanidad. Una serena reflexión por la historia, el presente y el futuro de la democracia. Y sus dilemas, que ineludiblemente culminan en la certeza de hacer los cambios necesarios para no poner en peligro su subsistencia.
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La democracia en la neblina - Ernesto Ottone
Introducción
El título de este breve ensayo, cuyo centro es la reflexión sobre los problemas e interrogantes de la democracia contemporánea, no se inspira en un concepto de linaje académico, pero refleja de manera quizás más vivaz el momento por el cual aquellos atraviesan.
Proviene de esos dichos graciosos y gráficos que suelen usar los argentinos para describir con humor una determinada situación. Cuando alguien o algo parece ir a la deriva, carece de orientación, está extraviado o no se sabe claramente hacia dónde se dirige, ellos suelen decir: Anda perdido como turco en la neblina
.
La primera vez que lo escuché le pregunté a un amigo bonaerense de dónde salía el dicho. Él me explicó que, a principios del siglo pasado, como parte de la enorme migración que recibió Buenos Aires, llegaron muchos árabes, quienes, al igual que aquellos que llegaron a Chile, escapaban en buena parte de una obligada conscripción en el ejército turco y viajaban con pasaportes del Imperio otomano; fueron llamados turcos por la población local que así simplificaba las nacionalidades de los migrantes, de la misma manera en que todo el que arribaba de Europa Central para arriba pasaba a ser ruso o polaco.
Muchos de los turcos
recién llegados se iniciaban laboralmente vendiendo telas a domicilio, lo que no era tarea sencilla tanto por razones del idioma como porque conocían poco las callecitas de Buenos Aires.
Cuando la ciudad se cubría de una espesa niebla la tarea se volvía imposible y se perdían inexorablemente, como turco en la neblina
.
Posteriormente, me enteré de una versión completamente diferente que provenía de España, donde la neblina era sinónimo de borrachera y turco era el nombre que se le daba al vino no bautizado
, vale decir, no cortado con agua. Puede ser, pero la versión argentina es más simpática. Hasta inspiró un tango de Lina Avellaneda, quien lo tituló Como turco en la neblina
y que dice Como turco en la neblina voy rodando sin manija
.
Algo así le pasa a la democracia hoy por hoy. Pareciera atravesar una espesa neblina. Si bien son muy pocos los que la rechazan abiertamente como sistema de gobierno, son muchos los que piensan que sus resultados son pobres, que está aplastada por los poderes económicos, que las élites políticas —aun teniendo un origen electoral— no representan en verdad a la ciudadanía y se han convertido en una casta endógena que protege sus propios intereses y privilegios.
Prácticamente está bajo sospecha en todas partes y las nuevas tecnologías comunicacionales torpedean a diario el fun-cionamiento de sus instituciones clásicas, no les dan reposo, amplían sus defectos y jibarizan sus virtudes.
De ser el sistema político más prestigioso desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, reforzado aun más después de la caída del muro de Berlín, el sistema político democrático, al menos idealmente llamado a universalizarse, ha pasado a ser cuestionado desde dentro y desde fuera.
Nuevamente comienza a tener apellidos y significados diver-sos en el debate que tienden a erosionar las bases de su funcionamiento, no solo en aquellos países donde su existencia es más reciente y más frágil, sino en aquellos en los cuales tiene una historia de decenas o centenas de años.
No son buenos tiempos para el ethos democrático y son preguntas graves aquellas que se plantean: ¿estamos llegando al final de la democracia representativa? ¿La era de la información, que nos imaginábamos como un tiempo de expansión democrática, produce más bien pulsiones autoritarias? ¿La preferibilidad
de vivir en democracia ya no es central para las nuevas generaciones? ¿Son otras sus opciones o no tienen ninguna? ¿Las monstruosidades totalitarias se hicieron tan tenues en la memoria que ya no provocan horror? ¿Estamos decididos a renunciar a la gestión en común de la polis mientras nuestros deseos individuales sean complacidos?
Son preguntas duras, pero es necesario plantearlas abiertamente, de manera clara y desnuda, más aun cuando estamos en medio de cambios científicos y tecnológicos que transforman vertiginosamente nuestros modos de vida. ¿Nos llevaran ellos a una nueva escala civilizatoria o a una barbarie altamente tecnificada? ¿A una convivencia más libre y fraternal o a un mundo más conflictivo, con nuevas formas de desigualdad y dominación?
Todo ello se produce teniendo como marca un cambio climático al cual deberíamos adaptarnos, pero al que el contexto geopolítico actual se muestra incapaz de plantarle cara.
Se produce también cuando el orgullo de la modernidad es puesto de rodillas por una pandemia voraz que desnuda nuestra humana fragilidad y nuestro incierto destino, remontándonos a un miedo que creíamos cosa del pasado.
¿Cómo poder evitar la mortaja del pesimismo frente a tan graves cuestiones cuando las respuestas vienen de un océano de sentimientos, emociones, rencores o encantamientos que poco tienen que ver con un debate reflexivo y sereno, sin el cual la democracia pierde todo su sentido?
No vaya a pensar el lector que tenemos respuestas a dilemas tan tremendos; con suerte intentaremos ordenar alguna información y algún pensamiento que pueda ser útil a esa búsqueda.
Lo que es evidente es la necesidad de cambios en el sistema democrático para que este pueda subsistir. Si no lo hace, el mundo seguirá existiendo, pero será un mundo peor, lleno de arbitrariedades y en el cual predominarán los malos sentimientos.
El consuelo frente a la catástrofe puede ser, como diría Lord Keynes, que en el largo plazo estaremos todos muertos y que, como nos indican nuestros científicos, el planeta Tierra será al fin y al cabo efímero, pero mejor sería que en el intertanto lo hagamos más vivible y democrático.
Comencemos entonces por el principio, veamos de qué se trata la democracia y sigamos por su enrevesado y neblinoso camino.
París-Valparaíso-Santiago
Parte I
Una larga travesía
1. El nacimiento de la idea democrática
La democracia que conocemos actualmente es la democracia moderna. Ella dio sus primeros pasos hacia fines del siglo XVIII y tuvo como acontecimientos fundacionales la reforma inglesa, la Revolución francesa y el proceso de independencia de Estados Unidos, y se gestó teniendo como hábitat político el Estado-nación moderno y como base económica la Revolución industrial y el surgimiento del modo de producción capitalista.
Su gestación histórica fue larga y nada fácil, y se realizó a través de muchas sedimentaciones. Supuso el tránsito del súbdito al ciudadano, del poder absoluto al poder relativo, de la intolerancia y el aplastamiento de quienes pensaban distinto a una convivencia e incluso reconocimiento de las diferencias, de la pluralidad al pluralismo, de la noción de enemigo a la noción de adversario, de la igualdad de derechos civiles y políticos por sobre castas y estamentos. Recorrió en estos procesos un largo camino, cuyos primeros brotes comienzan en el siglo XVI, en la alta modernidad hasta la baja modernidad actual, siguiendo las categorías que propone Alain Touraine¹ .
Así transcurrió paso a paso el asentamiento de la idea democrática. Este transcurso fue todo menos el fluir de un largo río tranquilo y bucólico.
Su camino se realizó a través de turbulencias, guerras, masacres, expansiones coloniales, crisis, revoluciones y contrarrevoluciones hasta lograr consolidarse en algunos países de Occidente y convertirse en un régimen durable y lentamente más inclusivo.
Pero si bien esta democracia moderna es una realidad históricamente reciente, tiene en su nombre y su origen una referencia fundamental en el mundo antiguo, en el Occidente un tanto excéntrico que fue la Grecia Antigua de la cual surge en primer lugar la etimología del término demos, que significa pueblo, y kratos, que significa poder, vale decir, poder del pueblo
. A partir de ese concepto se nos abre un vastísimo campo de interpretaciones y diversas formas de entender cómo ese poder se pone en acción.
Hablamos de la Grecia del siglo V y IV a. C. y de la democracia antigua, que si bien comparte nombre con la democracia moderna y se inspiran en un mismo principio de legitimidad basado en que las decisiones son tomadas por los ciudadanos, en el resto son muy diferentes.
La democracia antigua tiene una existencia comunitaria, reúne a un número relativamente pequeño de gente y se ejerce de manera directa. La polis griega era habitada por alrededor de 35 000 habitantes y quienes tenían derecho a tomar decisiones eran entre dos mil y cinco mil personas, todos de sexo masculino, nacidos en la ciudad y que no realizaran trabajo manual ni de servidumbre, cosa que le correspondía a los esclavos, quienes estaban excluidos del proceso de toma de decisiones al igual que las mujeres y los metecos (extranjeros).
Algunas decisiones eran tomadas de manera restringida por la Asamblea, que contaba de quinientas personas, y existían además diversos magistrados con capacidad decisional.
Bajo la influencia de Pericles (495 a. C. - 429 a. C.) la polis ateniense vivió su siglo de oro, siendo elegido muchas veces como estratega por la Asamblea, y lo hizo muy bien acompañado de Aspasia de Mileto (470 a. C. - 400 a. C.), una mujer estupenda e inteligente cuya autonomía de pensamiento le valió muchas críticas de sus enemigos,
