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El poder de las tres lunas
El poder de las tres lunas
El poder de las tres lunas
Libro electrónico382 páginas4 horas

El poder de las tres lunas

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Información de este libro electrónico

En un mundo donde las Tres Lunas de Eryndor dictan el equilibrio entre la luz y la sombra, Arin, Príncipe de Eldara, descubre un secreto que sus padres han mantenido oculto toda su vida: es el Elegido de las Tres Lunas, una figura profetizada destinada a restaurar el equilibrio y confrontar la oscuridad que amenaza con engullir el reino.
Cuando antiguas sombras resurgen, lideradas por un enemigo cuyo nombre se susurra con temor, Arin debe enfrentarse no solo a su destino, sino también a los secretos que han tejido su vida desde su nacimiento. Acompañado por un inesperado grupo de aliados, incluyendo a la enigmática Lirael y el leal Kael, Arin se aventurará en tierras desconocidas y peligrosas donde la magia, la traición y la esperanza luchan por prevalecer.
Mientras las lunas se alinean y las fuerzas de Eryndor se preparan para la batalla, Arin debe decidir si abrazar su legado o sucumbir a las sombras que amenazan con consumirlo. Pero en un mundo donde incluso la luz puede esconder la oscuridad, ¿qué precio está dispuesto a pagar para proteger lo que ama?
Sumérgete en esta épica historia de poder, sacrificio y destino, y descubre si Arin se convertirá en el héroe que Eryndor necesita o si se perderá en las sombras para siempre.
IdiomaEspañol
EditorialAlmuzara México
Fecha de lanzamiento26 ene 2026
ISBN9786076924914
El poder de las tres lunas

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    El poder de las tres lunas - Renata González

    eBook_Cover_El_poder.jpg

    Almuzara México • Almuzara Nuevas Narrativas #4

    El poder de las tres lunas

    © 2025, Renata González

    © 2025, LID Editorial Mexicana, SA de CV

    Bajo el sello editorial Almuzara México

    Homero 109, piso 14, oficina 1404,

    colonia Chapultepec Morales, alcaldía Miguel Hidalgo,

    C.P. 11570, Ciudad de México, México

    www.almuzaralibros.com

    Primera edición impresa en México: octubre de 2025

    ISBN: 978-607-69249-0-7

    Primera edición en formato epub: octubre de 2025

    ISBN: 978-607-69249-1-4

    Dirección editorial: Nicolás Cuéllar Camarena

    Dirección de arte: Raúl Aguayo Chávez

    Reservados todos los derechos. Este libro no puede ser fotocopiado ni reproducido total o parcialmente por ningún medio o método sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

    Impreso en México | Printed and made in Mexico

    Para mi papá,

    porque aunque ya no estés, sigues en cada paso que doy.

    Tu amor, tu fuerza y tus palabras viven en mí.

    Este libro es un pedacito de todo lo que me enseñaste.

    Siempre conmigo. Siempre contigo.

    Contents

    Prólogo

    Capítulo 1

    Capítulo 2

    Capítulo 3

    Capítulo 4

    Capítulo 5

    Capítulo 6

    Capítulo 7

    Capítulo 8

    Capítulo 9

    Capítulo 10

    Capítulo 11

    Capítulo 12

    Capitulo 13

    Capítulo 14

    Capítulo 15

    Capítulo 16

    Capítulo 17

    Capítulo 18

    Capítulo 19

    Capítulo 20

    Capítulo 21

    Capítulo 22

    Capítulo 23

    Capítulo 24

    Capítulo 25

    Capítulo 26

    Capítulo 27

    Capítulo 28

    Capítulo 29

    Capítulo 30

    Prólogo

    El viento que azotaba las almenas del castillo de Eldara no era como cualquier otro. Se sentía pesado, cargado de un presagio que Eredan no podía ignorar. Desde el balcón de sus aposentos, el rey observaba el cielo, donde las tres lunas — Silara, Aruna y Thora — se habían alineado en una perfecta y antinatural simetría. Nunca había presenciado tal fenómeno, y aunque sus consejeros intentaron calmarlo asegurándole que todo estaría bien. El rey no podía apartar de su mente la sensación de que esta noche no era como las demás. Era como si el mismo aire estuviera reteniendo la respiración, esperando, vigilando…

    El palacio de Eldara, conocido como el Castillo Blanco, se alzaba majestuoso sobre las colinas verdes y hermosas que rodeaban la ciudad, visible desde kilómetros a la redonda. Construido con piedra blanca y mármol lunar, sus muros reflejaban la luz de las Tres Lunas, dándole un brillo casi mágico por las noches. Las altas torres, coronadas con estandartes dorados y plateados, se erguían como centinelas que protegían el reino, observando todo lo que ocurría en el la capital del reino de Eldara: Altharia.

    La habitación detrás de él estaba iluminada por la luz trémula de una chimenea, cuyos destellos arrojaban sombras alargadas en las paredes de piedra. Eredan podía oír los murmullos apagados de las criadas y las parteras que se afanaban en el dormitorio adyacente, pero sus palabras se perdían en el eco del rugido del viento.

    Su esposa, la reina Seraphina, estaba en trabajo de parto, y el rey se debatía entre el deber de estar con ella y la necesidad de vigilar los cielos, como si al hacerlo pudiera evitar que el destino cayera sobre ellos.

    Un relámpago iluminó el horizonte, revelando las torres blancas y majestuosas del castillo de Eldara, contrastadas contra el negro profundo del cielo. La tormenta que se cernía no traía lluvia, sino algo más oscuro, algo que acechaba en las sombras de la noche.

    A su alrededor, un foso profundo y un puente levadizo separaban la fortaleza de Altharia, añadiendo una línea más de defensa. Las ventanas de arcos altos y estrechos brillaban con la luz de las velas en su interior, proyectando sombras danzantes en los muros. Las puertas principales, de madera oscura reforzada de hierro, llevaban grabados de dragones, un recordatorio del vínculo entre Eldara y Draconis.

    Eredan cerró los ojos, buscando en su interior la fuerza que siempre había encontrado en momentos de incertidumbre, pero esta vez el peso de esa incertidumbre era casi insoportable. Su padre le había hablado de la antigua profecía, de las leyendas que corrían por los pasillos del castillo desde tiempos inmemoriales, pero siempre las había desechado como cuentos para asustar a los niños. Ahora, sin embargo, esas historias parecían cobrar vida, como si el mismo tejido de la realidad estuviera deshilachándose.

    El grito desgarrador de Seraphina lo sacó de sus pensamientos. Se giró rápidamente, su corazón latiendo con fuerza dentro de su pecho. No era un hombre fácil de asustar, pero esta noche todo parecía estar en su contra. Se apresuró hacia la puerta del dormitorio, encontrándose cara a cara con la nodriza principal, cuya expresión era un reflejo de la angustia que sentía en su interior.

    — Mi señor… — comenzó ella, su voz quebrada por el miedo y la urgencia. — La reina… el niño… algo no está bien.

    Eredan no esperó más explicaciones. Atravesó la puerta y se encontró en la cálida penumbra del dormitorio. Las parteras trabajaban frenéticamente alrededor de la cama, sus rostros tensos mientras atendían a la reina. Seraphina yacía sobre los cojines de seda, su rostro perlado de sudor y su cabello dorado pegado a la frente.

    A pesar del dolor evidente, sus ojos brillaban con una intensidad que Eredan nunca había presenciado. Sus hermosos ojos verdes le hicieron recordar el día que los vio por primera vez en el Baile de la Tres Lunas dos años atrás. Desde ese momento, Eredan aseveró que Seraphina era la mujer más hermosa que vería en toda su vida. Con aquel vestido de seda lunar color plateado, su mirada verde hizo sentir como si fuera la primera vez que realmente lo miraran, no solo físicamente, sino en lo más profundo de su alma.

    Era como si ante él hubiera algo que no pudiera comprender, algo más allá de la realidad.

    — Seraphina…— susurró mientras se acercaba a ella, tomando su mano entre las suyas. La sintió fría al tacto, pero su agarre era fuerte.

    — Eredan… — dijo ella con un hilo de voz. — Nuestro hijo… esta noche… algo oscuro viene con él.

    El rey trató de mantener la calma. — No hables ahora, mi amor. Debes concentrarte en ti misma… en el bebé.

    Pero ella no lo escuchó.

    — Las lunas están alineadas. — continuó, su voz apenas un susurro, como si hablara en sueños. — He visto… he visto las sombras en el fuego, las visiones que vienen con la convergencia. Nuestro hijo… él es el elegido, el que romperá la oscuridad o caerá en ella.

    Eredan no sabía qué decir. Las palabras de su esposa eran un eco de las antiguas leyendas, pero escucharlas en sus labios, en este momento, hizo que el temor que había sentido desde el comienzo de la noche se intensificara. Un nuevo relámpago iluminó la habitación, seguido por un trueno que resonó como si el cielo se estuviera partiendo.

    El llanto de Seraphina se transformó en un grito final y luego, de repente, el silencio cayó sobre la habitación. Un silencio tan profundo que Eredan sintió que el mundo entero había contenido la respiración. Las parteras intercambiaron miradas nerviosas, y por un momento, nadie se movió… como si el tiempo se hubiera detenido.

    El corazón de Eredan latía con fuerza, cada golpe resonando en sus oídos como un eco que rompía la quietud, mientras un frío inexplicable se arrastraba por su espalda.

    Un llanto agudo y claro rompió la quietud. Un sonido tan puro y vivo que hizo que todos en la habitación exhalaran al mismo tiempo. Una de las parteras levantó al recién nacido, envolviéndolo rápidamente en una manta de lino para llevarlo a los brazos de la reina. Pero antes de que pudiera entregar al bebé, la luz de las lunas atravesó las ventanas, bañando al niño en un resplandor extraño.

    Eredan contuvo el aliento al ver una pequeña marca en la frente del bebé, una luna creciente, claramente visible bajo la luz. Era una señal; una marca que había visto solo en los antiguos textos, y mencionada en las profecías susurradas por los oráculos.

    — Es… él. — dijo Seraphina, su voz apenas audible pero llena de un temor reverente. Sus ojos se encontraron con los de Eredan, y en ese momento, supo que ella también había comprendido el significado de la marca.

    El rey tomó al niño en sus brazos, sintiendo el calor de su pequeño cuerpo contra su pecho. Miró a su hijo y trató de ignorar el temor que crecía en su interior. ¿Qué significaba esta marca? ¿Era un augurio de grandeza o de oscuridad?

    Antes de que pudiera encontrar una respuesta, una sombra se movió en la habitación, algo rápido y fugaz. Eredan levantó la vista, buscando la fuente del movimiento. Las llamas en la chimenea titilaron violentamente, y por un breve instante, las sombras en las paredes tomaron la forma de un dragón, con las alas extendidas y los ojos brillando en la oscuridad. El rey cerro los ojos un instante y la visión se desvaneció. Solo se escuchaba el crepitar del fuego y el llanto del bebé.

    —Eredan —llamó Seraphina de nuevo, su voz un susurro cargado de temor—. Nuestro hijo… debes protegerlo. El poder de las lunas... él es el elegido, pero también es el portador de la oscuridad.

    El rey apretó los labios, sus pensamientos enredados en las palabras de su esposa. Había escuchado muchas veces la antigua profecía, pero nunca la tomó en serio. Ahora, con su hijo en brazos, con esa marca brillando en su frente, no podía evitar sentir que el destino de todo el reino, quizás de todo el mundo, estaba en juego.

    Las lunas alineadas, la marca, la profecía… Todo parecía estar conectado, como piezas de un rompecabezas que aún no podía entender. Eredan levantó la vista hacia las ventanas, donde las tres lunas seguían brillando en el cielo nocturno, lanzando su luz sobre el mundo, como si observaran todo con un ojo vigilante y severo.

    — Lo protegeré — murmuró. — Lo protegeré con mi vida si es necesario.

    Pero en su corazón, Eredan sabía que lo que se avecinaba iba más allá de la simple protección. Había fuerzas en juego que no comprendía del todo, fuerzas que habían estado esperando, acechando en las sombras, por este momento. Y aunque su voluntad era fuerte, no podía evitar preguntarse si sería suficiente para enfrentar lo que estaba por venir.

    Con esa resolución en mente, el rey Eredan se volvió hacia las parteras y la nodriza principal, su rostro endurecido por la determinación.

    — Nadie debe saber de esta marca, ni de lo que ha pasado esta noche. — dijo con voz firme. — Lo que ha nacido aquí, debe permanecer en secreto hasta que estemos listos.

    Las mujeres asintieron rápidamente, comprendiendo la gravedad de sus palabras. Eredan entregó al niño a la nodriza, observando cómo lo envolvía con cuidado antes de llevárselo a los aposentos del bebé.

    La tormenta seguía rugiendo afuera, pero dentro de la habitación, el silencio había regresado. Eredan se arrodilló junto a la cama de su esposa, tomando su mano una vez más. Seraphina, exhausta pero aún alerta, lo miró con ojos llenos de preguntas para las que él no tenía respuestas.

    — Todo estará bien.

    La promesa salió de sus labios con un temblor que ni él pudo disimular. El fuego arrojaba sombras danzantes en las paredes, y el llanto del bebé se transformó en un eco, como si la misma noche lo reclamara. Eredan sabía que esas palabras no eran solo para tranquilizar a Seraphina, sino para convencerse a sí mismo de que podían desafiar al destino.

    Afuera, la tormenta aumentó su furia, un presagio de lo que estaba por venir. El reino aguardaba, sin saber que su futuro pendía del delicado equilibrio entre la luz y la oscuridad que ahora descansaba en los brazos del rey.

    Así comenzaba la leyenda.

    Capítulo 1

    Arin se despertó con la sensación de que algo no estaba bien. El aire en su habitación, normalmente cálido y acogedor, se sentía pesado, cargado de una tensión que no podía explicar. A través de la ventana abierta, el cielo aún estaba oscuro, con apenas un rastro de luz en el horizonte. Las primeras horas del día siempre habían sido sus favoritas: ese momento antes de que el castillo cobrara vida, cuando todo estaba en silencio y el mundo parecía pertenecerle solo a él.

    Se levantó de la cama, tratando de sacudirse la inquietud que se aferraba a su mente. Había tenido otro sueño extraño, uno que no podía recordar con claridad. Fragmentos de imágenes, destellos de luz y oscuridad, y una sensación de estar siendo observado se desvanecían mientras se estiraba y se dirigía hacia la ventana.

    El viento frío le azotó la cara cuando se asomó, observando los campos que se extendían más allá de las murallas del castillo. A lo lejos, las montañas de Eldara se erguían imponentes, sus picos cubiertos de nieve brillaban bajo la luz de las estrellas. Algo en el paisaje parecía diferente hoy, aunque no podía precisar qué era. Tal vez las sombras, que parecían más profundas, o el silencio que se sentía demasiado espeso.

    ¿Otra vez el mismo sueño?, se preguntó en voz baja, frotándose las sienes en un intento de ahuyentar la creciente incomodidad. Desde que tenía memoria, Arin había sido atormentado por sueños que no entendía, visiones de lugares en los que nunca había estado y voces que susurraban palabras que no podía recordar al despertar. Su madre le había dicho que era solo su imaginación, que todos los niños tenían pesadillas. Pero a medida que crecía, los sueños se habían vuelto más vívidos, más insistentes, hasta el punto en que no podía ignorarlos.

    Hoy, sin embargo, había algo más en el aire: una presencia invisible que parecía deslizarse silencioso en la penumbra. No era miedo lo que Arin sentía, sino un presentimiento, una agitación en el aire, como si el tiempo se detuviera antes de un momento decisivo.

    El joven eldarino se apartó de la ventana y comenzó a vestirse. Eligió su túnica favorita: una prenda de color azul oscuro con bordados de plata que su madre había hecho para él. El peso familiar de la tela sobre sus hombros le dio una sensación de seguridad, aunque no se disipó por completo la inquietud que sentía.

    Con un suspiro, salió de su habitación y caminó por los pasillos aún oscuros del castillo. El eco de sus pasos era el único sonido, y por un momento, se sintió completamente solo en el mundo. Esa soledad le daba cierto consuelo; era en esos momentos cuando podía pensar con claridad, lejos de las responsabilidades y las miradas preocupadas de su padre y la sobreprotección de su madre.

    Llegó al gran salón, donde los primeros rayos del sol comenzaban a filtrarse a través de los vitrales. La luz coloreada danzaba en el suelo de piedra, creando patrones que Arin solía seguir con la mirada cuando era niño. Pero hoy, en lugar de encontrar paz en esos juegos de luces, sentía una extraña opresión en el pecho.

    En el centro del castillo, el Gran Salón de las Lunas destacaba por su cúpula de cristal teñido, que capturaba la luz lunar y la proyectaba en patrones intrincados sobre el suelo de mármol pulido. Durante las noches de luna llena, el salón se llenaba de un resplandor que hacía parecer que las estrellas mismas se habían reunido en su interior. Los tapices colgados en las paredes contaban historias de reyes y reinas pasados, de antiguas batallas y alianzas formadas bajo la bendición de Silara, Thora y Aruna.

    — Buenos días, joven príncipe. — dijo una voz a sus espaldas, sacándolo de sus pensamientos.

    Arin se giró para encontrar a Dorian, el capitán de la guardia real, quien lo observaba con una ligera sonrisa en el rostro. Su armadura brillaba débilmente bajo la luz de la mañana, y su postura era tan firme como siempre. Pero había algo en su expresión: una sombra de preocupación, que no había estado allí antes.

    — Buenos días, Dorian — respondió Arin, tratando de sonar más animado de lo que se sentía. — Estás despierto temprano.

    Dorian asintió, aunque su sonrisa no alcanzó sus ojos. El joven se sorprendió por su falta de entusiasmo al comenzar el día; el capitán siempre era el primero en despertar y el último en cerrar los ojos, vigilando la seguridad del castillo con una devoción inquebrantable.

    Lo que Arin no sabía era que esa vigilancia se extendía más allá de las murallas, hasta él mismo, especialmente durante las noches. Dorian se aseguraba de que ningún rayo de las lunas tocara la piel del príncipe, arriesgando cada vez más el secreto que el Rey y la Reina de Eldara guardaban celosamente.

    —Gracias a Silara— dijo mirando al cielo, para que la Diosa en forma de luna lo escuchara, y suspiro antes de continuar—El amanecer siempre ha sido mi momento favorito del día. Y hoy, parece que no soy el único. — dijo Dorian forzando una sonrisa que resaltaba las bolsas bajo sus ojos.

    El príncipe lo observó, buscando algún indicio de lo que lo preocupaba, pero Dorian era bueno para ocultar sus pensamientos cuando quería. Sabía que, si algo andaba mal, él se lo diría solo cuando fuera necesario.

    —¿Ocurre algo? — preguntó, incapaz de contener su curiosidad.

    Dorian lo observó por un momento antes de responder. Paso una mano por su cabello, antaño de un tono marrón terroso, ahora apagado por los años y salpicado de mechones grises. — Algo en el aire, supongo. No sabría decirle qué, pero parece que no soy el único que lo siente. ¿Ha tenido alguna de sus visiones, joven príncipe?

    Arin se tensó ligeramente al escuchar la palabra. Había hablado con Dorian más de una vez sobre dirigirse a él llamándolo príncipe, pero parecía un hábito difícil de romper. Dorian era prácticamente un segundo padre para él; en las largas ausencias de su propio padre por deberes reales, Dorian siempre había estado allí, firme y confiable, cuidando de él como si fuera su propio hijo.

    —No son visiones —replicó, aunque ni él mismo estaba seguro de esa afirmación—. Solo… sueños. Pero no recuerdo nada claro esta vez. Y ya te he dicho que no tienes que decirme príncipe, al menos no cuando estamos solos.

    Dorian esbozó una pequeña sonrisa; una que reflejaba tanto afecto como preocupación. Sus ojos, cargados de años de experiencia y sacrificio, se posaron en Arin, recordándole silenciosamente que, sin importar el título, siempre lo protegería.

    Inclinó la cabeza, como si aquilatara sus palabras.

    —Los sueños, a veces, son más que solo sueños. Especialmente en días como hoy. —Hizo una pausa, y sus ojos oscuros se llenaron de una chispa de picardía antes de añadir — Príncipe.

    Arin giró los ojos, un gesto que expresaba su protesta ante la terquedad de Dorian por mantener las formalidades, incluso en los momentos más cotidianos. Sin embargo, la familiaridad en la voz de Dorian le recordó que, a pesar de las cargas de su título, siempre habría alguien cerca que lo trataría como un joven más, y no solo como el futuro de Eldara.

    — ¿Qué tiene de especial hoy? — preguntó Arin, sintiendo que había algo que se le escapaba.

    Antes de que Dorian pudiera responder, el gran portón del salón se abrió, y una ráfaga de aire frío entró junto con Eamon, el consejero real, quien parecía más agitado de lo habitual. Sus ropas, normalmente impecables, estaban ligeramente desaliñadas, y sus ojos brillaban con una urgencia que Arin rara vez había visto en él.

    — ¡Príncipe! ¡Dorian! — exclamó al verlos. — El rey los necesita en la sala del trono de inmediato. Algo ha ocurrido.

    Arin sintió cómo su corazón se aceleraba ante la expresión de Eamon. Dorian intercambió una mirada con él antes de asentir, su postura tensándose mientras se preparaba para lo que pudiera venir.

    —Vamos.— dijo Dorian, poniéndose en marcha rápidamente, con Eamon siguiéndolo de cerca.

    El muchacho vaciló solo un momento antes de seguirles. Su mente corría con preguntas y su cuerpo con una mezcla de miedo y expectación. Mientras atravesaban los pasillos hacia la sala del trono, la sensación de que algo grande y terrible estaba a punto de suceder crecía en su interior, como una sombra que se alargaba con la llegada del amanecer.

    Los corredores del castillo eran amplios y majestuosos, decorados con candelabros de oro que sostenían velas siempre encendidas, arrojando una luz cálida y reconfortante. Los detalles en las molduras, tallados a mano por artesanos de generaciones anteriores, mostraban dragones entrelazados con lunas.

    Pasaron junto a la biblioteca, que era una de las alas más reverenciadas del palacio, contenía estanterías que se alzaban hasta el techo, cargadas con manuscritos y pergaminos antiguos. Allí, los secretos de la historia de Eryndor y sus conexiones con las Tres Lunas permanecían guardados, accesibles solo a los sabios y a aquellos a quienes se les otorgara permiso especial. La atmósfera en ese lugar era solemne, impregnada de un leve aroma a pergamino envejecido y cera de vela.

    Arin era el hijo único del Rey Eredan y la Reina Seraphina, los soberanos de Eldara.

    Como heredero al trono, su vida había estado marcada por estudios y entrenamiento. Desde su niñez, había sido instruido tanto en combate cuerpo a cuerpo, como en el manejo de la espada.

    El castillo blanco, con sus altos muros de piedra y sus torres que tocaban el cielo, es un lugar hermoso. Pero para Arin, esas paredes también representaban una jaula blanca.

    Desde su nacimiento, el había estado rodeado de presiones y susurros acerca de un poder especial que algún día se despertaría en él. En Eldara, las leyendas sobre los descendientes de la realeza y la magia de las Lunas eran parte de la cultura, y como hijo de Eredan y Seraphina Fenrisian, Arin estaba destinado a heredar ese legado. Sus padres, en especial su madre, habían querido prepararlo para el momento en que ese poder se manifestara.

    Pero, a pesar de las esperanzas y los rumores, los años pasaron, y la magia de Silara nunca se despertó en Arin.

    Recordaba las largas tardes en la biblioteca del Castillo Blanco, cuando sus maestros de le hablaban del legado de las Tres Lunas. Hablaban de las leyendas de Silara la Diosa de la luz y el conocimiento, Aruna, la Diosa de las sombras y las ilusiones, y Thora, la Madre de la naturaleza y los elementos, eran mucho más que cuerpos celestes; eran la fuente de todo poder en el reino.

    Sus padres, aunque lo amaban, comenzaron a mostrar señales de preocupación. Nunca se le permitía salir del palacio después del atardecer, y las pocas veces que preguntó por qué, le dijeron que era por su seguridad, sin darle más explicaciones.

    El creía que hacían eso porque él es el único sucesor de Eldara en miles de años que no había heredado la magia de Silara.

    Finalmente llegaron a la puerta doble que conducía a la sala del trono. Estaba hecha de madera oscura, tallada con intrincados motivos que representaban las Tres Lunas de Eryndor. Estas imágenes siempre le habían fascinado a Arin cuando era niño, pero ahora, las veía como un recordatorio silencioso de lo que nunca podría ser.

    Dorian y Eamon empujaron las puertas con un esfuerzo coordinado, y estas se abrieron lentamente revelando la vasta sala de trono ante ellos. El joven sintió un escalofrío al cruzar el umbral, como si algo dentro de él le advirtiera que, una vez dentro, no habría vuelta atrás.

    La sala de trono era la más grande y majestuosa de todo el palacio, un espacio cavernoso con techos altos que parecían tocar el cielo. Las paredes estaban adornadas con tapices que contaban la historia de Eldara, escenas de batallas antiguas, y de reyes y reinas que habían gobernado antes que su padre. A lo largo de los muros, candelabros de hierro forjado sostenían velas que ardían con luz suave, creando un ambiente solemne.

    El suelo de mármol pulido reflejaba la luz de las Lunas que entraba a través de los vitrales de colores en lo alto de las paredes. Cada vitral representaba una de las Lunas, con Silara en plata, Aruna en rojo, y Thora en dorado; sus colores mezclándose en patrones hipnóticos que recorrían el suelo de la sala. En el centro, una alfombra larga y ancha, tejida con los mismos colores, conducía desde la entrada hasta el trono en el otro extremo de la sala.

    El trono de Eldara, hecho de un metal oscuro y ornamentado con gemas de colores, se alzaba sobre una plataforma elevada. Era un asiento de poder, diseñado para inspirar

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