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A partir de ese momento, el cabildo se dispone a encontrar a alguien capaz de devolver la belleza perdida, pero esto no será tarea fácil. Luchas internas, envidias y enfrentamientos con los pintores de la ciudad harán que el Cardenal Don Rodrigo de Borja, futuro papa Alejandro VI, decida intervenir.
Arcís, un joven aprendiz de pintor, acompañará al lector en el descubrimiento de una historia fascinante en la Valencia de finales del siglo XV.
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Arcís (1469) - Eva Ruano
Arcís (1469)
Eva Ruano Corral
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© Del texto: Eva Ruano Corral
© Editorial Samaruc, s.l.
978-84-10229-01-3
info@samaruceditorial.com
www.samaruceditorial.com
AGRADECIMIENTOS
En primer lugar, me gustaría agradecerle a la editorial Samaruc que haya confiado y creído en esta novela. Gracias a Adrián, por haberse mostrado tan amable y tan cercano desde el primer momento.
También quiero dar las gracias al cabildo de la Catedral de Valencia por habernos permitido realizar las fotos necesarias para esta novela.
Agradezco de todo corazón a Roberto Tortosa García que haya tenido la paciencia de leer la novela apenas estuvo terminada y de hacerme los comentarios oportunos que tanto me han ayudado. Gracias, Roberto, por el tiempo y el esfuerzo que has dedicado a conseguir las mejores fotografías en la catedral, y por tu trabajo en el diseño tanto de la portada como de la contraportada.
Y por último, gracias a César por haber leído y releído cada párrafo a lo largo de todo el proceso de escritura, por haber estado a mi lado cuando lo he necesitado y por haber compartido conmigo sus conocimientos sobre la historia del siglo XV en Valencia, mientras contemplábamos la belleza de los ángeles músicos.
PRIMERA PARTE
1
Arcís se sentía eufórico, como cada vez que había una celebración importante en la ciudad. Disfrutaba de todas y cada una de ellas, aunque su preferida, sin lugar a duda, era la representación del Pentecostés que cada primavera tenía lugar en la catedral. Miraba a su tía y a su hermana, las cuales iban a su lado con la misma ilusión reflejada en sus ojos; su tío sin embargo no era tan partidario de jolgorios y caminaba un poco rezagado, como buscando el momento más propicio para escabullirse. Todos vestían muy elegantes y sus ojos brillaban más que de costumbre; no cabía ninguna duda de que Valencia parecía más hermosa que cualquier otro día de cualquier otro mes.
Durante el transcurso del año, los habitantes de la ciudad tenían varias ocasiones para encontrarse y disfrutar juntos de algún acontecimiento importante. Días enteros para lucir los ropajes que, cada uno con la antelación considerada conveniente, había ido sacando del arcón para ver si estaban en perfecto estado o, por el contrario, necesitaban algún remiendo. Aquellos que ostentaban algún título nobiliario, así como los caballeros emparentados en algún grado con estos, se hacían confeccionar algo especial según la moda imperante en el momento. Las señoras de las clases más privilegiadas preferían encargar un vestido nuevo de seda a su maestro velluter preferido, y los señores, a su vez querían estrenar el jubón, las calzas y la camisa y, a poder ser, también los zapatos. Era importante estar a la altura del título y no permitir que nadie los confundiese con gente que, ni en mil años, se encontrarían a su nivel.
Así pues, como cada veintiuno de mayo, también en aquel año de 1469, y desde primera hora de la mañana, Valencia se había visto sumergida en un ambiente festivo: no había callejón, calle o plaza desde la que no salieran voces nerviosas, risas e incluso cánticos de vecinos que se habían reunido para acudir juntos a la catedral. Algunos de ellos, acordaban verse al menos una hora antes de que empezara la representación para poder llegar juntos y elegir la mejor ubicación desde la cual poder comentar lo que iban viendo, y de esta manera disfrutar más de aquel día tan especial sin perderse un solo detalle de la bajada de la palometa.
Según se iban acercando las seis de la tarde, hora de vísperas para el cabildo de la catedral, pocos eran los habitantes de la ciudad que no estuviesen saliendo de sus respectivas casas para dirigirse a la seo. Los pocos que no acudían a al evento, era siempre debido a alguna causa mayor, normalmente por enfermedad o por hallarse fuera de la ciudad. Muy escasos eran aquellos que no se sentían impacientes por ser testigos, un año más, del gran espectáculo que iba a tener lugar en pocas horas, durante la celebración del Pentecostés.
La emoción no podía ser reprimida. Por fin había llegado el gran día, y aunque algunos se miraban de reojo dejando entrever ciertas envidias y enemistades, aquel día debía reinar la armonía, pues la fiesta de Pentecostés se celebraba sólo una vez al año y representaba la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, lo cual debía ser motivo de concordia y de paz; de ninguna manera podía transformarse en una ocasión para sacar a relucir viejas rencillas.
Todos los que se encontraban en la ciudad, tanto vecinos como visitantes, acudían a la celebración, y las diferentes generaciones que habían tenido la suerte de nacer en sus calles, se habían ido sucediendo desde hacía mucho, muchísimo tiempo; de tanto tiempo atrás databa, que ninguno de los que allí se encontraban ese año sería capaz de decir la fecha exacta en la que se celebró por primera vez, pues no había conocido a nadie que lo hubiese presenciado. Lo que sí recordaban era que alguien contaba que alguien le había contado, que en el siglo anterior el obispo había tenido que tomar cartas en el asunto, y es que había caballeros que salían a la calle con sus ballestas e incluso entraban con ellas en la catedral y disparaban a lo alto, hacia el cimborrio, el cual, al parecer, sufría no pocos daños. Y de tal manera suponía esto una contrariedad para los miembros del cabildo que cada año, cuando terminaba la celebración, se veían obligados a hacer cuentas para calcular cuánto había que gastar en reparaciones. Tantos quebraderos de cabeza les habían traído los vecinos con sus estridencias, que el bueno del obispo Vidal de Blanes decidió que no podía continuar celebrándose la fiesta, al menos de aquel modo. Al parecer, también se alegaba que había habido algún herido accidental y que las madres empezaban a no querer acudir con los niños por temor a que les ocurriera algo, lo cual no podía permitirse.
Pero de aquello hacía ya mucho tiempo, y los ciudadanos, haciendo caso omiso de las recomendaciones del obispo, se habían empeñado en celebrar la Palometa, cuya representación, a pesar de los esfuerzos del obispo, jamás se consiguió prohibir. ¿Cómo había podido alguien siquiera imaginar que se podría privar a los vecinos de la ciudad de una de las representaciones más importantes que tenían lugar en una Valencia, la cual vivía su momento de mayor esplendor? ¿Acaso no trabajaban sin descanso para mayor prosperidad de Valencia? ¿Y no habían sido precisamente ellos con su quehacer diario quienes la habían convertido en la ciudad más próspera de la Corona de Aragón? Y así se lo pagaban. Desde luego que no se podía consentir, y por eso en el año del Señor de 1469 la catedral estaba preparada para recibir a todos sus fieles que, unos en orden y otros atropelladamente, iban tomando asiento entre murmullos de admiración.
Entre toda la gente que llegaba a la catedral, Arcís se sentía feliz. Era un muchacho que llamaba realmente la atención y que destacaba entre los demás jóvenes de su edad por su porte elegante, aunque llevase las ropas de diario manchadas de pintura. Se había vestido con un sayo de terciopelo verde profundo que recordaba al color de la hierba al anochecer. Era esbelto, de complexión no muy fuerte pero tampoco tenía un aspecto enclenque, y su cabello era castaño con ligeros tonos dorados. Tenía una nariz a la que hacía resaltar un ligero toque respingón, lo cual, junto a unas pocas pecas esparcidas sobre las mejillas, le confería un aspecto de pilluelo, aunque tal cosa no se correspondiera en absoluto con su personalidad.
Se podría decir que era de carácter bastante tímido, al menos cuando no tenía mucha confianza, al contrario que su hermana pequeña, que pasaba el día riendo y bromeando sin que pareciera haberle afectado las dificultades vividas. Sin embargo, Arcís sabía que sí que la habían marcado, igual que a él, pues los dos habían sufrido por igual una serie de infortunios que era mejor olvidar. Lejos quedaba ya aquel día brumoso y frío, cuando llegó a Valencia, a la gran ciudad. Él, que desde que nació, hacía ya dieciséis años, solo había visto las calles de Cullera, su querida y añorada ciudad. Poco después, primero uno y luego el otro, tanto la madre de Arcís como su padre habían fallecido debido a uno de los brotes de peste que de vez en cuando azotaban las diferentes villas y ciudades del reino. Desde entonces, tanto él como la pequeña Celia, cuatro años menor, habían vivido en Valencia con el hermano de su madre, un pintor llamado Guillem junto al que había aprendido el oficio, y su esposa Adela, los cuales no tenían hijos y los habían acogido y criado como a tales. Nada les había faltado en todo ese tiempo, aunque también es cierto que no se podían permitir grandes lujos ni caprichos frecuentes.
En lugar de entrar en la catedral por la puerta de la plaza de las Gallinas, que era la primera con la que se encontraban, prefirieron caminar hasta la plaza de la Seo saludando a amigos y conocidos que se hallaban dando el último paseo antes de la celebración, y entraron en el templo por la Puerta de los Apóstoles, donde encontrarían a sus amigos que, casi con toda seguridad, les habrían reservado algunas sillas en un lugar desde donde poder disfrutar del espectáculo. Arcís no podía evitar sentirse observado al pasar entre aquellas figuras majestuosas que parecían mirar fijamente a cada uno de los que osaban franquear aquella entrada como si merecieran ser juzgados, no por el Todopoderoso o por Nuestra Señora, a la cual estaba dedicada la catedral, sino por los apóstoles de Cristo: los auténticos guardianes del templo. Al llegar al parteluz se dividieron, pues mientras Adela entraba por la parte de la izquierda con su sobrina, Arcís y el mestre Guillem fueron hacia la derecha para saludar a dos pintores amigos suyos a los que veían hablando junto a unas sillas apiladas junto a la pared.
Felipe Gálvez, alto, moreno y de mirada penetrante, era originario de Navarra, pero llevaba ya diez años viviendo en Valencia ya que, al poco tiempo de llegar, conoció a la joven hija de un maestro pintor con la que empezó una relación que terminó en boda, y ya tenían dos hijos que en aquel momento contaban cuatro y seis años de edad, respectivamente. Cada semana iban a misa a la parroquia de San Martín y allí los dos pequeños eran famosos por jugar entre los asientos y las piernas de los demás parroquianos, de manera que, mientras escuchaban la misa con devoción, de repente sentían un cosquilleo en las piernas, y cuando miraban veían una mano minúscula que se escondía bajo la silla o unos piececitos que se escapaban entre un bosque de patas de madera. Ese día en la catedral no se atrevían a tanto, y jugaban sólo entre las piernas del padre, al cual en varias ocasiones estuvieron a punto de hacer perder el equilibrio y caer. El otro pintor, Jofré Magraner, no tan alto como el navarro ni tan moreno, vecino también de la parroquia de San Martín, apoyaba su mano en el hombro de su hijo mayor, de nombre también Jofré, de la misma edad que Arcís y amigo de este. El muchacho, el cual se mantenía serio e incluso parecía algo contrariado, había aprendido el oficio de su padre y trabajaba junto a él; sin embargo, no parecía haber heredado la habilidad innata para la pintura que éste poseía y tampoco se le podía culpar por ello, pues tener un progenitor que ya cuando tenía su misma edad dejaba ver el maestro que más tarde sería, no resultaba fácil, ya que constituía el espejo donde los demás lo miraban. Cuando vieron al mestre Guillem y a Arcís interrumpieron la conversación.
—Hombre, Guillem, al final te has decidido a venir —le dijo Magraner.
—La verdad es que yo estaba casi seguro de que no vendrías —añadió Gálvez mientras no perdía de vista a sus dos hijos pequeños que campaban a sus anchas.
—Y no hubiera venido. Con tanto trabajo que tengo…
Mientras su tío conversaba con sus amigos, Arcís y el joven Jofré se apartaron buscando un poco de privacidad para poder hablar.
—¿Qué te ocurre? —murmuró Arcís casi al oído de Jofré.
—¿Ves a la pareja esa que se aleja?
—¿Ese del jubón carmesí? Lo lleva tan ceñido que pronto hará que no pueda respirar.
—Lo que no puede es pensar con claridad.
—No los había visto nunca.
—No viven en la ciudad; son de Gandía, lo cual me alegra. No quiero ni pensar que viviesen cerca y tener que verlos todos los días.
—¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo?
—Cuando ha pasado por mi lado le ha dicho a su mujer que yo soy el que hizo el angelote feo.
—¿Por qué habrá dicho eso?
—Le encargó un cuadro a mi padre —Jofré respiraba hondo mientras lo explicaba—. Él hizo la cara, manos y detalles del vestido de la santa; en este momento no recuerdo qué de qué santa se trataba. Otro oficial y yo hicimos el resto, los angelotes, elementos de adorno…
—Ya… ¿Y se quejó?
—No sabes cómo. Dijo que pintaría él mismo encima para taparlos y no quería pagar. Fue una pesadilla.
—¿Tan mal salieron?
—No sé… Son angelotes. La gente ni siquiera se fija en ellos.
—Pues estos parece que sí que lo han hecho.
Mientras hablaban, los dos niños hijos de Felipe Gálvez, se habían acercado a ellos y les tiraban de las calzas.
—Eh, pequeñuelos, ¿qué hacéis? —les preguntó Arcís riendo.
—No quieren estar con su madre. Prefieren molestar aquí —se quejó el padre.
—Claro, su madre no les deja jugar ¿verdad que no? Si queréis me los puedo llevar y que estén con Celia, ya sabéis cómo le gusta jugar con ellos.
—Gracias Arcís. ¿Queréis ir a jugar con Celia? —Dijo Felipe Gálvez dirigiéndose a los niños, que no paraban de reír—. Llévatelos, por favor.
Arcís los cogió de la mano y se fue a buscar a Celia entre los asientos del transepto.
Mientras, Celia había ido corriendo a sentarse junto a su amiga Francesca, hija de Jofré Magraner, Adela se había unido a un grupo de mujeres entre las que se encontraba María, la madre de Celia, y Paula, la esposa de Felipe Gálvez.
—¿Ves como sí que te he guardado silla? —Dijo a Celia.
—Gracias. Es que me imaginaba que llegaríamos tarde. No sabes lo que cuesta sacar a mi tío de casa.
—Pues no creas que ha sido fácil. No veas la bronca que acabamos de tener con el boticario. El muy listo en cuanto ha visto los asientos vacíos se quería sentar.
—Qué hombre más desagradable, por Dios. Si sólo para la barriga ya necesita tres asientos.
Las dos amigas rieron al imaginarlo. A Arcís no le fue difícil encontrarlas.
—Buenos días, Francesca.
—Hola, Arcís.
—Mirad a quién os traigo —dijo Arcís señalando a los niños.
—Vaya, pero qué guapos que estáis hoy. Venid aquí —Dijo Celia divertida al ver a los niños.
—¿Y la tía Adela? —Preguntó Arcís. Celia le indicó con un gesto un lugar a la izquierda donde Adela estaba de pie hablando con sus amigas.
—Tía, tía… —Llamó Celia hasta que Adela se giró para mirarla— Venid, que falta ya poco —su tía le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza—. ¿Te quedas aquí? —Preguntó a su hermano.
—Bueno. El tío está con sus amigos, así que no creo que me necesite.
—Quédate —insistió Francesca—. Así nos ayudas a guardar las sillas hasta que vengan.
Arcís buscaba entre la gente con la mirada, hasta que encontró dónde se había sentado la familia de Teresa, una muchacha con la que mantenía una relación muy especial. Ese día no le había traído ninguno de sus poemas donde le declaraba su amor; era un día diferente y tenía preparado algo mejor. Poco a poco fueron entrando los últimos rezagados y los que estaban de pie se fueron sentando.
—Venga —dijo Francesca—, sentaos, que ya entran todos.
—Gracias por guardar las sillas, Francesca —dijo Adela.
—Gracias, hija —reiteró su madre que, junto a su marido y a sus amigos, tomaba asiento.
—No sé qué haremos el año que no nos reserves asiento, pero es que no hay manera de salir antes de casa —dijo Adela mirando a su marido que se estaba sentando.
—A mí no me mires. Yo me hubiese quedado tranquilamente en casa y no hubiese retrasado a nadie. Decís a la gente que estoy enfermo y en paz —respondió Guillem.
—Claro… Todos los años enfermo. Como si alguien se lo fuese a creer. Eso sí, luego bien que no te pierdes nada de la representación. Admite que te gusta —dijo Adela.
Arcís, ajeno a la conversación, se sumergió en el espectáculo que lo rodeaba. Desde pequeño había disfrutado asistiendo a celebraciones festivas como la que estaba a punto de empezar. Cada detalle le parecía maravilloso. Miraba a derecha e izquierda observando aquel lienzo donde los personajes se movían haciendo que el color de sus vestidos brillara con mayor o menor intensidad. Y él, en su mente, preparaba la mezcla que más tarde le serviría para plasmar aquella belleza en un lienzo inmóvil al que solo su mano podría dar vida. No importaba hacia dónde dirigiera uno la mirada, los tejidos verdes, azules y de todos los colores que se podía uno imaginar aparecían ante sus ojos, brillando bajo el sol primaveral de un mayo suave que se sumaba a tan magna celebración. Las telas de los vestidos o sayas que llevaban las mujeres habían sido bordadas por manos expertas y delicadas. Los sastres habían trabajado duro para tener todos los encargos preparados antes del gran día, y que sus dueños pudieran lucirlos orgullosos durante toda la jornada. Y no eran solamente los vestidos de las mujeres los que lucían con fuerza, pues los jubones y las calzas de los hombres no tenían nada que envidiarles ni en colores ni en texturas; raro era el caballero que se lo pudiese permitir y que no quisiese lucir los últimos paños llegados desde Flandes. Sólo algunos privilegiados podían vestir los preciados brocados de oro, y estos hacían que los mejores sastres de la ciudad bordasen el noble escudo familiar de forma que resaltara sobre el conjunto de la prenda.
A Arcís le gustaba deleitarse observando a vecinos pertenecientes a algunas de las familias más importantes de Valencia vistiendo sus ropas de seda, que caían graciosamente sobre su cuerpo dejando adivinar sus formas. Sin duda, tanto alarde de color, texturas y contrastes era motivo de admiración y envidia a partes iguales. A aquellos que no tenían acceso a tan ostentosos ropajes no les quedaba más remedio que contentarse con la contemplación de los mismos, y no era extraño oír por las calles comentarios al respecto. También estaba quien soñaba con casar al hijo o a la hija con algún miembro de una familia noble, y acceder de esta manera a tan grato privilegio.
Desde donde estaban sentados se podía ver la escena sin perder un solo detalle, pues solo había dos filas de sillas entre ellos y la representación. El raso que cubría los muros de tan fantástico escenario era tan brillante que parecía atrapar la luz que llegaba a través de las diferentes ventanas de la catedral, lanzándola contra los lienzos pintados que convertían la Capilla Mayor en un radiante cielo azul donde nubes y serafines mofletudos con alas de papel parecían flotar. Sobre aquellos muros, el sol y la luna competían iluminándose y oscureciéndose mediante un complejo mecanismo cuyo funcionamiento Arcís había podido ver de cerca, gracias a uno de los participantes en la representación, amigo de Guillem que accedió a invitarlo a que presenciara uno de los ensayos. La verdad es que podía reconocer a varios de los que en ese momento estaban ultimando detalles para subir al escenario. Uno se ajustaba la diadema, el otro preguntaba a un compañero si llevaba bien puesta la careta de uno de los apóstoles. Parecía San Pedro, pero no podía estar seguro ya que no veía las llaves. La estatua de la Virgen era preciosa. Arcís se preguntaba si la auténtica María se parecería en algo a aquellas imágenes de cara dulce y brillantes cabellos.
De repente, una serie de sonidos ensordecedores llenaron cada rincón de aquella seo, sacando a Arcís de su estado contemplativo.
—Dios bendito… —Dijo Adela mientras todos se giraban para ver a los caballeros que entraban haciendo sonar sus armas—. No hay año que no me sobresalten esos sonidos.
—¡Son las bombardas! —Exclamó Arcís.
—Para eso lo hacen esos descerebrados —replicó contrariado el Mestre Guillem.
—Bueno, no es para tanto. Solo es parte de la fiesta —intentó calmarlo Adela.
—Es divertido —dijo su sobrino Arcís.
—Te lo parecerá a ti —le dijo su tío—. Tanto ruido, tanto fuego por todas partes… esto no puede traer nada bueno.
—¡Qué gruñón que eres, tío! —Dijo Celia.
—¿Gruñón yo?
—Sí que lo eres —dijo Adela—. No protestes tanto y disfruta del espectáculo.
—Si se hubiera hecho caso al bueno del obispo Vidal de Blanes… Aquel sí que era un hombre sabio.
—¿Vidal de qué? —Preguntó Arcís acercando el oído a su tío para oír mejor.
—De Blanes —dijo su tío casi gritando.
—¿Lo conocisteis?
—Por desgracia, no —respondió su tío.
—Ese señor murió hace ya un siglo —dijo Adela—. Tu tío nunca lo conoció, aunque hable como si lo hubiese hecho.
—No puedo evitar rememorar su noble empresa ahora que veo el caos en el cual, gente sin conciencia, está sumiendo la catedral. Esas no son actividades propias de ser celebradas en un lugar sagrado.
—Que yo sepa —dijo Adela— precisamente tú no eres muy devoto.
—Cierto. No lo soy. Pero eso no significa que no sienta un respeto por los lugares de culto.
—Os molesta el ruido, tío —dijo Arcís—, eso es todo.
—Pues no quiero imaginar qué pasara cuando empiecen los fuegos artificiales de la Palometa —dijo Celia riendo.
—Que caerán sobre los pobres apóstoles. Algún año saldrán chamuscados de aquí —dijo Guillem.
—¿Pero qué decís, tío? —Le respondió Arcís —Trabajan duramente para que la maquinaria que los lanza funcione perfectamente y no dañen a nadie. Es completamente seguro.
—No lo digas tan alto. El año pasado hirieron a un pobre señor.
—La culpa no la tuvo la palometa… Eso ocurrió porque quiso ver demasiado de cerca las armas de fuego que los caballeros disparaban —respondió su sobrino.
—El fuego es siempre peligroso —dijo el mestre Guillem.
—Lo sé, pero si estamos a distancia no creo que haya peligro.
—¿De qué distancia hablas? Estamos casi en primera fila.
—¿Casi en primera fila decís? No entiendo vuestra exagerada prudencia. Os preocupáis sin motivo alguno. Además, varios canónigos participan en la función y velan porque todo se prepare con cautela.
—También los hay a los que no les hace ninguna gracia que esto se celebre en tal manera, que la catedral parezca la calle —replicó su tío.
—Comprendo que haya quien no esté de acuerdo con todo esto… Mosén Dalmau me comentó en una ocasión, que a él no le hace ninguna gracia que haya tanto jolgorio dentro de la seo —dijo Arcís.
—Esa es la opinión de un hombre sensato. Fíjate siempre en esos detalles, Arcís.
—Sí tío.
—Sin embargo —añadió Adela —a mí me consta que el deán es feliz ayudando en la preparación de estas celebraciones.
—No me extraña —dijo Guillem—. Se debe de aburrir mucho en su día a día, dedicado en cuerpo y alma a no hacer nada.
—¿Cómo sabéis que no hace nada? —Preguntó Arcís— Digo yo que algo hará.
—Yo también lo creo —apostilló Adela—. Ser deán de una seo tan importante como esta, conlleva harta responsabilidad.
—A mí me gusta esta fiesta —dijo Celia.
—A mí también —añadió Arcís—. Ver a la gente tan feliz…
—Mucha hipocresía es lo que yo veo —Protestó Guillem.
—¿Veis ese escenario, tío? —Preguntó su sobrino —Pues sabed que, muy probablemente, el año próximo me veáis ahí encima vestido de peregrino.
—No digas tonterías —le dijo su tío.
—No es ninguna tontería. Mosén Johan Ridaura me ha dicho que hay un actor que no puede continuar participando. Este será el último año que lo haga.
—¿Mosén Ridaura? —Preguntó Celia—. ¿Es el que está con el grupo de peregrinos?
—No. Él no hace de peregrino. Mira a la derecha. Es el apóstol que está junto al coro; el de la túnica verde —dijo Arcís.
—¿El que va vestido de Santiago? —Dijo Celia.
—No es Santiago. ¿No ves que en el nimbo que lleva está escrito el nombre de San Juan? —Dijo Arcís.
—Vaya vista que tienes —dijo Guillem—. ¿Cómo puedes leerlo a tanta distancia?
—Tal vez porque sé lo que pone —respondió su sobrino sonriendo.
—A mí también me gustaría participar —dijo Celia.
—Lo que nos faltaba —refunfuñó el mestre Guillem.
—Me encantaría vestirme como María Magdalena. Tía Adela, ¿No te gustaría lucir esa peluca? Mira cómo brilla —dijo Celia.
—No digas barbaridades, por dios bendito —dijo Adela—. Prefiero verlo desde aquí, sentada tranquilamente como espectadora.
—Y si algún año alguien representase a la Virgen… ¿Te imaginas los ropajes que luciría? Iría con una larga capa de seda azul… —Dijo Celia mientras soñaba despierta.
—No digas esas cosas, por Dios —le dijo su tía escandalizada—. Si alguien nos está escuchando podría tomarnos por unos blasfemos.
—No exageres —dijo Celia.
—Tía Adela tiene razón, Celia —intervino Arcís—. Sabes bien que la Virgen no puede ser representada por nadie; por eso ponen esa estatua de plata.
—Así es —afirmó Adela.
—Qué lástima —dijo Celia.
—Si yo tuviera que participar en algún aspecto de esta fiesta, estaría ahí arriba —dijo Guillem señalando hacía el cimborrio.
—¿Vestido de serafín? —Dijo Arcís mirando a su tío.
—¿Cómo te atreves a decir semejante sandez? —Respondió su tío molesto al ver que su mujer y su sobrina le estaban riendo la gracia —Yo trabajaría detrás de esos cielos, entre las tramoyas y demás artilugios.
—¿Queréis decir que estaríais dispuesto a formar parte de algo tan peligroso? Os recuerdo que ayudaríais a que descendiera la palometa, tirando fuego por todas partes y, según acabáis de asegurar, no queréis tener nada que ver con esas cosas. Este año la palometa irá más cargada que nunca, tirando fuego a la derecha, a la izquierda, hacia atrás… —Dijo Arcís señalando con los brazos en todas direcciones simulando la trayectoria de los fuegos artificiales.
—Deja de mover los brazos tan bruscamente o le darás a alguien en la cabeza —dijo Guillem—. Desde dentro, siendo uno de ellos, podría convencerlos para que no la cargaran con tanto fuego. Haríamos algo más moderado, más tranquilo.
—Os harían mucho caso, claro… —Dijo Arcís sarcásticamente.
—¡Ya empieza, ya empieza! —dijo Celia conminando a sus tíos a callar.
En efecto, la música que empezaba a sonar débil y paulatinamente fue subiendo el tono, lo cual servía de aviso para que los participantes en la escenificación de la llegada del Espíritu Santo sobre los apóstoles se fueran colocando en su lugar correspondiente.
—Fíjate qué ropajes llevan. ¡Qué maravilla! —Se oía comentar a alguien del público.
—Claro—. Le respondía quien estaba a su lado— Mi prima, la que trabaja haciendo tejidos de seda, cosió alguno de estos. Fíjate en aquel azul con la cenefa blanca. ¿Lo ves?
—Sí, el que está al lado del verde claro.
—Hace dos meses vi cómo lo estaba ya terminando.
—Es precioso.
Gracias a las caretas que llevaban los distintos personajes, se podía saber a quién representaban, y en esto se entretenían algunos mientras en el escenario se entonaban bellos motetes que embelesaban los oídos allí presentes. Se podían reconocer a algunos personajes bíblicos y, en torno a la estatua que representaba a la Virgen, se agrupaban varias mujeres entre las cuales destacaban los hermosos cabellos color caoba de María Magdalena que tanto gustaban a Celia.
La gente se dejaba seducir, año tras año, por los colores que envolvían a los diferentes personajes, por la espectacularidad del escenario y la música del órgano, que sonaba mientras iba creando la atmósfera perfecta para que los atónitos asistentes pudiesen revivir cada momento de la escena bíblica, tal como es relatada en el libro de libros. Todos, incluso los más reacios, se dejaban arrastrar por aquel embrujo de sonidos, colores y luces producidas por candiles y juegos de artificio. Ora su atención quedaba fija en la magnífica virgen de plata, ora se iban los ojos al sol que se oscurecía y a la luna que brillaba.
Los apóstoles estaban reunidos manteniendo una conversación que en poco difería a la que mantuvieran el año anterior cuando, de repente, se escuchó un estruendo atronador. Fue en ese momento cuando el órgano comenzó a emitir sus notas más graves, acompañando el movimiento de los cielos que se abrían para dar paso a una lluvia de pétalos de rosa que descendían suavemente cubriendo las cabezas de los apóstoles, y llegando hasta los asombrados asistentes que los recibían embelesados.
Los feligreses habían enmudecido y toda la atención se centraba ahora en las alturas que era el lugar donde empezaban a sucederse los acontecimientos. Cuando los pétalos que caían empezaban a escasear, la gente recogía aquellos que les habían caído encima y también los que habían llegado al suelo y todavía no habían sido pisados. Las mujeres los guardaban en elegantes saquitos, confeccionados por ellas mismas en lino o en raso quien así se lo podía permitir. Los hombres también los recogían y los daban a sus esposas para que los guardasen, o bien los guardaban ellos mismos para luego darlos a la dama elegida. Así lo hizo Arcís, levantándose rápidamente para ir a recoger todos los que pudiera. Aprovechando que nadie estaba pendiente de él, los introdujo en una bolsita de tela que le había dado su tía, y que llevaba escondida donde nadie la viese para evitar preguntas incómodas que no estaba dispuesto a responder. Antes de cerrar la bolsita, guardó entre los pétalos el último poema que había escrito, donde le declaraba a su amada el amor que le profesaba.
Todo el mundo se sentía dichoso y quería participar de cada detalle mientras esperaban el acontecimiento culminante: la bajada de la palometa.
Llegado el momento, un nuevo estruendo simulando el sonido del trueno, captó la atención de todos, que volvieron a fijar su mirada en el cimborrio. Si alguien hubiese podido observar el interior de la catedral, alcanzando un ángulo cenital desde el que poder abarcar a todos los feligreses, sin duda los habría visto como polluelos abriendo el pico entusiasmados hacia su madre que les llevaba alimento, pero en lugar de esperar el alimento, los presentes observaban sin pestañear cómo el cielo del cimborrio se abría en medio de los truenos y aparecía una paloma gigante que descendía majestuosamente mientras, gracias a un molinillo que no dejaba de girar, iba disparando fuego desde varios cohetes que llevaba adosados al cuerpo, en todas direcciones.
A la altura del presbiterio, sobre el escenario, la esperaban los doce apóstoles que, como cada año, mostraban asombro ante tal aparición. A continuación, empezaron a bajar candilejas, las cuales simbolizaban las lenguas de fuego que en su día se posaron sobre cada apóstol, otorgándoles así la facultad de hablar diferentes lenguas que nunca antes habían aprendido.
—¡Mirad! —Exclamó Celia entusiasmada —Las candilejas están bajando.
—Aquellas del fondo están subiendo —le indicó su hermano.
—La nube de plata es preciosa —dijo Celia.
—Esa nube no es de plata, sino de hojalata —dijo Arcís—. Si fuera de plata sería carísima.
—No rompas la magia —protestó Celia—. Para mí sigue siendo de plata.
Nadie podía negar la grandiosidad de tan espectacular puesta en escena y los espectadores no pudieron dejar de sentirse como auténticos discípulos de Jesús, iluminados por el fuego del Espíritu Santo. Tal y como Arcís le había explicado a su tío, de la gran paloma salían disparados fuegos artificiales en todas direcciones. La sorpresa fue mayúscula cuando vieron petardos de salida libre que parecían llevar trayectorias erráticas, sin que nadie supiera dónde terminarían. Los espectadores sentados en las primeras filas sintieron miedo, y algunos de ellos se levantaron para poder alejarse del cegador espectáculo. Algunas mujeres sacudían sus vestidos, temiendo que hubieran sido alcanzados por alguna chispa fugaz.
Los apóstoles, que estaban situados justo bajo tal lluvia de fuego, se vieron iluminados con un resplandor que les cegaba, y algunos de ellos bajaban la cabeza por miedo a que el fuego les alcanzase en la cara. Todo aquello era, o al menos así se lo parecía a los allí presentes, lo más bello que habían visto nunca, pues a pesar de que el cabildo siempre se quejaba de contar con un humilde presupuesto para celebraciones, la realidad era que la magnificencia de aquella fiesta se superaba año tras año; no en vano, aquella representación era una de las más bellas y espectaculares de toda la Corona de Aragón.
Las voces de los asistentes expresando su asombro, junto con las notas graves del órgano, se mezclaban con el ruido propio del artilugio volador y de los lanzadores de fuegos que giraban tan rápidamente que a Arcís le era difícil seguir el movimiento. Cuando todo terminaba y la palometa volvía a elevarse a los cielos, de donde había partido un momento antes recorriendo el camino inverso, los apóstoles habían quedado imbuidos del Espíritu Santo, el cual les acababa de otorgar el don de hablar las diferentes lenguas del mundo para, de esta manera, poder predicar por en cada rincón del planeta la palabra de Dios. A continuación, los participantes de la escenificación entonaban un canto que a todos los presentes les pareció bellísimo: Veni Creator Spiritus…
Finalizado el espectáculo y tras un interminable aplauso, los asistentes se fueron despidiendo de los amigos y conocidos para volver a sus casas o para dar una vuelta por las soleadas calles disfrutando de una temperatura primaveral. Algunos se acercaban a ver cómo avanzaban las obras
