Las primeras universitarias en España
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Desde 1872, en que se admite en la Universidad de Barcelona la primera matrícula oficial de una mujer, hasta 1910 en que se publican las Reales Ordenes que regulan la admisión de hombres y mujeres en la Universidad en igualdad de circunstancias, el libro expone certeramente las enormes dificultades e injusticias en que se vieron envueltas las mujeres para conseguir sus metas. Junto a ello se muestra cómo surge y se desarrolla en España la cuestión femenina.
Los apéndices documental y bibliográfico que cierran la obra aportan una excelente información complementaria y constituyen una fuente importante para futuras investigaciones. Las ilustraciones -fotos de las protagonistas y copias de los documentos fundamentales citados- ayudan y complementan la lectura y comprensión del libro. Incluye 16 ilustraciones.
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Las primeras universitarias en España - Consuelo Flecha García
Consuelo Flecha García
Las primeras universitarias en España
1872-1910
NARCEA, S.A. DE EDICIONES
A mi madre
Contents
Índice
Prólogo
Introducción. La memoria como homenaje
La cuestión femenina en España
El debate sobre la educación superior de las mujeres
Del patio escolar al claustro universitario
Alumnas en las Universidades españolas
Regulación de la presencia de mujeres en la Universidad
Hacia el máximo grado académico
En lo doméstico y en lo público
Mujeres universitarias y conciencia femenina
Apéndice documental
Bibliografía y fuentes
Índice onomástico
Índice toponímico
Colección Mujeres
Fotografías
Landmarks
Cover
Índice
Prólogo
Introducción. La memoria como homenaje
La cuestión femenina en España
El debate sobre la educación superior de las mujeres
Del pario escola al claustro universitario
Alumnas en las Universidades españolas
Regulación de la presencia de mujeres en la Universidad
Hacia el máximo grado académico
En lo doméstico y en lo público
Mujeres universitarias y conciencia femenina
Apéndice documental
Bibliografía y fuentes
Índice onomástico
Índice toponímico
Colección Mujeres
Fotografías
Prólogo
Este libro tiene el acierto de abordar un momento crítico de la historia de la universidad española: el acceso de las mujeres a los estudios y profesiones universitarias. El arco de tiempo que abarca permite calibrar la «pertinencia histórica» que la educación de la mujer alcanzaba entonces. Es decir, la aceptación o reticencias del contexto socio-político en cuyo seno se desarrollaba el proceso estudiado.
El Libro Blanco sobre Estudios de las Mujeres en las Universidades Españolas (1995) cita a Consuelo Flecha entre el escaso profesorado de Universidad que más se ha señalado por dirigir trabajos sobre la mujer en el campo de Historia de la Educación. La nueva investigación de Consuelo Flecha, que ahora nos ocupa, aporta un punto de partida obligado para estudios sucesivos sobre la presencia y actuación de las mujeres en la universidad, como estudiantes y como profesoras. Libros como éste impulsan la búsqueda, descubrimiento y explotación de nuevas fuentes o sugieren una mirada diferente sobre las ya conocidas. La antropología de la diferencia ha abierto nuevas posibilidades en el progresivo ensanchamiento del campo histórico, logrado principalmente a partir de la ya lejana, pero fértil, escuela de los Annales. Dado que el ingreso en la universidad estaba supeditado al estudio del bachillerato, para el que las muchachas necesitaban autorización administrativa especial, y que la enseñanza primaria de las niñas tenía un carácter peculiar y más elemental que el de los niños, la perspectiva de género, adoptada por la autora, abre interrogantes urgentes para la Historia de la Educación. Cuestionamientos que atañen de modo directo a la historia de las instituciones docentes. ¿Dónde se educaban las niñas en la era que precede a la explosión escolar? ¿Quiénes las educaban? ¿Cómo? Por mucha importancia que tengan las obras clásicas sobre este tema, dicen poco sobre estas realidades propias de una historia de la educación interesada por la vida concreta y cotidiana. Los estudios monogréificos realizados sobre Escuelas Normales de Maestras, donde se habían «diferenciado» las enseñanzas respecto de las masculinas suprimiendo de sus exámenes las materias científicas, seguirán aportando nuevos datos iluminadores. Los centros de enseñanza para niñas que, a partir de las parroquias y de la beneficencia de la Iglesia, se desarrollan en número considerable a lo largo del siglo XIX en las ciudades y en el campo, ofrecerán contribuciones significativas junto a las ya conocidas. Aportará también nuevos datos sobre la educación de la mujer, el profundizar en la educación de adultos. Todo ello sin olvidar la historia oral. Aún podemos hoy dialogar con personas que no han accedido a la alfabetización. Si se exceptúan las estadísticas, la historia oral representa una posibilidad privilegiada de integrar en la memoria histórica a grupos numerosos de población. En ellos, la historia oral se hace realmente oral: «la oralidad de aquellos que no saben leer ni escribir, que sólo hablan». A esta población pertenecía el 66 % de las mujeres españolas durante el primer decenio de siglo, con grandes diferencias entre unas regiones y otras. Los interrogantes mencionados atañen también, a la historia social que descubre tantas veces el abismo entre la legalidad proclamada y la realidad cotidiana. Camina ésta a su paso, unas veces a remolqu y otras por delante de la normativa jurídico administrativa. El desfase es muy visible en lo que se refiere a la historia de la educación antes de las disposiciones legislativas de los gobiernos liberales. A las investigaciones que afronten el reto, se les puede predecir un amplío margen innovador para la explotación de fuentes y nuevas metodologías. Así mismo, están llamadas a continuarse e intensificarse las investigaciones a partir de las disposiciones que instauran la obligatoriedad escolar para las niñas. Es sabido que la Historia y la Sociología son las disciplinas que, hasta ahora, se han mostrado más capaces para contribuir con investigaciones y publicaciones a desvelar la presencia de las mujeres en el pasado y en el presente.
Pero quizá la aportación más relevante de una historia así concebida revierta en la historia política, porque revela de modo palmario una de las más fuertes contradicciones de la Edad Moderna. La proclamación de los Derechos del Hombre, como referencia para toda la Humanidad, excluía del derecho al voto a ciertas categorías de ciudadanos. Entre ellos, a las mujeres, única categoría que lo fue en razón del género. A partir de estas premisas, los gobiernos españoles ensancharon progresivamente, en distintas ocasiones, los círculos de votantes. Hasta el Sexenio Revolucionario, que lo extiende a todos los ciudadanos. Pero no a las ciudadanas, puesto que, lógicamente, subsiste la causa de la discriminación. Emílía Pardo Bazán dejaba constancia del hecho: «la distancia social entre los dos sexos es hoy mayor que era... porque el hombre ha ganado derechos y franquicias que la mujer no comparte». La Edad Moderna arrastrará esta contradicción hasta bien entrado nuestro siglo. En España, hasta la Segunda República.
En el cultivo de ese caldo surgirán los movimientos de los Derechos de las mujeres en el siglo XIX. Sí nos preguntamos por el motor principal que alimentó la escalada de las primeras, me inclino por una conciencia madura de los derechos que las asistían. Pero, sin duda, también el deseo de saber. Un saber, a ellas secularmente vedado. La investigación de Consuelo Flecha se centra en un argumento: la historia de un acceso al saber. O sea, al lagos, a la palabra. En. el Congreso Pedagógico de 1892 las mujeres que hacen uso de la palabra son conscientes de hablar en nombre de las que no tienen voz. Las primeras que alcanzaron la meta -sin omitir sus méritos personales- constituyen los afortunados eslabones de una cadena, que se venía forjando tiempo atrás en un lento proceso hacia otra fisonomía cultural, moral y jurídica.
La Historia de las mujeres tiene una trayectoria corta. Se ha desarrollado no hace mucho más de un cuarto de siglo. Una parte del impulso inicial se debe al hecho de que la antropología cultural y, sobre todo, la histórica repensaron la familia como célula fundamental y evolutiva de las sociedades. Lo que con ello puso en primer plano son las estructuras de parentesco y el sistema que establece las relaciones entre los sexos.
Importante, desde luego, la teología escrita por mujeres. Buena parte de esta bibliografía proviene de los Estados Unidos. A ella se le une la producción literaria del occidente europeo, de América Latina y, esporádicamente, de algunos otros países. Si nos atrevemos a sintetizar los distintos puntos de vista susceptibles de integrarse en esta corriente, se constata la exigencia de una relectura de los libros sagrados que descubra y, en su caso, libere de conexiones religiosas la inferioridad en que, acaso desde el neolítico, las sociedades tradicionales han mantenido a las mujeres. Al mismo tiempo, la necesidad de reescribir la historia esclareciendo las influencias discriminatorias que las sociedades patriarcales han proyectado sobre la interpretación y desarrollo de la vida religiosa.
Lo dicho hasta aquí aboga por la necesidad de reescribir la historia de la educación, incorporando la de las mujeres como categoría históricamente marginal, aunque emergente en la actualidad. Pero esta es una afirmación que lleva implícita la de dirigir también la atención a la historia de la educación de los hombres, en cuanto tales. En todas las épocas se encuentran grupos ahistóricos que, profundizando en sus caracteres diferenciales, descubren una nueva conciencia de sí. El estudio de tales procesos se ha revelado fecundo. Así se constata con los realizados por antropólogos y por historiadores acerca de las relaciones entre las culturas, las clases, las etnias, las naciones o las generaciones.
Desde esta perspectiva, al abordar una Historia de la Educación renovada, el quehacer historiográfico se interrogará en una primera etapa analítica acerca de las situaciones de las mujeres y las de los hombres; pero la visión total del proceso ha de llegar a la comprehensión del sistema que rige las relaciones entre los sexos. Un «modelo» de investigación que tenga en cuenta el conjunto de las relaciones humanas sin descuidar sus interacciones. Que, como el libro de Consuelo Flecha para los años de entre siglos, detecten aquellas construcciones culturales e históricas, que en un momento dado definen las tipologías masculina y femenina.
Utilizar la metodología de género no implica, de por sí, radicalizar las diferencias. La concibo apoyada en un terreno de encuentro común -la persona- sin el cual peligraría algo esencial, la posibilidad de entendimiento a todos los niveles entre hombres y mujeres. La igualdad óntica, a que me refiero, requiere la aceptación explícita de las diferencias. A esto debiera corresponder -y hago votos para que así sea- el correlato pedagógico, de educar en la paridad esencial que cimenta la igual dignidad de los sexos; en la diferencia originaria de donde arranca la riqueza de la mutua complementariedad; y en la categoría ética de la reciprocidad que ha de presidir toda relación creativa entre hombres y mujeres.
ÁNGELES GALINO
Introducción
-La memoria como homenaje-
Romper las barreras entre lo que hemos dado en llamar ámbitos público y privado está contribuyendo a que hoy podamos mirar menos dicotómicamente el mundo en el que hemos nacido, así como a hacer más visibles las dimensiones que cada uno de dichos espacios comparte con el otro. De esta forma, nadie, sea hombre o mujer, tendrá que seguir viendo restringida la posibilidad de transitar libremente por ellos.
Es éste un acercamiento reciente que ha sido posible gracias a los múltiples, aunque todavía endebles, puentes trazados por quienes van descubriendo que ambas riberas pertenecen al mismo río y que la generización que de una y otra se ha hecho es algo artificial, sobrepuesto, interesado, ya que la corriente de agua que ellas delimitan empapa al mismo tiempo las dos orillas.
Hasta hace poco, aun teniendo como bagaje la fuerza de las convicciones, difícilmente podía esperarse una transformación radical de las estructuras, aunque en algunos momentos se planteara y promoviera; sin embargo, sí podemos rescatar de la memoria histórica a personas y grupos que, en cada generación, lucharon para ir provocando e introduciendo cambios progresivos en las condiciones que regulaban sus propias vidas.
Cuando hablamos de las mujeres este segundo modo de actuar aparece con más evidencia -en los casos en que pudo darse- ya que los elementos de dependencia, sumisión, pasividad, dulzura, etc., que primaban en la condición social que se les asignaba fueron conformando unos tipos de comportamiento femenino que sólo excepcionalmente llegaron a enfrentarse de forma visible con el modelo que de ellas se reclamaba. Seguro que en más actuaciones de las que todavía conocemos o imaginamos, las mujeres supieron poner de manifiesto una gran firmeza para no renunciar a lo que, de acuerdo con su propia conciencia, también les correspondía.
Desde esta clave podríamos ir acercándonos a cada uno de los ámbitos sociales que, al menos formalmente, se han ido abriendo a la presencia femenina en el último siglo. En unos casos, bajo la presión que las mismas mujeres fueron ejerciendo hasta conseguirlo y, en otros, incluso por intereses ajenos a su propia voluntad, pero de cualquier modo, en circunstancias que muchas supieron utilizar como trampolín de autonomía, de libertad y de nueva conciencia de sí mismas. Estas presencias femeninas, cada vez más numerosas, han ido buscando nuevas formas para que la dualidad de sexos no anule la pluralidad de personas, y vemos cómo paulatinamente se transforman en una voz y en una palabra cuyo eco va ganando resonancia. Hacer una historia desde la perspectiva de género, que no sólo rescate parcelas de la memoria perdida respecto de las mujeres, sino que también las incorpore con el protagonismo que compartieron en todos los acontecimientos vividos a lo largo del tiempo; romper su anonimato, conferirles visibilidad, afirmar su presencia constante, valorar las experiencias femeninas y reconocer su pertenencia a la sociedad de cualquier período histórico al que nos acerquemos, es todavía una tarea pendiente que está exigiendo volver a una lectura más crítica y más global de la historia que hemos recibido.
La razón de esta invisibilidad no siempre ha estado en que se desconocían las aportaciones de las mujeres, sino en que se habían olvidado por la propia sagacidad inconsciente con que el olvido nos enmascara o nos suprime el pasado interesadamente, en que se habían ocultado quizás los rastros de esa memoria para una programada ignorancia.
En esta investigación nos hemos centrado en la secuencia histórica del acceso de las mujeres a los estudios universitarios en España, un ámbito fuertemente marcado por las relaciones de género, en el que es necesario recuperar la visibilidad y el protagonismo en el cambio de las que llegaron a superar las diferentes formas de conflicto, derivadas de una estructura social que engendraba papeles definidos dicotómicamente. No hay que considerar a estas jóvenes mujeres como un grupo aislado, aunque se reconozca el carácter de excepcionalidad del que estuvo rodeado, sino como testimonio y punta del iceberg de un modo de estar en el mundo, detrás del cual había otras muchas mujeres en una prolongada corriente histórica de la que ellas eran fruto.
Representaron, en un proceso de larga duración del que con menor o mayor conciencia ellas participaron, un nuevo eslabón de una rica genealogía femenina que, aunque oculta e ignorada, sustentaba sin duda la seguridad en las propias posibilidades que estas primeras universitarias sintieron y demostraron. Por este hecho, ellas mismas entraron a formar parte de esa genealogía, a la vez que tuvieron la oportunidad de contribuir a que se reconociera.
¿Cómo se produjo ese acceso? ¿Con qué características y límites? ¿Qué factores operaron en su contra? ¿Qué tesón femenino se puso de manifiesto? ¿Qué memoria dejaron estas mujeres de la experiencia vivida?
A lo largo de estas páginas se ofrecen algunas respuestas que pueden contribuir a la reelaboración de una memoria social que no prescinda de las mujeres; un paso necesario para que acontecimientos que deben ser incorporados al saber general reconocido puedan tener la entidad que merecen. Un recuerdo que hoy se va haciendo más accesible -y que tantas mujeres viven como una urgente obligación- que nos permite contribuir a la construcción de nuestras genealogías, a la vez que está ayudando a percibir el abismo entre el ahora y el entonces.
Esta investigación pretende enmarcase dentro de una historia de la educación que no se limita a tener únicamente en cuenta los aspectos más formales e institucionales del proceso educativo, sino que se ocupa también de hacer emerger la importancia del análisis de las relaciones que se producen en el asentarse de nuevos estilos de vida; unos cambios en los que los marcos de referencia tienen mucho que ver tanto con las formas políticas, con las necesidades sociales o con las modalidades productivas, como con los ideales y los deseos sobre sí mismo; factores que provocan nuevas exigencias formativas y que desencadenan, como consecuencia, modificaciones en las propias aspiraciones y comportamientos.
Para acercamos a estas universitarias hemos partido de unos datos iniciales que, aunque han tenido que ser modificados, nos facilitaron los primeros pasos para un estudio más detenido del proceso de incorporación de las mujeres a la Universidad española. Los proporcionados por la Condesa de Campo Alange (1964) sobre las mujeres licenciadas antes de 1900, el estudio de Ramón Ezquerra (1926), la obra de Rosa María Capel sobre la educación de la mujer (1982) y los trabajos de María Ángeles Durán (1981 y 1982) han sido el origen de lo que aquí se ofrece. Además, durante estos años, han publicado sobre algunas de las primeras mujeres médicas, Teresa Ortiz Gómez (1986), María Carmen Álvarez Ricart (1988) y Esther Rosado Camacho (1990). Han abordado la presencia de mujeres en la Universidad de Madrid durante este período, Carmen Colmenar y Miriam Carreño (1985) y Ángela del Valle (1990); en la Universidad de Santiago de Compostela, María Luisa Barrera (1986), y en la de Zaragoza, María Rosa Domínguez (1990) y Carmen Magallón (1991). Todas ellas han contribuido a lo que aquí se presenta. Los Archivos de las ciudades que en aquellos años contaban con Universidad -Barcelona, Granada, Madrid, Oviedo, Salamanca, Santiago, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza-, y sus Bibliotecas Universitarias y Provinciales; el Archivo General de la Administración y el Archivo Histórico Nacional; la Biblioteca Nacional y la de Pedagogía del C.S.I.C., han sido las fuentes principales de datos para esta investigación. En la literatura de la época y en la prensa periódica hemos encontrado también importantes referencias. La Consulta de los Libros de Registro de Matrículas de cada una de las Universidades que conservan la documentación sobre el período que aquí se estudia, nos permite ofrecer unos datos más ajustados a la realidad que los hasta ahora conocidos. Los cambios que se han producido a lo largo de estos más de cien años en la utilización de nombres como Trinidad, Dolores, Adoración, Mercedes, Loreto, Jovita, Reyes, Paz, Ascensión, Patrocinio, Rosario o Araceli, que lo eran tanto de hombres como de mujeres, ha dificultado la búsqueda e identificación de las alumnas. Especialmente el de Trinidad -muy frecuente en aquel momento entre los hombres-, detrás del que podría esconderse todavía alguna mujer.
A lo largo de estos años de trabajo he ido dando a conocer aspectos parciales de lo que ahora se presenta de forma más completa, aunque, sin duda, queda abierto a las sugerencias y trabajos posteriores que, sobre est.as mujeres concretas y sobre su entorno más cercano, deberán hacerse en cada una de las Universidades. Hay fuentes que pueden seguir proporcionándonos nuevos elementos para el conocimiento y análisis de este capítulo de la historia de las mujeres, especialmente las relacionadas con su ambiente sociofamiliar y con sus itinerarios profesionales.
Quiero también dejar constancia de mi agradecimiento a cada una de las personas que en los Archivos y en las Bibliotecas de Alcalá de Henares, Barcelona, Granada, Madrid, Oviedo, Salamanca, Santiago de Compostela, Sevilla, Valencia, Valladolid y Zaragoza me han facilitado, con una enorme generosidad, el acceso a la documentación. Igualmente a quienes con su vida y con su palabra me abrieron a una nueva conciencia sobre las mujeres.
La cuestión femenina en España
«La cuestión social de la mujer está esencialmente planteada en España y, como todas las cuestiones que se plantean en la sociedad, es preciso resolverla».
CONCEPCIÓN ARENAL, 1883
La imagen física y filosófica del mundo y de la realidad social, reflejo de una concepción de la vida, de la política, de los valores, de los hombres y de las mujeres, en la segunda mitad del siglo XIX, parecía «revelan>, a la vez que necesitaba asegurar, que todo estaba en su sitio, que cada cual ocupaba el lugar que le correspondía en la organización social dada y que ese orden no se podía romper sin decisivas consecuencias para el sistema vigente.
Era un clima social en el que se privaba a las mujeres de cualquier oportunidad que les permitiese el desarrollo de las cualidades necesarias para moverse en un mundo exterior al familiar y doméstico, en unos espacios públicos que se iban haciendo progresivamente más complejos. Empujadas a renunciar a sus propios deseos y recursos, sólo les estaba pem1itido participar del poder y de la capacidad de acción a través de los hombres a los que les unían vínculos familiares, y de los que recibían además el estatus social.
El referente de lo que ellas eran y de lo que ellas valían tenían que buscarlo en su padre, en su marido y en sus hermanos o en sus hijos varones; nunca en ellas mismas. El orden social y simbólico en el que vivían las obligaba a relacionarse con el hombre, aislándolas así a unas de otras. Su destino era desaparecer personalmente y como grupo.
El papel que desempeñaban en la familia, la influencia que, se afirmaba, ejercían en su marido y en la sociedad a través de él, su destino principal como esposas y madres, alimentaba una mentalidad que debía llevarlas a cumplir los deberes que, por naturaleza, les correspondían. De ahí que los conocimientos que debían adquirir y las actitudes que debían desarrollar se seleccionaran de acuerdo con lo que sus hijos iban a necesitar de una madre y con lo que hiciera posible que sus maridos pudieran compartir con ellas algunos de los asuntos que eran de interés para los hombres, sin reciprocidad posible.
A pesar de los cambios que la sociedad estaba experimentando en el último tercio del siglo XIX, el mundo femenino seguía siendo el de los afectos, el de los sentimientos, el de la biología; unos supuestos excesivamente reductivos para la vida de las mujeres. De ahí que se insistiera en que la formación que recibieran las niñas tenía que estar dirigida al corazón, a la formación del carácter y de la voluntad, al desarrollo de buenos modales, y que cualquier otro tipo de educación conllevaría serios peligros sobre los que había que estar alerta.
El despertar de la conciencia
Por eso no dudamos de que Femando de Castro sabía la trascendencia del proyecto que estaba poniendo en marcha cuando, al inaugurar el 21 de febrero de 1869 las Conferencias Dominicales sobre La Educación de la Mujer en el Salón de Grados de la Universidad Central, afirmó que el tema elegido formaba parte de «una de las cuestiones capitales que el progreso de la civilización ha traído al debate en las sociedades modemas»¹ . El espacio utilizado y las principales destinatarias -que no protagonistas- de aquel acontecimiento daban una relevancia diferente al tratamiento de una cuestión a cuyo debate público nunca habían sido convocadas las mujeres.
Una afirmación que él sabía avalada por el incipiente, pero significativo, conjunto de acciones que en buen número de países se habían iniciado desde comienzos del siglo XIX, con el objetivo de favorecer un mejor nivel de instrucción en la mujer o, mejor, en algunas mujeres. Asociaciones, libros y revistas, centros de enseñanza, entidades de muy diferente índole, se habían puesto a trabajar con el propósito de ir creando una nueva mentalidad tanto en las mujeres como en los hombres, sobre lo que empezaba a constituir una necesidad ineludible en las nuevas sociedades que se vislumbraban; aunque responder a lo que ello encerraba exigiera programas y acciones «de difícil desempeño»².
En pocas décadas se pusieron en marcha tantos intentos y realizaciones a los ojos de quienes los presenciaban que, cuando pudieron contemplarlos con un poco de perspectiva, se atrevieron a denominar a ese siglo decimonónico como «el siglo de la mujer», «siglo feminista», el «siglo del advenimiento de la mujer; lo que no veían incompatible con que, todavía en los últimos años de la centuria, algunos escritores/as tuvieran que denunciar que «la situación de la mujer en España, por lo que hace a la instrucción, a las profesiones y al reconocimiento de sus derechos, no puede ser más lamentable»³.
Todos los aspectos que el tema abarcaba y sus repercusiones fueron objeto de especial consideración, provocando vivos debates entre los grupos más sensibilizados a favor y en contra de una educación femenina diferente, ya que la progresiva incorporación de las mujeres al mundo de la cultura y su incipiente participación en tareas profesionales fuera del hogar doméstico, conllevaba unas mayores exigencias de preparación académica y, desde ella, un cambio en su situación.
Una de las escritoras de la época, especialmente inquieta por todo lo relacionado con la condición femenina, llegó a afirmar en uno de sus libros que «ha hecho más por la mujer el siglo decimonono que todos los siglos anteriores; es indudable que será denominado siglo feminista»; y añadía más adelante llena de optimismo que «el siglo XIX, siglo de las aspiraciones generosas, ha preparado el triunfo de la causa de la mujer; el siglo XX coronará la obra de su predecesorn⁴.
Toda esta serie de acontecimientos que tuvieron lugar en el último tercio de siglo quizás se sobredimensionaron al desarrollarse en una sociedad marcada por un claro horizonte de desigualdad entre hombres y mujeres. Por razón de sexo se había dividido a la población en dos mitades que atravesaban verticalmente todos los grupos, ideologías y clases sociales; y en cada una de ellas, el destino individual y social de las mujeres se había definido esencialmente -habría que matizar en lo que se refiere a las pertenecientes a las clases sociales más bajas⁵- en términos de su función biológica reproductiva, tomada ésta como un absoluto difícilmente cuestionable e irreductible, por el carácter de utilidad social y pública que se había otorgado a la misma; y de ella es de la que se derivaba la imposición de determinadas barreras personales y sociales que circunscribían el ámbito de actividad femenina al interior del hogar.
Se asignaron roles naturalizados que imposibilitaban que quienes constituían la mitad de la población fueran dueñas de su propia vida y destino, y que ponían en entredicho su participación en un mundo que vivía un proceso de fuerte transformación; en razón del sexo se legitimaron, frente al proyecto igualitario del pensamiento liberal, roles postulados como excluyentes, a los que se había dado un estatuto que implicaba relaciones sociales de desigualdad.
Esta subordinación que el imaginario masculino justificaba en sus discursos, generaba un radical desequilibrio en los criterios y modos de presencia de las mujeres, pues las mantenía aisladas en el ámbito doméstico, impidiendo su visibilidad; habían sido naturalmente llamadas y destinadas a ocuparse y simbolizar lo que entonces se denominó mundo privado, espacio interior, lugar no accesible. Los hombres que, en muchos casos, también estaban excluidos de determinados ámbitos, nunca lo eran en razón del sexo, sino de otros parámetros sociales, mientras que todas las mujeres lo fueron por el hecho de serlo en los diferentes grupos sociales de los que formaban parte⁶. Nacer mujer en cualquier época o lugar ha sido el factor determinante de las experiencias femeninas, las cuales en lugar de contribuir a una identidad personal individual les confería unos rasgos básicos comunes de acuerdo con un catálogo de inequívocas y siempre fijas cualidades femeninas, radicalmente distintas de las de los hombres, que definían y modelaban la subordinación de sus vidas.
Pero aquella sociedad estaba al mismo tiempo viendo aparecer movimientos feministas, generados en estrecha relación con los valores de libertad e igualdad individual que el liberalismo había señalado como condición de los cambios políticos y sociales que se perseguían⁷. Estos movimientos actuaban desde planteamientos, condiciones estructurales y concreciones divergentes, pero ofrecían un contradiscurso común que propugnaba la desaparición de las desigualdades sociales y culturales sufridas por las mujeres. Una preocupación que iría creciendo paulatinamente en España a partir de la Revolución de 1868 en diferentes grupos de mujeres, y también en algunos hombres, que denunciaron y exigieron, al menos formalmente, cambios en el statu quo de la condición femenina en las décadas de entre siglos.
Referentes para la identidad
Uno de los cambios por los que más decididamente se luchó, debido a la importancia que revestía para el desencadenamiento de otros muchos, fue la incorporación de las mujeres al espacio del saber sistemático académico, allí donde éste se cultivaba y se adquiría, cualquiera que fuera la naturaleza del mismo y las condiciones o requisitos para entrar a él. Espacio original y secularmente masculino, su apertura o no a las mujeres desencadenó una apasionada confrontación en la que no siempre fue fácil deslindar hasta qué punto lo que se discutía era el derecho que se deseaba negar al colectivo femenino, o las consecuencias que se temían del ejercicio de tal derecho.
En una de las intervenciones en el Congreso Pedagógico de 1892 todavía se daba por supuesto el carácter masculino del saber, al describir como «varoniles» a las mujeres que deseaban adquirirlo. Fue Antonio Pérez de la Mata⁸ quien afirmó que:
«Sólo las mujeres varoniles, y aún las que por vocación o cálculo, se substraen de aquellos tan sagrados cuanto penosos deberes -los familiares- pueden aspirar a una mayor cultura»⁹.
Pero para una mayoría no era ya objeto de discusión, a finales de siglo, la necesidad de procurar una mejor educación a la población femenina.
Era éste un principio general aceptado, al menos teórica y formalmente, como consecuencia del progreso social y del desarrollo económico que la sociedad estaba demandando, que exigía una formación más cualificada de las mujeres, aunque no siempre se defendiera con la fuerza y con la amplitud con que lo hizo Berta Wilhelmi¹⁰:
«Si la mujer pide por derecho propio el ejercicio de todas las profesiones, participar en las conquistas de la ciencia, cooperar a la solución de los problemas sociales, creemos que pide lo justo: pide la rehabilitación de media humanidad»¹¹.
La formación que la mayoría reclamaba para la población femenina era la que se encaminaba principalmente al mejor desempeño de los roles domésticos o a la preparación para los diferentes y escasos empleos a los que se le empezaba a permitir el acceso: maestras, institutrices, matronas, en comercios... De esta forma se estableció una clara vinculación entre escuela y necesidad, al servicio de unos elementos diferenciales que no sólo no generaban autoconciencia en las mujeres que se incorporaban a la instrucción, sino que ahondaban aún más la desigualdad en razón del sexo. De ahí que en los albores de un proceso más real de escolarización de las niñas, planteara una dura polémica la extensión, la finalidad y el carácter de esa educación que se concebía ya con unos objetivos hipotecados¹²
Los intereses de una clase social en ascenso, como era la burguesía de la segunda mitad del XIX, llevaron a creer en la educación como el mejor medio que podía hacer posible los modelos de progreso deseados. Y las mujeres a las que, durante siglos, apenas se las había considerado susceptibles de ser instruidas, se convirtieron entonces en sujetos de un programa educativo específico; pero no en función de ellas mismas, sino en cuanto llamadas a ser madres de ciudadanos a los que tendrían que formar siendo mediadoras de la transmisión de los nuevos valores cívicos. Valores de los que ellas serían voz, pero cuya palabra no podían aplicarse.
Aunque tampoco todos los hombres tenían la capacidad de construir por sí mismos su propia identidad, al margen de cualquier determinación impuesta desde fuera por una autoridad externa o por la naturaleza, por una parte eran siempre hombres los que tomaban todas las decisiones acerca de los referentes a los que había que ajustar la educación masculina y femenina, y por otra a ellos se les penalizaban menos las transgresiones a las pautas marcadas. Las mujeres, en cambio, no disponían de ninguna capacidad de decisión y en todos los casos tenían que configurarse de acuerdo con una identidad heterodesignada.
Esta necesidad de encontrar cauces que garantizaran la asimilación de los referentes adecuados, convirtió a los grupos dirigentes en partidarios de una instrucción y de una escuela que desearon llegara a todos, pero cuidando de que fuera no para todos de la misma forma y grado. Una escuela que, desde su configuración, estuvo sesgada en razón del sexo y de la
