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Relatos Eróticos para Mujeres Ocultas
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Libro electrónico189 páginas3 horas

Relatos Eróticos para Mujeres Ocultas

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Relatos eróticos para mujeres ocultas es una colección de historias inéditas sobre el sexo y el deseo. Las protagonistas son casi siempre mujeres y los relatos son eróticos, cargados de sexo, fantasía y lujuria. El libro de relatos refleja el erotismo de personas normales: mujeres y hombres que puedes encontrar en la cola del supermercado, en el trabajo, en una calle cualquiera: dos profesores cansados ​​de niños en un autocar, una unidad que tiene sueños húmedos que no coinciden con su vida, una chica lista durante las vacaciones, una novia airada, un ingeniero secuestrado en la jungla, una mirona, un tipo que no sabe bien que quiere su pareja, etc.

Todos tenemos nuestras razones y todas las razones pueden ser buenas. Y así es, lo que ocurre es que luego nos vamos a dormir. Y cuando cerramos los ojos muchas veces somos otras y somos otros. ¿Quién deberíamos ser de los dos? ¿Quién? ¿La que sueña o la que está despierta? Para descubrirlo existe este libro.

IdiomaEspañol
EditorialLluís Viñas Marcus
Fecha de lanzamiento8 oct 2018
ISBN9780463514368
Relatos Eróticos para Mujeres Ocultas

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    Relatos Eróticos para Mujeres Ocultas - Conde de Guinardó

    INTRODUCIENDO

    Relatos eróticos para Mujeres ocultas es una colección de historias que tienen dos denominadores comunes: las protagonistas son casi siempre mujeres y los relatos son eróticos, cargados de sexo, sexualidad, deseo, lujuria o simplemente sueños. Bien, soy el Conde de Guinardó, por tanto soy un hombre, y soy un hombre que ha fracasado. Ya que pretender escribir narraciones de damas y sexo con el reto de pensar como ellas era la crónica anunciada de un fracaso. ¿Fracaso? Hay muchas maneras de fracasar, algunas llenas de gozo. E incluso se puede decir que hay buenos fracasos.

    La literatura erótica es relativamente abundante y abundantemente mala. He querido dejar una leve huella en este género ofreciendo relatos marcados por la sexualidad pero a mi manera y a la manera de ellas. Esto es, ofrecer cuentos auténticos, relatos que no insulten la inteligencia del lector o lectora y a la vez, lanzar un canto a la vida. Decir que follar es bueno, apuntar que en nuestras fantasías hay una mansión de infinitas habitaciones por descubrir, explorar el lado femenino del deseo sexual, tan rico, tan denso, tan lleno de matices. Tan abundante en aromas. Escribirlos no ha sido la parte difícil del asunto. Lo que me ha hecho sudar ha sido imaginarlos, tratar de viajar en el cuerpo y mente de otro. Tratar de ser una mujer a punto de estallar por hastío de la vida o felicidad inesperada. Ponerme en la piel de la vecina que bien conozco y resultar creíble. Otro de los esfuerzos ha consistido, y eso cuesta, en salir de los lugares de siempre, de los supermercados de lo erótico donde todos sabemos muy bien qué ofrecen, puesto que siempre ofrecen las mismas botellas, cajas, sobres y congelados. No aseguro nada, de verdad. Lo erótico es muy personal. Me limito a ofrecer una lectura. Sí he querido que los personajes fueran normales, gente común, personas que puedes encontrar en cualquier lugar. Salir de los mitos, olvidar los seres extraordinarios e indagar en la sexualidad que, más o menos, pueda sentir o desear cualquiera.

    Del mismo modo en que un gato intenta no meter sus preciosas patitas en agua, he evitado hasta donde he podido los tópicos. No soy gran lector de libros con escenas porno, acaso porque no he sabido encontrar las lecturas apropiadas. De lo que he leído sí puedo decir, salvo excepciones, que los relatos se repiten con pocas variantes. En esto pienso en las películas de acción que consisten en una breve presentación, hola-qué-tal, que da paso rápidamente al desenfundar de las armas tras lo cual, inevitablemente, empieza la fase de disparos o persecuciones en coches rabiosos como perros que se disputan el honor que siempre está tocado o una hembra o qué sé yo. Lo de siempre, vaya. Lo leído y visto mil y una veces.

    Sé que es imposible ser del todo original en el paralelo del deseo y el sexo. Imposible, ya que, se quiera o no, el eje del relato es el acto, la copulación, el encuentro sexual. Pocas acciones humanas (asuntos de comida aparte) suscitan y generan tal cantidad de sinónimos y metáforas. Incluso he procurado describir las cópulas-cogidas-jodiendas-etc. de distintos modos y desde sentidos distintos. No sé si lo he conseguido. Tú eres la jueza o el juez, tú comentas, puntúas y dictas sentencia. Ya sé irá viendo a medida que este libro lleve un tiempo publicado. Conseguido o no vale la pena romperse la cabeza, volver a lo escrito para depurar o retocar a fin de mostrar a quien lea este libro algo diferente. Algo diferente que hará que el tiempo de lectura, ¡joder!, espero, deseo, sea mejor.

    Hay tantas maneras de disfrutar o de estropear el sexo como personas. Y tantas maneras de entenderlo. Somos así, muy iguales y parecidos en casi todo y a la vez, en las emociones, muy diversos. No he rebuscado y explorado los extremos, tan amplio es el jardín de lo que a muchos nos gusta o nos gustaría. Creo que hay una gama de deseos y juegos que a una mayoría nos ponen, de modo que no hacía falta violentar o fingir o hacer ver. Por ahí me he movido.

    Relatos eróticos para Mujeres ocultas. Y es tan ancha la gama media, aquello que deseamos o desearían muchos, que casi todos tenemos un potencial que nunca o rara vez se desarrollará. Son las miles, las millones de mujeres ocultas. Y hombres ocultos, por supuesto. Unas y unos por no poder, pues respetan aquello pactado con su pareja; otras y otros por miedo a lo que pueda desencadenarse si, por una vez, una sola vez, logran liberarse de sí mismos; aquellas y aquellos por pereza, la pereza que los condena a ser jóvenes y adultas o adultos anodinos; algunos y algunas porque ni se plantean lo que podría llegar a hacer o sentir. Todos tenemos nuestras razones y todas las razones puede que sean buenas. Y es así, lo que ocurre es que luego nos vamos a dormir. Y cuando soñamos muchas veces somos otras y somos otros. ¿Quién deberíamos ser de los dos? ¿Quién? ¿La que sueña o la que está despierta? Que impulsa a la que duerme a llegar tan lejos en sus sueños húmedos en aquella hora en que los campos y las ciudades, en la más completa oscuridad, están casi totalmente inmóviles. En realidad, si no hubiera leyes, castigos, sobre todo pérdidas, ¿de qué seríamos capaces? Dudo que nadie lo sepa con certeza, acaso todas y todos tengamos en nuestro interior un pequeño fragmento de esta respuesta. Para todo lo demás está la literatura. En este caso erótica, que te permitirá saltar a otros lugares, vislumbrar otros seres y vivir experiencias distintas.

    En este recopilatorio de relatos no hay buenas ni malas. Faltaría más. Por educación, por tradición familiar y por donde los dominios de mi estirpe se sitúan. Los Guinardó siempre hemos mirado al Mar Mediterráneo. En nuestras orillas hay interpretaciones, tan solo eso. Maneras de vivir, maneras de mirar, maneras de soñar una relación erótica.

    ––––––––

    Te deseo un feliz viaje,

    Conde de Guinardó.

    1

    Elsa y Marco

    Había sido una noche horrible. Los chavales no habían parado, a pesar de la amenaza de castigo y los enfados, hasta bien entrada la madrugada. Elsa no sabe si está dormida, despierta o flotando cerca de la órbita de Saturno. Se siente como si un mago la hubiera hipnotizado. El autobús ha arrancado por una carretera de curvas suaves, dejando la casa de colonias atrás. No han pasado ni veinte minutos que toda la clase se ha quedado dormida, de regreso a la escuela. Cabrones, piensa Elsa, toda la noche jodiendo la marrana y ahora parecen corderitos. El día empieza a despuntar. El sol, en algún punto lejano, intenta en vano romper la densa niebla que se ha instalado en toda la comarca. Una vez sentada en el asiento del autocar, acompañada por el vaivén del motor, los ojos de Elsa se cierran, pesados, sin que ella se dé cuenta. Está que no puede con su alma.

    Viajo en un tren nocturno de largo recorrido. Es de noche, no sé qué hora es. Todo está en silencio en el tren. Estoy agobiada y salgo de la minúscula cabina donde he intentado y no he podido dormir. El tren viaja rápido, muy rápido, devorando kilómetros. Me siento cansada y a la vez nerviosa. No sé, camino por el vagón de pasillos estrechos, apoyándome en las paredes. Puertas cerradas de cabinas. En el siguiente coche encuentro gente dormida en sillones, al lado de grandes ventanas que lo único que reflejan es negrura. Vuelvo sobre mis pasos para no despertar a nadie. Vuelvo al pasillo de cabinas de mi coche, intentaré dormir, no sé cómo. Llevo pastillas. Eso me ayudará. Cuando levanto la cabeza veo un hombre. Está apoyado sobre la puerta de mi cabina, su espalda se mueve con el traqueteo del tren. ¿Qué coño hace ahí? Me acerco. Le digo con voz autoritaria que se aparte, que es mi cabina. Que no se equivoque de puerta. Es un tipo extraño. Con facciones eslavas. No muy alto, la cabeza redonda, la frente ancha, los brazos largos. El cabello corto, rubio. La mandíbula poderosa y dos ojillos azules que me miran con crueldad. ¿Qué hace este capullo aquí? Me da mala espina. Le vuelvo a decir que se aparte. Él sonríe, es una sonrisa algo siniestra. Empieza a apartarse. Va vestido con un chándal de esos caros y horteras. Lleva unas deportivas chillonas. Un tipo fuerte. Parece un boxeador. Se aparta para dejarme pasar, sonriendo. Abro la cabina y me meto dentro. No puedo cerrar la puerta, el asqueroso ha puesto un pie. Empuja con fuerza la puerta y se mete dentro de la cabina. Cierra la puerta tras de él y vuelve a mirarme. Ahora no sonríe. Antes de que pueda chillar y pedir auxilio se abalanza sobre mí y me tapa la boca. Me agarra con fuerza. Intento soltarme. Forcejeamos, tiene mucha más fuerza que yo. Me tira en la cama de la cabina sin soltarme. Su manaza ruda sobre mis labios. Noto todo su peso encima de mi cuerpo hundido en el colchón. Me dice algo en una lengua que desconozco. Con la mano libre me arranca el cinturón de un tirón. Estoy inmovilizada bajo el peso de este animal. Intento darle un rodillazo y lo único que consigo es oír su risa seca. De malas maneras empieza a bajarme los tejanos. Hijo de puta. Solo veo su cara. Me aprieta con sus caderas, su fuerte abdomen me presiona hacia abajo. Veo que se baja el pantalón de chándal. No, no, no, repito. Noto su paquete sobre mis bragas. Se restriega sobre la tela de mis bragas el hijo de puta. La tiene como una piedra. Noto el volumen sobre mi pubis. Le doy un puñetazo en la cabeza. Se cabrea. Su mano libre va a mi cuello y lo presiona. Está tan encima de mí que puedo ver el iris de sus ojos fríos. Por favor, no hagas esto, no lo hagas, digo con su mano sobre mi boca. No me hace daño en el cuello pero solo puedo respirar lo justo. No hay sentimientos en esos ojos. Solo un hambre feroz. Le doy un puñetazo en las costillas. Es un golpe flojo. Intento volverlo a golpear. No me quedan fuerzas. Vuelve a reírse y dice algo en esa lengua que no entiendo. Tiene la voz ronca, una voz de taberna. Su mano baja hacia mi cintura. Siento sus dedos sobre mi vientre, los va bajando. Lo va a hacer el hijo de puta. Lo va hacer y no se va a parar hasta correrse dentro de mí. Hijo de puta. Tira de mis bragas hacia un lado, medio rompiéndolas. Saca la polla de su chándal. No lo hagas hijo de puta. No lo hagas. Y nota como intenta entrar, de una vez, me está follando el hijo de puta. Intento resistir. Pongo la vagina dura para que no pueda hacerlo. Él nota la presión, solo la puede entrar un poco. Busca la manera de caracolear. Me resisto, arqueo mi espalda, agito las caderas. Y todo esto que hago le provoca placer, lo veo en su cara de animal. Ay, lo hace duro. No he podido hace bastante fuerza. La ha metido entera, toda, entera. Ay. Siento su rabo moverse, duro, sin piedad, como la expresión de su cara. Lo hace duro pero me estoy humedeciendo. No hay razón. Cada vez más. Estoy mojada, y este mierda que no deja de entrar y salir, y entrar hasta el fondo, me toca con la punta donde me gusta. Es una fricción, es un placer que no sé frenar, intento librarme. Quiero sacármelo de encima. Joder, estoy cachonda y odio estarlo. Él hace más fuerza, entra, duro, ay, ay, ay, que si me corro, ay, que estoy a un tris...

    Elsa abre los ojos, angustiada. Por un momento no recuerda dónde se encuentra. Jadea. Mira hacia fuera, a través del cristal. Ve un paisaje de bosques que se suceden y pequeños claros de hierba mojada, como si en la ventanilla del autocar un mismo fotograma se repitiera una vez y otra. Marco, sentado a su lado, la mira y sonríe con timidez. Elsa ha tenido un sueño erótico, raro, asqueroso y raro. Pero está caliente, lo nota. Nota los labios de la vagina empapados. ¿Su compañero lo notará? ¿Habrá mojado un poco la ropa por fuera? Se pasa la mano, disimulando. Uf. Solo son las bragas.

    —Te has dormido veinte minutos. Pones una cara de susto...

    —Ay, sí. He tenido una pesadilla. Supongo que por los niños —murmura Elsa. Se sorprende al sentirse tan excitada. Hace un esfuerzo por disimular.

    —Estos chavales. Creía que ya no podía más —dice él—. Me ponen de los nervios cuando se desbocan.

    —Ya. Y cada año lo mismo —contesta Elsa.

    Van sentados en el último asiento de dos del autocar. En los asientos que tienen justo delante han amontonado mochilas, cajas y bolsas de material escolar formando un parapeto. En las siguientes filas hasta el asiento del conductor se distribuye la clase en estado sonámbulo. Apenas se mueve alguna cabeza y nada indica que haya alguno despierto.

    —Por fin un poco de calma —suspira Elsa.

    Aquí la tengo, a mí lado. La tutora y profesora de matemáticas. Junto a mí. La buena maestra que los niños respetan, los padres bien consideran y que el resto de compañeros quisieran como directora del instituto y no al gilipollas engreído de Eduardo, que se agarra al cargo como una lapa. No se puede decir que sea guapa. Mona sí, agradable, con unos ojos color miel chisporroteantes. Mariposa que das vueltas todo el día. Siempre bien vestida, con sus faldas rectas que disimulan un poco su tipo achaparrado y sus impecables camisas azul claro. Con uno o dos botones desabrochados que dejan intuir unos pechos redondos y blancos como la luna. Bastante más guapa es mi pareja. Qué cojones. Siempre me digo lo mismo, que Eva, mi novia, es más guapa, tiene

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