ImpuneMex. Crímenes sin castigo y castigos sin crimen
Por Noé Zavaleta y Ricardo Balderas
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ImpuneMex. Crímenes sin castigo y castigos sin crimen - Noé Zavaleta
Introducción
Los autores de este libro acumulamos 30 años de ejercicio periodístico. Desde el primer día que salimos a la calle a buscar la noticia escuchamos la palabra impunidad, la hemos oído de día, tarde y noche. Palabra sobresdrújula no visible ni tangible, sin olor ni sabor, pero siempre nos hemos topado con ella.
La impunidad –dicen los teóricos– es el acto de ejercer desenfreno sin recibir castigo. El sonido de un revólver en un bar, el tratamiento de cadáveres en la vía pública, el compás de las marchas marciales en tierra de paz, el asesinato de un querido profesor, las plegarias en voz alta de un guerrillero insurgente y en general cualquier acto que perentoriamente requiera, en consecuencia, de una acción de la justicia, que no llega, que no ocurre.
En México, lo más seguro es que la justicia jamás se haga presente. Más de 30 años avalan este dicho nuestro. Hoy por hoy, casi nadie presenta una denuncia y las cárceles están ocupadas principalmente por personas que no tienen la posibilidad de defenderse.
Los bajos índices que arrojan las autoridades en materia de resolución de conflictos amputaron a los mexicanos la esperanza de acceder a la justicia. No es novedad que más de 90% de las denuncias interpuestas está en los cajones del olvido de alguna oficina gubernamental.
La mentira oficial en México es vista como una frecuencia de la desesperanza. De la reparación del daño a las víctimas mejor ni hablemos.
Millones de carpetas de investigación son arrojadas cada año a la basura. En 2018, por ejemplo, se iniciaron más de 2 millones de esos trámites por delitos varios. En poco menos de la mitad de éstos, el Ministerio Público decidió no turnar el caso a un juez, sino dictar un veredicto por su propia cuenta, lo que significa (eufemísticamente hablando) que se resolvió. No obstante, las cifras arrojan que seis de cada 10 de esos casos en realidad fueron archivados. Es decir, los ministerios públicos reportaron haber resuelto conflictos cuyos archivos en realidad fueron arrojados a una caja de pausa perpetua
.
México aparece hoy en el cuarto lugar del índice Global de Impunidad; su calificación de muy alta impunidad
sólo está por debajo de las marcas de Filipinas, India y Camerún. Enseguida de México se encuentran Perú y Venezuela.
Así es como en México, que vive, come, respira y sueña impunidad, se encuentra en el primer plano mundial como nación en donde nadie garantiza la justicia. Dentro de ese caldo de cultivo para la criminalidad crecimos. Pero el crimen no es el problema, es el síntoma.
Las complicadas relaciones entre el ejercicio de la criminalidad con algunos de los empresarios más poderosos del planeta y/o con agentes del Estado, sumadas a la relación geopolítica, han generado, además de los múltiples golpes de Estado en la región y una crisis humanitaria sin precedente, una nueva disputa discursiva entre quienes intentan documentar el fenómeno de la violencia. Por primera vez en la historia se cuestiona la existencia de los enemigos míticos que las naciones imperialistas exponen como los adversarios perpetuos.
Actualmente existen suficientes pruebas forenses de que la crisis humanitaria en América Latina, particularmente en México, ha sido respaldada desde hace décadas por la militarización y la organización económica mundial de la industria castrense, los tratados internacionales en materia de migración y el desarrollo excesivo de complejos para acelerar la industrialización del campo. Sin embargo, el discurso del enemigo mítico, los narcos en el caso mexicano o los terroristas en el norte global, sigue persistiendo.
ImpuneMex presenta un mosaico de historias, crónicas y reportajes en diversos escenarios del país. Todos esos casos se encuentran en los umbrales más oscuros de la libertad, en el limbo de la justicia o en la antesala del derecho y sin acceso a él.
Este libro pretende –entre otras cosas– debatir la necesidad de modificar la línea discursiva de quienes hablan de la culpabilidad sistemática de células criminales capaces de intimidar a una nación entera y delegan responsabilidades en administraciones corruptas pasadas.
Creemos que en muchas de estas historias la responsabilidad radica, ayer y hoy –no sabemos mañana–, en el Estado.
Este libro no es para que el lector lo disfrute, sino para que se indigne, se informe, se irrite y se conmueva. Si despertamos cualquiera de esos cuatro sentimientos, habremos logrado el objetivo.
Noé Zavaleta y Ricardo Balderas
Ojos bonitos
Noé Zavaleta
La Rana fumaba jalando con enjundia
su cigarrillo de marihuana; uno, dos, tres jales continuos. A su alrededor, un quinteto de sicarios de Los Zetas le hacían un semicírculo, la pleitesía fuera de dudas. Sentado en una maltrecha silla, Anselmo del Ángel Martínez, bajito de estatura, piel morena y con los ojos bien abiertos, observaba desconcertado a sus victimarios.
–Tienes unos ojos muy bonitos, valdrían una fortuna en el extranjero.
–¿Qué quieren? –pregunta Anselmo, y La Rana le asesta un golpe mientras le escupe al rostro el humo de la marihuana.
Anselmo está en Reynosa, Tamaulipas, entidad federativa donde hace una década mandaba el Cártel del Golfo. Posteriormente Los Zetas. Y luego ambas organizaciones criminales se fracturaron y se confrontaron entre ellas, naciendo una escisión extraña llamada Cártel del Noreste, mientras los del Golfo y los de la Última Letra se robustecían con nuevos miembros. Hoy la plaza sigue en pugna, es tierra de nadie. Pero volvamos a donde estábamos.
Anselmo del Ángel cree que está en una casa de seguridad de Los Zetas. Un comando armado lo levantó
el tercer viernes de febrero de 2014 en la colonia Juárez, de Reynosa, cuando el joven se dirigía a un café internet a recargar su teléfono celular para telefonear a su novia en Monte Morelos. Me confundieron
, dice y empieza a narrar su calvario: Me golpearon
, me encañonaron
, me obligaron a echarme la camisa hacía atrás para taparme el rostro
.
Anselmo sólo escuchaba dos cosas: la lluvia de insultos y el rugir del motor de la camioneta en la que era trasladado; minutos antes le habían pedido que con su propia camiseta se tapara el rostro y se agachara hasta chocar la frente en sus rodillas, una genuflexión recurrente en el crimen organizado. Un día duró el interrogatorio de Los Zetas, en el que a base de tubazos en las costillas, de tablazos en los glúteos y de ponerle una pistola en la cabeza, el joven fue vapuleado hasta el cansancio y hasta que la organización criminal se convenció de que habían levantado
a un simple trabajador de la maquiladora Global Services y no a un oreja
de la organización contraria.
"Cuando me llevaron con La Rana… ya tenía yo las nalgas bien machucadas y las costillas bien molidas. Unos sicarios le decían El Padrino. Me pusieron ahí frente a él, me dieron mi teléfono para prenderlo, telefonear a mi hermana y pedir un rescate-pago de 10 mil pesos."
La Rana, bajito de estatura, bien vestido, zapatos bien boleados, bigote ralo y un reloj de centro comercial de esos que huelen a miles de pesos
, se dirigió al cautivo: Ya me dijeron que te portaste bien, le vamos a dar chance a tu hermana para que pague en dos partes… mientras tanto aquí te quedas
.
Cuando sacaron a Anselmo del cuarto oscuro, sucio, maloliente, donde sólo lo habían tenido a pan (media torta) y agua, el joven huasteco no podía creer lo que estaba pasando: no estaba en una casa de seguridad, estaba dentro de un penal federal de Reynosa, en donde directivos y custodios eran subordinados de Los Zetas… dentro del Centro de Readaptación Social.
La Rana, cuyas características, según lo recuerda Anselmo Martínez, coinciden físicamente con las del líder zeta Carlos Oliva Castillo –aprehendido en octubre de 2011, acusado de ser el autor intelectual del ataque al Casino Royal en Monterrey, Nuevo León, donde 52 personas perdieron la vida–, se encargó de mostrarle la logística del penal a Martínez.
"Él era el jefe de Los Zetas dentro del penal, pero también entraba y salía de la cárcel como ‘Juan por su casa’. Instruía a sus sicarios sobre a quién respetar y a quién golpear allá adentro [sic], pero también decidía sobre los custodios y era el juez que valoraba las injusticias sobre los reos", expone Martínez con los ojos abiertos más de lo normal, para dejar en claro que eso no debería ser normal en Tamaulipas, ni en México ni en ningún lado.
La hermana de Anselmo Martínez, médico general de profesión, tardó casi 10 días en reunir los 10 mil pesos. Mientras tanto, Anselmo Martínez fue notificado en el Centro de Readaptación Social Federal de Tamaulipas de que estaba acusado de secuestro y delitos contra la salud e imputado por portación de armas de fuego de uso exclusivo del Ejército. De ser levantado
(secuestrado) por Los Zetas, pasó a ser acusado e imputado como miembro de la organización delictiva, y no hizo falta mayor tramitología ministerial pues Anselmo en la cárcel ya estaba.
En su segundo día en prisión a Martínez y a los nuevos reclusos los obligaron a golpearse entre sí, una especie de ritual de iniciación y una forma de acentuar la vulnerabilidad de los recién llegados, para dejarles en claro que estaban a merced de la delincuencia organizada.
La comida era de lo peor, ‘el rancho’ le llaman en la prisión. Consistía en tres tortillas con un huevo duro, con cáscara o reventado, y frijoles a medio hervir. Un asco, pero había que comer.
–¿Se puede comer eso?
–Había que comérselo, dejar el plato con restos de comida significaba que no te dieran de comer en tres días.
–¿Y el plato fuerte?
–Un pollo mal guisado, sin sal, una pequeña pieza con arroz. Una vez a la semana había carne. A los reos que podían pagar comida de fuera, se las llevaban en recipientes de unicel: pizza, hamburguesas, filetes de carne; con dinero adentro, podía haber hasta langostinos.
El primer fin de semana Anselmo Martínez vivió la ley de la selva de la prisión. Visita de una hora de su hermana, apenas para platicar su situación jurídica, revisar la extorsión solicitada por La Rana y reiterar el deseo explicitó de irse pronto de ahí. No le pudo decir que lo habían golpeado, pero con el estallar en llanto de ambos las cosas quedaron en claro. Una vez concluida la visita, la hermana le dejó 200 pesos, papel de baño, dos mudas de ropa –con los colores permitidos en el penal– y un itacate de tacos para cenar el domingo y desayunar el lunes.
"No había ni subido las escaleras cuando salían los pistoleros de La Rana y me hacían báscula, me quitaban todo y me revisaban de pies a cabeza para sacarme el último peso. En la siguiente visita le dije a mi hermana: ‘No me dejes nada… no tiene caso’."
Ya te empapelaron
, llegó a decirle un custodio a Anselmo Martínez una fría mañana. ¿Qué significa eso?
, pensó para sus adentros. El trabajador penitenciario le resolvió la duda: la legalización de su detención por secuestro y portación de armas, aunque varios años después Anselmo no tiene claro de a quién se le acusó de secuestrar. Acudió a la rejilla de prácticas del juzgado sólo a que le leyeran la cartilla y de nuevo para la cárcel, pero ya en el área de población.
Ya con la acusación encima, Anselmo Martínez cayó en una severa depresión. Pese a que pagó los 10 mil pesos
de rescate, la gente de La Rana le explicó que esa cantidad sólo era para garantizar la vida
, vendría
