La Cosa
()
Información de este libro electrónico
La novela nos trae una visión diferente sobre el tema. Enzo Zelada es un cultivador de coca. La coca es esa planta andina ancestral, empleada para otros propósitos por las comunidades indígenas, pero que se ha vuelto famosa internacionalmente por el polvo blanco derivado de ella. Aquella sustancia a la que Enzo llama, precisamente, "la cosa".
Basado en hechos y personas reales que el autor conoce de primera mano, y transportándonos desde la Selva Amazónica hasta los circuitos de consumo en Europa, el relato invita a recorrer los lados B de lo que se mueve alrededor de esta droga.
Lee más de Cesar Adolfo Cordovez Pérez
Paisajes y vivencias Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesVolveré (Un sueño americano) Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesOriana y yo Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Relacionado con La Cosa
Libros electrónicos relacionados
HISTORIAS DE UN PAÍS HERIDO: Crónicas que da miedo contar Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl general de la mafia Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa masacre de Allende / The Allende Massacre: Crónica de un crimen de Estado / Chronicle of a State Crime Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSirena En Do Menor Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesMéxico En Tiempos Salvajes Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesManos sucias: Novela Negra Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesTierra sin Redención Calificación: 5 de 5 estrellas5/5El clandestino de la casa roja Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones¿Una rayita?: Por qué en España se consume tanta cocaína y no se habla de ello Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl Accidente de la Corteza Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa ciudad de las cigarras Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesNueve versiones de Borges Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCrónica de un depredador crónico Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEspiral Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesHistorias de narcos: Culiacán y Medellín Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLas Alas Del Cóndor Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesÁngeles, putas, santos y mártires Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesCueste lo que cueste: Thriller policiaco, misterio y suspense Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesNo vuelvas: Un periodista entre los deportados mexicanos a Tijuana Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl abrazo de la Viuda Negra: Un caso de Joaquín Tornado, detective Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa duda del cabo Holmes Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesUna cita con la Lady Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Cartas de Guatemala Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesRetorno Al Paraíso Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl diablo en cada esquina Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesEl Altar Dorado Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesSi hay alguien bueno en este lugar Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesAguacero Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesLa caldera del diablo: Crónicas de capos, mafias y narcotráfico Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificacionesA la velocidad del hachís Calificación: 0 de 5 estrellas0 calificaciones
Ficción literaria para usted
Noches Blancas Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Orgullo y prejuicio: Clásicos de la literatura Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El Viejo y El Mar (Spanish Edition) Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Te di ojos y miraste las tinieblas Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Seda Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Se busca una mujer Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Deseando por ti - Erotismo novela: Cuentos eróticos español sin censura historias eróticas Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El retrato de Dorian Gray: Clásicos de la literatura Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La conjura de los necios Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Por la vida de mi hermana (My Sister's Keeper): Novela Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Libro del desasosiego Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El Idiota Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Las gratitudes Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Las vírgenes suicidas Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La máquina de follar Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Carta de una desconocida Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El señor de las moscas de William Golding (Guía de lectura): Resumen y análisis completo Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Trilogía Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Erótico y sexo - "Me encantan las historias eróticas": Historias eróticas Novela erótica Romance erótico sin censura español Calificación: 3 de 5 estrellas3/5Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El Mago Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Canto yo y la montaña baila Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La muerte de Iván Ilich Calificación: 4 de 5 estrellas4/5La cita: y otros cuentos de terror Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Historia de dos ciudades Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Tenemos que hablar de Kevin Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Los hermanos Karamázov: Clásicos de la literatura Calificación: 4 de 5 estrellas4/5Lolita Calificación: 4 de 5 estrellas4/5El Arte del Terror: Historia Calificación: 5 de 5 estrellas5/5Troika Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Categorías relacionadas
Comentarios para La Cosa
0 clasificaciones0 comentarios
Vista previa del libro
La Cosa - Cesar Adolfo Cordovez Pérez
La Cosa
Copyright © 2022 Adolfo Cordovez Pérez and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728071670
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
www.sagaegmont.com
Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com
La Cosa
En latín la denominan erythroxylum coca. Se refieren a la planta que se la conoce como coca, que es nativa de las estribaciones de los Andes orientales de Sudamérica.
De sus hojas se extrae la cocaína.
Los cultivos de coca están básicamente en manos de humildes campesinos, pero la producción y comercialización de la cocaína es manejada por verdaderas bandas y carteles dentro del llamado tráfico de estupefacientes y sustancias narcóticas, conocidas como drogas.
Esta historia empieza un miércoles en la tarde en la plantación de Enzo Zelada, allá en una planicie que se forma en las estribaciones de la cordillera andina a orillas del río Ibare, en el Departamento de Beni, en Bolivia.
Enzo acaba de recoger las hojas de coca, que las acumuló en un petate de estera al pie de su casucha destartalada, cuyo techo de hojalata parece un tablero de ajedrez dada la mezcla de colores raídos, efecto de su oxidación en diferentes etapas.
Se seca el sudor de su frente, que a ratos se le introduce en los ojos y no le permite ver claramente. La jornada de cosecha estuvo dura ya que el sol le castigó con sus rayos fulminantes. Si bien está acostumbrado a esta fatiga bajo el sol, hoy, sin embargo, tuvo que hacer mayor esfuerzo, pues le urgen las hojas para secarlas aprovechando que el sol está muy encendido y parece que se mantendrá así por unos cuantos días más, según le contó el compadre Lucho conforme a lo que habían pronosticado en la radio de Trinidad.
Enzo es nativo de la zona, mezcla entre el mestizo del altiplano, como fue su padre, y la india sansimoniana, su difunta madre. Por su contextura ancha y robusta y su gran estatura, casi no se le notan sus bien traqueteados sesentaiún años. Si no fuera por el dolor de esa lesión en el tobillo, fruto de la patada que le pegó el sargento Tapia cuando se negó a limpiarle las botas embarradas de majada de vaca, como le ordenaba para escarmentarlo y para cimentar su autoridad ante toda la compañía en esa ocasión que hicieron ejercicios allá en la cordillera, en la época que prestó servicio militar obligatorio.
«¡Maldito Tapia, algún día me las pagarás!», pensó nuevamente Enzo, como lo hacía a menudo cuando le atormentaba el dolor. Por esa lesión tuvo que dejar el ejercito y regresó a su tierra, donde desde hace muchos años viene dedicándose al cultivo de la coca, como tantos en la región. «¡Total, la coca siempre tendrá mercado!», pensaba en ese entonces y lo reconoce hasta ahora, pues no le ha ido mal en todos estos años en que ha podido salir adelante y darle una vida digna a su esposa Mercedes y a sus cuatro hijos.
Enzo extiende las hojas en la estera para ponerlas a secar al sol y no se imagina siquiera el camino que tendrán estas en el transcurso de su azaroso transito hacia su destino final. Se limita únicamente a calcular los ingresos que obtendrá en la feria de San Simón y, su mayor deseo es que continúe la temporada de sol para que sus hojas se sequen a tiempo y pueda vender toda su producción.
De paso se mete unas cuantas hojitas y un poco de cal en la boca, y mastica haciéndolas una masa y de esta masa una bola, que la seguirá chupando de a poco para darse fuerzas y matar el hambre, que ya le está rascando en el estomago.
Sabe que con las hojas se produce cocaína y que ésta es una droga muy actual y codiciada a la que él llama escuetamente «la cosa».
«¡Lo importante es que mi compadre Lucho me compre toda la producción cuando baje pa´ la feria de San Simón!».
DonLucho entró a la bodega, si se le puede llamar bodega al cuarto oscuro que queda atrás de su pequeña tienda ubicada al frente del mercado principal de San Simón. «¡Aquí viene el rey de la coca!», se dijo para sus adentros, mientras prendía el foco para iluminar el cuarto. Vio los sacos de cáñamo arrumados unos sobre otros, fruto de las compras que ha venido haciendo desde el último mes.
«¡Bueno, ya mismo completo mi flete! La verdad es que este mes me ha ido bien con lo que está pegando el sol casi a diario. ¡Ojalá mi compadre Enzo me baje a tiempo la carguita y así fleto el camión para irme bien forrado a Trinidad!».
Don Lucho lleva ya mas de veinte años dedicado a este negocio. Se inició cuando le despidieron del trabajo que tenía en Loma Suárez por pegarle una tremenda golpiza al cabrón del mayoral, cuando le encontró galanteando a la Chabuca, que era su hembra en esos días. Perdió el empleo y al poco tiempo también a la Chabuca, quién se quedó con el mayoral.
Se vino luego para San Simón, pues ya había oído que por aquí estaba la movida de la coca y ¡eso es algo que tiene futuro! Así es como en pocos años se ha convertido en el verdadero rey de la coca en esta región. La compra al peso a los campesinos del valle y la revende al por mayor a don Pepe en Trinidad. «¡Él trabaja con los fuertes, con los capos y por eso me paga bien, aunque podría hacerlo mejor pues esto de andar lidiando con los paisanos de aquí también es una vaina! ¡Y dicen que el precio de la cocaína anda por las nubes con tanto control que hacen los gringos con la anuencia de nuestro gobierno!».
—¡Ve, Anselmo, veme virando los sacos para que no cojan humedad!
Anselmo es su yerno, su brazo derecho, su burro de carga y su compinche en las libaciones. Mejor dicho, es su cómplice a tiempo completo.
Entra a la bodega y empieza a remover los bultos mientras mastica la bola de coca que tiene amasadita en la boca. «¡Mierda este suegrito! ¡Anselmo para aquí, Anselmo para allá! ¡Ya me tiene harto el suegrito! ¡Un día de estos le voy a mostrar quien soy!».
El jugo de la coca se le deslizó lentamente por el paladar.
«¡Ah! ¡Este amargo bocadito…!».
Terminó de dar la vuelta a los sacos, serían como ochenta o más, y regresó a la tienda, donde su suegro estaba atendiendo a un campesino que traía varios sacos de hojas de coca y que, obviamente, le tocaría a él cargarlos hasta la bodega y arrumarlos para luego darles la vuelta, y luego otra vuelta, y otra más.
El indígena campesino miraba con ansiedad a la balanza, pues por ahí andan diciendo que don Lucho altera las pesas. «Treintaitrés libritas pesamos donde la comadre Panchita. ¡Veamos cuantas reconoce
don Luchito!».
—¡Fíjate, hijito, son treintiún libritas, ni una más, ni una menos! —le dice don Lucho mientras calcula con lápiz y papel su valor en bolivianos, y le ofrece un cigarrillo al campesino—. ¡Y verás que no están del todo secas, ya sabes cómo me castigan a mí con el precio en Trinidad! La última carguita que llevé el mes pasado casi me la devuelven porque supuestamente estaba todavía muy húmeda, 18 % dijeron, ¡fíjate…!
El hombrecito pensó: «¡Qué le voy a discutir a don Lucho! Si a la final no hay otro a quien entregar las hierbitas. y que tan será
eso del 18 %, ¡si a la final uno entrega tal cual como el solcito da secando!».
Prendió el cigarrillo y tosió varias veces ya que no estaba acostumbrado a inhalar tragando el humo, y revisó el papel en el que don Lucho le había anotado el peso de las hojas y el valor que le pagaba.
—Ya está, don Luchito, ¡a usted le confío nomás! —le dijo mientras cogía la plata y se disponía a contarla haciendo montones de a diez, porque así le sale más fácil la contadera, como le enseñaron hace años en la escuelita de la comuna—. ¡Ya está, don Luchito, ¡chas gracias! ¡Ya vendré el mes entrante, si Dios ayuda y protege! —Intercambiaron saludos y se despidieron deseándose buenos augurios—. ¡Ojalá que Dios nos dé harto solcito ahora que la hierbita esta saliendo!
—Vendrás nomás, hijito, aquí estamos para servirte… ¡Anselmo, ve metiendo a la bodega la mercancía!
Al cabo de quince días Enzo Zelada decidió bajar a San Simón. Su hierba no estaba completamente seca, como exige el compadre Lucho, «pero bueno, aunque castigue el precio, tengo que venderla nomás ya que hay que pagar los útiles escolares que está pidiendo la señorita profesora, que si no los tienen no les deja entrar a clases a los pelados… Pasaré primero donde la señora Panchita en el mercado para pesar mi carguita, aunque de nada sirve, ya que a la final el compadre pesa a su mero gusto».
Al llegar a San Simón observa que hay bastantes mulas cargadas de hierba frente a la tienda de su compadre Lucho. «¡Caray, el compadre parece bien ocupadito el día de hoy!».
Poco mas tartde, Enzo se presentó ante su compadre con quien intercambió los saludos de siempre: ¿Y cómo sigue la comadrita? ¿y va bien el negocio? ¿ah, ya va al primer grado el ahijado? ¡Cómo ha pasado de rápido el tiempo, compadre! ¡Fíjese que ya vamos camino para viejos!
—¡Son trecientas veintisiete libritas, compadre Enzo! ¡Buena cosechita ha tenido esta vez! El precio, compadrito, ha bajado un poco, pero a usted le doy lo de siempre; total, entre compadres no nos pisamos la manguera, ¿no le parece?
—¡Gracias, compadrito, Dios le ha de recompensar con creces!
Bolivia produce y exporta la variedad de coca denominada La Millonaria, resistente a los glifosatos que utilizan los gringos para fumigar las plantaciones y erradicar su producción. Allá en Colombia (principalmente), se encargan de procesar la pasta y prepararla para el mercado de Estados Unidos y Europa.
Para Enzo Zelada, don Lucho y tantos otros miles de productores y comerciantes, eso apenas tiene importancia, pues ellos son el primer y más pequeño engranaje dentro del sistema del narcotráfico. Los gringos y los capos nacionales son los verdaderos motores de este diabólico mercado y a ellos nada les interesa el pez chico, ni sus penalidades y necesidades, menos aún las circunstancias que median antes de que lleguen las hojas a sus bodegas y laboratorios.
La demanda de útiles escolares para los hijos, como en el caso de Enzo Zelada, o la necesidad de producir algo rentable para el sustento diario, que es el caso de todos, es lo que mueve este sistema. ¡Y la gran demanda de la droga en el mundo entero!
El viernes contrató don Lucho al transportista del mercado y se embarcó con Anselmo rumbo a Trinidad. «¡Llevo buena carguita!», pensó y se frotó contento las manos. «De regreso voy a traer las planchas de hojalata para completar el techo de mi nueva casita y los remedios contra el asma para mi mujer. ¡Carajo, me están saliendo caros los achaques de la vieja!».
En el camino, saliendo ya de la población de Santa Ana fueron parados por dos policías, a quienes tuvo que pasar coima a cambio de que no se pongan pesados. «¡Mierda, estos se la huelen de lejos, los muy sabidos…»! Unas veces objetan la carga, otras el vehículo o cualquier detalle sin importancia de los documentos que se les ocurre revisar. Lo cierto es que siempre encuentran su motivo para cobrar la exoneración de una multa superior.
En cuanto llegaron a Trinidad fueron directamente a donde don Pepe, quien tiene su bodega en la plaza junto al río Mamoré.
—¡Vea, don Luchito, el mercado se está ampliando y urge entregar más hierbita para cubrir la demanda! ¡Trate de traerme mas carguitas, se lo agradeceré!
Esa tarde, luego de efectuar varias compras, don Lucho invitó a Anselmo y al chofer de la camioneta para hacer una escalita en el burdel de las afueras de la ciudad.
—¡Cuidaraste, hijito! —le dijo don Lucho a su yerno—. ¡No vaya a ser que te claven un chancro estas putitas carne fresca que han venido de Santa Cruz!
Ya entrada la noche partieron bien entonaditos en tragos de regreso a San Simón. Abrazados el suegro y el yerno repetían, una y otra vez, ese estribillo de la canción del rey: «…con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero y sigo siendo el rey…».
Triste despertar tendrán mañana cuando se den cuenta de que les han robado quince planchas de hojalata y que don Lucho olvidó en el burdel los remedios contra el asma que traía para su mujer.
Trinidad
Es la madrugada y en el hangar del aeropuerto está lista la avioneta para despegar rumbo a la ciudad de Cobija. Oliver Morales ultíma rápidamente los preparativos para el viaje y llama nuevamente por el celular a su mujer. «¡Mija, salgo en media hora y retorno en la tarde como a las seis. Deséame que no haya inconvenientes y que el cielo esté calmado ya que voy bien fletado. ¡No te olvides de depositar en el banco la platita del anticipo, pues estoy sobregirado en la cuenta!».
El mecánico terminó de engrasar el tren de aterrizaje, dio dos palmadas al fuselaje e hizo una señal indicando que todo estaba controlado y listo. El vuelo sería como quedó convenido con el emisario de don Genaro. «Vuelas directo a Cobija donde te esperan con el camión para trasbordar la mercadería. Tú vas a la Dirección del Aeropuerto y entregas este sobre al señor Zapata, que es nuestro hombre en el aeropuerto. Zapata te arreglará todo, pero debes fingir que no sabes que él te está ayudando. Cuando estés de regreso te pones en contacto conmigo para finiquitar el saldo de este flete».
Las hojas de coca de Enzo están presionadas y forradas al vacío, formando un paquete rectangular y se semeja a un ladrillo pardo que, junto con otros ladrillos pardos, han sido empaquetados en cartones macizos, de aquellos que se usan para la exportación de textiles, pues incluso llevan la etiqueta de una renombrada fábrica de la localidad.
—Catorce bultos te llevas —le había dicho el emisario—. Lo justo para tu avioneta. Aquí están los documentos de embarque y transporte. ¡Todo legal, mi amigo, todo legal!
Aterrizó en Cobija y vio cómo alguien desde la
