Cartas de Guatemala
Por Jorge Canda
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Cartas de Guatemala - Jorge Canda
© Derechos de edición reservados.
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© Jorge Canda
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1089-126-5
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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A Maribel, esposa, compañera y amiga.
A Víctor Hugo, hijo, siempre presente en la ausencia.
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Con especial dedicación:
A las incontables víctimas de la violencia y la represión convertidas en políticas de estado durante décadas, cuya inmolación se ha convertido en semilla que permite vislumbrar horizontes promisorios en Guatemala.
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Aclaración
La trama de la novela está inspirada en eventos reales pero muchos elementos fueron ficcionados y adaptados a la narrativa, como nombres, fechas y lugares.
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«Es justo ahí, (…) en el vivo reflejo del pasado, donde se ocultan la alegría original y la invencible tragedia de la existencia. Su caos y su pasión. Su carácter único e inescrutable».
Svetlana Alexiévich. De la novela
La Guerra no tiene rostro de Mujer. 2015.
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«La lucha de los seres humanos contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido».
Milan Kundera.
PRIMERA PARTE
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CANTARES
Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar.
Pasar haciendo caminos.
Caminos sobre la mar.
(…) Caminante son tus huellas
el camino y nada más.
Caminante, no hay camino,
sSe hace camino al andar
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.
Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar:
«Caminante, no hay camino.
Se hace camino al andar…».
Golpe a golpe, verso a verso
(…) Cuando el jilguero no puede cantar,
cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar:
«Caminante, no hay camino.
Se hace camino al andar…».
Golpe a golpe, verso a verso.
Fragmentos del poema «Cantares», de la sección de
«Proverbios y Cantares» del libro Poesías Completas.
Antonio Machado 1917.
CAPÍTULO I
Es sábado, el primero del año, hace un poco de frío. Por momentos los árboles son sacudidos por fuertes ráfagas de viento que derriban ramas secas en parques, jardines y alamedas. El manto oscuro de la noche planea sobre la ciudad indiferente. En el sector aledaño a la Torre del Reformador, taxis y automóviles particulares saturan calles y avenidas; la zona nueve está más bulliciosa que de costumbre, un gentío busca la diversión en restaurantes y bares, empieza otro fin de semana. En el otro extremo de la ciudad, en la zona uno, dos vehículos abandonan el cuartel general de la Policía Nacional. El desplazamiento no pasa desapercibido para una persona que con ayuda de prismáticos observa con atención la avenida desde el balcón de un local situado a unos trescientos cincuenta metros en línea recta. Con movimientos ágiles desciende con agilidad hasta la planta baja, con rostro adusto se coloca una chaqueta verde olivo y una gorra, sale a la calle y se introduce en un auto Rambler American color azul donde lo esperan dos hombres.
—¿Viene el otro vehículo? —Preguntó, acomodándose en el asiento delantero derecho.
—Sí, detrasito de nosotros —respondió quien hacía de conductor.
—Perfecto. Yo apuesto a que el pisado va donde la querida, ¿y ustedes qué piensan?
—Veamos qué pasa, dicen que la tercera es la vencida —opinó el tercer ocupante del vehículo desde la parte de atrás mientras extraía de un bolsón de lona una metralleta Schmeisser.
Quien parecía ser el jefe del grupo sentenció:
—Hoy tiene que ser.
—Yo pienso igual —intervino el conductor.
—Entonces vámonos —ordenó con voz de mando el líder—, y rápido, que el tráfico está denso hoy.
El primer carro que surgió del sótano de la Policía abre la marcha, en él viajan cuatro escoltas uniformados y fuertemente armados con metralletas MP5 y pistolas automáticas; en el otro, el jefe del organismo, acompañado por un guardaespaldas, y Alirio, el fiel conductor que lo acompaña desde su nombramiento al frente de la entidad policial dos años atrás. El comandante Reinerio Guzmán fuma un cigarrillo tras otro, parece no importarle que sus dos acompañantes reparen en su estado nervioso. No es para menos, informes recientes lo han perturbado sobremanera, en los últimos diez días se detectaron desplazamientos raros en la ruta hacia su domicilio. Una noche de mucha cafeína, al comentario de sus escoltas de que habría que redoblar la vigilancia respondió con un lacónico: «el que me busca, me encuentra». No supo si lo dijo para darse valor a sí mismo, pero su ánimo pasó de la intranquilidad a la preocupación hasta colocarlo en un estado de alarma: cumplía dos semanas de no ir a su casa, pernoctaba en el local del organismo policial. Pero el tedio ha minado la paciencia de quien es considerado como el segundo hombre de mayor poder en el aparato coercitivo del Gobierno después del jefe del Ejército. Para la ocasión viste de civil, pantalón oscuro y una camisa gris parcialmente cubierta por una chaqueta de tela de jean azul. A su lado sobre la derecha del asiento trasero reposa una pistola calibre 45 marca Remington. Guzmán se ha repetido una y otra vez que necesita descanso, dormir en una mullida cama por horas sin tener que despertarse al ritmo de los cambios de guardia. De la bolsa trasera del asiento frente a él extrae una licorera de metal y toma dos sorbos, uno tras otro, sin pausa, luego seca su boca con la manga de la chaqueta. Sobre la ruta, unos diez minutos después, ordena a su chofer que cambie de rumbo y le da una nueva dirección: Quinta Avenida y Sexta Calle de la zona nueve, en los alrededores de la Torre. Detesta que los subalternos conozcan el domicilio de otra concubina, las veces anteriores ha llegado solo. «Estos días es mejor andar escoltado —piensa—, no vaya a ser el diablo». El carro da un giro de noventa grados.
—¿Esperamos por los escoltas? —pregunta el conductor, buscando la mirada de su jefe en el espejo retrovisor.
—No, llámalos, que se adelanten y me esperen allá.
Guzmán ha decidido visitar a su amante de turno. Piensa en los gratos momentos de placer que le ha dado la mujer desde que están juntos, pero no excluye la idea de abandonarla, «es muy caprichosa, tiene gustos extravagantes, me sale muy cara», piensa, mientras otea el retrovisor exterior derecho.
—¿Cómo está la ruta? —pregunta de súbito.
—Todo normal jefe —responde Alirio, ajustando con la mano el retrovisor interno y pensando que nunca antes lo había visto tan alterado. La idea de que el cigarro y el ron matarán a su comandante antes de tiempo pasa fugaz por su mente. En un semáforo se cruzan con un camión del Ejército. Por algún impulso misterioso Guzmán es asaltado por sus fantasmas: recuerda la tarde cuando se dirigía en un vehículo sin insignias policiales a una reunión más, el ministro de Gobernación lo convocó de urgencia. ¿Cómo imaginar que ese día el destino le haría un regalo inesperado que propulsaría su carrera? En sentido opuesto vio a un auto cuyas placas estaban circuladas. Por radio teléfono dio la orden de cerrar el sector a otras unidades mientras inició la persecución. Unos quince minutos después el objetivo fue detenido en un retén policial. Descendió del auto y se encaminó despacio pistola en mano; observó atento el rostro de los dos ocupantes y descubrió sorprendido la imagen de un oficial requerido vivo o muerto por haber liderado una sublevación militar meses atrás. Era el capitán Alvaro De Lis. Sin pensarlo mucho le disparó a quemarropa dos balazos dirigidos al pecho, su acompañante fue reducido y llevado a la central de Policía. No cabía de contento de solo pensar que tendría en sus manos al acompañante del occiso. «Lo haré cantar todo lo que sabe sobre los compinches de De Lis en la conjura contra el Gobierno». Era tarea imposible olvidar esos recuerdos, estaban allí, a flor de piel, eran recientes. Pero se prometió dejarlos de lado en los brazos de su atractiva querida. «Lo que está hecho, hecho está», se dijo, con una mueca que no pasó inadvertida a su chofer. En su febril mente también hubo espacio para recordar a sus dos hijos, Alfonso y Armando. Llevaba año y medio separado de su madre. «Qué rápido pasó el tiempo —se dijo en silencio—, la última vez que los tuve conmigo los llevé al zoológico y luego a comer helado», suspiró. Las luces altas de un vehículo interrumpieron sus pensamientos, regresó de golpe a su realidad. Iba a encontrarse por sexta vez en tres meses con Eugenia, su conquista más reciente. Dejaron atrás la Torre del Reformador, siguieron por la tercera calle hasta encontrar la Quinta Avenida, giraron a la izquierda y bajaron por la avenida, en el cruce de la Quinta Avenida con la Quinta Calle el vehículo se detuvo, un semáforo estaba en rojo, no avanzaron más. De repente, desde dos autos ubicados uno sobre la esquina de la avenida y otro a un lado de la calle, ráfagas de metralleta cubrieron de balas el carro del jefe policial que —¡increíble!— carecía de blindaje. La sorpresa fue total, ninguno de los escoltas tuvo tiempo de responder al fuego, la emboscada fue fulminante. En cuestión de segundos los tres ocupantes yacían en sus puestos desangrándose. Uno de los miembros del comando se acercó a verificar que no había signos de vida. Cuando los escoltas del segundo auto policial llegaron hasta el sitio encontraron el macabro escenario, atufado por el inconfundible hedor a pólvora mezclado con sangre y humo. Los misteriosos miembros del comando se desplazaron raudos por las calles de la zona con la satisfacción de haber vengado el asesinato de su líder y mentor, el Capitán De Lis, ante la indiferencia de algunos viandantes y adoradores de Baco. Entre estos últimos no faltó uno que confundió el estruendo de la balacera con petardos y fuegos artificiales, el tipo hinchó sus pulmones y con voz estentórea lanzó un «Viva Guatemala», antes de caer pesado sobre la acera víctima del esfuerzo y de algunos mililitros de alcohol de más.
Cinco fueron los atacantes, tres surgidos de las filas militares: Leónidas Troncoso Estrada, Luciano Agustín Torres Luna y Mario Alberto Johnson. Sus nombres —y los de sus seguidores— pronto serían conocidos y sus fotografías aparecerían en diarios y revistas nacionales e internacionales en los años por venir. A partir de entonces, la ola de violencia que se abatía implacable desde el abrupto final de la década revolucionaria, ocho años atrás, sobre los hombres y mujeres de maíz del país de la eterna primavera, se elevaría a niveles insospechados.
.
El ambiente era de jolgorio y festividad. Grupos de jóvenes pirueteaban y cantaban, había quienes tocaban guitarra, otros bailaban; muchos llevaban máscaras, gorras, camisetas, o agitaban globos y serpentinas destacándose entre la muchedumbre y algunos esgrimían afiches con la foto de la candidata ganadora. En uno de los amplios corredores del edificio central una marimba animaba el ambiente con los sones de Luna de Xelajúj. Regina, alumna de último año de la Escuela de Arquitectura, había resultado triunfadora en el concurso de «Señorita Simpatía» de la universidad. Frisaba los veintitrés años, un poco más alta que el promedio, de manos finas, sus ojos de luna rezumaban alegría, tenía una nariz ligeramente respingona, su cabello era fino, liso, color castaño, sus puntas descansaban sobre sus hombros, resaltaban en su rostro unas cejas tupidas y labios carnosos, derrochaba gracia al caminar. Con sus pares hablaba quedamente, casi en susurros, pero con un micrófono en la mano se hacía entender con mucha claridad. Tenía dotes de lideresa, pero evitaba descollar, no le entusiasmaba mucho la idea de dirigirse a grandes concentraciones de estudiantes. Cuando algunas compañeras de curso le insinuaron que tenía madera para convertirse en dirigente estudiantil, con ocasión de iniciarse el periodo de elección de dirigentes de escuelas y facultades de la universidad, no titubeó.
—En mí siempre tendrán una amiga y compañera —dijo con una amplia sonrisa—, pero nunca una dirigente. Mejor busquen a otra persona.
En la facultad, Regina era considerada como una alumna promedio. En clase participaba poco pero nunca guardaba dudas. Sus profesores se referían a ella como alguien con buenos prospectos para convertirse en excelente profesional. Sus amistades no eran muchas, aunque siempre se la veía acompañada de dos jóvenes con quienes había cultivado una linda relación de compañerismo. Ellas mismas se habían bautizado como «las íntimas». Estudiaban juntas, los destinos de los paseos eran identificados de manera conjunta, a menudo se daban cita en algún cine para luego dirigirse a un café a comentar la película y de paso ponerse al día sobre asuntos más personales, así como sobre temas más próximos a su entorno.
Un nuevo año escolar daba comienzo. El trío de jóvenes se dio cita en un café cercano a la universidad; eran las cinco de la tarde de un jueves, el local no estaba muy concurrido. Delfi inició la conversación, el tema sería el intercambio de chismes. Que Fulano era buen partido, pero muy tímido, que Zutano era simpático y bien parecido, pero mal alumno, que Perencejo era aventado y un poco atrevido, pero tomaba demasiado licor, que el canche Raúl andaba con una sobrina del profesor de Dibujo, que el hermano menor de la Lupe había ingresado a la Escuela Politécnica. ¡Quiere ser militar! ¿Qué les parece? Que la profesora de Diseño estaba en proceso de divorcio y que, al director de la escuela, ingeniero Tulio Almanza, fumador empedernido, le habían diagnosticado cáncer de pulmón. En sus intercambios no obviaban criticar a sus profesores considerados como poco profesionales y no eran muy condescendientes con las profesoras pretenciosas, tampoco olvidaban comentar sobre la situación del país.
—Regina —preguntó una de las amigas—, ¿cuáles son tus objetivos de vida para este año, nos puedes decir?
Ella suspiró, las observó una por una, tomó su tiempo para responder. Habló en voz baja.
—Mejorar mi rendimiento en la escuela. Este es el último año, mi reto es superar mi promedio de notas.
—¿Amiga, crees que vale la pena morir por algo o por alguien especial? -preguntó Delfi.
—Yo creo que la pregunta está invertida –respondió Regina, observándola. –Lo que vale la pena es vivir la vida, y si tuviera que escoger un objetivo, sería vivir en paz y en solidaridad entre humanos-.
—Y en tu vida personal, ¿qué hay en el horizonte? –preguntó Lilí.
—Vivir eludiendo cualquier límite, al margen de cualquier estereotipo y esto no lo puedo lograr sin entregarme por completo, amar sin condiciones.
Todas esbozaron amplias sonrisas. Desbordaron de alegría al constatar que su amiga ya comenzaba a transitar con paso firme por los senderos del amor. No podían imaginar que Regina nunca les haría partícipe de sus decisiones esenciales de vida, de sus convicciones, de su compromiso. No lo había decidido, pero así tenía que ser: nadie de su entorno en la universidad debía conocer sus verdaderos propósitos. Sin pensarlo mucho había aceptado llevar dos vidas. Una, la chica estudiante, abierta, que prodigaba simpatía por doquier, hija de papá y mamá, de clase media, asidua concurrente de cafés, cines, parques y estadios, salones de belleza y tiendas de moda; otra, la joven seria, concienzuda, responsable ante los ojos de vecinos y conocidos, visitante ocasional del gimnasio, participante con alguna frecuencia en fiestas y encuentros familiares o de amistades de sus padres, y en particular, cercana a determinados círculos militares. Sus delicados amaneramientos, sonrisa amplia y dulce mirada protegían su mundo interior en donde anidaban una convicción y decisión inquebrantables. Sus padres llegaron a inquietarse por los aires de misterio y silencios prolongados, familiares cercanos también notaban su mirada perdida y esquiva en ocasiones especiales y reuniones de familia ampliada. Con motivo del aniversario de su tío paterno, Antonio, un primo, no tuvo éxito al intentar bailar con su prima, sintiéndose humillado afirmó en voz alta, para ser escuchado por todos: «Regina no tiene futuro ni como una monja». No hubo risas, pero el ambiente se tornó agobiante, las miradas de los presentes se volvieron hacia la joven, que apenas esbozó una mueca, se levantó de la mesa y se dirigió a su cuarto sin despedirse. Alguien pensó que estaría afectada por una jaqueca, otros se inclinaron por creer que era algo relacionado con la edad. Regina había dejado atrás la juventud y era toda una mujer a punto de convertirse en una profesional y no faltó quien dijera sotto voce que tal vez solo se trataría de un desaire amoroso. Nadie podía imaginar que ese mismo día Regina había dado pasos concretos para hacer posible sus deseos de entregarse en cuerpo y alma a los demás sin vestir el hábito de una novicia.
Conoció a Lombardo Castellón un año antes en la fiesta de cumpleaños de Lilí Valdeperas, una de sus dos mejores amigas, la otra era Delfi Salazar. Le pareció un joven interesante y atractivo por lo serio de su conversación. La anfitriona los introdujo y en algún momento los dejó solos. La empatía se produjo de inmediato. Conversaron de todo un poco, de los estudios y de las familias. Con grata sorpresa descubrieron que ambos disfrutaban de la música de los cantautores del sur, como Leo Dan y Piero. Antes de despedirse, él le dijo circunspecto:
—Yo no creo en eso de que el destino está escrito, considero que los humanos construimos nuestras vidas a diario, en cada acto vamos haciendo camino y lo hacemos de manera consciente. Pero te confieso algo: se me ocurre muy curioso que tú y yo nos hayamos cruzado esta noche en esta fiesta y, lo más importante, que hayamos simpatizado. Estuve a punto de no venir por diferentes motivos, pero al final decidí cumplir con la invitación. ¿Cómo te puedes explicar eso?
—Hay cosas difíciles de explicar, Lombardo, no hay por qué intentar analizar el origen de lo que a veces nos parece inexplicable o misterioso. Hay que vivir cada día con entusiasmo, es lo que se me ocurre como más sano. No debemos encadenar nuestros deseos a un hipotético mañana, hacer lo que debemos y podemos hacer hoy me parece lo más práctico. Puedo aceptar como medida prudente delinear algunos planes para el futuro, pero eso no debe impedirnos vivir el presente a plenitud.
Lo envolvió en una mirada dulce, no pudo evitarlo; tomados de la mano se dieron los besos de costumbre entre conocidos, no hubo más palabras, pero en sus mentes quedó flotando la sensación de que la naciente amistad sería el preámbulo de un acercamiento sentimental más íntimo. Durante meses Lombardo cargó con una incomodidad que no pocas veces lo hundió en el desaliento, se sintió casi mosquito, un remordimiento incómodo le quitó el sueño no pocas veces, y no era para menos, no había sido del todo sincero con la joven. En la organización le habían prevenido de la presencia en esa fiesta de Regina Carmona Mondragón. Sus instrucciones eran de acercársele y procurar su amistad. La pesadumbre se tornó insoportable. Una noche interminable en que se hundía en el desasosiego se prometió revelarle la verdad en la primera ocasión, a pesar de que su jefe se lo había prohibido. No fue sino hasta siete meses después, cuando ya eran pareja, que se atrevió a saltar el umbral de su remordimiento y contrito se confesó ante ella.
—Tú y yo estamos metidos en esto hasta la médula —afirmó Regina, con voz serena —, y mi consciencia me indica que estamos haciendo lo que debemos hacer, eso está fuera de discusión. Estamos cultivando una relación muy especial, los sentimientos han surgido y ocupan un lugar privilegiado en nuestros corazones, nuestro horizonte sentimental es promisorio, te quiero y sé que tú me quieres. No te puedo decir que no me siento agraviada, duele un poco saberlo, pero ahora que estoy contigo en esto puedo comprenderte mejor. ¿Por qué lo guardaste tanto tiempo? Dime la verdad, ¿temías que cortara la relación? No soy así, Lombardo, en mi ánimo no hay espacio para el rencor. Te propongo que lo dejemos así y no hablemos nunca más del asunto.
La ocasión se convirtió en un estimulante adicional, sin expresarlo ambos sabían que a partir de ese momento no habría nada sobre la tierra que les impidiera construir una relación sólida y transparente y continuar con el proyecto de vida que habían adoptado con tanto empeño y entusiasmo y que se había convertido en la razón de ser de su existencia. Tenían similares creencias y visiones, principios y valores, y eso los unía tanto como el amor compartido.
—¿Dónde estudiaste?
—Hasta segundo año de secundaria estudié en el instituto de Cobán. Luego mi padre me envió a ciudad Guatemala, a casa de un hermano, mi tío Antonio. Él me inscribió en el Instituto Normal Central para Señoritas Belén.
—¿Y qué te pareció el instituto?
—Bueno, a decir verdad, nunca me sentí muy a gusto, los profesores eran muy estrictos, a menudo nos reprendían por pequeñeces. Pero así y todo terminé la secundaria con notas aceptables. Debo decirte que nunca fui alumna destacada, pero fui muy responsable.
—¿Y qué te atrajo o impactó más de tus estudios secundarios?
—El trabajo social. Aunque a paso lento, la Iglesia como institución y curas y monjas, unos más y otras menos, sufrió un proceso de renovación haciendo suyos los postulados de las Encíclicas, en particular la Populorum Progressio. En el último año de bachillerato se iniciaron los trabajos sociales que incluían no solo la alfabetización de campesinos e indígenas, sino actividades de acompañamiento y apoyo en sus labores del campo con miras a mejorar sus condiciones de vida y un trabajo continuo de sensibilización de su situación. En esto jugaron un papel muy destacado unos sacerdotes de la orden Maryknoll que convivían con las comunidades del altiplano. El contacto con ese sector marginado y olvidado por todos, a pesar de constituir la mayoría de la población, trastocó mi visión de la vida. Me dije que el estado de cosas era injusto e inhumano. Creo que fue entonces cuando me prometí a mí misma hacer todo lo que estuviera en mis posibilidades para contribuir a la construcción de una sociedad más justa, más humana. Y tú, ¿dónde cursaste la secundaria?
—En el liceo Guatemala. Siempre fui muy inquieto; a mis dieciséis años empecé a involucrarme en actividades estudiantiles y pronto me vi en la calle protestando por tanta injusticia. Pero debo decir que en esto mi padre jugó un papel decisivo. Él es un sindicalista activo y militante muy comprometido con la causa de los trabajadores. Me educó bajo principios de justicia social, de solidaridad y entrega a los demás. Sufrió persecución y exilio; quizás no debería decírtelo, pero en la actualidad es uno de los dirigentes de la Coordinadora Revolucionaria. Él me ayudó a convertirme en lo que soy. Mira dónde estoy ahora, inmerso en el esfuerzo por llevar las cosas más allá, por incidir de manera efectiva, por contribuir al fortalecimiento de la organización a fin de que esta se proyecte como una fuerza real, transformadora, y que la población haga suyo el programa de cambios.
Una sonrisa condescendiente se dibujó en el rostro de Regina mientras Lombardo acariciaba sus manos. Ella escuchaba embelesada sus palabras, lo contemplaba con una admiración que de vez en cuando se transformaba en ternura. Estaban sentados muy juntitos en un cómodo sofá, ella vestía un jean desteñido y una camiseta blanca, él lucía un short ajustado. El torso desnudo permitía apreciar amplios hombros, como los de alguien que ejercitaba la natación con disciplina, y unos bíceps sólidos sin duda cultivados en la rutina del gimnasio. Ambos estaban descalzos.
—Cariño, espero que mi conversación no te haya parecido pesada o inconveniente, solo quería decirte que hago lo que puedo por una Guatemala más justa.
—De ninguna manera, te he escuchado con sumo interés. Todo ello aporta a mi formación. Lombardo, yo pienso que hay cosas que escapan a nuestra voluntad. Hoy estamos aquí, el mañana es una incógnita. Disculpa que te parezca insistente, pero no hay que pensar mucho en el futuro y menos tratar de preverlo, se me ocurre un empeño inútil.
Lombardo pensaba en lo disímil de la relación con Regina, sentía que en su interior dos percepciones se conjugaban y a la vez se rechazaban: una lo impulsaba a ver en Regina al amor de su vida, otra, más envolvente quizás, lo impelía a ver en ella a la compañera de lucha. Se preguntó si tendría la madurez suficiente para evitar lastimar a la mujer y al mismo tiempo respetar su manera de ser y pensar, en especial su decisión de incorporarse a las rigurosas tareas de la clandestinidad. La zozobra provocada por esos pensamientos se diluyó sin darse cuenta. Optó por dar un giro de ciento ochenta grados a la conversación.
—¿Sabes qué soñé anoche? Que tú yo atravesábamos un valle, no había un camino trazado, era mediodía pues el sol ardía. Encontramos a un señor de barba blanca que pastoreaba ovejas. Al vernos dijo que debíamos sembrar árboles para protegernos de las inclemencias del tiempo. Inmediatamente después desapareció. Cuando abrí los ojos eran cerca de las cuatro, quise comentarlo contigo, pero desistí; preferí contemplarte dormida. Sabes que me encanta verte acostada en la cama mientras duermes, escuchar tu respiración, sorprenderme cuando cambias de posición. ¿Tú crees que los sueños tienen algún significado?
—Los antiguos creían que sí. La verdad es que yo no creo en los sueños. Un profesor de sicología me dijo una vez que solo son un producto desordenado y convulso de nuestras vivencias diarias o pasadas; que en su aparición influye mucho nuestro estado emocional, nuestras propias visiones y expectativas, así como el entorno. Al fin y al cabo, el cerebro procesa lo que sentimos, y el producto, en este caso los sueños, son surrealistas.
—Regina, hablas del presente como categoría de tiempo esencial. Tengo algunas dudas, ¿podemos intentar aclararlas? En nuestro quehacer es imprescindible planificar las acciones, de otra manera adoleceremos de un norte, de algo así como una guía para la acción concreta. Te lo planteo de esta manera: hoy debemos preparar condiciones para lo que haremos mañana y así cada día.
—Es cierto lo que dices; pero también podemos verlo de otra manera: cada nuevo día estaremos haciendo lo que pensamos el día anterior. A veces me parece que estoy muy influenciada por mi formación profesional, sabes que aún no soy arquitecta, pero estoy a punto de terminar la carrera. Yo lo veo de esta manera. Es como si en las acciones que realizamos cada día construimos un puente, su solidez dependerá de cómo trabajemos, pero no podemos saber qué hay después del puente o hacia dónde nos conducirá, eso es una incógnita. Algo así sucede con el futuro. Yo soy propensa a ver los días como la cantera de donde extraigo las piezas del material que necesito para lograr mis objetivos inmediatos. La resultante, imperfecta o no, de alguna manera es como un recordatorio de que quizás mañana haga algo diferente, mejor o peor; hay quienes tratan de descubrir los cambios que les deparará el mañana y hacen de ello su razón de vivir, y de hecho intentan adivinar el futuro, yo no me incluyo en ese grupo. Un filósofo griego fustigó a quienes piensan tanto en el futuro que no viven el presente a plenitud. Yo hago lo que me es dado hacer hoy. »Cariño, hay que dedicarse hoy a construir con tesón, entusiasmo y confianza, el mañana ya se verá. De alguna manera el futuro es solo una idea, casi una abstracción. Puede suceder un sinnúmero de imponderables, que se produzca un accidente y tantas otras situaciones posibles. El hoy, el presente, es el espacio de tiempo concreto, lo que estamos viviendo. Ahorita tú y yo estamos aquí intercambiando ideas, ¿de qué serviría pensar en un hipotético mañana? Claro está, podemos decir: mañana iremos al cine, pero eso es solo un deseo, no sabemos si podremos ir o no, ya mañana veremos si será dable hacerlo. ¿Servirá de algo pensar en que tú y yo podremos formar una familia? Yo creo que no, mejor no pensarlo. Ese es mi punto, en realidad es cada día cuando se vive. El futuro «yo viviré» no debería existir en la conjugación del verbo. «Vivo» o «estoy viviendo», más dinámico aún, es lo que debería primar en nuestras vidas. Se me ocurre otro ejemplo más cercano a lo nuestro. Lo que hacemos hoy es como un acto de siembra, lo hacemos para las generaciones venideras, no sabemos si mañana estaremos tú y yo vivos para verlo. Hagamos hoy y cada día lo que sea necesario, con entusiasmo, con la esperanza de que nuestras acciones incidirán y soportarán la prueba del tiempo y serán valoradas por las generaciones venideras, nuestros hijos y nietos. Pero no debemos angustiarnos por lo que pueda pasar, por lo que sobrevendrá el día siguiente. ¿La Revolución? ¿Qué será de ella? ¿Qué será de sus protagonistas? Se habla mucho de la toma del poder por el pueblo, me pregunto: ¿cómo será el ejercicio del poder, su uso o abuso por parte de los que lo detentan en nombre del pueblo? Lo ignoramos y pretender figurárnoslo es una tarea sin mucho sentido. Es lo que pienso, Lombardo. A propósito, otro día me cuentas acerca de la experiencia del compañero Celio en Cuba, estoy curiosa, quiero saber de primera mano cómo es aquello que han bautizado como «Revolución socialista».
Lombardo la miró pensativo como haciendo un esfuerzo por digerir la visión de su compañera. Cuando se aprestaba a intentar un comentario ella dio otro giro a la conversación.
—¿Te gusta el cine?
—Mucho, ¿y a ti?
—Igual, soy un cinéfilo.
—¿En serio?
—Sí. ¿Qué películas has visto en los últimos días?
—Las responsabilidades no me dejan mucho tiempo libre; en los últimos meses solo he visto dos películas. Hasta el año pasado me consideraba un asiduo visitante de las salas de cine. ¿Qué he visto? El Verano, con Melina Mercouri y Romy Schneider, muy entretenida. También vi Rebelde sin Causa, con James Dean. ¿Tú la viste?
—Sí, hace algún tiempo.
—¿Qué te pareció?
—Muy interesante. La vi con mis dos amigas y al salir del cine nos fuimos a una heladería y tal vez sin desearlo nos vimos envueltas en una conversación amena sobre la película.
—¿Qué te atrajo de ella?
—Me pareció, y a mis amigas también, que trata de la juventud en busca de la adultez, pero también de la sexualidad en una realidad compleja. Según Lilí, una de mis amigas de la niñez, de manera sutil se aborda el tema de la homosexualidad. Yo estuve, y estoy, de acuerdo con ella. Pero también se trata de relaciones familiares complicadas. El joven no está en buenas relaciones con su padre y de alguna manera esto se refleja en el comportamiento con sus amigos. ¿Y tú qué piensas?
—Es cierto lo que dices y lo que tus amigas comentaron. ¿Recuerdas la escena cuando Sal Mineo se coloca el cigarrillo que estaba fumando James Dean en sus labios y este parece tomarlo no solo con naturalidad, sino con cierto placer?. Lo que pasa es que, en ese tiempo, el tema era tabú en los Estados Unidos y un poco en todas partes, excepto quizás en algunos países de Europa. ¿Sabes qué? Me atraen mucho las películas en blanco y negro. Mis favoritas son las películas sin sonido de Charles Chaplin, aunque también disfruto a Laurel y Hardy, o el gordo y el llorón. A propósito, Laurel falleció el año pasado.
—¿De veras? Entonces coincidimos en gustos, pues me encantan esas películas. Por ejemplo, Luces de la Ciudad me conmovió sobremanera. Las payasadas y pantomimas de Charles Chaplin ofrecen unas imágenes imperecederas, y, además, se insertan de manera magistral en el melodrama. Es cine mudo, cierto, pero la genialidad de Chaplin hace que aparezca como una persona para quien el lenguaje corporal sirve como habla. De hecho, sus acciones hablan por él, no necesita expresarse con la voz. La escena cuando le da el dinero a la joven ciega para su operación es conmovedora, algunas lágrimas saltaron de mis ojos. La escena más emotiva y tierna se da cuando ella, luego de recobrar la vista, reconoce en Chaplin a su benefactor, a pesar de algunas dudas iniciales. Cuando ella lo acepta tal y como es, Chaplin es feliz, piensa que estaba en lo cierto, la chica tiene un corazón especial. Tú viste sus películas, cariño, ¿no te parece que Charles Chaplin tiene un don muy especial, casi mágico?
—No lo dudo. Marcó toda una época. Es una pena que sus obras no sean muy accesibles actualmente. Sería muy atinado que la juventud de ahora pudiera disfrutarlas. A él se atribuye esta frase que me parece muy reveladora de su visión de la vida: «Bueno es ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivir con pasión, perder con clase y vencer con osadía, poque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho más para ser insignificante».
—Linda frase, con un mensaje especial. Lombardo, querido, no te rías de mí, pero me encantó la película Sissi, con Romy Schneider, oh, es una película tan romántica… Me gustó el carácter de la princesa, un poco rebelde, no era alguien dócil, no aceptaba los convencionalismos de palacio y así fue como conoció al emperador Franz Joseph, en el río, luego de abandonar de manera sigilosa el cuarto donde su madre la había recluido.
—No la he visto, pero no me podría reír de ti. ¿Cómo puedes pensarlo? También me gustan las películas románticas. Regina, tenemos que buscar tiempo para ir al cine un día de estos, ¿quieres?
—Por supuesto, ya encontraremos el tiempo.
Y siguieron compartiendo comentarios sobre diversas películas, sobre actrices y actores favoritos, sobre sus vidas entregadas a la actuación para gozo y distracción de un público diverso, de los escándalos de Hollywood, de los directores más destacados, en fin, recorrieron toda una década de industria cinematográfica. Al final, entre varias tazas de té, se prometieron buscar una buena película para disfrutarla juntos y luego comentarla. Días después encontraron la ocasión. Se presentaba una película Franco-italiana: Giulietta de los espíritus, del director Federico Fellini. Esa misma noche la pareja robó tiempo al descanso para comentarla, entre tazas de café y chocolate.
—Dame tu opinión, ¿qué te pareció la película? —inquirió Regina.
—Bueno, es una comedia-drama, si puede decirse. Me pareció evidente que Giulietta, el personaje central, trata de lidiar con su esposo mujeriego, ¿no? Y al final logra liberarse de sus prejuicios.
—De acuerdo; aunque yo añadiría algo más. Giulietta es víctima de la opresión de Giorgio pero gracias a sus propias fantasías y al ejemplo de la vecina, Suzy, adquiere poco a poco consciencia de su situación, de su propio potencial, pero sobre todo de su propia suficiencia y logra independizarse.
—Me parece apropiada tu observación, la película expone a una mujer con una psiquis atribulada, pero al mismo tiempo dueña de una gran imaginación. No estoy seguro de si Giulietta llega a tener consciencia plena de la crisis en que está sumergida, es una mujer mundana si cabe el término, sin embargo, su misma realidad de alguna manera la obliga a hacer uso de una fortaleza espiritual que no sabía que poseía, lo que le permite salir del trance.
—Así es. Pasa de ser esposa obediente a una mujer valiente. Y déjame decirte que el diseño del vestuario y la decoración son espléndidos. Lombardo, ya es tarde, descansemos; pero antes tengo dos preguntas para ti: ¿tú me engañarías con otra chica? Y… en general, ¿cómo son las relaciones de pareja entre los compañeros?
—Regina, en cuanto a la primera, puedo decirte que no podría engañarte, soy hombre de una sola mujer; no entiendo cómo hay hombres que pueden andar con dos y hasta tres novias o amantes. Puedes confiar en mí, además, recuerda, somos cónyuges, pero también somos compañeros de lucha. Compartimos cierta ética revolucionaria. Al comandate Guevara se le atribuye esta frase: «Denme un hombre honesto y haré de él un revolucionario». Y yo me considero una persona honesta. La segunda pregunta es un poco más complicada. En general, hay comprensión en la jefatura de que es un tema que no se puede obviar. Lo que sucede es que las condiciones de clandestinidad o semiclandestinidad no ayudan en esto. Siempre prima la disciplina tipo militar y la compartimentación. Cuando una persona es reclutada se le explican las duras condiciones de la lucha, y si la persona es casada se le dice que lo mejor es que el cónyuge abandone el país por el peligro de sufrir represalias por parte del enemigo. También puede pasar que la pareja decida sumergirse también en la clandestinidad, pero eso no significa que van a estar juntos pues ambos con seguridad tendrán responsabilidades diferentes. ¿Te imaginas que tu pareja sea capturada? ¿Cómo reaccionará la persona afectada? O que se dé un escenario en donde en un operativo tu pareja muera o sea herida. Me parece que en la montaña es más posible la vida de una pareja. Pero las instrucciones son que los compañeros deben ser muy respetuosos con las compañeras, sobre todo, cuando se trata de interactuar con mujeres o colaboradoras campesinas.
—Lombardo, ¿cómo reaccionarías tú si a mí me sucediera algo?
—¿Por qué lo preguntas?
—Solo dime, quiero saber cuál sería tu reacción.
—Regina, en verdad no sé lo que haría. Un escenario sin ti no está en mi horizonte de vida.
Tomó la mano de su amada y se dirigió a la habitación. Ella se detuvo en un tramo de las escaleras y le dijo lo que preferiría.
—Cariño, yo quiero estar a tu lado donde tú estés y pase lo que pase. No quisiera ser informada de que algo te sucedió mientras yo estoy lejos. Estaremos juntos desde ahora hasta el último de nuestros días. Pero no sabemos cuándo llegará ese día, por eso es por lo que debemos vivir a plenitud cada momento, cada hora, cada espacio de tiempo entre el amanecer y el anochecer. Evitemos pensar en un futuro preñado de incógnitas y misterios.
Era costumbre no desayunar temprano, lo hacían alrededor de las siete y treinta. Ese día esperaban a primera hora a una persona clave, alguien que apoyaría el trabajo como enlace.
—¿Tú conoces a esa compañera? —preguntó Regina.
—No —respondió él—. Pero ha sido escogida por el compañero Celio. Me dijo que era una joven de su entera confianza.
—¿Conoces su nombre?
—Se llama Aura, su primera tarea será escoger un seudónimo.
.
Era un día frío de diciembre, toqué suavemente la madera a medio pulir de la puerta que no tardó mucho en abrirse. Solo era la primera de mis múltiples visitas que se prolongarían por diez semanas. Una mujer abrió la puerta, me pareció un tanto reservada, pero en ningún momento me dio la impresión de ser una persona tímida.
—Buenos días, señor —dijo a media voz, mirándome a los ojos como si quisiera descubrir de una vez mis intenciones—. ¿Su nombre es…?
—Diago Romillo de Alba —respondí—. Aunque puede llamarme Diago a secas —agregué—. Me apena decírselo, pero solo me facilitaron su nombre, ¿cuál es su apellido, si no le molesta?
—Dubón. Para el récord mi nombre completo es Aura de la Luz Dubón Manzanares.
Me observa, sus ojos son opacos pero su mirada se me ocurre penetrante, parece que me examina. ¿Se estará preguntando quién es ese barbudo-melenudo que llega a su casa?
—Usted me recuerda a alguien… sus ojos…, pero no me haga caso, son solo cosas de una vieja.
—No se trate así.
—¿De dónde es usted?
—Soy español, madrileño.
—Pase por aquí —me dijo, señalándome la sala.
Me hizo pasar a una salita modesta, muy prolija, separada de la cocina-comedor por un biombo de bambú, y me ofreció té o café. Esto lo haría de manera invariable cada vez que llegué a visitarla. Momentos después apareció con una taza humeante en la mano, yo observaba las paredes blancas desnudas; llamó mi atención la ausencia de motivos o símbolos religiosos. Destacaba una foto enmarcada en donde se podía apreciar una señora de edad con una joven adolescente, por los rasgos comunes asumí que era ella misma con su mamá, y otra foto más pequeña en la que aparecía un hombre de mediana edad con una pareja de niños. También había un calendario. En una pequeña mesita de madera había una réplica en miniatura de un Samovar y una colección de figuritas de barro representando un nacimiento.
—¿Le gusta mi casita? —preguntó de repente, sin verme. No esperó a que yo contestara—. Vivo aquí desde comienzos de este siglo. Me la obsequió mi único hijo, Lalo, el de la foto, él vive en los Estados Unidos, emigró hace ya más de diez años. Como muchos, aquí no tenía ningún futuro. Este es él y mis dos nietos —dijo señalando la foto—. Y esta era mi madre. —Indicando otra fotografía en la pared—. Yo tenía doce años entonces y apenas comenzaba la escuela secundaria. Esta otra es una foto de Regina Carmona —dijo, poniendo en mi mano una retratera de madera con una foto mediana—, es portadora de un recuerdo particularmente doloroso. A propósito, ¿sabe lo que es un Samovar? —Tomó en sus manos con esmero el minúsculo objeto plateado y dijo, sin mirarme—: Me lo trajo de regalo hace muchos años una persona que estuvo en aquellos lejanos países eslavos, es de plata, lo limpio cada vez y cuando con limón y bicarbonato y mire usted cómo se conserva a pesar del tiempo.
Observo curioso la expresión de su rostro, sus pequeños ojos parecen hurgar en otros espacios, pienso que su mente divaga por un tiempo impreciso, se podría decir que Aura se sumerge en sus recuerdos, que revive los momentos vividos con intensidad, que los recrea con pulcritud, aunque intuyo que de alguna manera los sufre, que laceran su ser. Por fracciones de segundos un sobresalto se manifiesta, ¿quizás por algo que vio, que escuchó, que experimentó en carne propia, que fue imprimido en su ánimo sin percatarse? Difícil saberlo por ahora. En cualquier caso, imagino que en el remolino de emociones asoman angustias que son superadas poco a poco, una por una. La veo cerrar los ojos, respira profundo, al abrirlos de nuevo puedo advertir un brillo especial. Es como si antes del programado encuentro su pasado se hubiese asomado tímido por una puerta interior y le hubiese susurrado que todo aquello no se atascó en el olvido y que de alguna manera volverá si ella lo convoca, que todo lo vivido no solo son recuerdos, son el recorrido de una vida. ¿Debo entender que me invita por fin a conversar?
Se interesó por los propósitos de mi visita, externó varias preguntas, mis respuestas le parecieron válidas. Preguntó sobre mi escogencia.
—¿Por qué yo? —dijo, mirándome fijamente.
—Contacté al señor Montes y fue él quien me recomendó su persona. Me hizo ver que usted era depositaria de buena parte de la memoria de aquellos años.
Su mirada se extravió al escuchar mis últimas palabras.
