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El jefe que ama el flamenco, y la copla es el personaje.
Una mujer joven de origen humilde de un pueblo de Madrid, que solo estudió bachiller, ha trabajado un poco a salto de mata y también estuvo trabajando en Londres; habla inglés, aunque eso no le ha servido para gran cosa. Finalmente, volvió a vender pisos en una agencia, donde se enamora del dueño, joven y apuesto amante de la copla y del flamenco. Ella ha andado viviendo en el extrarradio y en pensiones cutres de las que está harta cuando hereda y, por fin, puede comprarse veinte metros cuadrados con una gran terraza en Arturo Soria, donde también se ha trasladado la agencia. Vende un piso y el comprador se enamora de ella. Es un hombre acomodado. Ella, dada la dureza de la vida que ha tenido, acepta ese amor, aunque ella siga enamorada de su jefe.
Eran cuatro amigas. Dos de ellas siguen en Madrid. La otra, Eva, vive en Texas con un marido muy rico que conoció en Londres en la barra de un pub; las amigas siguen muy unidas.
Hay un capítulo de realismo mágico con un chamán que va a la agencia.
Tina Díaz
Tina Díaz nació en Logroño, donde pasó su niñez. Hizo la carrera de piano y luego fue a París, donde estudió en la Sorbona. En San Sebastián también estudió decoración, que no terminó; se casó con Enrique Múgica Herzog, importante dirigente socialista que después fue ministro de Justicia y defensor del pueblo, pero ella siempre se ha sentido al margen del trabajo de su marido, con el que vivió hasta este año 2020, en el que Enrique Múgica murió. Tiene tres hijos, David, Daniel y Débora. El matrimonio primero vivió en San Sebastián y después en Madrid. Tina trabajó en decoración, diseño y moda, materias que le siguen interesando. Y hacia los cuarenta años escribió Transición —le gusta profundamente el castellano—. Desde la infancia es una lectora compulsiva, habla francés, italiano —que aprendió de niña muy mal— y habla inglés regular. Toda su vida diariamente ha leído muchos periódicos y revistas. No le gusta la vida oficial y dado el trabajo de su marido la ha evitado todo lo que ha podido. En sus novelas, a través de personajes y visiones no convencionales, quiere reflejar las cosas que en España han ocurrido; en sus novelas quisiera haber conectado con la picaresca. Le gusta Madrid, le gusta España y los españoles. En la gente de letras en España echa en falta la crítica al poder, que ella cree siempre necesaria.
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Ventas (La saga de las mujeres heridas 7) - Tina Díaz
VENTAS
LA SAGA DE LAS MUJERES HERIDAS 7
Tina Díaz
VENTAS
La saga de las mujeres heridas 7
Primera edición: 2021
ISBN:9788418722165
ISBN eBook: 9788418722684
© del texto:
Tina Díaz
© del diseño de esta edición:
Penguin Random House Grupo Editorial
(Caligrama, 2021
www.caligramaeditorial.com
info@caligramaeditorial.com)
Impreso en España – Printed in Spain
Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a info@caligramaeditorial.com si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
1
Este invierno en Madrid está siendo muy largo, más si se es pobre, porque con la carestía de la energía, los sitios donde vive Violeta están helados, hace un frío que solo faltan los lobos, esos días tan grises y la lluvia que no para.
Violeta, después de tiempo sin trabajo, lleva ya algo más de un año vendiendo pisos para una agencia pequeña, y lo de vender es un decir, porque no se vende nada.
Ya había trabajado en ese oficio varias veces en su vida.
Hoy ha venido a vender aquí a primera hora de la tarde.
Este piso es muy oscuro, a veces, si la visita se atrasa, mientras los posibles compradores ven el piso este se va quedando como boca de lobo y el tráfico de la calle, con su espantoso ruido, aumenta.
El piso está vacío, en él solo hay un silloncito al lado de una ventana de las que dan a la calle. El piso es un principal.
El piso tiene rejas y la parte de atrás, que da a un patio de manzana muy grande, tiene una terracita de veinte metros, aproximadamente, con plantas muertas en sus tiestos y un trozo de hiedra seca.
Hacia la mitad del largo pasillo están la cocina, un baño y unas habitaciones cuchitriles que dan a patios estrechos. El piso está recién pintado.
La japonesa y su marido que han venido a verlo han mirado todo exhaustivamente, hasta han descubierto la chapuza de dentro de un armario.
Ha dicho la mujer:
—Esto no lo ha hecho un profesional.
El hombre habla y habla y compara el piso con la finquita en la que dicen que viven.
Comparan y comparan y comparan y dicen que allí da gusto, que tienen dos chill out, uno de sol y otro de sombra, la mujer es japonesa, pero muy fea, tuerce un ojo, el hombre flojón se ha puesto a contar su boda en Japón y cómo él tenía que inclinarse todo el tiempo para saludar y cómo después de la boda tuvo un lumbago inolvidable.
Violeta los escucha sin interés, ya se ha dado cuenta Violeta de que no van a comprar.
—Las rejas…, no me gusta vivir entre rejas —ha dicho el hombre.
—Es que, al ser un principal, estamos prácticamente en la calle.
—Nosotros necesitamos un piso alto.
Si querían un piso alto, ¿para qué han venido? Gente ineficaz y con mucho tiempo libre para perder.
Violeta ha salido a la calle con ellos, falta media hora para la próxima visita y Violeta tiene hambre.
En la calle, se ha comprado dos torteles llenos de cabello de ángel riquísimos, ya de vuelta al piso, porque espera a otro cliente, desenrosca su termo y se pone café.
Hoy no ha comido nada desde el desayuno, su pelo castaño algo rizoso no refleja su pobreza, porque Violeta se lo cuida con aceite y, como siempre que piensa en su pelo, se mira sus zapatos de los chinos de catorce euros, ya están para tirarlos, pero de momento no va a poder comprarse otros.
En la pensión está complicado ser tan limpia como es Violeta, que ha vivido ya en toda clase de hostales, pensiones y lugares a cuál más cutre y más desolador.
La que fue su amiga íntima, Eva, le ha escrito una carta muy larga contándole sus penas. Eva vive en América, es rica y en vez de utilizar el WhatsApp escribe largas cartas, como se hacía antes. No se ven hace años.
Violeta vuelve a leer la carta.
Violeta, cuando ya no puede más, se va al pueblo y se está unos días con su madre, a la que han atrapado las preferentes, y que vive solo de dos pensiones pequeñas.
Esos días que pasa en el pueblo Violeta son un respiro, sobre todo por el amor y el ánimo que le da su madre, por lo que se ríen cuando están juntas. Violeta allí se quita el hambre, pregunta por el pueblo qué se podría hacer, pero allí tampoco hay trabajo.
Violeta no le da pena a nadie, y eso sí que ha sido toda su vida una desgracia.
Sentada en el silloncito único del piso, se ha comido los bollos muy a gusto con el café que había traído en el termo.
Lleva Violeta un abrigo negro que de la mala calidad de la tela es ahora de un color indefinido en vez de negro, además, los torteles eran con azúcar glasé, que se le ha caído en las solapas y que se sacude ella con energía consiguiendo hacer unos borrones blancuzcos, qué le vamos a hacer.
A Violeta le gusta muchísimo el chocolate a la española del sitio de los torteles, pero vale 1,75 euros y hoy no podía pagarlo. Violeta está en las últimas.
Violeta desde siempre se ajusta rigurosamente a su presupuesto y así va tirando, eso sí, sin pena y sin lamentarse, solo una pereza infinita ante la necesidad de cambiarse otra vez de pensión.
La dueña del hostal de ahora es una guarra y da asco hasta tocar las sillas o las paredes, ahí se puede coger lo que no se tiene.
Sentadita en el silloncito del piso vacío, se cruza bien el abrigo, se lo abrocha hasta arriba, pero el abrigo es corto y entallado, tipo posguerra, que dice su madre que es el corte y el trozo de cinturón cosido en la espalda, y en este piso hace un frío que pela, mira fijamente Elena el cristal de la puerta del salón.
Mira Elena el cristal ondulado de una puerta, que el cristal de esa puerta le recuerda la caja de muerto de su padre que había sido tan mediocre y ponderado, la constructora en la que trabajaba pagó el tanatorio, eran otros tiempos, su padre toda su vida en las oficinas del pueblo de una constructora que ahora ya ha quebrado.
Su padre de muerto movía la cara, movía la cara, movía las cejas, aunque parecía que entornaba los ojos, los ojos no llegó a abrirlos, el cristal ondulado de la tapa de la caja de aquel tanatorio, según cómo lo mirases, tenía un efecto visual de movimiento, decía uno que había venido a dar el pésame: «Mira cómo sonríe». Tanto como sonreír, no sé, pero lo cierto es que guiños sí que hacía.
Violeta se llena de fuerza de voluntad y aparta la vista del cristal de la puerta que le recuerda todo eso.
En aquella época ella tenía buenos trabajos y su padre compraba objetos supuestamente antiguos que encontraba en las tiendas de los chinos que empezaban entonces, objetos horribles que eran como antiguos, decía su padre. Qué insustancial.
Cuando él murió, su madre fue tirando todos aquellos horrores. Y ahora su madre con esa enfermedad del corazón agudizada.
El timbre. Riin, riin.
Violeta ha abierto y un hombre no viejo se ha identificado. Es el comprador que había citado.
El hombre ha llegado serio. Va muy bien vestido, con traje y corbata.
Han recorrido el piso sin hablar.
Y ha abierto todos los armarios.
Al pasar por las habitaciones cuchitriles de la mitad del pasillo, ha entrado en ellas y ha salido, ha abierto y cerrado las ventanas y ha dicho: «Estas las voy a añadir al pasillo».
Por el patio, en otro piso enfrente, muy cerca, se ve a un hombre que trabaja con la luz encendida embebido con un ordenador, Violeta se lo tira de vez en cuando, porque ese hombre folla muy bien, pero, por lo demás, no le gusta para más.
Violeta lo saluda con la mano y él le contesta de igual forma y después hace el gesto de llamar por teléfono.
—Bueno, señorita, lo compro, me quedo con el piso —ha dicho el visitante. Violeta no reacciona—. Si me deja que me siente un momento… —dice el hombre. El hombre se ha sentado en el sillón único y ha abierto su maletín lleno de dinero, como en las películas. Ha desplegado también una sonrisa—. Dígame usted, señorita, ¿ahora qué hacemos?
—Pues ahora —dice Violeta mirando el reloj—tendríamos que buscar un notario y llamar a los propietarios y a la agencia.
—Pero el notario que no sea de la agencia —ha dicho el hombre—, no es por nada, pero yo no me fío ni del sol que nos alumbra, así que vamos ya, este piso está helado.
Han bajado a la calle.
—¿Cómo anda usted con ese dineral encima? —ha dicho Violeta.
—Es una herencia y es blanco, quiero regularizar todo hoy. Esto tendrá poco de gastos de vecindad…
—Doscientos euros, creo —ha dicho Violeta—, pero hay que arreglar el tejado dentro de nada.
—La invito a un café y a lo que quiera —ha dicho el hombre—, en la calle hace mucho frío y yo estoy saliendo de una gripe.
En el VIPS que está enfrente del piso recién vendido llama Violeta a los propietarios, a la agencia para que vengan a cobrar la comisión, busca un notario que trabaje a estas horas, pues son ya las cinco de la tarde, hablando con su móvil pasea Violeta arriba y abajo por la cafetería, se sienta con el hombre a tomarse el café y tostadas que ha aprovechado para pedir, luego sigue llamando y al fin se tranquiliza, acaba sus tostadas y le dice al hombre:
—Ya está, el notario está un poco lejos, en Arturo Soria, pero vamos a poder cerrar la operación. Y si no le llega a gustar el piso, ¿qué hubiera hecho con el dinero? Por la tarde los bancos están cerrados.
—Por el piso pasé esta mañana en un taxi, al venir del AVE, entré en el portal, sabía que este piso es lo que estaba buscando.
—¿Venía ya usted con el maletín?
—Es una herencia.
—¿Los ochocientos mil justos?
—La herencia es más.
—Ya me imagino —ha dicho Violeta.
Ya van dentro del taxi camino del notario de Arturo Soria.
—Los propietarios querrán saber por qué lleva usted el dinero encima.
—En blanco, yo pago todo en blanco, qué más quieren, a lo mejor les ha dado un mal de la alegría de que lo han vendido —se ríe el hombre—, no se vende nada. En ningún sitio.
Violeta está nerviosa, va pensando ya qué hacer con el dinero que le toca del piso, le tocan…, inmediatamente se ha imaginado en una pensión de paredes blancas y ducha limpia, con eso podrá ir tirando cinco o seis meses, inflarse a chocolates a la española si quiere.
Ha mirado al hombre con más atención mientras piensa que mañana irá a la peluquería a cortarse un poco el pelo. En esa peluquería, siempre que va, no hay nadie, debe ser un negocio que te cagas, es patético, la peluquera siempre tiene la puerta cerrada con la verja y no hay nadie dentro. «La próxima vez, me llama por teléfono», suele decirle la peluquera.
—Es usted muy eficaz, señorita. A lo mejor la voy a necesitar yo, todavía no lo sé, déjeme su teléfono.
Están esperando en la notaría los propietarios del piso, muy agitados e incrédulos, y el dueño de la agencia, que se ha sentado.
El jefe de Violeta está un poco borracho.
—He tenido una comida de negocios —se ha disculpado Hilario.
Es un hombre atractivo, alto y mal afeitado, muy alegre por la venta.
—Si usted me paga ahora mismo lo que me toca de la venta, mañana me cojo el día libre, tengo que cambiarme de pensión —le ha dicho Violeta.
—Cómo no, ahora mismo, en cuanto cobremos.
Los propietarios están estremecidos de la emoción.
—Nunca se sabe —ha dicho la señora toda nerviosa, y ha añadido—: Llevamos años hasta el cuello, ahora vamos a poder respirar.
El notario joven es muy amable, parece distraído. Por el pasillo se oye el ruido de unos niños que corren.
Violeta mira por la ventana los abetos tan grandes de Arturo Soria, si pudiera encontrar una pensión por aquí, pero en esta zona no hay pensiones, aunque nunca se sabe.
Ya están en el portal, Violeta va a buscar un restaurante de menú, Violeta tiene mucha hambre.
El comprador ha esperado a que se vayan todos y le ha dicho:
—La invito a una copa.
—Yo estoy muerta de hambre, me voy a cenar ya, lo siento.
—Pues a cenar hoy la invito yo. No le parece mal, ¿no? Faltan cuatro horas para mi AVE y no tengo nada que hacer, me paso la vida solo.
—Yo también —ha dicho Violeta.
Andando, andando, han encontrado un restaurante.
«Por fin —ha pensado Violeta—voy a poder comer en condiciones».
Como es tan pronto, han tardado en traerles la carta y en tomarles la comanda.
Violeta mira al hombre, que le está mirando la boca a ella.
Violeta no es nada del otro mundo, pero tiene la boca pequeñita, preciosa, y la dentadura blanca con las dos paletas un poco salidas.
—Yo he tenido —dice el hombre empezando a comer—dos mujeres. La segunda, de la que me divorcié, tenía la boca muy grande, y con los morros aquellos que se puso…, decía siempre «yo me casé con los labios rojos», se los pintaba desde el punto de la mañana y con el relleno se le había puesto cara de rana. Para la playa se los pintaba con pintura indeleble y hacía un efecto cuando salía del agua… Un monstruo. Esa era médica, pero como no tenía el mir… Era muy mala persona.
El hombre se ha reído un poco amargo al hablar.
—Yo tengo una amiga que tampoco tiene el mir.
Y ahí se había enrollado un poco más el señor en palabras amargas para su segunda mujer.
—Todo eso del glamur ha hecho mucho daño —ha añadido el hombre.
—Yo no pienso así. Quien se lo pueda permitir, es bien bonito.
—Gracias que no tuvimos hijos. Mi primera mujer era judía. Murió.
—Vaya. En España debe de haber muy pocos judíos, yo no he conocido nunca a ninguno.
—Ella era de Israel.
Violeta piensa que no va a poder disfrutar a gusto de la comida con ese hombre que le cuenta sus cosas. Eso sí, Violeta está cómoda con este señor.
Pero el hombre ha callado, comen apaciblemente, chuletón, la fuente de barro caliente, ensalada.
Violeta está concentrada en su carne, hacía muchos meses que no comía nada así, qué rico, riquísimo.
—¿Y tú estás casada?
Violeta se limpia su boquita pequeñita con la servilleta, suspira de satisfacción por la comida y dice:
—Yo no, estuve casada de jovencita.
—¿Y?
—Era un desgraciado, no tuve suerte.
—Yo tengo un hijo, está divorciado, vive aquí en Madrid con mi nieta, es ingeniero y ahora se está dedicando a estudiar los campos.
—¿Qué campos?
—Los de concentración.
—Ah.
—Es un mundo, toda la familia de Europa de mi mujer, hasta los parientes más lejanos que tenía, salieron hechos humo por los crematorios, no quedó ni uno, mi hijo ahora está buscando a ver en qué campos los mataron.
Violeta mira los postres, casi se han bebido la botella de vino mano a mano.
—¿Pido más? —ha dicho el hombre.
—No, gracias, he cenado tan bien… Yo solo de pensar que tengo que…
Violeta no ha terminado la frase, que era «volver a esa pensión infestada de bichos».
—No, nada —ha concluido Violeta—, estaba pensando en algo muy desagradable.
Han pedido dos wiskis. Violeta mira al hombre con atención.
—¿Cuántos años tienes? —le ha preguntado Violeta.
—Cincuenta y seis, ¿y tú?
—Cuarenta y cuatro —ha dicho Violeta.
El restaurante sigue vacío, solo hay otra mesa ocupada.
—Esta todo vacío, esto no tiene remedio. Al mejor científico joven de Europa, al del premio, le han denegado una beca aquí, para volver a España, se la han denegado, con dos cojones, y luego esas discusiones tan sórdidas entre los partidos…
—Yo, si fuese más joven, me iría al extranjero a trabajar, pero ya… ¿De quién has heredado?
—De mi padre.
—Qué suerte.
—Pareces muy deprimida, Violeta.
—No, estoy bien, es mi carácter. Siempre estoy así.
Violeta acaba de decidir irse a dormir a un hotel que queda cerca del hostal, televisión, ducha calentita, cuarenta euracos, mañana peluquería y comprarse otros zapatos y algo de ropa, ropa interior también, Elena de pronto avergonzada del vestidillo gris de punto viejísimo que lleva, en la ropa de invierno la pobreza siempre es más patente que en la de verano.
Violeta no había vendido ningún piso desde hacía cuatro meses y el que vendió era una mierda.
No va a volver al hostal hasta que haya encontrado otro sitio donde vivir.
Y se va a comprar una televisión para el cuarto, porque la última que tuvo estaba rota y tuvo que tirarla.
«A esa guarra del hostal que nunca limpia, que le den. Qué mujer más guarra, y el hijo todo el día en pijama lleno de mugre por el piso y la guarra que dice: Yo el sábado salgo a por el brik de vino, me levanto a las doce, veo la tele, decido si me ducho o no me ducho
, y el hijo que le dice. Vas a acabar con el brik en la boca, como tu padre
».
Pero deja sus pensamientos Violeta y dice:
—Te agradezco la cena.
—Cuando vuelva a Madrid te llamaré. ¿Te importa?
—Qué va, yo encantada. Hemos estado a gusto, ¿no?
—Mucho.
El hombre ha sacado su móvil y ha comprobado si ha cogido bien el número de Violeta.
—Vámonos.
El hombre, desde dentro de su taxi, se ha despedido diciendo adiós con la mano.
A Violeta le ha parecido que el abrigo que llevaba ese señor era muy bueno.
2
Violeta se duchó anoche, pero por la mañana ha vuelto a ducharse otra vez largamente, se ha lavado la cabeza y secado el pelo con el secador del hotel. Se encuentra tan bien… Ha desayunado en una cafetería, esto es vida.
Luego ha ido al banco a ingresar su dinero.
Luego se ha montado en un autobús y se ha ido de compras a la parte alta de Alcalá.
Esa parte de la calle está llena de tiendas de chinos. Se ha comprado de todo, un par de zapatos, unos botines, unas botas, ropa en Zara y de H & M, donde todavía hay liquidaciones.
Ha mirado la composición de la ropa atentamente, ningún capricho, un plumas largo para el invierno que viene, que este ha pasado un frío de muerte, luego ha ido comprando lo que necesita. Violeta tiene buen gusto, pero a estos precios las telas no son buenas y envejecen mal.
A medida que iba comprando, Violeta iba abandonando por las tiendas sus andrajos, que piensa Violeta que eran andrajos, y compra Violeta sin ilusión, como tiene tan incorporado el no comprar nada nunca, excepto en ocasiones así, de Pascuas a Ramos, lo hace sin deseo ninguno, pensando solo en la utilidad de la ropa.
Cuando llegue al hostal, Violeta va a tirar todo lo que tiene allí, así que después de comer un menú de ocho euros se ha ido a la pensión.
Afortunadamente, la patrona no está, está en el bingo, que es donde se pasa las tardes.
Violeta rápidamente va amontonando lo viejo para tirar, va a conservar muy poco. Luego lo junta con lo nuevo en la maleta mediana, tan gastada también, la grande está rota y la va a dejar aquí. Lo único que abulta que es el plumas, se lo va a llevar puesto.
El hijo de la pensión parece sorprendido.
—Se ve que te ha tocado la lotería, Violeta.
Violeta ni lo mira, anteayer le pagó a la señora y no les debe nada.
—Despídeme de tu madre, por favor.
Violeta ha salido a la calle arrastrando su maleta de ruedas de tamaño mediano.
Violeta está cansada de vivir en estas calles del Madrid viejo, pero no quiere irse al extrarradio, donde ya ha vivido otras veces y donde los precios y las horas de trasporte hay que añadirlas a las del trabajo.
Mira enternecida Violeta a una emigrante que va andando delante de ella, la mujer
