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Grazia Deledda
Grazia Deledda (Nuoro, Cerdeña, 1871 - Roma, 1936). Novelista italiana perteneciente al movimiento naturalista. Después de haber realizado sus estudios de educación primaria, recibió clases particulares de un profesor huésped de un familiar suyo, ya que las costumbres de la época no permitían que las jóvenes recibieran una instrucción que fuera más allá de la escuela primaria. Posteriormente, profundizó como autodidacta sus estudios literarios. Desde su matrimonio, vivió en Roma. Escritora prolífica, produjo muchas novelas y narraciones cortas que evocan la dureza de la vida y los conflictos emocionales de los habitantes de su isla natal. La narrativa de Grazia Deledda se basa en vivencias poderosas de amor, de dolor y de muerte sobre las que planea el sentido del pecado, de la culpa, y la conciencia de una inevitable fatalidad. Sus principales obras son Elías Portolu, La madre y Cósima. En 1926 recibió el Premio Nobel de Literatura.
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Vista previa del libro
Una noche terrible - Grazia Deledda
Índice de contenido
Una noche terrible (Antología)
Portada
Una noche terrible
Los tres hermanos
La fuga de José
Biografías
Legales
Sobre el trabajo editorial
Contratapa
Una noche terrible
Antología de cuentos de Grazia Deledda
Traducciones de Olga Drennen
Ilustraciones:
Lelo Carrique
Una noche terrible
Ardo era un chico desobediente.
Tenía nueve años y vivía con su papá cerca de Gallura, en una región montañosa y pintoresca, al norte de Cerdeña. En Gallura, hay aldeas y también está la ciudad, pero la mayor parte de los habitantes vive en la campiña, en casas que no parecen de lujo y primorosas como las de las aldeas, pero son cómodas y pintorescas, forman pequeños vecindarios llamados stazzos¹.
Un día de octubre, el padre de Ardo lo envió a una aldea vecina para que comprara una horma de queso.
—Hijo mío –le dijo– el camino es corto, pero difícil, y por la noche es fácil perderse. Por lo tanto, en cuanto compres el queso, no te detengas en la aldea, vuelve de inmediato. Y, adiós, que el sol está alto.
Ardo prometió que lo haría, pero llegó al pueblo, hizo el mandado y ni se acordó de obedecer al papá porque empezó a jugar con los chicos hasta la puesta del sol.
El crepúsculo llegó, triste y oscuro, desde una inmensa masa de nubes que se extendía al este, y solo entonces, Ardo pensó en regresar.
—Todavía hay media hora de luz –dijo para sí– llegaré a casa en quince minutos.
Dejó con pesar a sus pequeños y nuevos amigos y empezó a trotar alegremente, con el queso envuelto en un pañuelo bajo el brazo, mientras canturreaba.
—Candu lu soli in lu mari...²
Pero de repente, se detuvo, estiró la mano y se tocó la frente; entonces miró a su alrededor.
Una gota de agua le había caído en la cara, justo en la punta de la nariz; las nubes se habían dilatado, color plomo con estrías rojas, avanzaban en el cielo, con rapidez, como las olas de la marea empujadas por la tormenta. Solo al oeste donde el sol había desaparecido, detrás de las altas montañas, permanecía una tira de cielo claro, de un verde chispeante cuya luz iluminaba todavía el camino que Ardo atravesaba.
El pequeño reanudó su camino, rápido, rápido, pero sin cantar; después de cinco minutos, se detuvo; la franja de cielo clara había desaparecido y con ella, la luz.
La oscuridad había avanzado, la lluvia caía densa, fuerte, el viento, que empezó a soplar con fuerza, amenazaba arrastrar a Ardo a cualquier barranco, a cualquier mata espinosa; los truenos gruñían entre las gargantas de las montañas en cuya cima, los relámpagos se entrecruzaban tejiendo una fantástica maraña de fuego.
Al principio, Ardo tuvo frío, tuvo
