Esmirna en llamas
Por Homero Aridjis
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El lector de Esmirna en llamas descubrirá que los acontecimientos brutales y sanguinarios típicos de un conflicto bélico son amortiguados con gran maestría por el lenguaje poético de Aridjis.
Homero Aridjis
Homero Aridjis (Contepec, Michoacán, 1940) es un poeta, novelista, activista ambiental, y diplomático mexicano reconocido por su independencia intelectual, creatividad literaria, y originalidad poética.
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Esmirna en llamas - Homero Aridjis
VAGABA por las calles de Esmirna un hombre sin dinero y sin casa. Con el mapa de la ciudad condenada en la cabeza, se sentía un extranjero en su propio cuerpo. El mes era septiembre; el año, 1922.
En su memoria la realidad y el sueño no se podían conciliar, los días no se correspondían; la distancia entre el yo de antaño y el yo actual se adelgazaba a medida que adentrándose en la ciudad se adentraba en su pasado.
Si bien los barrios le eran familiares, algo fundamental había cambiado en ellos, pequeñas grandes diferencias, imperceptibles a primera vista, se hacían más manifiestas como un rostro en los fragmentos de un espejo roto.
Tenía la impresión de que aquel que regresaba a los lugares de su adolescencia era otro, otro y el mismo, como dijera Heráclito de Éfeso, filósofo que también había dicho que el sendero que sube y el que baja es el mismo.
Esa frase que él hubiese podido parafrasear así: la calle que sube a la felicidad y la que baja a la desgracia es la misma, lo único cierto es que, expatriado en mi patria, soy invisible para todos.
Su cuerpo le pesaba más que nunca, por flaco y mal pasado, ya que en los últimos años en el ejército se le veía enjuto y viejo, y hasta desanimado. No obstante, era lampiño, no sólo por ser joven, sino porque tenía poca barba.
Si bien andando entre la masa huérfana de refugiados su cara le era bastante propia, pues a lo Tolstói él creía que cada refugiado era infeliz a su manera, resultado del concepto de vida que se le había infundido en la infancia.
Entonces los soldados griegos comenzaron a llegar a Esmirna derrotados, polvorientos, harapientos, mirando hacia delante, como hombres que caminan dormidos…
, así describía George Horton, cónsul americano, su llegada.
En una corriente sin fin se volcaban por la ciudad hacia el punto en la costa en el que la flota griega se había retirado. Como fantasmas silenciosos no miraban a derecha ni a izquierda. De vez en cuando un soldado, su fuerza agotada, se colapsaba en la acera o sobre una puerta.
Nicias sabía que los soldados recibidos en casas, vistiendo ropas de civil, podrían escapar, no aquellos que por sus andrajos serían identificados por los turcos como soldados griegos.
Otros, encantados de haber retornado a Esmirna, se deleitaban con manos, boca, nariz y ojos del festín táctil, olfativo y visual que la ciudad les ofrecía. Especialmente, gozaban de la vista del mar.
No cabía duda, él, como ellos, era un hombre del éxodo, un militar fugitivo que después de pelear años en la guerra greco-turca, junto a miles de refugiados de Asia Menor, huía en estampida hacia la costa.
Nacido en 1900 en Tire, el pueblo de los higos, ahora en manos de los enemigos, era un soldado del ejército en desbandada, perseguido por los turcos desde el corazón de la antigua Jonia hasta la parte norte de la costa egea. El paraíso del que era expulsado no tenía serpientes, tenía hombres, y por eso andaba a salto de mata por los pueblos incendiados de Asia Menor.
Nicias se llamaba ese hombre que erraba por la ciudad fundada en Bayrakli. Ocupada por los griegos hacia el año 1000, originalmente Aeólica, luego Jónica, y reconstruida por Alejandro alrededor del Monte Pagos.
SOLO con su sombra, desde los vestigios de la fortaleza, Nicias vio de repente venir por los campos de Bournabat a un soldado turco montado en un caballo bermejo blandiendo un rifle con una bayoneta acoplada al cañón.
Poco después columbró un caballo blanco galopando, levantando polvo. El jinete arrojaba con un lanzallamas portátil un torrente de combustible ardiente sobre los matorrales como para probar su poder de destrucción.
Apareció detrás un caballo negro. El oficial turco traía un fusil Mauser en las manos y una pistola Luger al cinto. Los chettes que lo rodeaban, montaraces, malignos, se veían impacientes por entrar en acción.
Por último surgió un caballo amarillo montado por un comandante vestido de negro, como una muerte. Era en sí mismo un arsenal humano, con ametralladora, granadas, pistolas y lanzallamas. Su fez, con un retrato de Mustafá Kemal, era una mancha negra.
A galope tendido los caballeros atravesaban un campo de amapola turca (la papaver orientale). Entre hojas lobuladas verde azul las flores rojas de cuatro pétalos resplandecían bajo el sol de la tarde, aunque aplastadas por los cascos de los caballos. Sólo por un momento, porque enseguida se enderezaban. Todo eso ocurría mientras la blanca Esmirna les daba la espalda.
Amapola color sangre, diosa roja, tan narcotizada estás que tu propia sombra no te puede seguir a los confines del delirio
, cantaba con voz nasal un turco tumbado en la arena.
Ni la pestilencia de los soldados muertos ni la vista de los caballos caídos de los puentes parecían perturbar a los jinetes turcos, quienes ignoraban a la perlada luna y al sol rodando en el horizonte como una cabeza decapitada.
Pero lo que más impresionó a Nicias no fue descubrir el movimiento de las columnas de caballería turca dirigiéndose a la ciudad en silencio, sino ver arrodillado al campanero de la iglesia de San Esteban, a punto de ser decapitado por un jinete turco que corría hacia él con un sable en la mano.
COMO UN SONÁMBULO Nicias caminó bajo los toldos de la Rue Franque. Pensaba en lo que acababa de ver desde el monte Pagos y en su tío Arístides, muerto por los turcos, y en su hermano Kostas, que se había quedado en Tire para enfrentarse a ellos, con el resultado predecible.
En su estado de ánimo las calles comerciales con sus tiendas que vendían telas finas, relojes caros y bombones de chocolate de importación no sólo le resultaban inapropiadas, sino que le parecieron obscenas.
Como en un sueño anunciado allí estaban los hombres y mujeres de la ciudad con sus ropajes fantasmales. Procedentes de diferentes barrios y estratos sociales, aquellos que la muerte arrebataría se deleitaban con los artículos superfluos exhibidos en las vitrinas. Por allí andaban todos, el who’s who de la muerte, los candidatos a la deportación y las niñas sentenciadas al estupro, los operarios de los tranvías y trenes hasta el plomero, el carpintero, el médico, la profesora, la prostituta, la vendedora de flores, el vagabundo y la niña sorda que hablaba con las manos; desde los mercaderes de alfombras, de higos, almendras, tabaco y pasas y los empleados desempleados —no por despedidos por sus empleadores, sino porque sus lugares de empleo ya no existían— hasta los inmigrantes en esa tierra de emigrantes. Ninguno parecía comprender la gravedad de los acontecimientos, todos se paraban como soñadores al borde del abismo con una sonrisa en los labios.
De los sefardíes del barrio judío de Esmirna él conocía los apellidos, los Aguilar, los De Juan, los Fonseca, los Sánchez, los Santamaría, los Galante y los Zacuto. Supervivientes de la expulsión y la Inquisición española, aspirantes al exilio inminente, hablaban griego, turco y ladino. Lo mismo aquellos que mostraban en sus librerías Heráclitos, Heródotos y Homeros que miniaturas iluminadas con escenas del Génesis y un manuscrito de una Haggadah de la España medieval.
Los ex soldados (como él), los refugiados, los desplazados y los desarraigados le parecían extranjeros en tránsito, criaturas deambulando por calles hostiles con el abatimiento manifiesto en la cara.
—No voltees, te están siguiendo; como capitán del ejército griego que eras estás en una lista de gente para eliminar. Soy Calíope, amiga de Eurídice, sigue caminando.
—¿Quién?
—Calíope. —Nicias miró de soslayo a la joven con peplo blanco que servía en una casa inglesa. Su rostro pálido, sus ojos color violeta como higos aplastados habían cambiado poco desde la última vez que la había visto.
—¿Cómo supo ella que volví?
—Te vio en la multitud.
—¿En la multitud?
—Desde la ventana de un cuarto de seguridad.
—¿Por qué no vino a saludarme?
—Te siguió por la calle.
—¿Y?
—Temerosa de descubrirte no se te acercó, los agentes turcos te vigilan y podía ponerte en peligro.
—¿Tan peligroso soy?
—Ella trabaja en la clandestinidad, como yo.
—¿Dónde podré verla?
—En el cementerio griego. En una hora, ¿te parece bien?
—¿En qué parte?
—En el mausoleo de la familia Andrakis. Ahora vete. No voltees. —Calíope se metió en la multitud.
La mención del nombre de Eurídice provocó en Nicias anhelo y nostalgia. Durante sus años escolares ella había sido su compañera y el deseo de volver a verla lo había acuciado en Tesalia, Tracia y Marmara. Esmirna tenía ahora la forma de su rostro. Recordó las palabras que ella profirió un día en que paseaban juntos por el Valle de Santa Ana: Me he cubierto con un manto hecho con retazos de viejas mitologías. Cubierta con estos prestigios avanzo descalza hacia el asesino armado hasta los dientes que me acecha en la próxima esquina
.
IL SERAGLIO
En un cartel de la Smyrna Opera House se anunciaba la ópera de Mozart con ambiente turco y personajes como Blonde, la doncella inglesa, y Osmin, el guardián musulmán del harén. A Nicias no le hacían gracia los harenes turcos porque eran abastecidos por chicas griegas y armenias; quizá sus vecinas, quizá sus hermanas.
Delante del edificio que imitaba la ópera de París, en cuyos muros —imaginó— todavía retumbaban los aplausos del público por la representación del Rigoletto de Verdi, se sintió mal, pues la comicidad de la obra del compositor austriaco revolvía en sus adentros los escombros de su vida desmoronada. Sobre todo porque el mundo de los solistas y las arias desviaba la atención no sólo de la agresión de la armada turca con sus tácticas de ataque y retirada, sino también de la catástrofe que se cernía sobre Esmirna como una harina negra sin cedazo.
De la imagen de Calíope pasó a las floraciones de los jardines de Bournabat, donde ella solía servir el té a su ama inglesa. Si bien los Courses à Bicyclettes, la allée de Mersinli, la mansión de Ionannis Kanas
